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Presentación de «Para trazar lo (im)posible», de Arturo Borra

Fuentes: Rebelión

Texto leído el 11 de junio de 2013 en Café El Molar, Madrid


Escribir en voz baja, silbando como un viento diminuto (…)

Con estas palabras comienza Para trazar lo imposible; invocando la escritura como viento discreto, como bien de largo y silencioso plazo; como aire perentorio. No daña su conflictividad, las ausencias que porte o los golpes que propicie en su versión ciclónica: lo que mata es que no esté. El viento de la escritura más que narrar da voz a lo silenciado, propio y ajeno; alta-voz a las quiebras en la linealidad de la Historia oficial; abre espacio a ese calcio que llamamos «otredad». Cito de nuevo el poema:

Murmura; trae alegorías, rastros enterrados. No historias, una distancia, rotura dentro del nombre.

Y lo desconocido brilla: es pasión díscola.

Una poética que es pura confrontación del individuo con su tiempo histórico, con el lenguaje, portará consigo inevitablemente uno de los «troyanos» clásicos y con más mordiente para quien elabora poemas: ¿Cómo escribir en contra del lenguaje pero con el lenguaje? Dejemos suspensa, siempre activa la pregunta; hay cuestiones en cuya irresolución se bate nuestra posibilidad de Ser…

En todo caso, nada más situado en el extremo opuesto del ensimismamiento letraherido que el trabajo de Arturo Borra: cuando un buen poeta se interroga con hondura y coherencia sobre las posibilidades de su única (y perversamente universal) herramienta está pensando la Vida, está haciendo Mundo. Tanto en Figuras de la asfixia, su anterior libro, como en este Para trazar lo (im)posible que presentamos, hoy los enunciados, cuanto dice el poeta, son función de existencia. Ya verán que si una taxonomía atraviesa estructurante todas estas páginas es la de la desigualdad y el arrasamiento al que somete sin tregua a cada ser humano una sociedad orgánicamente predadora; en consecuencia, el lector que aquí se abisme (no propone Arturo otro el verbo) se investirá también de interrogantes y hallazgos de un solo uso sobre la diáspora a la que conduce esta hostilidad; también sobre la deseable y dignificante furia:

Crece dolor de mundo

rumiando en un subterráneo

donde se gesta lo que no tiene

nombre aún

/ crece esta furia

/ aquel llamado

a reventar tanto dique

y tomar lo que es de nadie

y aprender el júbilo otra vez

asomado desde el fondo de la noche.

Y sobre cómo se articula o se puede vehicular eficaz, es decir vitalmente, esa rabia comunal. En este sentido podemos hablar de una verdadera inquisición en torno a la (in) acción, sobre todo en la primera parte, «Alegorías del viento»: En este «tiempo de afonía», ¿qué y quién sobreviven al viento-mundo? Cito de nuevo:

Y si el viento arrasa lo que toca ¿qué

permanece?: ¿restos

de qué arena negra?

¿Qué queda cuando sopla

la rabia?

Rabia que también puede traer «Viento lúcido al fin» como se nos cuenta más adelante. Vaivenes de sentido; porosidad en las fuerzas y en la fe. Estamos ante una escritura que nos inserta en la temporalidad nunca lineal de una época convulsa y crítica, la nuestra, en la que habitar esa aridez implica también asumir la piel de la indeterminación, a veces, y de la contundencia en otras ocasiones, como nos impele el inevitable acontecimiento y, pensemos en Chantal Maillard, la herida que propaga, la sacudida que asegura: «¿Qué más da si llegarás/ sombra del acontecer (…)?». Quien no lo haya probado aún verá cómo el Decir de Arturo Borra es parco, contenido, sin gramo de grasa retórica y sin embargo su efecto es de una intensísima abundancia atmosférica e ideológica. Quizá por ello el uso de una simbología muy esencializada -luego, tremendamente ambiciosa porque asume el alto riesgo de la revitalización-: Viento y tempestad, rabia, herida, diáspora y errancia, desierto, intemperie…

Una mirada fundante y fundada en lo comunal que da cuerpo poético -el único práctico, el único posible- a las preguntas que ahora nos atraviesan la garganta: «Cómo quebrar este falsario / donde los dioses se amontonan?»; «¿Cómo sustraer este viaje al desfiladero?»; «¿Cómo se sigue (…)» o «¿Adónde aloja la tempestad?». Textos llenos de invocaciones hechas desde la plaza. Voz que, volitiva, afirma no querer salvamentos individuales sino asiento para ese yo colectivo, civil en una nueva realidad, una tierra aún innominada:

No archipiélagos de dicha

en pleno derrumbe. Ni siquiera dulzura

arrebatada a la frontera:

continentes otros

que confundan las orillas

y nos reencuentren.

La Tierra de nadie de la segunda parte (tierra-mundo siempre, tierra-escritura de nuevo) sigue alojando todas las dudas pero también la Esperanza, la posibilidad de crear una salida:

¿Y si aceptáramos la noche como partida?

¿Qué nos impide caminar por ese suelo horadado, todavía sin nombre?

Internarse ahí, no como quien halla una morada, sino como quien atraviesa

un subsuelo para crear una salida. Desamarrado de sí mismo, el poema

es escritura de lo desconocido.

En efecto, Para trazar lo imposible es, entre otras muchas cosas, un reclamo y una advertencia constante sobre la necesidad de aceptar el envite a riesgo de la vida, de nuestra historia y, análogamente, una prevención también sobre la naturaleza refractaria del lenguaje poético ante cualquier codificación apriorística; a la vez paradójica y proteica promesa de precariedad pues «Toda soberanía se funda en un equívoco. La singularidad indefinible del poema se traza en la desaparición de las fronteras» de la misma manera que, como aquí se nos brinda a modo de hermosísima dignificación de la resistencia y la vulnerabilidad, «El porvenir se juega en quienes no aceptan vivir de rodillas. Aunque deban permanecer suspendidos en el aire».

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.