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Irak: doble fracaso

Fuentes: Gara

Irak es un callejón sin salida para los frívolos promotores de la invasión y ocupación que asolan el país desde marzo de 2003. Es una realidad prevista por muchos que en su momento denunciamos tamaño despropósito y diluye de modo integral todos y cada uno de los «argumentos» que justifican y validaron aquella agresión ilegal, […]

Irak es un callejón sin salida para los frívolos promotores de la invasión y ocupación que asolan el país desde marzo de 2003. Es una realidad prevista por muchos que en su momento denunciamos tamaño despropósito y diluye de modo integral todos y cada uno de los «argumentos» que justifican y validaron aquella agresión ilegal, aún hoy vigente. Si a corto plazo la invasión y ocupación fue un fracaso, el balance a medio plazo también es deficitario.
La ocupación de Irak se ha explicado desde diversos parámetros, oficiales y oficiosos. Al margen del «circo» en torno a las ADM, lo cierto es que la invasión de Irak partía como eje vertebrador de la Doctrina ultraconservadora del Nuevo Siglo Americano para Oriente Medio. Hoy todo son caras de poker.

A nivel geoestratégico, la Operación no ha permitido el control del país con objeto de desarrollar e incrementar la producción de crudo, rentabilizarla e instrumentalizarla para sosegar los mercados. La blitzkrieg «ejemplarizante» desarrollada entre el 20 de marzo y el 1 de mayo de 2003 tampoco ha sido lo exitosa que debiera, sobre todo porque, desde entonces, la iniciativa militar corre, ¡y de qué modo!, de mano de las insurgencias, por lo que hoy se puede decir que Irán y Siria «no han captado el mensaje» que se les sugería con aquel alarde de capacidad bélica.

En ese sentido, Irak es hoy lo que la invasión decía querer abortar: un foco «terrorista». El estable Irak del Baaz, ajeno a las redes yihadistas, es actualmente el campo de acción abierto de decenas de grupos que en marzo de 2003 no existían.

Efectos colaterales

La disolución del Estado baazista ha enconado las rivalidades entre las comunidades que componen el Estado iraquí y, hoy, las tres zonas imaginarias en las que se dividió el país tras la primera guerra del Golfo, las definidas por los paralelos 33 y 36, responden a realidades antagónicas que hacen inviable la reconstitución de un proyecto estatal unificado.

La única entidad estratégica de la Operación que puede considerar EEUU en positivo es sin duda el efecto colateral que la disolución del Irak baazista ha tenido en el desarrollo «exitoso» de las políticas impositivas de Israel en el marco palestino, y los «márgenes» operativos que se han reproducido en el ámbito libanés (como expresión más reciente de estos «efectos colaterales» podemos mencionar la reciente muerte del ministro de Interior sirio Ghazi Kanaan).

Es una evidencia que desde la invasión todo el calendario impuesto por la ocupación y todas las iniciativas por definir parámetros que afiancen un proceso de normalización han fracasado. En octubre de 2005 podemos decir que, además de la fractura intercomunitaria que ha sancionado el «nuevo marco democratizador», éste ha sido el mejor paradigma de lo que «aporta» el modelo ocupante.

Al margen de la trastienda (bombardeos indiscriminados, escuadrones de la muerte, humillación identitaria y cultural, destrucción de infraestructuras), el escenario normalizador se ha caracterizado por la tortura indiscriminada en Abu Grahib y otros centros, la constitución de una Policía y un Ejército represivos, la destrucción de Faluya, corrupción generalizada en las «nuevas instituciones provisionales» (5 ministros y 23 funcionarios de Defensa han sido acusados de apropiarse de 1.300 millones de dólares) y la permisividad con la delincuencia y las bandas.

Un ejemplo de que la caótica actual situación no se circunscribe al famoso «triángulo sunni» y de que la incapacidad manifiesta no es sólo de los norteamericanos, sino también de sus aliados, es visualizable en la «próspera Basora», donde hay choques fratricidas entre diferentes milicias chiíes (las Brigadas Báder de la CSRII y la AII, el Ejército de Mahdi de Al Sadr, los Al Fadila de Yacubi…) y con las tropas británicas de ocupación.

El calendario táctico que la ocupación ha ido intentando implantar ha chocado sistemáticamente con la acción de las insurgencias. Las elecciones de enero, así como la actual consulta constitucional, que se va a celebrar mañana, son los dos ejes sobre los que los ocupantes tratan de explicitar «el modelo democrático para Oriente Medio» pero, objetivamente, al margen de la propaganda grandilocuente, han fracasado. Para empezar, porque son claros moldes de procesos meramente votocráticos en los que no existen garantías que certifiquen un verdadero proceso democrático. Y el objetivo final reclamado no era otro que el de «llevar la democracia a Irak». Desde el quórum procedimental hasta las planchas censales, pasando por las proporcionalidades validables, todos los mecanismos desarrollados deshomologan como democráticas las consultas. Pero, además, el marco impositivo sobre el que se desea implementar «la democracia» vicia de base toda posible acción normalizadora. Es imposible democratizar desde la ocupación, y es imposible democratizar desde el desvarío improvisatorio y el caos organizativo, sin olvidar, además, la situación general de falta de condiciones objetivas para un proceso democrático.

Mañana, «exito» seguro

El patético desarrollo de todo el proceso constitucional, parido desde el interés subjetivo de las comunidades premiadas por la ocupación, tiene como colofón la farsa de mañana. Un referéndum «exitoso» de modo previo que seguro que «cumple las expectativas» y es una «lección democrática del pueblo iraquí».

Pero lo cierto es que lo que mal empieza, mal acaba, y mientras la ocupación siga siendo el único eje legitimador del orden impuesto, Irak seguirá inmerso en el huracán de la guerra insurgente, el terrorismo yihadista y las acciones terroristas de los escuadrones de la muerte y los servicios de inteligencia enfrascadas en hacer estallar la guerra civil.

Así es, esa es «la salida» que estos últimos intentan vertebrar para el fracaso iraquí: generar de una vez por todas la guerra civil interna que sirva como escenario de salida de las fuerzas ocupantes. Mientras, los sunnies, cada vez más aislados, seguirán sufriendo la represión indiscriminada ocupante por su falta de colaboración. Desde el Consejo de Ulemas hasta los partidos más «colaboracionistas» sunnies, rechazan este proyecto «constitucional». Por el contrario, los chiíes refuerzan subrepticiamente sus lazos con Irán, manteniendo la hegemonía política en el nuevo orden, mientras el Kurdistán se convierte en el feudo norteamericano-israelí, cada vez más alejado «del centro» y trampolín operativo de alto valor geoestratégico.