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La familia es lo de menos

Fuentes: El Cohete a la Luna

Los cuentos de Katya Adaui traen brisas andinas a la literatura latinoamericana.

Dentro de las concéntricas esferas de socialización, la familia nuclear suele ser, luego del átomo íntimo, la más próxima al punto central: el hablante. En espejo al lugar común “pinta tu aldea”, la literatura de todos los tiempos viene gastando los espacios domésticos al momento de desarrollar sus tramas. Sitio filoso, más proclive a la autolesión que al recorte esmerado, suele infringir a neófitos y descuidados el letal zarpazo del ensimismamiento. Misteriosas razones que no es momento de explorar, hacen a la literatura vernácula contemporánea proclive en grado sumo a esas tentaciones, en comparación con la restante producción latinoamericana.

Pese a trasegar las callecitas porteñas desde hace algunos años, la peruana Katya Adaui (Lima, 1977) viene zafando del estrago narcisista, acaso imbuida en ese castellano audaz y prolijo de su tierra natal. Delicias que cultiva en los dieciséis cuentos que contiene Geografía de la oscuridad, publicados recientemente en estas costas. La esfera familiar en que transcurren dejan de lado toda endogamia para constituirse en locación, una escenografía capaz de albergar situaciones y personajes cuya humanidad, prosapia y carácter varía en forma rotunda de una historia a otra. Lo primero que sacude al lector, que ya ha constatado en la tapa y solapas que la autoría se debe a una mujer, es la caída del prejuicio de que han de ser voces femeninas las que surjan en cada relato. Supuesto que se desploma al apreciar que, a excepción de tres o cuatro cuentos, la voz narrativa resulta masculina, con cadencia, dinamismo e identidad diversa, propia y apropiada.

La autora, Katya Adaui.

Adaui repasa géneros y edades con la maestría de quien es capaz de transitar con prudencia y verosimilitud esa diversidad, sin tropiezos ni reiteraciones. Hasta hace hablar a un muerto, en el potente relato El que no está, donde una entrada del mar en la roca costera atrae osados pescadores y la rompiente de cada ola anticipa la tragedia. Intensidad que se replica en sucesos cotidianos: las joyas de la abuela que invisten el baño de la niña para transformarse en prenda de prejuicios y revanchas. O un incendio que despierta la solidaridad vecinal y el arrojo de quien se atreve a enfrentar otras igniciones para, de una buena vez, salir del closet. También, la confusión agnóstica del adolescente que encara un retiro espiritual que resulta en un recorrido por los pasadizos de la perversa ambigüedad monacal.

Temores atávicos que el convencionalismo social adjudica al rol materno, de repente pegan un vuelco: “Te volteas y ya no están. Alguien los tomó de la mano y no fuiste tú. Te volteas y renacen en otra familia. Tienen nuevos  nombres y apellidos y apodos entrecomillados. No voy a privarme de ver a mis hijos transformados en seres sin preguntas. Hoy no”. Eso murmura para sus adentros un padre, en ocasión de salir en busca de golosinas con sus hijes disfrazados de ratón y elefante, respectivamente, en Los animales en los cuerpos de mis hijos.

Una tensión constante hilvana el conjunto de las tramas con la ironía a modo de sosiego. Descripciones que el lector puede optar como metáforas, sin excluirse, configuran escenarios, construyen atmósferas: “Lo pensó como un pulpo, tentáculos para subir y bajar palancas y normar el brillo y la tiniebla. Un dios flotante. Los pulpos son astutos y escurridizos. Escapistas profesionales. Huyen por orificios angostos, laberintos de los barcos pesqueros; se devuelven al mar, se chorrean a él, de nuevo vastos. Los pulpos tienen tres corazones. Dos llevan sangre sin oxígeno a las branquias. El tercero, la sangre oxigenada a todo el cuerpo. Desde que lo supo, dejó de comerlos”. Poética de figuras, la oscuridad en la prosa de Adaui encuentra brillo en los relámpagos que la entrecruza. En forma esporádica, se vale de algún recurso de ecos peruanos revisitados, en los que deja al lector la conclusión: “Una tarde, un lujo, me las puse, decoré, bailaban en mis dedos infantiles, en el cuello que todavía nadie”. O bien: “Los niños ríen y esta noche. Ríen y la vida”. Asimismo: “… mis hijos me siguen o yo”. Pueden parecer frases inconclusas, hasta errores, pero no. Más bien construyen remates destinados a la algarabía de las lectura, convocatorias a la inteligencia para quien se ha permitido zambullirse en el relato.

Permítaseme una digresión: en las altas culturas andinas que habitaban antes de la invasión española las playas, valles y montañas del país de donde Katya Adaui es oriunda, cundía un modo de producción sistematizado hoy como de control vertical de nichos ecológicos. El guano que las aves depositaban en las costas servía de abono a las plantaciones de los valles, a la vez que en las laderas se criaba ganado y las alturas proveían de hierbas y un centenar de variedades de tubérculos. Un tan complejo como aceitado sistema de intercambios permitía que el pescador contara con leche y carne proveniente de la montaña, el pastor de altura contara con pescado fresco y granos y así sucesivamente. Un sistema de prestaciones y contraprestaciones en el que la producción se diversificaba y los excedentes se distribuían. Mucho de esta generosidad, sin dudas sin saberlo, se hace presente en la literatura que fluye en Geografía de la oscuridad.  Pues los dispositivos de traslación de prácticas y sentidos no es preciso que se tornen explícitos a fin de hallar eficacia. Serpentean por entre la letra sin retornar viciosamente al mismo lugar. Por el contrario, incorporan parajes cuya novedad reside en aquellos aspectos desapercibidos, nunca por haber permanecido ocultos, sino porque no se ha reparado debidamente en ellos. Algo semejante a lo que le ocurrió a los invasores españoles, que demoraron casi un siglo en descubrir la papa que se sembraba frente a sus ojos.

FICHA TÉCNICA

Geografía de la oscuridad

Katya Adaui