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La conjura del pasado

Fuentes: Página 12

Los fantasmas del pasado vienen a decir que los hombres no hacen la historia a pura voluntad. Retomando el cíclico legado de Marx, oscilante entre la tragedia y la farsa, Alejandro Guyot da a conocer Brumarios, su primer libro de poemas

Cuando el 9 de noviembre de 1799 Napoleón Bonaparte dio el golpe de Estado que terminó con el Directorio y dio lugar al Consulado, marcó el final de la Revolución Francesa. A propósito de este hecho, Marx escribió en El 18 Brumario: «Los hombres no hacen su historia a su propio arbitrio. No la hacen bajo circunstancias que han elegido sino que les fueron determinadas. Circunstancias legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y transformar las cosas, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal».

Brumarios, el primer libro de poemas de Alejandro Guyot, tiene una deuda honesta, es decir, declarada implícitamente, con la idea de Marx acerca de la conjura del pasado. Y no menos le debe, en lo que a su título corresponde, al segundo mes del calendario republicano francés, el Brumario que se extiende desde fines de octubre a fines de noviembre y alude a las neblinas y las brumas. Lo que llama de entrada la curiosidad del lector es la cantidad de acápites que presiden sus poemas. Desde Tom Waits y Leonard Cohen pasando por Mika Waltari y Par Lagerkvist hasta llegar a Osvaldo Lamborghini y Juan Gelman. Podría pensarse en este citar permanente como un lustre literario, incluyendo, con sarcasmo chirriante, citas de Hitler y Carlos Menem. Las citas como inseguridad, se diría, punto de apoyo. Pero también, por qué no, interpretar estos poemas como una estrategia: la creación de apostillas de las citas que ganan su autonomía. Volviendo a Marx: se trata de una conjura, casi de carácter sacramental, de los nombres del pasado, las consignas de guerra, y Guyot se las apropia para representar una nueva escena. Por otro lado, cabe apuntar, Guyot no es un parvenú a la escritura poética. Es la voz cantante de 34 puñaladas, el grupo de tango guitarreado más riguroso y coherente surgido en estos últimos años. Slang, Argot y Bombay Bs. As. son los títulos de sus opus y devienen elocuentes a la hora de leer estos poemas. Las letras de Julián Centeya y Carlos de la Púa conviven en el repertorio del quinteto con composiciones del propio Guyot. En este rescate del tango más pesado y, a la vez, más sutil y transformador del lenguaje (el decir refinado y el rante), se proyecta sobre sus versos un aire entre Baudelaire y Tuñón. «Entrada ya la noche/alguien conversa con sus propios fantasmas,/esos que a veces llegan a pedir posada/en el alma polizonte. /Algo que comer, algo que beber,/tabaco y un lugar para pasar la noche -si es la noche algo que realmente pasa- El rezongo de los resortes/bajo el peso de los cuerpos no molesta a nadie/a estas horas de la madrugada;/porque aunque todos crean que duermen, nadie en realidad descansa.»

En esta zona, lo tanguero: música ciudadana: «La urbe traza sus tramas. Secretas. Intimas. De a por miles. De a un millón». Las urbes: París y Buenos Aires. El tango como conexión entre territorios míticos, pero no sólo desde el lado de la marginalidad y la soledad. Las metrópolis tangueras respiran también la tensión social: «¡Desde adentro! ¡Desde el centro mismo de su sistema nervioso! ¡Desde su enraizada médula espinal». Recordemos las barricadas del XIX y más acá, cuando París dejó de ser una fiesta y los pibes morochos desposeídos salieron a quemar autos y a incendiar la sociedad burguesa. Escribe Guyot: «El cielo se llenó de humo/sobre la pequeña ciudad estrellada». Y trae la memoria de Gastón Rivas, el motoquero asesinado en la revuelta del 21 de diciembre de 2001: «Ultimo sosiego/último cigarro/última pitada. Un último respiro/última mirada/una última visión, antes de encarar el pelotón».

Las citas apuntan, en su intención, un origen. Y es acá donde Guyot recupera pistas sobre un tatarabuelo anarquista que participó en la comuna de París, enamoró a la hija de un hotelero y luego fundió el negocio alojando compañeros, lo que provocó su exilio y tuvo que embarcarse en el vapor Paraguay hacia Buenos Aires. Aquello que pueda haber de cierto en esta vida que suena a imaginaria remite a Marcel Schwob y, a la vez, homenajea una estirpe.

Para ser una primera colección de poemas, Brumarios se presenta, al modo borgeano, asumiendo una biblioteca pero, a la vez, la calle. Difícil no ceder a la lectura de estos poemas desde las citas como pacto literario donde, paradójico, se consolida, como resignificación, un acento propio. Los monarcas y cancilleres de sus poemas, que cada lector identificará a su gusto y antojo, tienen tanta vigencia como el nomadismo existencial: «En medio del viaje/a nuestros pretéritos anteriores/sobrevino de repente la culpa». Ni más ni menos, una escritura consciente de que la historia es yerra ineludible en la escritura. Es entonces cuando todas las referencias se cargan de sentido y se concentran en un fragmento de Gelman: «Con este poema no tomarás el poder», dice, «con estos versos no harás la Revolución», dice,/»ni con miles de versos harás la Revolución», dice/»Se sienta sobre la mesa y escribe».