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La Operación «Cortina de acero»

Fuentes: Rebelión

Traducido para Rebelión por Germán Leyens

dahrjamailiraq Una inmensa operación militar de EE.UU. vuelve a atacar el área de Al-Qa’im de Irak. Esta vez se llama «Cortina de acero».

El día de mañana marca el primer aniversario del inicio de la masacre en Faluya y EE.UU. sigue combatiendo casa por casa en la pequeña localidad de Husaybah, cerca de Al-Qa’im.
Según Al-Jazeera: «Falih Abd al-Karim, periodista iraquí, declaró a Aljazeera que fuerzas de EE.UU. e iraquíes estaban posicionadas en el vecindario al-Sikak y al norte y al sur del vecindario 12 Rabia al-Awal en el centro de Husaybah.
Esto sobrevino después de que aviones de guerra de EE.UU. atacaron el domingo por la noche al-Jamahir, al-Risala y otros barrios de la ciudad, destruyendo casas, matando e hiriendo a docenas de personas, dijo.
Los cuerpos permanecieron bajo los escombros de las casas porque las fuerzas de EE.UU. no permitieron que fueran enterrados, o los heridos transportados a hospitales, agregó Abd al-Karim.
El bombardeo de EE.UU. ha destruido edificios gubernamentales, incluyendo la escuela primaria de al-Jamahir, la escuela preparatoria para niños de al-Qaim, el edificio de supervisión educacional, la oficina de correos de al-Qaim y el centro de comunicaciones, el directorado de educación de al-Qaim y dos mezquitas en la ciudad, dijo.»
Una vez más, se habla poco o nada de los efectos sobre la población civil en todos los principales medios dominantes de EE.UU. Lo que sigue es un informe de primera mano del periodista Sabah Ali que se arriesgó a ir hace muy poco al área sitiada. Es parte de la única información disponible de una fuente independiente sobre el actual ataque. Fue escrito el 6 de noviembre:
«Normalmente sólo se tarda una hora desde Al-Qa’im (Husaiba, como la llaman los residentes locales) a Haditha. Partimos a las 8.45 de la mañana y llegamos al primer punto de control en Haditha a las 5 de la tarde. Tuvimos que utilizar un desvío de una hora por la polvorienta ruta del desierto para llegar al punto de control de la fábrica de cemento, que normalmente queda a 10 minutos por la ruta pavimentada. Pero fue la parte más fácil del asunto. Antes de llegar nos detuvo un convoy estadounidense. Tuvimos que salir del pavimento durante varios metros, y poner los coches de frente al desierto hasta que pasó el convoy y se alejó considerablemente. Apenas nos habíamos movido, llegó otro convoy del lado opuesto. Tuvimos que abandonar el pavimento y volver a aparcar los coches cara al desierto. Cuando los militares se encontraron lejos, dentro de la fábrica de cemento, comenzamos a movernos.
«Pero los miembros de la Guardia Nacional Iraquí nos advirtieron: «¡Váyanse!» a punta de pistola. No hacía demasiado calor ese día de fines de octubre, pero el viento y el sol no ayudaban a los que ayunaban: eran los últimos días del ayuno del Ramadán. Tuvimos que esperar 6 horas. La mayoría de la gente en la ruta eran familias, que volvían con sus animales y sus muebles a Si’da, después del fin del último ataque (o es lo que se imaginaban). Decenas de camiones y coches pequeños esperaban desesperanzadamente en medio del desierto. Una anciana sorda de más de 80 años lloraba amargamente, preguntando por qué la sabiduría de Dios no se compadecía de su alma y la sacaba de esta situación. «El frío me mató», murmuraba, apenas.
«Una joven madre de seis, Ida Thiyab, cambiaba los pañales de su bebé; había dejado su hogar cuando tenía sólo un día. Ahora tiene dos meses. Una tercera madre buscaba agua potable para alimentar a su bebé. Soriya, madre y abuela de una gran familia, sufre de asma, y en el campo de refugiados el médico no sabía cómo ayudarle… etc.
«¿No es peligroso volver a casa ahora, cuando la situación todavía no es segura?» (Uno de los peores ataques comenzó posteriormente el 5 de noviembre de 2005, con el nombre de Cortina de Acero: participaron 3.500 soldados estadounidenses e iraquíes).
«¿Qué otra cosa podemos hacer?» replicó Ida. Hace demasiado frío, sobre todo de noche, en el desierto; vivimos en una carpa hecha de sacos de harina durante dos meses.»
«Al darse cuenta de que no había posibilidad de que se abriera la ruta ese día, los conductores decidieron partir y tratar de pasar otro punto de control. Estaba abierto, pero la fila era tan larga que no se veía su fin. El cacheo era tan exhaustivo que tardaba casi 10 minutos hasta que un coche de cada lado pudiera llegar a moverse. Algunas familias trataron de convencer a un soldado estadounidense de que facilitara las cosas a los niños y los ancianos. Era amable y prometió ayudar. «Pero tengo órdenes» dijo. Se acercaba la hora del desayuno, toda la gente estaba ayunando.
«Condujimos a 150 Km/h: tuvimos que pasar por otros tres puntos de control hasta llegar al último, en la puerta de Haditha. Allí, cuatro Humvees (vehículos blindados estadounidenses) nos rodearon desde tres lados. Algunos de los soldados descendieron, tomaron posiciones de fuego y comenzaron a gritar en mal árabe: «¡Desciendan y dejen las puertas abiertas!» Lo hicimos de inmediato. Nos dijeron que avanzáramos. Lo hicimos.
«En uno de los coches una mujer se enfureció, no obedeció, y comenzó a gritarles: «Soy doctora, se supone que esté trabajando ahora mismo, y paso todo el día aquí en estas colas, ¿por qué no respetan nuestro tiempo, no ven que somos civiles, cuántas veces tienen que registrarnos…? etc. Otra mujer estaba muy preocupada por ella, trató de volver a ayudarle, pero le ordenaron que no se moviera. «¿Qué es esto? ¿Nos arrestan?» se quejó, pero no le respondieron. Hubo un lío, llamados por radio entre los soldados y los oficiales, al final dos oficiales muy grandes llegaron cerca y preguntaron quién era la mujer que estaba enfurecida.
«No dejó de gritarles: ‘Estamos hastiados’, dijo. El oficial, sorprendentemente, le preguntó tranquilamente si tenía alguna pregunta y si estaba enojada. ‘Es por su propio bien, y también por el nuestro, esta demora’ dijo. Registraron escrupulosamente su coche, y la dejaron ir.
«Los soldados iraquíes, con acento evidentemente sureño, pidieron placas. Como no éramos de Haditha, nos dijeron que teníamos que volver atrás. «La carretera será clausurada en 15 minutos», dijeron. Decidimos dejar el coche, cruzar el punto de control a pie, y que trataríamos de conseguir un coche al otro lado. Haditha ya no estaba a más de 15 minutos.
«Allí la situación era diferente que en Al-qa’im. Los soldados estadounidenses e iraquíes estaban por todas partes en las calles. No hubo más búsquedas en los coches, sólo controles de identidad. Se veían señales de los últimos ataques por todas partes en los edificios, en las caras, y en los ojos recelosos.
«Escuchamos la descripción del mismo panorama. Habían cortado todo: agua, electricidad, teléfonos, carreteras. La ciudad fue sitiada antes de que los bombardeos comenzaran el 5 de octubre de 2005 y continuaran durante 18 días. Muchas casas fueron demolidas, numerosas familias se fueron a campamentos de refugiados, mucha gente fue arrestada, incluyendo el secretario de la Asociación de Eruditos Musulmanes en Haditha y su hijo. El hospital general estuvo ocupado durante 10 días; el director del hospital y uno de los doctores fueron brutalmente golpeados y luego arrestados durante una semana dentro del hospital. Muchas escuelas y oficinas seguían ocupadas. Todas las casas fueron allanadas, algunas dos veces el mismo día. Confiscaron todas las armas, incluyendo las personales. No hay gobierno, ni oficinas, ni escuelas, ni trabaja, ni mercados… nada. ‘Haditha es una ciudad destrozada’, repitieron sarcásticamente los residentes.
El doctor Walid Al-Obeidi, director del hospital general de Haditha y el doctor Jamil Abdul Jabbar, el único cirujano en Haditha fueron arrestados durante una semana, terriblemente golpeados y soldados estadounidenses los amenazaron con que el tratamiento repetiría en el futuro.
El doctor Walid dijo: «Me arrestaron en mi casa, delante de mi familia, me cubrieron los ojos y me ataron las manos por detrás de la espalda el 5 de octubre de 2004 por la mañana, durante el último ataque contra Haditha (a 360 kilómetros al oeste de Bagdad). Ocuparon el hospital durante 8 días y lo convirtieron en su oficina. El primer día me golpearon en los ojos, la nariz, la espalda, en las piernas… Mi cara estaba cubierta de sangre. No me pude lavar la cara porque comenzaba a sangrar de nuevo. Cuando me sacaron las ligaduras no podía ver. Me interrogaron hasta la tarde. Me di cuenta más tarde de que estaba arrestado en el almacén del hospital. Luego me ataron las manos por delante, y me dejaron durante dos días. Entonces me llevaron al departamento de farmacia. Me acusaron de atender a terroristas, y me preguntaron sus nombres.
Les dije que yo atiendo a pacientes no importa cuál sea su identidad, o su posición política, cumpliendo con mi juramento de médico; si eran guardias nacionales (lo que realmente hice) o soldados estadounidenses. Y que en todo caso, si no quisiera atender a insurgentes, no tendría otra alternativa porque van armados y enmascarados. Haría cualquier cosa que me dijeran que hiciera. Unos pocos días más tarde, uno de los soldados entró a la pieza, no dijo nada, volvió a patearme en la cara y se fue.»
El doctor Jamil, cirujano desde hace 20 años, fue también arrestado y golpeado de modo extremadamente brutal. Cuando lo vimos, 22 días después, su cara todavía tenía un tono azulado. Tenía la nariz quebrada, y un gran agujero en la cabeza. Dijo: «Me golpearon en los ojos y en la nariz, me patearon con sus botas en la mandíbula. Uno de ellos me amenazó con que si no hablaba hasta la cuenta de tres, me dispararía. Comenzó a contar, y después de tres dio vuelta su fusil y me golpeó con la culata. Durante días no me pude mover ni ver. Nos amenazaron con abusar de nuestras familias. Por algún motivo me sacaron una foto mientras estaba sangrando. Pude oír el clic de su cámara.»
Amenazaron a los dos doctores con que si no hablaban, recibirían el mismo tratamiento en el futuro. Les advirtieron que no dieron ninguna información sobre el arresto a los medios. Les preguntaron quién había escrito las consignas hostiles a los estadounidenses en el muro opuesto al hospital (había diferentes consignas en ese muro en lados opuestos: los soldados estadounidenses – la letra J – y los insurgentes). «¿Cuáles son los nombres de los insurgentes que atendieron?» preguntaron, «¿Quiénes son los que están en las fotos de cuerpos en el ordenador del hospital?»
El doctor Walid dijo que no sabía quién escribió en el muro delante del hospital, cuáles son los nombres de los insurgentes, porque iban con máscaras. Explicó que las fotos de cadáveres eran de gente desconocida cuyos cuerpos fueron encontrados después de los combates.
Explicó: «No podemos guardar eternamente esos cuerpos; no tenemos suficientes frigoríficos. Así que, después de dos meses, tomamos sus fotos, y los enterramos, de manera que si jamás alguien de sus familias viene a preguntar, le mostramos las fotos de los cadáveres.»
Llamamos a la ONU, las organizaciones internacionales de derechos humanos, la Organización Mundial de la Salud, Médicos sin Fronteras… y a todo el que se sienta concernido a hacer algo para ayudar a estos, y a otros doctores iraquíes, y a impedir un trato similar en el futuro. Los doctores Walid y Jamil creen que pueden sufrir nuevamente arrestos y maltratos. Exigen que las tropas estadounidenses dejen de ocupar el hospital y de destruirlo cada vez que atacan Haditha. También creen que las autoridades iraquíes son incapaces de protegerlos.
El hospital se convirtió en un centro de casi cualquier cosa después del ataque. La distribución de ayuda, electricidad y reparación de cañerías para el agua, combustible, etc. El doctor Walid tuvo que organizar todos estos detalles y enviar trabajadores en la ambulancia. Un oficial estadounidense le preguntó qué piensa de los estadounidenses, y respondió: «Ustedes son tropas de ocupación. Quisiera que fueran amigos, pero así no funcionan las cosas».
«¿No es mejor que estemos aquí?» preguntó nuevamente el oficial.
«No», respondió el doctor Walid, «Mírense, fuertemente armados en sus uniformes militares, ustedes asustan a los niños. Ustedes crean tensión.» Al doctor Walid le ofrecieron 30 dólares como compensación por haber sido golpeado y humillado. «No sabía qué hacer. No quería rechazarlos y crear más problemas, y no podía aceptarlos, así que se los di a los trabajadores de la limpieza». Uno de los soldados estadounidenses murmuró al doctor Walid, que la compensación que una agresión semejante costaría en EE.UU., bastaría para
comprar toda la ciudad de Haditha.
Los soldados están por todas partes (en el hospital, la sala de asistentes se convirtió en la cámara de investigación). Ocupan cualquier casa por 2 o 3 horas. Se les encuentra en el jardín de una casa o sobre su techo en todo momento. Ocupan actualmente 8 escuelas, la Oficina de Educación, el proyecto de agua, la municipalidad, el tribunal… llenan las ventanas con sacos de arena, y los convierten en cuarteles. Mucha gente a la que confiscaron sus pertenencias, su dinero, documentos… etc., durante los allanamientos de sus casas, recibieron hojitas de papel que dicen que podrán recuperarlos en tal o cual escuela.
©2004, 2005 Dahr Jamail.
http://dahrjamailiraq.com/weblog/archives/dispatches/000315.php#more
Dahr Jamail’s Iraq
 
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