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Bonaparte y Bush a la espera

Lanzador de la república imperial

Fuentes: Tomdispatch

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Nota del editor:

Eran las fuerzas armadas con la tecnología más avanzada de su tiempo y su invasión de tierras árabes fue devastadora. Las fuerzas enemigas fueron aplastadas, y el régimen gobernante opresivo derrocado, la capital enemiga ocupada, declararon que el país había sido liberado y… comenzaron los primeros actos de insurgencia…

¿La invasión de Iraq por George W. Bush en 2003? No, la invasión de Egipto por Napoleón Bonaparte en junio de 1798. Hay ocasiones en las que las resonancias de la historia son positivamente misteriosas. Esta es una de ellas. Todos tenemos derecho a una lección de historia sobre los comienzos napoleónicos de nuestra actual catástrofe. (Es una lástima que el que todos sabemos no haya recibido una antes de ordenar la invasión de marzo de 2003.) La mía la recibí de un hombre cuyo blog, Informed Comment, leo sin falta cada mañana y cuyo flujo de comentarios sobre la guerra de Bush en Iraq, ha sido invaluable. Hablo, desde luego, de Juan Cole quien (evidentemente en su tiempo libre) ha completado una historia del momento napoleónico de la «extensión de la democracia» a tierras árabes, que acaba de ser publicada como «Napoleon’s Egypt: Invading the Middle East [El Egipto de Napoleón: Invadiendo Oriente Próximo].

Algunos de los paralelos bastan para hacerte saltar de tu silla (si no de tu pellejo). Por ejemplo, Napoleón escribió una carta a uno de sus generales, bien avanzada la ocupación, prohibiendo que se golpeara a insurgentes para extraer información: «En toda época se ha reconocido que esa manera de interrogar a seres humanos, de someterlos a la tortura, no produce nada bueno.» Bueno, por lo menos Napoleón pudo aprender de la experiencia, una capacidad de la que parece carecer el presidente de EE.UU., pero el tema, presentado de esa manera, suena conocido 200 años después.

El momento egipcio de Napoleón duró sólo tres años. Nosotros ya estamos en nuestro quinto año de transferencia de Iraq sin que haya un final obvio a la vista. El domingo pasado, el New York Times imprimió una notable columna de opinión de un especialista del Ejército, cuatro sargentos, y dos sargentos segundos de la 82 División Aerotransportada, que ahora sirven en Iraq (uno de los cuales recibió un tiro en la cabeza mientras se preparaba ese trabajo). Escribieron que: «Visto desde Iraq hacia el final de un despliegue de 15 meses, el debate político en Washington es ciertamente surrealista… Nos sentimos escépticos respecto a recientes materiales periodísticos que describen el conflicto como cada vez más controlable y pensamos que han desatendido la creciente agitación civil, política y social que vemos cada día.» Sobre la misión militar de la que forman parte, escribieron: «Al final, tenemos que reconocer que nuestra presencia podrá haber liberado a los iraquíes de la opresión de un tirano, pero también les ha robado su autorespeto. Pronto se darán cuenta de que la mejor manera de recuperar su dignidad es llamarnos por lo que somos – un ejército de ocupación – e imponer nuestra retirada.»

Conozcan o no esos soldados la historia de Bonaparte en Egipto, han comprendido la esencia de lo que se esconde detrás de las hermosas palabras liberadoras de los dirigentes de la república militante. Esperemos que no sea demasiado tarde para aprender la lección de Napoleón y que escapemos de «Egipto» mientras aún sea posible. Aunque apenas araña la superficie de su nuevo libro, presentamos una pequeña prueba del plan de lección napoleónica de Juan Cole. Tom.

Lanzador de la república imperial

Bonaparte y Bush a la espera

Juan Cole

El Egipto francés y el Iraq estadounidense pueden ser considerados sujeta-libros de la historia del imperialismo moderno en Oriente Próximo. La versión ya fracasada de la conquista de Iraq del gobierno de Bush está, por supuesto, en la mente de todos, mientras que la conquista francesa de Egipto, de ya hace dos siglos, ya se recuerda demasiado poco, a pesar de haber sido dirigida por Napoleón Bonaparte, cuya carrera, aparte de eso, difícilmente languidece en la oscuridad. Hay numerosas resonancias misteriosamente familiares entre las dos desventuras, y no es la menor de ellas que ambas hayan comenzado con una arrogancia suprema y terminado siendo fiascos. Sobre todo, los dirigentes de ambas ocupaciones emplearon el mismo vocabulario político básico y el engatusamiento retórico, invocando el espíritu de libertad, seguridad, y democracia mientras se ignoró ampliamente la sustancia de estos conceptos.

El general francés y el presidente estadounidense no se asemejan mucho – excepto tal vez en el modo como la perspectiva de conquistas en Oriente Próximo parecen haberlos excitado y por su desagradable tendencia a creer su propia propaganda (o por lo menos a seguir repitiéndola mucho después de que se ha convertido en algo totalmente inverosímil). Ambos dirigentes invadieron y ocuparon un importante país musulmán de lengua árabe; los dos albergaron sueños de un «Gran Oriente Próximo»; los dos se sorprendieron cuando se vieron enredados en prolongadas, amargas, debilitantes, guerras de guerrilla. Ninguno de los dos se preocupó realmente por la democracia de base, pero ambos consideraron que sus símbolos eran fáciles de invocar para públicos simplones en sus países. Cantidades sustanciales de sus nuevos súbditos se dieron cuenta, sin embargo, de que estaban ante ocupaciones, no liberaciones.

Mi propio trabajo sobre el año perdido de Bonaparte en Egipto comenzó a mediados de los años noventa, y ya había completado aproximadamente la mitad del Egipto de Napoleón: La invasión de Oriente Próximo, antes del 11 de septiembre de 2001. No tenía forma de saber entonces que un libro sobre un tema erudito tan distante, resultaría ser una alegoría de la Guerra de Iraq de Bush. Tampoco adiviné que EE.UU. daría al colonialismo a la antigua en Oriente Próximo una última ocasión, a pesar de claras señales de que los anteriormente colonizados ya no aceptarían semejantes actos y que habían, en los años desde la Segunda Guerra Mundial, obtenido los medios para resistirse a ellos.

La república militante parte a la guerra

En junio de 1798, cuando su enorme flotilla – 36.000 soldados, miles de marineros, y cientos de científicos sobre 12 barcos – navegaba inexorablemente hacia la costa egipcia, el joven general Napoleón Bonaparte expidió un grandioso comunicado a las tropas desconcertadas y mareadas que iba a enviar al desierto sin cantimploras o suministros razonables de agua. Declaró: «¡Soldados! Estáis a punto de emprender una conquista, cuyos efectos sobre la civilización y el comercio son incalculables.»

La predicción fue tan trágicamente inexacta a su manera como el pronunciamiento que George W. Bush emitió unos dos siglos después, el 1 de mayo de 2003, también desde la cubierta de un barco, el portaaviones USS Abraham Lincoln. «Hoy,» dijo, «tenemos el mayor poder para liberar a una nación rompiendo un régimen peligroso y agresivo. Con nuevas tácticas y armas de precisión, podemos lograr objetivos militares sin dirigir la violencia contra civiles.»

Los dos estaban convencidos de que sus invasiones anunciaban nuevas épocas en la historia humana. De los vasallos militares del Imperio Otomano que entonces gobernaban Egipto, Bonaparte predijo: «Los beyes mamelucos que prefieren exclusivamente el comercio inglés, cuyas extorsiones oprimen a nuestros comerciantes, y que tiranizan a los desafortunados habitantes del Nilo, ya no existirán unos pocos días después de nuestra llegada.»

La lista detallada de quejas de Bonaparte contra los beyes contenía tres acusaciones. Primero: Eran, en esencia, auxiliares del enemigo primordial de Francia en esa época, la monarquía inglesa que trataba de estrangular en la cuna a la joven república francesa. Segundo: Los gobernantes de Egipto dañaban el propio comercio de Francia extorsionando impuestos y sobornos de sus comerciantes en El Cairo y Alejandría. Tercero: Los mamelucos gobernaban tiránicamente, sin haber sido jamás elegidos, y oprimían a sus súbditos, a los que Bonaparte deseaba liberar.

Durante los dos siglos suficientes una sucesión de dirigentes europeos y estadounidenses utilizaron esta trinidad sagrada de justificaciones para el imperialismo cada vez que querían lanzar ataques: Que el Estado en la mira colabora con un enemigo de la república, pone en peligro los intereses positivos de la nación, y carece de legitimidad porque su régimen es despótico. Una implicación de estos juegos de palabras retóricos familiares ha sido siempre que las democracias tienen una licencia para invadir a cualquiera que les dé la gana, suponiendo que tenga la mala suerte de tener un régimen autoritario.

George W. Bush, por supuesto, usó los mismos platos fuertes en su discurso de la «misión cumplida,» mientras anunciaba en el Abraham Lincoln que las «principales operaciones de combate» en Iraq «habían terminado.» «La liberación de Iraq,» proclamó, «es un progreso crucial en la campaña contra el terror. Hemos eliminado a un aliado de al Qaeda, y cortado una fuente de financiamiento terrorista.» Colocó al régimen laico, árabe nacionalista, del Baaz de Sadam Husein y a los terroristas radicales musulmanes de al Qaeda bajo el signo del 11 de septiembre, insinuando que Iraq estaba aliado con el enemigo primordial de EE.UU. y que por lo tanto representaba una amenaza urgente para su seguridad. (En realidad, documentos capturados del Partido Baaz muestran que las inquietas fuerzas de seguridad de Sadam, al oír que Abu Musab al-Zarqaui había entrado a Iraq, emitieron un boletín a todos los medios de comunicación sobre su persona, imaginando – de modo no enteramente correcto – que tenía vínculos con al Qaeda.) Del mismo modo, Bush prometió que las presuntas «armas de destrucción masiva» de Iraq (que existían sólo en su propia imaginación febril) serían encontradas, implicando de nuevo que Iraq representaba una amenaza para los intereses y la seguridad de EE.UU. igual como Bonaparte había afirmado que los mamelucos amenazaban a Francia.

Según el presidente, el gobierno derrocado de Sadam había carecido de legitimidad, mientras que el nuevo gobierno iraquí, a ser establecido por una potencia extranjera, representaría verdaderamente a la población conquistada. «Estamos ayudando a reconstruir Iraq, donde el dictador construyó palacios para sí, en lugar de hospitales y escuelas. Y estaremos con los nuevos dirigentes de Iraq,» prometió Bush, «mientras establecen un gobierno de, por, y para el pueblo iraquí.» Bonaparte, también, estableció consejos de gobierno a nivel provincial y nacional, ocupándolos sobre todo con clérigos suníes, declarándolos más representativos del pueblo egipcio que los beyes y emires de la soldadesca esclava que había gobernado anteriormente esa provincia del Imperio Otomano.

Libertad como tiranía

El que una democracia conduzca una brutal ocupación militar contra otro país en nombre de la libertad parece, a primera vista, demasiado contradictorio para evocar otra cosa que abucheos ante toda esa hipocresía. Sin embargo, la república militante, dispuesta a lanzar guerras agresivas en nombre de la «democracia,» está por doquier en la historia moderna, a pesar del mito de que las democracias no acostumbran librar guerras de agresión. Irónicamente, algunos regímenes absolutistas, como los del Irán moderno, fueron notablemente pacíficos, si sus vecinos los dejaban en paz. Al contrario, Francia republicana invadió Bélgica, Holanda, España, Alemania, Italia, y Egipto en su primer decenio (aunque tomó la ofensiva en parte como reacción ante las acciones austriacas y prusianas para invadir Francia). EE.UU. atacó a México, a los seminoles y a otras organizaciones políticas nativas, Hawai, al Imperio Español, las Filipinas, Haití, y a la República Dominicana en sólo los algo más de siete decenios desde 1845 a las vísperas de la entrada de EE.UU. a la Primera Guerra Mundial.

La libertad y el autoritarismo son considerados actualmente como antónimos bien definidos, los terrenos de héroes y monstruos. Aquellos que estaban más cercanos al nacimiento de las repúblicas modernas no se sentían reconfortados por una claridad moral semejante. En la Muerte de Dantón, el joven dramaturgo romántico Georg Büchner presentó al revolucionario radical francés y propugnador de la ejecución de enemigos de la República, Maximiliano Robespierre, agitando a una multitud parisina con la frase: «El régimen revolucionario es el despotismo de la libertad contra la tiranía.» Y en ninguna parte ha resultado más opresiva la libertad que cuando es desplegada contra una dictadura en el extranjero; porque, como Büchner también hizo que señalara ese famoso devoto «incorruptible» del terror estatal: «En una República sólo los republicanos son ciudadanos; los realistas y los extranjeros son enemigos.»

Esa asoleada tarde de mayo en el USS Abraham Lincoln, el presidente Bush apoyó al Robespierre de Büchner. «Gracias a vosotros,» exhortó a una audiencia de marineros en un portaaviones cuyos aviones acababan de arrojar 7 toneladas de explosivos sobre Iraq,

«nuestra nación es más segura. Gracias a vosotros, el tirano ha caído, e Iraq es libre.»

La seguridad de la república ya había probado ser una amplia justificación para lanzar una guerra durante marzo anterior, a pesar de que Iraq era un país pobre, débil, maltrecho del Tercer Mundo, debilitado por una década de sanciones impuestas por Naciones Unidas y EE.UU., prácticamente sin agua potable y sin una fuerza aérea. Asimismo, los mamelucos de Egipto – a pesar de los elevadísimos impuestos y sobornos que exigían de algunos comerciantes franceses – difícilmente constituían una amenaza para la seguridad de Francia.

El derrocamiento de un régimen tiránico y la liberación de un pueblo oprimido fueron refranes constantes en los discursos de a bordo del general y del presidente, quienes sentían que los liberados tenían una deuda de gratitud con ellos. Bonaparte se quejó de que los beyes «tiranizaban a los desafortunados habitantes del Nilo»; o, como opinó uno de sus oficiales, el capitán Horace Say: «El pueblo de Egipto era extremadamente desventurado. ¿Cómo no va a valorar la libertad que le llevamos?» Análogamente, Bush insistió: «Los hombres y las mujeres en toda cultura necesitan la libertad como necesitan alimentos, agua y aire. Doquiera llega la libertad la humanidad se regocija; y doquiera la libertad apasiona, que teman los tiranos.»

No puede sorprender que las expectativas de que los recién conquistados mostraran gratitud hacia sus ocupantes extranjeros aparecieran repetidamente en los despachos y cartas de hombres en el terreno que propugnaban una política colonial a largo plazo. El presidente lo dijo dramáticamente en 2007, mucho después de que las cosas no habían resultado como se esperaba: «Liberamos ese país de un tirano. Pienso que el pueblo iraquí debe al pueblo estadounidense una inmensa deuda de gratitud. Ese es el problema aquí en EE.UU. Se preguntan si existe o no un nivel de gratitud que sea suficientemente significativo en Iraq.»

La libertad en esta tradición retórica bicentenaria, además, fue más que sólo un asunto de derechos y de vigor de la ley. Los propugnadores de diferentes formas de imperialismo liberal consideraban que la tiranía era una fuente de pobreza, ya que gobernantes arbitrarios simplemente usurpaban propiedad a su gusto y así ponían en peligro la actividad económica, así como exponían al público a impuestos aplastantes y arbitrarios que frenaban el avance del comercio. El cabo de la marina francesa Francois Bernoyer escribió sobre el campesinado egipcio: «Sus viviendas son chozas de adobe, que la prosperidad, hija de la libertad, ahora les permitirá abandonar.» Bush se apropió del mismo tema en el Abraham Lincoln: «Donde se implanta la libertad, el odio deja paso a la esperanza. Cuando se implanta la libertad, los hombres y las mujeres se vuelven hacia la búsqueda pacífica de una vida mejor.»

«Deben rodar las cabezas»

Tanto en el Egipto del Siglo XVIII como en Iraq en el Siglo XXI, la lúgubre realidad en el terreno se alzó como un reproche contra, si no como una malvada sátira de, esos pronunciamientos altruistas. Los franceses desembarcaron en el puerto de Alejandría el 1 de julio de 1798. Dos semanas y media después, mientras el ejército francés avanzaba a lo largo del Nilo hacia El Cairo, una unidad de la división del general Jean Reynier enfrentó la oposición de 1.800 aldeanos, muchos de ellos armados con mosquetes. El sargento Charles Francois recordó una escena típica. Después de escalar los muros de la aldea y de «disparar a esas multitudes,» matando «a unos 900 hombres,» los franceses confiscaron el ganado de los aldeanos – «camellos, asnos, caballos, huevos, vacas, ovejas,» – y luego «terminaron por quemar el resto de las casas, o más bien las chozas, para imponer una terrible lección práctica a esa gente semisalvaje y bárbara.»

El 24 de julio, el Ejército del Oriente de Bonaparte entró a El Cairo y comenzó a reorganizar a sus nuevos súbditos. Pomposamente estableció un Instituto Egipcio para el progreso de la ciencia y consideró la reforma de la policía, los tribunales, y el derecho. Pero el terror acechaba tras todo lo que hacía. Escribió al general Jacques Menou, que comandaba la guarnición en el puerto mediterráneo de Rosetta, diciendo: «Los turcos [egipcios] sólo pueden ser guiados con la mayor severidad. Cada día corto cinco o seis cabezas en las calles del Cairo… «Obedecer, para ellos, es temer.» (La colocación de cabezas cortadas sobre postes para que las vieran los transeúntes aterrorizados era otro método utilizado por los franceses en Egipto…)

En agosto de ese año, la ciudad de Mansura en el delta se alzó contra una pequeña guarnición francesa de unos 120 hombres, persiguiéndolos por los campos, localizando a los casacas azules, y matando metódicamente a todos menos dos. A principios de septiembre, la aldea del delta, Sonbat, habitada en parte por beduinos de la tribu occidental Dirn, también se rebeló contra los europeos. Bonaparte instruyó a uno de sus generales: «¡Quemad la aldea! ¡Convertidla en un ejemplo aterrador!» Una vez que el ejército francés hubo aplastado a los campesinos rebeldes y ahuyentado a los beduinos, el general Jean-Antoine Verdier rindió informe a Bonaparte sobre Sonbat: «Me ordenasteis que destruyera esa guarida. Muy bien, ya no existe.»

Los levantamientos más peligrosos que confrontaron a los franceses ocurrieron, sin embargo, en El Cairo. En octubre, gran parte de la ciudad se movilizó para atacar a los más de 20.000 soldados franceses que la ocupaban. La revuelta fue especialmente feroz en el distrito al-Husayn, donde la antigua madraza (o seminario) al-Azhar educaba a 14.000 estudiantes, donde estaba la más sagrada mezquita de la ciudad, y donde se concentraba la riqueza en los comerciantes y cofradías del bazar Khan al-Khalili. Al mismo tiempo, los campesinos y beduinos del campo alrededor de El Cairo se rebelaron, atacando a las pequeñas guarniciones que habían sido desplegadas para pacificarlos.

Bonaparte redujo esta «revolución» egipcia con máxima brutalidad, sometiendo a multitudes urbanas a descargas de artillería. Puede haber ejecutado a tantos rebeldes posteriormente como los que fueron muertos en los combates. En el campo sus oficiales lanzaron campañas concertadas para diezmar aldeas insurgentes. En un punto, se dice que los franceses llevaron 900 cabezas de insurgentes asesinados a El Cairo en bolsas y las arrojaron ostentosamente ante una multitud en una de las principales plazas para inspirar terror a los cairotas. (Dos siglos después, el público estadounidense llegaría a asociar las decapitaciones cometidas por terroristas musulmanes en Iraq, con el extremo de la barbarie, pero incluso entonces no se realizaron cientos de decapitaciones de una vez.)

El despliegue de terror estadounidense contra la población iraquí, hace parecer pequeño por órdenes de magnitud, por supuesto, todo lo que los franceses cometieron en Egipto. Después de que cuatro mercenarios, uno sudafricano, fueron muertos en Faluya en marzo de 2004, y sus cuerpos profanados, se dice que el presidente Bush declaró que «cabezas deben rodar» como castigo.

Un ataque inicial contra la ciudad se tambaleó cuando gran parte del gobierno iraquí amenazó con renunciar y quedó en claro que habría considerables víctimas civiles. El aplastamiento, sin embargo, fue simplemente postergado hasta después de la elección presidencial en EE.UU. en noviembre. Cuando vino el asalto, involucrando poder aéreo y artillería, fue devastador, dañando dos tercios de los edificios de la ciudad y convirtiendo a gran parte de su población en refugiados. (Como resultado, miles de faluyanos siguen viviendo en el desierto en aldeas de tiendas de campaña sin acceso a agua potable.)

Bush debe haber quedado satisfecho. Las cabezas habían rodado. Más a menudo, enfrentada a la oposición, la Fuerza Aérea de EE.UU. simplemente bombardeó ciudades ya ocupadas, una tecnología de la que carecía (por suerte) Bonaparte. La estrategia de gobernar mediante el terror y rápidos castigos draconianos por actos de resistencia fue, sin embargo, la misma en ambos casos.

Los británicos hundieron gran parte de la flota francesa el 1 de agosto de 1798, abandonando a su suerte a Bonaparte y sus tropas en su país recién conquistado. En la primavera de 1799, el ejército francés trató – y no logró – escapar pasando por Siria; después de lo cual el propio Bonaparte decidió que una retirada es una victoria – salió de Egipto a fines de ese verano, volviendo a Francia. Allí, organizó rápidamente un golpe y llegó al poder como Primer Cónsul – lo que le dio la oportunidad de poner a punto su práctica de llevar la libertad a otros países – esta vez en Europa. En 1801, fuerzas conjuntas británicas-otomanas habían derrotado a los franceses en Egipto, quienes fueron transportados de vuelta a su país en navíos británicos. La primera invasión occidental de Oriente Próximo en los tiempos modernos había terminado en desastres en serie que Bonaparte falseó como una serie de gloriosos triunfos ante el público francés.

Fin de la era del imperialismo liberal

Entre 1801 y 2003 se extendieron interminables décadas en las que el colonialismo resultó ser una estrategia plausible para las potencias europeas en Oriente Próximo, incluyendo la acción francesa en Argelia (1830-1962) y el protectorado británico encubierto sobre Egipto (1882-1922). En esos años las fuerzas armadas europeas y sus armamentos eran tan avanzados, y los medios de resistencia a los que tenían acceso los campesinos árabes tan limitados, que fue posible imponer gobiernos coloniales.

Ese momento imperial pasó con celeridad después de la Segunda Guerra Mundial, en parte porque las masas del Tercero Mundo se unieron a partidos políticos, aprendieron a leer, y – viendo ejemplos de cómo proceder por todas partes – comenzaron a organizar la resistencia política a las ocupaciones extranjeras de todo tipo. Aunque el arsenal estadounidense del Siglo XXI tiene muchos juguetes magníficos, excesivamente destructivos, nada ha cambiado en cuanto a la capacidad de los pueblos colonizados de organizarse socialmente y, tarde o temprano, expulsar a cualquier fuerza de ocupación extranjera.

Bonaparte y Bush fracasaron porque ambos lanzaron sus operaciones en momentos en los que la superioridad militar y tecnológica occidental no estaba asegurada. Aunque el ejército de Bonaparte tenía mejores cañones y mosquetes, los egipcios tenían una caballería de primera y sus viejos mosquetes eran suficientemente útiles para tirar contra el enemigo. También tenían un aliado con armamento avanzado y el deseo de utilizarlo – la Armada británica.

En 2007, las fuerzas armadas de alta tecnología de EE.UU. – como sucedió en Vietnam en los años sesenta y setenta, y a los soviéticos en los años ochenta en Afganistán – siguen siendo vulnerables a las tácticas de guerrilla y a armas de resistencia efectivas de baja tecnología como ser las bombas al borde de la ruta. Incluso más efectiva ha sido la guerra social de guerrillas, su éxito en hacer que Iraq sea ingobernable mediante la promoción de feudos de clanes y sectas, mediante atentados selectivos y otros ataques, y a través del sabotaje de la infraestructura iraquí.

Desde los tiempos de Bonaparte a los de Bush, el uso de la retórica de la libertad contra la tiranía, de la mejora contra la decadencia, parece haber sido una constante entre los imperialistas de las repúblicas – y ha continuado siendo efectiva dentro de sus países para sumar apoyo para las guerras coloniales. El despotismo (y también la debilidad) de los mamelucos y de Sadam Husein fue como el seductor atractivo para las intervenciones occidentales. Según la retórica del imperialismo liberal, los regímenes tiránicos siempre constituyen amenazas por lo menos potenciales para la República, y como tales pueden ser siempre ser derrocados provechosamente para ser gobernados por una fuerza armada occidental. Después de todo, esas fuerzas armadas son invariablemente imaginadas como más cercanas a la libertad, ya que sirven a un gobierno elegido. (La intervención es aún más fácil de justificar si los déspotas pueden ser presentados, por poco verosímil que sea, como aliados con un enemigo de la República.)

Tanto para Bush como para Bonaparte, los vocablos cultos de liberación, derechos, y prosperidad sirvieron para ocultar o justificar una invasión y ocupación importante de un país del Oriente Próximo, involucrando el desencadenamiento de matanzas y terror contra su pueblo. La acción militar resulta en ciudades destruidas, familias desplazadas e innumerables muertos. Ante la continua carnicería en Iraq, el alarde del presidente Bush de que con «nuevas tácticas y armas de precisión, podemos lograr objetivos militares sin dirigir la violencia contra civiles,» ahora parece no sólo vacuo sino macabro. La identificación de una ocupación militar extranjera con la libertad y la prosperidad es, a la fría luz del día, no menos extravagante que la promesa de una guerra virtualmente sin víctimas civiles.

No es por accidente que muchas de las estrategias retóricas empleadas por George W. Bush se hayan originado con Napoleón Bonaparte, un manipulador y embaucador tristemente célebre. Bonaparte por lo menos miró hacia el futuro, al ver claramente el futuro despedazamiento del Imperio Otomano y la probabilidad de que las potencias europeas podrían colonizar sus provincias. El fracaso de Bonaparte en Egipto no impidió décadas de éxito colonial francés en Argelia e Indochina, incluso si esa era de triunfo imperial no pudo, en última instancia, ser sostenida ante el despertar político y social de los colonizados. El colonialismo de Bush, por otra parte, nadó contra la marea de la historia, y su fracaso es tanto más criminal por haber sido tan previsible.

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Juan Cole enseña historia de Oriente Próximo del sur de Asia en la Universidad de Michigan. Su libro más reciente: «Napoleon’s Egypt: Invading the Middle East» (New York: Palgrave Macmillan, 2007) acaba de ser publicado. Ha aparecido ampliamente en televisión, en la radio y en páginas de opinión editorial como comentarista sobre asuntos de Oriente Próximo, y tiene una columna regular en Salon.com. Ha escrito, editado, o traducido, 14 libros y escrito 60 artículos. Su weblog sobre el Oriente Próximo contemporáneo es Informed Comment.

http://www.tomdispatch.com/post/174831/juan_cole_the_republic_militant_at_war_then_and_now

Copyright 2007 Juan Cole