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Héctor Rojas Herazo: Centenario de un autor mayor/un creador singular

Fuentes: Rebelión

Aunque siempre se haya dicho que quien busca justicia termina siendo ajusticiado, ya es hora de destruir ese otro mito. Desde esta columna, La Fábrica de Sueños, propendo por celebrar no solo el centenario de un creador, del que hacen parte el Ministerio de Cultura, la Gobernación de Sucre y la Unión de Escritores de Sucre (UES), en cabeza de su presidente Jorge del Río y a quien acompañan los escritores Ricardo Vergara, William Arroyo, Ignacio Verbel, Oswaldo Karo, Amaury Pérez, por citar solo cinco más, sino la existencia del que, para mí, es el mayor talento a partir de la imaginación, el lenguaje, en fin, la imaginación del lenguaje y su impronta singular, así como el autor de la mayor novela (y que [no] me disculpe Gabo con su “vallenato de 400 páginas”, a caballo entre la estructura de la Biblia y el plagio disimulado de El sonido y la furia) fosacomuniana (ex colombiana) titulada Celia se pudre, cuya primera edición se hizo en Alfaguara, España (1986) y que debió esperar 13 años, para que MinCultura se acordara de él y lo incluyera en la colección “Homenajes Nacionales de Literatura 1998” (1), junto a, cabe recordarlo, Catalina, de Elisa Mújica, Las estrellas son negras, de Arnoldo Palacios (2), Ensayos, glosas y erudiciones, de Darío Achury Valenzuela.

Como bien dicen que la ambición (ajena) rompe el saco y lo decía mi papá que la sufrió en carne propia muchas veces hasta caer en la ruina, como cuento en La desaparición (3), la misma ruina que, junto a la enfermedad como mal insoportable, a la muerte como hecho ineludible, a la vida cotidiana como asunto épico, terminan por consolidar una obra mayor de la literatura nacional, al lado de Respirando el verano (1962) y En noviembre llega el arzobispo (1967), sin dejar de lado su obra poética ni pictórica, en la que alternan la mirada sobre su entorno y el quehacer del día a día, con más de 60 exposiciones internacionales: algo salpicado hoy con tantos pintores light o receptores del lavado de activos o metidos en el tráfico de arte. Aquí cómo no referir a uno de los autores que con mayor acierto pensó el acto poético, la poesía que resiste al empaque del poema, a la que simplemente hay que sentir: la que está en lo más simple, cotidiano, vulgar: en una afeitada. La que solo exige “veteranía” para “reconocerla y gozarla” y a la que no hay que forzar porque ella por sí sola se revela. Como lo expresa él mismo en esa ‘summa’ literaria de casi todos los géneros que es Celia se pudre, a través de uno de sus personajes, el doctor Lizarro (aquí sin ironía por bizarro), al destapar “un poco su caldera respiratoria”: “Eso es cosa distinta [le responde a la dama que lo reta a demostrar si…]. La poesía existe, tiene y tendrá que existir por forzosidad. Pero no creo que sea en los poetas donde tengamos que ir a buscarla. Lo que quiero decir es que la poesía se resiste a ser envasada en poemas. Apenas se pretende hacerlo, desparece. Su esencia es demasiado viva y fluida, […] sanguínea, para permitir que se la cristalice en palabras. Hay que sentirla, simplemente. Encarna en un acto, en un recuerdo, en una sensación. Se refugia en las cosas más anodinas, inmediatas, palpables y groseras. Sólo que exige veteranía, la auténtica veteranía poética, para reconocerla y gozarla. Yo, por mi parte, como cualquier hombre que de veras está vivo, la he sentido muchas veces. Muchas veces al día, debo aclarar. Cuando quedo bien afeitado, por ejemplo. Me paso las manos por una u otra mejilla y compruebo, complacido, que he hecho un buen trabajo. Eso es poético”. (1998: 821-822)

Y, como si ello fuera poco, agrega algo así como la síntesis de su propia virtud, la del autor, de la confesión como sucedáneo de la creatividad, por vía del “cerdo” Lizarro, la constante mayor en toda su obra: el contraste, o el complemento, mejor, entre la luz y las tinieblas, el acierto y el error, la búsqueda de la verdad y el hallazgo de la mentira o, si se prefiere, el cielo y el infierno: “Como lo es una armoniosa digestión o sentir que las narices se inflan de dicha al detectar el perfume de una alcoba, de un jardín o de un cocido. O defecar en soledad, en un reposo tan meditativo que resulta creador. O acariciar, lamiéndola morosamente, la piel de una mujer acabada de bañar y, después de un largo juego amoroso, cohabitar con ella. Todo lo que representa un triunfo de los sentidos sobre la muerte es poético. Y repito: todo esto debe gozarse, con el máximo egotismo y con todos los sentidos alerta, en el momento exacto en que se le vive, para que alcancemos a ser, al unísono, los descubridores, ejecutantes, degustadores y críticos de nuestro propio poema. Esto exige, como es lógico, una tensa disciplina, una entrañable civilización de los sentidos [eso, por otro lado, es la cultura para HRH]. Nos convierte en centinelas de lo cotidiano inmediato. El misterio está siempre en nosotros y alrededor de nosotros. Somos el misterio y participamos de él, contribuimos a agrandarlo al tiempo que lo desvelamos padeciéndolo. Lo demás es seguir masticando basura retórica, seguir ensuciando nuestros sentidos, de los que somos los únicos y comprometidos responsables, con el desperdicio sensorial de los otros. Convirtiéndonos, de paso, en voluntarios alienados. A mí, por lo menos, me gusta ensuciarme de primera mano, con mi propia basura, no necesito de otras. Usted podrá apreciar que yo soy un cerdo. Así como suena. Me interesa exclusivamente estar a gusto en mi caldo de lodo, refocilarme, sacarle[s] el mejor partido posible a mis vísceras. Nada tengo que ver con el cielo. Eso es demasiado lejano y abstracto para mí. Se lo dejo a quienes se complacen en fregarle la paciencia a sus riñones o a su corazón o a su vejiga con el pretexto del espíritu, se lo dejo a sus líricos. A mí, en cambio, me gusta mantener las mejores relaciones con mi tubo digestivo. Soy lo que soy, lo acepto con regocijo y no lo niego en ningún momento: una espléndida carretada de tripas —mostró, al mostrarse a sí mismo, el más redundante pero decisorio argumento de su alegato—; y apenas quieren engañarme, o usarme malamente, me pongo de pésimo humor y gruño defensivamente. Exactamente como los cerdos”. (1998: 822-823)        

O como, lo mismo en otras palabras, respecto a lo que hay detrás de la creación del poema, decía el checo Jan Skácel, citado por Milan Kundera en El arte de la novela, y que da para otra extensa/profunda reflexión sobre el mismo tema: “Los poetas no inventan los poemas / El poema está en alguna parte ahí detrás / Desde hace mucho mucho tiempo está ahí / El poeta no hace sino descubrirlo”. (4) Lo que permite inferir que el poeta solo es un mensajero del poema, un intermediario entre las ‘musas’ y el esculpir en el tiempo, un ser a medio camino entre el demiurgo y el grumete de mago, ya no aprendiz de brujo… o sí, por qué no.

En cuanto a su trabajo poético, tal vez bastarían tres poemas, entre tantas decenas más, para compendiar lo dicho antes y reforzar/reiterar sus alcances con la palabra, su tratamiento del lenguaje, la calidad de su imaginación, factores todos que se resisten, sin resistir, a la categorización “canónica” (siempre exclusivista, no inclusiva), al prurito de encasillar al poeta en uno u otro ismo, al ánimo no pocas veces perverso/desvirtuador de subvalorar en el inconsciente colectivo las virtudes del creador singular, en fin, del vate sin más bate que la palabra, del billarista sin más bola que la del verbo, del ajedrecista sin más caballo que el de su doble juego físico y mental: el primero, del libro Las úlceras de Adán, una mirada de alcance holístico sobre lo elemental a partir de una simple silla, la de su cuarto de Arlés, para hacer una honda y humana síntesis sobre el despojado hombre feliz, “en reposo absoluto”, no triste por ostentoso, carente quizás de cosas pero preñado de emociones, de alegría, de goce, que puede comprender, al final de su vida, que quien no se conforma con poco, no se conforma con nada. Y por eso allí, en tal sentido, como dice HRH, estaba todo (5): la esperanza, en las flores que se abren; la desesperanza, en las puertas que se cierran; el dolor y la derrota, en los días de llanto; el triunfo y el éxito, en los de oro; la evolución eterna y la paz/reposo, en los ramajes y las palomas; el amor y la promesa y la promesa del amor, en el niño que mira a los amantes; el fin inexorable, en la muerte de cada hombre que al tiempo es la honda e inefable metáfora de que paralelo al ritmo de muerte marcha el ritmo de vida. Una lección de inocencia: “Van Gogh pintó una vez / el retrato del mundo. / Allí estaba todo: las flores que se abren / y las puertas que se cierran, / los días del llanto / y los días de oro / los senderos y los sueños, / los ramajes y las palomas. / También un niño / mirando dos amantes / y también la hora del nacimiento / y la muerte de cada hombre. / Para pintar ese retrato, Van Gogh/ no tuvo sino que pintar una silla”. (6) El título del poema proviene del libro homónimo que, a la vez, usa como epígrafe citando el fragmento final: “Entonces conoció la alegría de no ser inocente. / Y se apiadó de Dios y lo hospedó en sus úlceras sin cielo”. (7)

El segundo, El deseo, que el poeta asimila a un asunto vegetal y que quiere temblar en fruto, gemir por ser, saberse respirando entre las cosas y que es vegetal por “eso”, por su destino de “tiniebla y cielo” (lo que ya se dijo), como su obra narrativa, porque “rompe y emerge”, como su obra poética y pictórica, porque “sube”, como su obra periodística, porque, en fin, “la muerte sufre con su anhelo” y porque la vida goza con su acción, la del “deseo”, que se cristaliza en libertad: la que no consiste en otra cosa que el sacrificio hecho en nombre del amor: del que está hecho, en grandes dosis, el verdadero revolucionario, tal como creía el Che. Todo ello va filtrado por la analogía entre el cuerpo, sujeto de deseo, y la Naturaleza, sucedáneo de esa vida que deriva de la ecuación/llama doble del erotismo y el amor: El deseo: “El deseo es vegetal / pide caminos / aire / quiere temblar en fruto / suspenderse / pide un cuerpo abonable / pide un labio / pide comer y ser comido / quiere / entrabarse y gemir con ramas duras. / Gime por ser / quiere temblar / sentirse / palparse desde dentro / saberse entre las cosas respirando. / Quiere el viento y el ala / quiere el día / quiere el follaje de su fuerza obscura / brillando entre la luz hoja por hoja. / Es vegetal por eso: / por su destino de tiniebla y cielo / porque rompe y emerge / porque sube / porque la muerte sufre con su anhelo”.

El tercero, Creatura encendida [sic], tomado del libro Desde la luz preguntan por nosotros (1956): título al que, a propósito, Federico Díaz-Granados ha recurrido para bautizar su más reciente antología sobre autores nacidos desde 1970. Poema que figura en el libro homónimo y que es un dechado de potencia/virtud sobre la memoria como facilitador de encuentros con el Otro, una suerte de apuesta ética por el hombre actual, en fin, una noble cruzada en pro de la diferencia y contra la polarización, esa otra voz que, como la de la conspiración, es construida por unos pocos, los de las (lumpen) élites de hoy repobladas de “filántropos”, elevados a esa condición por los ‘mass media’ prepago, en detrimento de la mayoría (8): mayoría, eso sí, que ya no les come cuento ni chino ni chibcha ni mucho menos gringo. Creatura encendida: “No es solamente el flujo de la tierra/ lo que ha de herir el vidrio de mis ojos./ No es este gasto de sudor y lodo/ ni esta ceniza que me puso un nombre/ lo que he de combatir y me combate./ Es mi propia creatura, mi sonido de siempre,/ mi forma de estar vivo aunque no tenga/ un cuerpo qué gastar/ o un tacto entre los dedos./ Es esta furia mía de saberme encendido,/ de tener claridad,/ de ser zumbido,/ silbo de Dios,/ silueta diferente./ De estar dentro de mí constituido/ para seguir arando sin arado,/ para seguir tejiendo sin aguja,/ para tener un poco de mi ruido/ disperso en un rincón o en un suspiro./ Es esta firme cantidad de esencia/ para sufrir, para escanciar destino,/ esto que me suplica y me conoce,/ que madura mi luto desde siempre./ Este saber que no hay descanso,/ ni agua para apagarse,/ ni polvo que nos cubra ni deshaga./ Somos esto, sepamos, somos esto,/ esto terrible y encendido y cierto:/ algo que tiene que vivir y vive/ por siempre sollozando pero vivo”. (Editorial Kelly, 122 pp.)

Para terminar, en relación con su oficio periodístico, el más noble del mundo al decir de Camus, hoy, todo hay que decirlo, perrateado por tanto/tanta prepago, tanto/tanta ‘youtuber’ e ‘influencer’ y víctima del escándalo por tanta escoria legitimada desde el mismo Estado, como se ve con el desmedido/desproporcionado uso de la fuerza por integrantes del ESMAD, la Policía y los parapoliciales que actúan, con licencia, en las ciudades de Fosa Común y que ya dejan más de un centenar de muertos (por ahí hace rato pasó la cifra), pero que el desgobierno minimiza para dar un parte de (apócrifa) tranquilidad, mientras, por contraste, los delegados de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), debieron por vez primera postergar cinco días más la entrega de su informe, el que debe hacerse el mismo día que abandona el país, con motivo de la reciente visita (6-10.jun.2021), reitero, con respecto a su oficio periodístico cabe destacar su sabia visión como la que evidencia el acápite de Celia se pudre que se inicia con un simple aviso: “Primera plana del periódico”. Un hombre se sienta en la taza a leerla, cual Henry Miller, defeca y, mientras se para a afeitar, han pasado diez páginas de una tan minuciosa como crítica, ácida como divertida, áspera como inteligente, lectura de la prensa cotidiana, inundada de crímenes, para el caso un secuestro; problemas limítrofes, con Venezuela; propaganda de remedios, para la tos; calamidades mundiales, epidemia de cólera en la India; la estereotipia como no propiamente forma encumbrada de la justicia; la recurrencia a chinos o indios para ilustrar con una parábola cualquier nadería; la muerte de un político, en fin, de todas las noticias, graves y leves, sobre todo estas, que alimentan las páginas de los diarios para comerciar con el dolor de la gente, mientras un 80% de las mismas se da sin confirmar. En otras palabras, especulación, hurto o robo, casi iguales pero distintos, con las noticias de la simulación en el espacio/tiempo de la semicultura, como señala el cineasta/escritor R. Rossellini en su libro/universidad Un espíritu libre no debe aprender como esclavo (9); semicultura de la cual con seguridad era muy consciente el propio HRH, para quien directores italianos como Rossellini, De Sica y Fellini y un gringo como John Huston, eran parte de su entorno natural.  

En el ya lejano 1998, tuve la satisfacción de ganar un pequeño concurso organizado por el periódico Suburbia (10) y, al mismo tiempo, la amargura de sentirme impelido a escribir “media cuartilla” sobre Celia se pudre, la novela más extensa del espectro narrativo nacional: “Estimado Sr. Dir. Hernando Rojas: Casi ni saludo para pasar a escribir media cuartilla sobre una novela de 1.002 páginas, sin duda la de más largo aliento… poético dentro del ámbito narrativo nacional y cuyo contenido, aparte del autor, parece recibir puños y patadas cada vez que alguien paga por él la asombrosa y ridícula suma de $15.000 devaluadísimos pesos colombianos. Y es que Celia se pudre, en cuyo comienzo está la abuela del propio Rojas (Herazo… Sr. Director) y a la postre la fuerza de la tierra, encarna el aliento de la palabra frente al desamparo y al patetismo humanos, apelando de paso a la inocencia para que el hombre sea defendido por ella y así pueda postergar su inevitable destrucción. Celia… representa la búsqueda de un personaje (que deviene en geografía que deviene en lenguaje), de la muerte… de Dios… pero como, entre otros, el viejo zorro H. R. H. sabe por la mejor novela de la historia, la Biblia, que ‘nadie verá a Dios’ pues, como resultado, ahí está ese ‘homenaje total al demonio’, a quien en últimas se debe ese milagro de la liberación verbal llamado… porque sí, Sr. Rojas, Director, Celia, al fin, se pudre…” El fruto de ese concurso, que gané, es, entre otros premios, la novela que ahora, entre dicha y agradecimiento, intento comentar sin atender a prevenciones, prejuicios, vanos temores. Sin vergüenza alguna.

En conclusión, nada más grato que celebrar El centenario de un creador, en 2021, que a la vez es la del autor de la mayor novela del ámbito nacional, Celia se pudre, sin que esto vaya en desmedro de la que es considerada, sobre todo por quienes no la han leído, después de El Quijote, como la segunda obra en español; una obra que, gracias al aceitado dispositivo económico del Boom, que actuando como un explosivo editorial, a la vez opacó la obra de HRH sin que él mismo tuviera nada que ver; una obra que consolidó la idea que el propio autor tolueño definió así: “El tema simple, monumental y heroico […] de un hombre cuya labor es simplemente entibiar con su presencia, con su inaudible sonido, con su secreto terror a la enfermedad, a la desaparición, al abandono, un exacto lugar de la ciudad y de la tierra”. Un creador que, todo hay que decirlo, por ahí derecho dio origen a una de las obras más singulares/personales en poesía y pintura: con la primera, dejando constancia de que tenía más que ver con el infierno que con el cielo, con las tinieblas que con la luz, con la noche que con el día, como quien encarna de un solo tiro a tres o cuatro de los mejores cazadores del arte: Dante, Quevedo, Shakespeare e incluso Whitman: a quien, no en vano, le dedica uno de sus mejores poemas entre los que figuran en Desde la luz preguntan por nosotros y que tituló Walt Whitman enciende las lámparas en el comedor de nuestra casa. (11) Con la segunda, legando a la posteridad el retrato vivo de seres humanos y animales, la faena diaria de lucha/sobrevivencia igual que de destrucción/violencia, prejuicio/odio, engaño/muerte. Con ambas, poesía y pintura, recobrando para la posteridad el valor de la memoria: la que, en tiempos aciagos como los de hoy permite no olvidar que capitalismo + drogas = genocidio.

Y ese tener que ver más con el infierno que con el cielo está más que demostrado en Celia se pudre. Antes de pudrirse, el marido/tío le pregunta a Celia: “— Para ti, ¿qué es el infierno? — Muy simple, ¿sabes? Lo imagino como una casa, esta misma casa, de donde se han ido todos los seres que amo. Pasa el tiempo y eternamente los espero y ellos no llegan y en esperarlos, sabiendo que no llegarán nunca, radica el infierno”. Y Milciades riposta: — En cambio, yo tengo una atroz y exclusiva manera de imaginarlo. Sueño que he muerto y que he sido juzgado por un tribunal que no recuerdo. Y esta condena consiste en encarnar, sabiendo que continúo siendo yo mismo, en una persona que detesto y que cuando estoy protestando y gritando, aterrado por aquel cambio, ya soy esa persona y lo seguiré siendo por toda la eternidad”. (1998: 196) Ahora, Infierno, de V. Piñera: “Cuando somos niños, el Infierno es nada más que el nombre del diablo puesto en la boca de nuestros padres. Después, esa noción se complica, y entonces nos revolcamos en el lecho, en las interminables noches de la adolescencia, tratando de apagar las llamas que nos queman, ¡las llamas de la imaginación! Más tarde, cuando ya no nos miramos en los espejos porque nuestras caras empiezan a parecerse a la del diablo, la noción del Infierno se resuelve en un temor intelectual, de manera que para escapar a tanta angustia nos ponemos a describirlo. Ya en la vejez, el Infierno se encuentra tan a mano que lo aceptamos como un mal necesario y hasta dejamos ver nuestra ansiedad por sufrirlo. Más tarde aún (y ahora sí estamos en sus llamas), mientras nos quemamos, empezamos a entrever que acaso podríamos aclimatarnos. Pasados mil años, un diablo nos pregunta con cara de circunstancia si sufrimos todavía. Le contestamos que la parte de rutina es mayor que la parte de sufrimiento. Por fin llega el día en que podríamos abandonar el Infierno, pero enérgicamente rechazamos tal ofrecimiento, pues, ¿quién renuncia a una querida costumbre?” Espera, odio, costumbre, tres estaciones de un viaje que en las novelas de HRH tienen, en su orden, idéntico sentido cruel: el infierno. Y que, por contraste, alcanzan el cénit de la literatura nacional en la tercera, la que hace de HRH nuestro Macedonio, es decir, ambos como paradigmas de originalidad dentro de la creación literaria. Una cuarta estación en el infierno, es la que Italo Calvino (12) plantea en Las ciudades invisibles: “El infierno de los vivos no es algo que será. Ya existe aquí: lo habitamos todos los días; lo conformamos todos juntos. Dos formas hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y convertirse en parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y darle espacio, y hacerlo durar mientras vivamos.”

Un creador singular, cuya impronta única, le permitió de paso volverse, al filo del tiempo, un ser humano integral, interdisciplinar, casi un polímata, y se dice ‘casi’ por no ser usuario de la dimensión científica (v. gr. la de un ingeniero, como Boris Vian): cronista en El Universal (1949), de Cartagena, donde fue compañero de Gabo; La Prensa y El Heraldo, de Barranquilla; El relator, de Cali. A propósito de Gabo, cabe señalar que los que no han leído Cien años de soledad, pueden arrancar con esa especie de viaje iniciático/odiseico que es Celia se pudre, recomendación que el aguzado lector sabrá agradecer. Luego, la poesía, campo en el que sus libros Rostro en la soledad, Tránsito de Caín, Desde la luz preguntan por nosotros, Agresión de las formas contra el ángel, Las úlceras de Adán, ya señalan una merecida inmortalidad pues no se olvide que el arte es lo único que sobrevive a la parca. Y, por último, la pintura, veta cultural cuya obra lo emparenta con el cubano Wilfredo Lam, aun con la independencia de sus respectivos trazos y de sus felices coincidencias al reflejar mundos comunes/complementarios, lo que certifican sus más de 60 exposiciones fuera del país: más que un número o una cifra levanta/fu/egos, una prueba de la calidad de su trabajo.          

Aun así, dentro del periodismo, un exponente del ‘oficio de hombre’ al que, sin duda, se le cumplió “el deseo”, su más ferviente/pueril y exclusivo deseo, en sus propias palabras Un deseo: “Mi único deseo, mi más pueril deseo: No morir nunca”. En efecto, desde el 11.abr.2002 HRH es un hombre/sujeto/artista inmortal. Hombre en tanto responsable de sí mismo y frente a los Otros; sujeto en tanto criatura histórica posibilitadora de su propio destino; artista en tanto simultáneos hombre/sujeto integrales capaces de sintetizar una visión poética de la vida que reúne luz y tinieblas, noche y día, cielo e infierno; así como de sintetizar una mirada caótica del mundo que contiene abismos y demonios cotidianos y, por contraste, lucidez y razones existenciales que hacen posible/probable el encuentro consigo mismo y con el Otro por vía de esa especie de cuarta dimensión y de único tribunal incorruptible: la memoria. Memoria de la que el ser humano es, antes que su más virtuoso/lúcido dueño, su más involuntario e inconsciente esclavo: que, por fortuna, hoy facilita recordar el centenario de un creador mayor y autor singular como pocos que dejó una sentencia a la medida de estos tiempos de inquietud/desasosiego y guerra fratricida propiciada por la narco/para/dictadura de Fosa Común, como señalo en mi ensayo sobre HRH escrito para revista Concha de Nácar N° 1, ago. 2021, para celebrar su centenario: “Ninguna idea justifica un cadáver”. (13)     

A mi hijo Santiago, por su fortaleza frente a la enfermedad, que fue,

por contraste, mientras duró, mi debilidad frente a un potencial abandono.

Notas:

(1) ROJAS HERAZO, Héctor. Celia se pudre. Ministerio de Cultura – Homenajes Nacionales en Literatura 1998, Bogotá, 1002 pp.

(2) https://rebelion.org/matar-un-acto-excluido-de-nuestras-vidas/

(3) https://www.youtube.com/watch?v=0926TrIe0Qs  

(4) KUNDERA, Milan. El arte de la novela, PDF, 52 pp.: 31.

(5) https://es.wikipedia.org/wiki/El_dormitorio_en_Arl%C3%A9s

(6) Rojas Herazo, Héctor. Las úlceras de Adán, Norma, Bogotá, 1995, 80 pp.: 70.

(7) Íbidem: 75.

(8) BERLIN, Isaiah. La traición de la libertad – Seis enemigos de la libertad humana. FCE, pdf, 181 pp.: 28.

(9) ROSSELLINI, R. Un espíritu libre no debe aprender como esclavo, Paidós, Barcelona, 2001, 165 pp.: 102 a 105.

(10) En ensayo sobre Celia se pudre para el portal Rebelión. https://rebelion.org/hector-rojas-h-una-gran-idea-merece-un-cadaver/ 

(11) Tesis Alexander Casalins, PDF sobre el libro Desde la luz preguntan por nosotros, 191 pp.: 148 a 159. https://repositorio.unicartagena.edu.co/handle/11227/899

(12) https://monoskop.org/images/6/68/Calvino_Italo_Las_ciudades_invisibles.pdf  

(13) Revista que, dirigida por el escritor, poeta y docente Julio Sierra D., así festeja el centenario de HRH.

* (Bogotá, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico literario, de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector. Colaborador de El Magazín de EE desde 2012, y columnista, 23/mar/2018. Su libro Ocho minutos y otros cuentos, Colección 50 libros de Cuento Colombiano Contemporáneo, fue lanzado en la XXX FILBO (Pijao Editores, 2017). Mención de Honor por Martin Luther King: Todo cambio personal/interior hace progresar al mundo, en el XV Premio Int. de Ensayo Pensar a Contracorriente, La Habana, Cuba (2018). Siete ensayos sobre los imperialismos – Literatura y biopolítica, en coautoría con Luís E. Soares, fue publicado por UFES, Vitória (Edufes, 2020). El libro El estatuto (contra)colonial de la Humanidad, producto del III Congreso Int. Literatura y Revolución fue lanzado por UFES, el 20/feb/2021. Autor, traductor y coautor, con Luis E. Soares, en el portal Rebelión. E-mail: [email protected]