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El espléndido fracaso de la ocupación

Parte 45: Sobre cómo maquinó EEUU el holocausto iraquí [*]

Fuentes: Online Journal

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

«Los días sombríos que nos acechan -que son ya negros como boca de lobo después de tantas mentiras, asesinatos, odio y temor- van a devenir más y más oscuros.
Chris Floyd, columnista, Moscow TimesFruta Sangrienta: la cosecha de la desinformación comienza»].

¿Maquinó y ejecutó EEUU, bajo el pretexto de «liberar» Kuwait de la ocupación de Iraq, un holocausto iraquí para establecer, consolidar y fortalecer el imperialismo estadounidense en Iraq y en Oriente Próximo?

Si formamos nuestro juicio partiendo del grado de destrucción y muerte infligido a Iraq, y si tenemos en cuenta los objetivos regionales e internacionales de la guerra, la historia de las implicaciones estadounidenses en Oriente Próximo desde la década de 1930, el control del petróleo, Israel, así como las relaciones EEUU-Israel, la respuesta es positiva.

Incluso así, apoyando la acusación de que EEUU ha cometido [y sigue cometiendo] un holocausto en Iraq, se hace indispensable investigar el significado del término holocausto.

Como primer paso para calificar de holocausto la destrucción humana en Iraq consiguiente a la Guerra del Golfo, tenemos que prescindir enseguida de todas las absurdas diferenciaciones que el imperialismo atribuye al uso del término o a cualquier otra categoría taxonómica de violencia masiva. En segundo lugar, para desacreditar totalmente la práctica imperialista que restringe la aplicación del concepto de holocausto a algunos hechos específicos, pero no así a otros, es conveniente discutir acerca del uso del lenguaje y del vocabulario político que se deriva del mismo.

En el lenguaje, los sinónimos no cambian el significado básico de una palabra. Tomemos por ejemplo las palabras matar, asesinar, destrozar, masacrar o exterminar. Todas significan lo mismo: quitar la vida. Efectivamente, la sutileza a la hora de distinguir cada término va asociada con las imágenes de una determinada taxonomía.

Lo que esos términos no pueden acertar a expresar es la magnitud de los que murieron. Definiciones contemporáneas aceptadas resuelven este problema añadiendo un calificativo: masivo (como cuando se habla de destrucción masiva) para indicar violencia letal contra grandes grupos, pueblos o naciones; o inventando nombres basados en la derivación latina, tales como genocidio; o reavivando el antiguo término helenístico: holocausto.

Antes del primer holocausto iraquí (1991), hubo otros muchos holocaustos a gran escala cometidos por acciones imperialistas, colonialistas y depredadoras. Entre esas acciones destacan las ejecutadas por hordas mogolas en Asia y Europa Oriental; por el colonialismo europeo y estadounidense en América, Australia, Nueva Zelanda, Asia y Africa; por otomanos contra armenios; por alemanes contra testigos de Jehová, judíos, rumanos, comunistas, etc…; por japoneses contra chinos y coreanos; por israelíes contra palestinos; y por EEUU contra coreanos, vietnamitas y panameños…

Un holocausto, como expresión de una humanidad que [al llevarlo a cabo] ha devenido miserable y violentamente bestial, no debería estar por encima de ningún otro despreciable suceso de violencia masiva. Pero el holocausto iraquí se destaca entre otros holocaustos por un rasgo distintivo: Los EEUU lo planearon con la aquiescencia de otras potencias colonialistas del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y con la financiación de Japón, Alemania, Arabia Saudí y otros vasallos de EEUU.

Finalmente, y por vez primera en la historia, ha habido un consenso «legalizado» para ejecutar un holocausto, una colecta de fondos para financiarlo y una fecha límite para desencadenarlo.

Desde que al final de la II Guerra Mundial, con la aparición de una cultura anti-colonialista y anti-imperialista en los países colonizados, oprimidos y en desarrollo (gracias al gran papel jugado en ese sentido por la Unión Soviética) impulsó la investigación de las verdades históricas, hubo muchos intentos por parte de las potencias occidentales de limitar la noción de holocausto al sufrido por los europeos de fe judía a manos del régimen nazi. Posteriormente, el imperialismo estadounidense e Israel transformaron la palabra holocausto en un monopolio de exclusiva pertenencia al sionismo, y pusieron con mayúscula la primera letra de la palabra para distinguirlo y elevarlo sobre otros holocaustos.

Efectivamente, aunque la destrucción masiva de una parte considerable del pueblo iraquí a manos de EEUU, Gran Bretaña y Francia es un hecho, los círculos imperialistas, las Naciones Unidas, los medios oficiales y las culturas dominantes lo mantienen oculto, y se obvian los recuentos retóricos de las víctimas de la guerra en Iraq como si se tratara de una discusión trivial. Asimismo, los círculos imperialistas se refieren a menudo a los iraquíes que mataron en 1991 mediante la frase genérica, sin cifras, de: muertos iraquíes en la Guerra del Golfo.

Aunque enfáticamente, y tomando como base la planificada y ejecutada destrucción de la infraestructura de Iraq: suministro de agua, base agrícola-industrial, sistema de hospitales, así como el uso de proyectiles con uranio radiactivo, es fundamental afirmar que EEUU aplicó conscientemente todas y cada una de las tres categorías del exterminio: genocidio, holocausto y destrucción masiva. ¿Por qué incluyo las tres denominaciones que indican exterminio de la vida como si fueran lo mismo? Y, ¿qué significan, en todo caso, palabras tales como holocausto, genocidio o destrucción masiva?

Para encontrar respuestas, discutamos el significado convincente de genocidio, holocausto y destrucción masiva:

Genocidio

El artículo 2 de la Convención de Naciones Unidas sobre la Prevención y Castigo del Crimen de Genocidio define el término como:

Cualquiera de los actos siguientes ejecutados con ánimo de destruir, en parte o en su totalidad, a un grupo religioso, racial, étnico o nacional: (a) Matar a miembros del grupo; (b) Causar graves daños físicos o mentales a los miembros del grupo; (c) Infligir al grupo de forma deliberada unas condiciones de vida calculadas para provocar su destrucción física, en su totalidad o en parte; (d) Imponer medidas que tratan de impedir los nacimientos dentro del grupo; (e) Trasladar a la fuerza a los niños del grupo a otro grupo.

El lenguaje de la Convención es inequívoco. Afirma que: «cualquiera de los actos siguientes cometidos con la intención… etc… constituye genocidio». Por pura fuerza de la lógica, los puntos a, b y c, califican poderosamente la premeditada guerra estadounidense contra Iraq como un genocidio que tenía por finalidad la destrucción de la población militar iraquí mientras que, con antelación, calificó las potenciales muertes de civiles como inevitables «daños colaterales».

Holocausto

Entre la plétora de definiciones que al holocausto se le han dado, WordNet.com (del Laboratorio de la Ciencia Cognitiva de la Universidad de Princetown) ofrece la definición más concisa del concepto. Dice: «holocausto: acto que conlleva gran destrucción y pérdida de vidas«. [Se ha añadido la letra en cursiva]

Cuando EEUU llevó a cabo la quema de la cuna de la civilización, cometió, inequívocamente, «un acto de gran destrucción y pérdida de vidas». Con la simplicidad de la definición de Wordnet.com, hubo holocausto.

Destrucción masiva

Al contrario de holocausto o genocidio, la destrucción masiva es un ambiguo concepto militar occidental (estadounidense) que implica muerte masiva causada por armas de destrucción masiva (WMD, en sus siglas en inglés). ¿Todas las armas de destrucción masiva son iguales?

Es un hecho sabido que EEUU es el único estado terrorista que ha utilizado auténticas WMD: bombas nucleares. A nivel técnico, otras armas, como las armas químicas que EEUU clasificó como WMD, no pueden calificarse de igual valor a la atroz destrucción que las armas nucleares pueden hacer – léase más abajo. Aparte de ese aspecto, los EEUU utilizaron el Agente Naranja (contiene dioxina, una toxina letal) en Vietnam, bombardearon Iraq (1991), Yugoslavia, Afganistán e Iraq (2003) con proyectiles de uranio radioactivo.

Sencillamente, es una estratagema propagandística que EEUU coloque las armas nucleares, bacteriológicas y químicas en pie de igualdad, es una falsedad; y es falso también atribuir igual destrucción masiva a su potencial uso. Por ejemplo, es un hecho conocido que tanto Iraq como Irán utilizaron armas químicas en su guerra de ocho años. Pero, en mi investigación sobre esa guerra, no pude encontrar documentación alguna que confirmara que ese tipo de armamento causó destrucción masiva. Por otra parte, las armas convencionales iraquíes e iraníes mataron a cientos de miles en ambos bandos.

Es seguro que las armas químicas pueden matar a mucha gente, pero el número de gente que muere a causa de ellas no puede ser tratado como una destrucción masiva a gran escala como en el caso de las armas nucleares. Por ejemplo, en el ataque contra la ciudad iraquí de Halabya, atribuido a las fuerzas iraquíes que combatían a los separatistas kurdos, la propaganda estadounidense y kurda infló las cifras desde 1.500 en 1988 a unas 50.000 después de la invasión de EEUU en Iraq en 2003, aunque las cifras reales pueden variar desde varios cientos hasta 5000.

Comparen una bomba química con una bomba de las denominadas «cortadoras de margarita» de 15.000 libras [6.750 kilos] que EEUU arrojó sobre Afganistán y sobre Iraq: «La bomba (cortadora de margarita) suelta una especie de niebla de agentes químicos en una gran área que ha sido seleccionada y entonces enciende esa niebla provocando una inmensa explosión que incinera todo lo que hay en un espacio de unas 600 yardas

[unos 548 metros] [Se ha añadido la cursiva]

Adviértase, sin embargo, que el bombardeo atómico de Hiroshima convirtió en cenizas instantáneamente a 140.000 personas. Entonces… ¡Eso sí fue una destrucción masiva!

¿Qué es lo que se esconde tras del exagerado uso por parte de Washington del término armas de destrucción masiva? Recuerden algo: mientras que las armas nucleares son caras y requieren una capacidad tecnológica avanzada, las armas químicas y bacteriológicas han existido en bruto desde tiempos inmemoriales, son baratas y fáciles de producir. Entonces, ¿a quién le interesa aumentar el alboroto alrededor de armas químicas como las WMD?

Aquí está el motivo: Israel. Aunque algunos países árabes desarrollaron armas químicas como mínima «disuasión» contra el poder nuclear de Israel, los estados imperialistas desarrollaron armas nucleares como armas ofensivas-defensivas para establecer al mismo tiempo disuasión y hegemonía. Sin embargo, el imperialismo estadounidense introdujo a la fuerza las armas no convencionales en una determinada categoría para desviar la atención del tema real: la posesión israelí de armas nucleares. Atacar a Iraq, o a cualquier otro país que se oponga al imperialismo israelí, bajo el pretexto de que posee armas falsamente valoradas como de destrucción masiva, se ha convertido en uno de los principios de la estrategia militar de EEUU en la región y en todo el mundo.

En el tema concreto de qué arma puede causar más muerte, la Guerra del Golfo probó que la combinación entre bombardeo masivo con armas convencionales y no convencionales (uranio radioactivo que los militares de EEUU llaman «enriquecido») puede causar una destrucción masiva igual a la provocada por las armas nucleares de tecnología avanzada.

¿Cometió, pues, EEUU destrucción masiva en Iraq?

Un documento del Departamento de Defensa estadounidense: la Instrucción número 5240.16., e1.1.4, define las armas de destrucción masiva de la forma siguiente: «Cualquier arma o dispositivo que trate, o que tenga capacidad, de causar la muerte o heridas corporales graves a un número significativo de personas a través de la liberación, diseminación o impacto de sustancias químicas venenosas o tóxicas o sus precursoras; o enfermedades en el organismo; o radiación o radiactividad». [Se ha añadido la cursiva]

La frase clave en esta definición es «causar la muerte y heridas corporales graves a un número significativo de personas…» Pero el bombardeo de Iraq de 1991, que dejó cientos de miles de iraquíes muertos debido, como he afirmado, al uso combinado de armas convencionales de destrucción dotadas de uranio y otras armas no convencionales, prueba que EEUU cometió desenfrenadamente un acto de destrucción masiva aunque no utilizara bombas atómicas.

Ashton B. Carter, antiguo Subsecretario de Defensa en la administración Clinton, y Co-Director del Proyecto de Defensa Preventivo en el Kennedy School of Government de Harvard se refirió a ese reduccionismo imperialista deliberado (aunque él nunca lo calificó como tal). En su artículo, «How to counter WMD», Carter escribió lo siguiente:

El término WMD se aplica por lo general a las armas nucleares, biológicas y químicas; a los misiles balísticos y, más recientemente, a las llamadas ‘bombas sucias’, explosivos normales que contienen material radiactivo. Pero esa definición es demasiado amplia. Las armas químicas no son mucho más letales que los explosivos convencionales y apenas merecen la denominación de WMD. De forma similar, los misiles balísticos de largo alcance son especialmente destructivos sólo si llevan una cabeza biológica o nuclear y por ello no deberían ser considerados en una categoría distinta. Las bombas sucias provocan contaminación local que requiere una recuperación muy costosa pero no suponen destrucción masiva real; por lo que también se les debería dar una prioridad menor.

Habiendo demostrado que holocausto, genocidio y destrucción masiva comparten un significado similar, está claro que, al retrotraernos a las consecuencias de los bombardeos contra Iraq y a la «guerra» sobre el terreno que mató a decenas de miles de civiles y militares iraquíes en sólo 100 horas, no podemos nombrar esa espantosa carnicería más que con un término: holocausto. Desde luego, otros sinónimos aplicables dependen del contexto en el que se utilicen.

¿Cómo influyó el holocausto iraquí en el pueblo estadounidense en general?

La incesante propaganda anti-iraquí combinada con el hábil uso de tácticas psicológicas fascistas para movilizar al pueblo estadounidense a apoyar la guerra fueron tan poderosos que todo un ejército de gentes que odian a los árabes y a los iraquíes, acólitos ideológicos de las guerras de EEUU y falsos amantes de la libertad de todos los credos celebraron el holocausto iraquí como si se tratara de una catarsis para EEUU. Sin embargo, la decencia, la compasión y los principios prevalecieron entre otros innumerables estadounidenses a quien el sistema no pudo comprar, corromper o silenciar.

Escribiendo para World Association for Christian Communication, Thomas J. Gumbleton, un obispo de la Archidiócesis Católica Romana de Detroit, abordó la actitud del pueblo estadounidense hacia el holocausto iraquí, pero no en relación a la Agresión (guerra) del Golfo, sino al precio pagado por los iraquíes por las sanciones genocidas que se les impusieron tras el alto el fuego. Tristemente, lo que Gumbleton describió de forma poderosa ha sido, hasta el presente, la norma que todavía gobierna las actitudes de la mayor parte de la gente hacia las atrocidades cometidas por EEUU en su continua guerra unilateral de dieciséis años contra Iraq.

En su artículo: «Eligiendo no saber: La crisis espiritual que enfrenta la nación«, Gumbleton recordaba lo que la anterior Secretaria de Estado Madeleine Albright declaró en el programa 60 Minutos de la CBS. En aquella ocasión, una Albright de mentalidad nazi manifestó que la muerte de unos 500.000 niños iraquíes a causa de las sanciones «merecía la pena». Gumbleton escribió:

Creo que el hecho de que en nuestra nación no se haya producido una reacción de absoluta indignación moral cuando en un programa como ’60 Minutos’ se pueden presentar afirmaciones de ese jaez ante toda una audiencia de millones de personas y que, al día siguiente, todo el mundo vaya a trabajar sin siquiera pensar dos veces en ello, es en sí mismo una atrocidad moral. Para mí, eso es un caso de daños colaterales y de alguna forma estamos justificándolo. Es una ‘dura decisión’ [dijo Albright], sí, desde luego que es una dura decisión. Casi desearía convertirme en alguien muy vulgar para poder responder como quisiera ante eso, pero intentaré ser educado.»

Una pregunta surge: «¿Cómo maquinó EEUU el holocausto iraquí?» Y por tal, no quiero decir los detalles de la operación sino más bien la metodología rectora para la guerra y el holocausto resultante.

Para empezar, considerando el desequilibrio de poder entre un país en vías de desarrollo y una superpotencia, los planificadores estadounidenses sabían que una guerra con Iraq inevitablemente significaría un potencial holocausto iraquí seguido por una masiva y veloz degradación de Iraq como nación funcional, lo que a su vez provocaría más muertes.

El General Michael J. Dugan, anterior Jefe del Estado Mayor Aéreo de EEUU, exteriorizó las deliberaciones de la administración cuando afirmó (a mediados del verano de 1991) que si la guerra se producía: «Bombardearemos Iraq en forma tal que haremos que retroceda a la Edad de Piedra». Pero Dugan fue más allá. En una entrevista, esbozó el papel de Israel en la planificación para la guerra afirmando que «existía ya un plan para bombardear Iraq e Israel ayudaría a la Fuerza Aérea a seleccionar los objetivos» [1]. Curiosamente, George H. Bush despidió a Dugan. Pero no le despidió porque objetara la esencia de las afirmaciones, sino porque reveló decisiones ya tomadas.

Como pueden ver, lo que Dugan postulaba sucedió punto por punto.

Pero para cerrar el tema, y vincularlo con la Agresión (Guerra) del Golfo como una etapa en la conquista de Iraq, y arrojar luz sobre la determinación de EEUU de ir a la guerra sin importar lo que pudiera suceder en el frente diplomático, proporcionaré más detalles para apoyar mi argumento.

El Sistema Militar: la Guerra como Necesidad Ideológica

El Coronel retirado del ejército estadounidense Trevor N. Dupuy, proporcionó una descripción muy clara sobre la relación entre la ideología del imperialismo, el adoctrinamiento rígido, la codicia de la guerra, la indiferencia ante el derecho internacional y el desprecio cómplice por la vida humana.

En el libro que escribió en el verano de 1990 (antes de que EEUU atacara Iraq), Dupuy concibió muchos escenarios para aniquilar a Iraq. Siguiendo con la estrategia estadounidense de personalizar las agresiones llevadas a cabo en el extranjero denominando a los contendientes como «poder estadounidense versus dirigente extranjero», Dupuy no proponía la aniquilación del ejército iraquí sino del «ejército de Hussein», como si el ejército nacional iraquí fuera propiedad personal del presidente iraquí. Por tanto, Dupuy tituló su libro: «Cómo derrotar a Saddam Hussein».

En tal escenario concibió una retirada iraquí de Kuwait antes de que expirara la fecha límite impuesta por EEUU (15 de enero de 1991). Dupuy la llamó: la posibilidad de la «sorpresa de enero». La importancia de ese escenario radica en que, aunque no hubiera sucedido, confirma que las elites del poder estadounidense querían una guerra con Iraq a cualquier precio. Escribió Dupuy:

Si esa situación [la sorpresa de enero] se diera, se puede estar tentado a «declarar la victoria» y aceptar el compromiso. Eso, sin embargo, premiaría sencillamente la agresión y no serviría para cumplir las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Ni impediría tampoco que se volviera a recurrir en el futuro a otra agresión. De hecho, sería como asegurar futuras agresiones iraquíes a una escala mucho mayor.

La respuesta adecuada a la «sorpresa de enero» sería rechazar abiertamente cualquier compromiso que Iraq ofreciera, insistir en la aceptación iraquí de todas las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y demandar que el ejército iraquí evacuara inmediatamente Kuwait, quizá con una ampliación en 48 horas del límite que pudiera ofrecerse… Este período se llamaría periodo de «pre-hostilidades», durante el cual los aliados iniciarían inmediatamente actividades militares preparatorias para trasladarse a Kuwait y ocuparse de las fuerzas iraquíes que pudieran quedar allí. [2] [la cursiva es añadida]

Primero, Dupuy (un teórico y autor de temas militaristas estadounidenses) explicó su afición a la guerra basándose en posible «futuras agresiones iraquíes». Segundo, defendió, aunque sin ningún fundamento, que la ausencia de guerra contra Iraq animaría una agresión a mayor escala, como si la política regional de Iraq, incluidas las opciones para la intervención militar en Irán y Kuwait, fueran puramente el resultado de impulsos innatos agresivos pero no el resultado de las deliberaciones políticas de un gobierno en el poder. Tercero, clamó a gritos por la guerra a pesar de una hipotética retirada iraquí. Cuarto, suprimió el papel de Naciones Unidas que autorizó la guerra y se lo reasignó exclusivamente a EEUU.

Todo lo anterior, y el hecho que Dupuy citara repetidamente el «peligro» que Iraq suponía para Israel, prueba que el proyecto de una guerra contra Iraq (y como consecuencia contra el mundo árabe) se había convertido en un arraigado paradigma ideológico-militar-imperialista.

Para resumir, las actitudes imperialistas de Dupuy ante la guerra con Iraq clarificaban un aspecto fundamental que unifica a los imperialistas estadounidenses: aunque la máquina propagandística estadounidense describía a EEUU buscando un acuerdo político, sus dirigentes habían adoptado ya una decisión: la guerra.

Por ejemplo, en su reunión con Tariz Aziz en Ginebra, Suiza (unos cuantos días antes de la guerra), James Baker adoptó esencialmente la postura de Dupuy: la guerra tiene que estallar. ¿Constituyó esa posición premeditada una maquinación para el holocausto? Si un poder militar superior planifica una guerra contra un país débil, entonces, lógicamente, está maquinando un holocausto contra la población atacada.

El caso de Tariq Aziz y James Baker

El encuentro entre el anterior Secretario de Estado, James Baker, y el anterior Ministro de Asuntos Exteriores iraquí, Tariq Aziz, prueba más allá de cualquier duda que los Estados Unidos de América son permanentemente un estado beligerante, por lo cual, si se diera la opción entre guerra y paz, elegirá guerra. Además, la predilección por la guerra es decididamente un impulso prefabricado cuya función es reemplazar las negociaciones. Pero si la negociación para evitar la guerra y salvar vidas puede tener lugar, ¿por qué abortarla, a menos que el plan del genocidio para implantar el imperialismo sea la dinamo que mueve la toma de decisiones estadounidense?

James Baker:

«Me he reunido con Tariq Aziz no para negociar, ya que dejamos claro que no lo haríamos – esto es, retroceder para negociar sin tener en cuenta las resoluciones de Naciones Unidas… O cumplen la voluntad de la comunidad internacional [es decir, de EEUU] y se retiran pacíficamente de Kuwait o que esperen a ser expulsados por la fuerza». [3]

James Baker y EEUU apodaron el encuentro con Tariq Aziz con el truco propagandístico, «caminar una milla extra para evitar la guerra». Pero en Ginebra no hubo ninguna milla extra que caminar ni ningún intento de negociar. Por lo tanto, para reforzar la determinación de ir a la guerra, de llevar a cabo el genocidio planeado, Baker consideró como una ley inmutable de la naturaleza el plazo límite establecido por unas Naciones Unidas bajo control estadounidense. Pero, EEUU, que impuso sobre «Naciones Unidas» el veredicto de destruir Iraq, podría haber cambiado las reglas sin necesidad de convocar a ningún embajador de Naciones Unidas.

¿Fue Tariq Aziz a negociar?

Tariq Aziz:

Pierre Salinger declaró que el encuentro entre Baker y Aziz fracasó porque «Aziz no llegó con ninguna propuesta nueva». Sorprendentemente, Salinger se contradijo en el mismo párrafo. El mismo declaró que Aziz no llegó con una propuesta; podría no haber sido nueva, pero considerando el plazo límite cercano y el alto nivel del encuentro era una propuesta seria que, sin embargo, aparecía como una simple petición de ampliar la fecha límite fijada.

Déjenme explicarles: Salinger escribió:

«Él (Aziz) había venido con un único objetivo: persuadir a EEUU de retirar la fecha límite del 15 de enero adoptada por Naciones Unidas. Saddam Hussein no era un hombre que aceptara fechas límite. Y envi a Tariq Aziz a Ginebra para dejar claro que Iraq estaba dispuesto a hablar de una solución pacífica, pero sólo después del 15 de enero. Esto era algo que el Secretario de Estado Baker nunca aceptaría.» [4]

La sentencia acerca de que Iraq «estaba dispuesto a hablar de una solución pacífica, etc…» suponía, por tanto, una propuesta sobre la que se podía trabajar, ya que indicaba claramente que Iraq estaba preparado para salir de Kuwait a condición de que EEUU no le humillara imponiendo una fecha límite artificial.

¿Por qué Baker y EEUU no aceptaron retrasar la fecha del holocausto?

¡Lo han adivinado! EEUU tenía otros planes. Por eso, ¿qué hicieron…?

Próximo capítulo: Parte 46: Comentarios preliminares a la segunda fase de la conquista.

Notas:

[1] Pierre Salinger, Secrete Dossier, Penguin Books, 1991, pág. 174.

[2] Trevor N. Dupury, How to Defeat Saddam Hussein, Warner Brooks, 1991 [Dupuy publicó el libro en 1990 con un título diferente: If war comes, how to defeat Saddam Hussein].

[3] Pierre Salinger, Secrete Dossier, Penguin Books, 1991, pág. 209.

[4] Ibid, pág. 210.

Lecturas recomendadas:

– James Ridgeway, editor, The March to War, Four Walls Eight Windows, 1991.
– James Edward Smith, Gorge Bush’s War, Henry Holt and company, 1992.
– Ramsey Clark y otros, War Crimes, Maisonneuve Press, 1992.
– Phyllis Bennis y Michel Moushabeck, Beyond the Storm, Olive Branch Press, 1991.
– Martín Yant, Desert Mirage, Frometheus Books, 1991.

N. de la T.:

[*] B.J. Sabri es un activista contra la guerra. En diferentes y sucesivos artículos trata de analizar y desmontar todas las mentiras y desinformación sobre las que se construyó la guerra de Iraq.

Fuente: www.onlinejournal.com/artman/publish/article_856.shtml

Sinfo Fernández pertenece al colectivo de Rebelión.