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¿Qué esperas Samira?

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Traducido para Rebelión por Carlos Sanchís

Hace unos días, en una conferencia en Europa, me encontré a una encantadora señora joven. Inteligente, bien educada, con dominio de varios idiomas, y, bien, muy atractiva. Tras unas horas de compra, ella estaba tan elegante como una modelo, vestida a la más última moda. Resultó ser una chiíta de Bagdad, donde ella ha vuelto ahora. La llamaremos Samira.

Lo que me más me chocó de Samira fue su pesimismo. La situación es mala, dijo, y, suceda lo que suceda, se pondrá peor.

Para una mujer joven, profesional, la perspectiva es de hecho, sombría. La comunidad chiíta está atenazada por los ayatolás que están por dar fuerza a una actitud religiosa rígida hacia las mujeres. Quizás no tan estricta como en el Afganistán de los talibanes o en el Irán de Jomeini, pero lo suficientemente estricta como para hacer imposible a una mujer vestir como le gusta o escoger y seguir la carrera que quiera. Ya, Samira está escondiendo su profesión a sus vecinos de una parte adinerada de Bagdad, por miedo a llamar la atención de una de las numerosas milicias armadas.

¿Cómo es la vida sin electricidad regular ni suministro de agua a 40 grados centígrados, dependiente de generadores e improvisación, en un estado perpetuo de miedo, mientras los tanques vagan por las calles? Es muy, muy mala, dice, y no optamos a otra mejor.

¿La perspectiva para Irak? Ella ve varias posibilidades, todas ellas malas. Quizás una disolución del estado. Quizá una guerra civil. Ciertamente una insurrección sangrienta creciente y perpetua. No hay ninguna oportunidad en absoluto para una nueva, próspera, democrática y multicultural sociedad.

Irak se parece ahora a un juguete roto, desmontado por un voluntarioso, niño tonto.

He evitado escribir sobre Irak durante varios meses, a la vez que permanecía siguiendo los hechos de allí con fascinación persistente, porque es casi imposible escribir sobre ello sin decir «¡ lo dije!»

El mundo (y sobre todo Israel) está lleno de políticos, generales, periodistas, académicos, agentes de inteligencia y gente así que han estado invariablemente equivocados sobre cualquier predicción de las que han hecho (con raras excepciones, tal como un reloj roto todavía muestra dos veces al día la hora exacta). Todavía, y es suficientemente extraño, permanecen afirmando sus errores perdonados y olvidados, aún cuando obtuvieron resultados catastróficos, como a menudo pasa en el caso de generales y políticos.

La larga experiencia me ha enseñado que » os lo dije» es a, cosa pasada, la cosa más exasperante que uno puede decir. Mientras el público puede perdonar a comentaristas que están probadamente equivocados, nunca perdonará a aquellos que pasan por haber tenido razón.

Así que evitemos esa frase. Simplemente indiquemos que se ha demostrado que algunas de las cosas que yo dije antes de la guerra no estaban muy equivocadas.

Dos de ellas merecen consideración en este momento.

Primera: Que el objetivo real de la guerra de Irak era establecer una guarnición norteamericana permanente en ese país, apoyada por un régimen traidor local para afianzar el control directo de los inmensos recursos del crudo del propio Irak e indirectamente de las reservas de crudo de la región ; Arabia Saudita, los otros estados del golfo y la cuenca del Caspio. Ni «Armas de Destrucción Masiva», ni «Quitar a un tirano sediento de sangre», ni «Extender la Democracia», ni «Eje del Mal.»

Segundo: Que el resultado principal de la guerra será la disolución del país en tres integrantes mutuamente hostiles – árabes sunís, chiís y kurdos. Que esta disolución del estado iraquí se oculte como una «federación holgada» o de alguna otra manera, es insustancial. El punto importante es si el control de los recursos petrolíferos se concede a las autoridades centrales o locales.

Estaba claro que los kurdos no se conformarían con menos que la independencia de facto, conservando las rentas del crudo para ellos. También estaba claro que esto despertaría los miedos más profundos en Turquía, Irán y Siria todos ellos con una población kurda oprimida que sueña con el establecimiento con el tiempo de un gran Kurdistán unido.

También estaba claro que el estado chiíta iraquí sería liderado por figuras religiosas, la mayoría de ellos que han vivido en Irán, y que impondría el código islámico de la ley de la Sharia. Estos clérigos, que no tienen necesariamente que convertirse en comparsas de Teherán, pero que se apoyarán, ciertamente, en esa dirección. Quieren, por supuesto, tratar de obtener grandes rentas por el petróleo de su región.

Uno no tiene que ser un profeta de dimensiones bíblicas para haber previsto que los árabes sunníes no aceptarían este cameo. En semejante «federación» perderán el poder y las rentas del petróleo, arrojándose desde las alturas de su poderío a un abismo de impotencia. Esto lleva a una «insurrección» que saca diez cabezas nuevas por cada una que es cortada, porque resulta de un problema insoluble. Ni los líderes chiítas ni los curdos son el tipo de personas que abandonarían cualquiera de sus causas de años, por ventajas, por la gracia de un Irak al que no amaron ni con el que se identificaron desde el principio.

Todos esto podría haberse evitado fácilmente, si la única superpotencia del mundo no hubiera sido dirigida por un político de décima división; si la política no hubiera sido dictada por neo-conservadores cegados por una obsesión fanática; si Tony Blair, que debería ser mejor conocido, no hubiera sido un oportunista incorregible.

Millones de iraquíes decentes, inocentes de todas las comunidades, como mi nueva amiga Samira, están pagando el precio.

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