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La historia de Cheney necesita una revisión

Fuentes: Los Angeles Times

Si el debate acerca de la guerra en Irak, encarnizada polémica que ahora acapara las primeras planas de nuestros periódicos, y las ondas de radio y televisión no prueba otra cosa, al menos ya ha demostrado que este gobierno considera que el período de atención de la opinión pública puede medirse en nanosegundos y que […]

Si el debate acerca de la guerra en Irak, encarnizada polémica que ahora acapara las primeras planas de nuestros periódicos, y las ondas de radio y televisión no prueba otra cosa, al menos ya ha demostrado que este gobierno considera que el período de atención de la opinión pública puede medirse en nanosegundos y que la memoria dura lo que un merengue a la puerta de un colegio.

Tomemos como ejemplo la sorprendente declaración pública en extremo reveladora hecha esta semana por el vicepresidente Dick Cheney y el director de la Agencia Central de Inteligencia Porter J. Goss:

Cheney declaró este lunes ante una audiencia en el American Enterprise Institute que todo el que sugiriera que el presidente Bush o cualquier otra persona en su gobierno, había tergiversado o exagerado los informes de inteligencia previos a la guerra que indicaban que Saddam Hussein supuestamente poseía armas biológicas o nucleares, para justificar la invasión a Irak, era culpable «del más corrupto y desvergonzado revisionismo» histórico.

Según el vicepresidente: «cualquier sugerencia de que la información previa a la guerra fue tergiversada, exagerada o fabricada por el líder de la nación es completamente falsa» y es el resultado de un «pesimismo contraproducente».

Seguro.

Solo 24 horas antes, Bob Drogin y John Goetz de The Times describieron con detalles vívidos y convincentes la forma en que el gobierno exageró y utilizó de manera insensata e incorrecta los informes de inteligencia sobre la presunta fabricación de armas biológicas de Hussein, proporcionados por el ahora notorio desertor iraquí de seudónimo «Curveball» (Curva). ¿Quién dice que los espías no tienen sentido del humor? Según Drogin y Goetz, los oficiales que atendieron a Curveball en Alemania, donde solicitara asilo político, advirtieron en reiteradas ocasiones a sus homólogos estadounidenses que su informante era un fabricador -posiblemente inestable- y poco confiable. Aun así, Bush y el entonces Secretario de Estado Colin L. Powell incorporaron sus fantasías entre sus argumentos de guerra. Los concienzudos agentes de la CIA, que trataron de denunciar el engaño que el gobierno encontró deliciosamente conveniente, fueron enviados a oficinas sin ventanas ni teléfonos.

Las razones de Cheney para ignorar estos hechos -y para calificar de «revisionistas», epíteto con una fuerte carga política, a aquellos que se niegan a seguirlos- son muy claras. Un amplio espectro de encuestas de opiniones públicas muestran que en la actualidad más de la mitad del pueblo estadounidense cree que la guerra en Irak es un error y que el presidente los engañó para justificar la invasión. El vicepresidente y sus aliados dentro del gobierno fueron los más enérgicos defensores de la guerra y una reciente encuesta del Newsweek concluyó que solo el 29% de los estadounidenses considera que Cheney es honesto o ético.

¿Por qué entonces ponerlo a dar la cara para justificar las acciones del gobierno? Como dijo William Kristol del Weekly Standard: «su popularidad ha disminuido y probablemente no sea el mejor mensajero para los independientes y los electores indecisos, pero si de discusiones se trata, hay que reconocer que es bueno y que su estilo es el apropiado.»

Claro.

Aquí la cuestión no es llegar a la verdad de nuestra precipitada zambullida en el lodazal de Irak,- y, sí, es hora de retomar esa palabra- se trata de ganar una discusión que ha reducido considerablemente la popularidad del Presidente.

Y esto nos lleva a Goss, de la CIA, que esta semana afirmó al USA Today: «Esta agencia no tortura. Utilizamos capacidades legales para recopilar información de vital importancia y para ello empleamos una serie de tácticas especiales e innovadoras, todas legales y ninguna consiste en la tortura.»

Afortunadamente, algunos de los que están obligados a trabajar para Goss tienen la conciencia más fuerte que su estómago. Las técnicas de interrogación descritas a la cadena televisiva ABC News no pueden catalogarse como «innovadoras o especiales,» y sí como tortura. Por ejemplo, emplearon los términos «sacudir o golpear» a los prisioneros para provocarles dolor o miedo. También refieren que a los prisioneros con grilletes en las manos y los pies se les obliga a permanecer de pie hasta cuarenta horas. A otros se les confina desnudos en celdas con temperaturas heladas, y los rocían periódicamente con agua fría.

Sin embargo, lo mejor es algo que se denomina «waterboarding» (simulación de ahogamiento) y que las fuentes de la ABC en la CIA describieron de esta forma: «Se ata al prisionero a una tabla inclinada, con los pies en alto y la cabeza un poco mas abajo de los pies. Se cubre el rostro del prisionero con papel celofán y se vierte agua sobre este. Inevitablemente, los invaden las náuseas y un miedo aterrador a ahogarse que los lleva a suplicar de inmediato que pongan fin a la tortura.»

El miércoles, en un editorial muy preciso sobre el tema, el periódico The Washington Post se preguntaba: «¿Acaso estas técnicas ‘no son tortura’ como alega el Sr. Goss? De hecho, muchas de ellas han sido aplicadas por regimenes represivos en todo el mundo y el Departamento de Estado solía condenarlas con regularidad en sus informes anuales de derechos humanos. Al insistir en que no son torturas, el Sr. Goss establece una nueva norma, tanto para el tratamiento que otros gobiernos dan a los detenidos como para el manejo de los prisioneros estadounidenses. Si un piloto estadounidense es capturado en el Oriente Medio y luego golpeado, confinado desnudo en una celda fría y sometido a la técnica de simulación de ahogamiento Goss diría que no fue torturado.

¿Acaso importa?

Aparentemente a otras personas en la CIA sí les importa. Como publicara el periódico New York Times el jueves, una de las razones principales por las que el Gobierno atenuó los cargos contra el presunto terrorista José Padilla, a quien en un principio el Gobierno acusó de haber conspirado para hacer estallar la llamada bomba «sucia» en los Estados Unidos, fue que los testigos más importantes en su contra habían sido torturados. Son dos líderes de alto rango de Al Qaeda, Abu Zubeida y Khalid Shaikh Mohammed, actualmente detenidos en secreto por el gobierno de los Estados Unidos.

Según el New York Times, el inspector general de la CIA descubrió que Mohammed, considerado como el artífice de los ataques de 2001 al World Trade Center y el Pentágono, «había sido sometido al uso excesivo de una técnica que consistía prácticamente en ahogarlo durante los primeros meses de su captura».

Aparentemente los informes relacionados con el tema nunca llegaron al escritorio de Goss, por lo que no tuvo la oportunidad de informar a Cheney. Quizás cuando lo haga, también pueda lograr que el vicepresidente solucione el problema de Curveball lo antes posible.

Los que más han subido la parada desde el punto de vista retórico dentro del gobierno son Cheney y Goss y han contribuido a esclarecer el delicado problema nacional que también está en juego en el creciente debate sobre la política exterior de Estados Unidos en la guerra de Irak.

Hace cerca de 40 años, el premio Nobel Czeslaw Milosz-cuyo libro «The Captive Mind» (la mente cautiva), de 1953, sigue siendo una descripción inigualable de los males que supone el conformismo intelectual ante el oportunismo político, escribió el poema «Incantation» (conjuro), que comienza con estos versos:

La razón humana es bella e invencible.
No hay reja, alambre de púas, destrucción de libros
o sentencia de destierro que pueda vencerla.
Expresa con palabras las ideas universales,
Y guía nuestra mano para que escribamos
Verdad y Justicia con mayúsculas,
mentira y opresión con minúsculas.

¿Hay un reproche mejor a las evasiones lingüísticas de nuestros torturadores autóctonos, sus cómplices y apologistas? ¿Alguna vez los medios de difusión estadounidenses necesitaron con mayor urgencia recuperar el desdén de Edgard R. Murrow por esa falsa imparcialidad que «le otorga a las palabras de Judas la misma importancia que a las de Jesús»?

Hacer un análisis crítico del pasado no es revisionismo. Las sociedades maduras y sensatas -al igual que los individuos- aceptan que tienen la obligación de analizar el pasado para comprender con mayor claridad el presente. No exageramos cuando decimos que esto es un deber moral. La historia, después de todo, es nuestra memoria colectiva, aunque tenemos que reconocer que, aún con la mejor de las intenciones, es inevitablemente selectiva y falible.

Es por eso que Cheney tiene razón al menos en una cosa: falsear deliberadamente la historia solo para obtener mayores ventajas políticas es una perversión social nociva en extremo. Es, utilizando su propio adjetivo hiriente y acertado, «censurable».

Sin embargo, el recuento sincero y la reflexión sobria no constituyen revisionismo, a menos que, por supuesto, ya se esté comprometido con el auto engaño y decidido a convencer a otros a vivir con esa mentira.

Traducido por Isabel Perea, para Cubadebate

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