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Las elecciones, por la presión del gran ayatola

Fuentes: La Jornada

Las elecciones iraquíes del domingo en Irak son resultado de la presión del ayatola Alí Sistani, clérigo de 71 años, quien ejerce una enorme influencia sobre la comunidad chiíta, que conforma 60 por ciento de la población iraquí. Los funcionarios estadunidenses nunca mencionan que en los meses que siguieron al derrocamiento de Saddam Hussein se […]

Las elecciones iraquíes del domingo en Irak son resultado de la presión del ayatola Alí Sistani, clérigo de 71 años, quien ejerce una enorme influencia sobre la comunidad chiíta, que conforma 60 por ciento de la población iraquí. Los funcionarios estadunidenses nunca mencionan que en los meses que siguieron al derrocamiento de Saddam Hussein se opusieron a una elección alegando que había dificultades para identificar a los votantes, puesto que no contaban con un censo, además de la falta de seguridad.

La verdadera razón por la que Estados Unidos estaba tan nervioso ante una posible elección era su temor de que los partidos chiítas, particularmente aquellos muy religiosos y cercanos a Irán, obtuvieran la mayoría. Se prefirió instaurar un gobierno de control imperial directo cuya creación quedaba resuelta al devolver el país a exiliados iraquíes aceptables para el gobierno de Washington.

Esto no resultó. Gradualmente los arrogantes neoconservadores atrincherados en la Zona Verde, en el centro de Bagdad, comenzaron a darse cuenta de que Sistani, quien rara vez sale de su casa ubicada en un angosto callejón de Najaf, los tenía en la palma de su mano. Paul Bremer, el vicecónsul estadunidense en Irak, viajó por todo el país, pero jamás logró una reunión con el gran ayatola. En junio de 2003, Sistani emitió una fatwa, o ley religiosa, en la que decía que aquellos que elaboraran la nueva Constitución iraquí debían ser electos y no escogidos por Estados Unidos o los miembros del hoy difunto Consejo Gobernante Iraquí.

En noviembre de 2003 declaró que las elecciones, y no el complicado sistema de caucus regionales sugerido por Estados Unidos, debían elegir al gobierno de transición. La reputación del gran ayatola se ha incrementado desde la invasión. Nacido en la ciudad santa de Mashad, en Irán, radica en Najaf desde 1952. Estudió con el más importante clérigo chiíta de su tiempo, el gran ayatola Abul Qassim Khoei. A diferencia de los religiosos iraníes, se opuso a que los clérigos islámicos jugaran un papel político directo, y está en favor del Estado islámico, pero no de la teocracia.

Cuando Khoei murió en 1992, Sistani fue elegido para encabezar la Hawza, red de escuelas islámicas en Najaf, con lo que se convirtió en el más influyente clérigo chiíta.

Existe un error en que los religiosos chiítas estaban decididos nunca volver a incurrir. Después que en 1917 Gran Bretaña arrebató a los turcos lo que había de convertirse en Irak, fueron los chiítas los que se opusieron con más fuerza a la ocupación. Fueron ellos quienes se alzaron en rebelión, en 1920, con el resultado de que los británicos usaron a los árabes sunitas para gobernar Irak, de la misma forma en que ocurrió durante el imperio otomano.

No todos los líderes chiítas estaban de acuerdo. No se trata de una comunidad ho-mogénea. Muchos chiítas son laicos. Líderes opositores en el exilio como Ahmed Chalabi e Iyad Allawi, quienes regresaron tras la caída de Saddam Hussein, prove-nían de ricas familias de comerciantes chiítas que prosperaron bajo la monarquía. La comunidad había sido una base para el poderoso Partido Comunista Iraquí durante la década de los años 50.

Los chiítas en general vieron con gusto el fin del régimen de Saddam Hussein. El había aplastado de forma sangrienta su rebelión de 1991. Pero a diferencia de los kurdos, para ellos no era bienvenida una ocupación estadunidense permanente.

El peligro que implicaba para Estados Unidos que los chiítas se unieran a una rebelión contra la ocupación quedó de-mostrado en abril de 2004, cuando Muqtada Sadr, hijo del líder religioso Mohammed Baqr Sadr, asesinado por Saddam Hussein en 1999, tomó varias ciudades y parte del este de la capital, Bagdad. En su movimiento convergen la religión chiíta y el nacionalismo iraquí. El comandaba una poderosa, aunque indisciplinada, milicia: el Ejército Mehdi.

La poderosa influencia de Sistani que-dó subrayada el año anterior. Por primera vez en seis años, salió de su casa en Najaf para recibir tratamiento médico en Londres. Mientras estuvo ahí, el Ejército Meh-di combatió a los marines estadunidenses por el control de Najaf. Gran parte de la ciudad santa quedó destruida, pero a su regreso Sistani fue capaz de conformar un acuerdo de paz que salvó de la destrucción el templo del imán Alí.

Fue bajo los auspicios de Sistani que la plataforma o coalición mayoritariamente chiíta se convirtió en la Lista Iraquí Unida. Esta incluye a todos los principales partidos, en que predominan los chiítas. Iyad Allawi ha logrado ganar apoyos, pero se espera que la llamada lista chiíta sea la más votada el domingo.

La victoria en una elección justa de-mostrará que los chiítas tienen derecho a llegar al poder, pero no necesariamente les otorgará una autoridad real. La Asamblea Nacional de 275 miembros requiere acuerdos entre las tres principales comunidades -la chiíta, la kurda y la sunita- para llegar a decisiones. Estados Unidos sigue siendo la fuerza más poderosa del país árabe. Los insurgentes sunitas controlan partes del territorio, y a los chiítas aún les falta mu-cho camino por recorrer antes de que puedan gobernar en Irak.

© The Independent

Traducción: Gabriela Fonseca