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¿Qué solución para Iraq: un mal tribunal de guerra o un buen ataque de la guerrilla?

Fuentes: Rebelión

Revisado por Caty R.

 

 

El inicio hace cuatro años de la invasión de Iraq empeoró lo indecible el agudo sufrimiento que padecía su población debido a las sanciones impuestas por la comunidad internacional desde hacía más de una década. La inhumanidad de sus promotores quedó bien reflejada en 1996 en las infames palabras de la que fue secretaria de estado de Estados Unidos, Madeleine Albright, quien a la pregunta de una periodista sobre si la muerte de medio millón de niños iraquíes a causa del bloqueo merecía la pena, respondió que sí, que era una decisión dura pero que merecía la pena.

El bloqueo, la agresión y la ocupación de Iraq son los pilares de una política diseñada y puesta en práctica de forma coordinada por varios países occidentales encabezados por Estados Unidos. Se trata de una iniquidad sin límites y sin fin. Por otro lado, al sacrificio de Iraq se ha añadido el reciente de Líbano mientras continúa el de Palestina, se extiende el de Afganistán y se avecina el de Irán.

En estos años de castigo de países occidentales a países musulmanes, algunos hechos han destacado por mostrar la extrema crueldad de aquellos países. Entre los primeros están los aplausos con los que algunos miembros del Congreso de los Diputados en España -también en Estados Unidos- saludaron el anuncio de la invasión de Iraq por parte de Aznar y Bush respectivamente. La ovación de unos congresistas que conocen perfectamente el significado de una campaña de «conmoción y espanto» y la capacidad destructora de los ejércitos occidentales, denota un grado de sadismo que no se encuentra ni siquiera en el Apocalipsis.

Al poco de empezar la agresión, una fotografía en los diarios de un hombre iraquí con una niña malherida en brazos, uno de cuyas piernas era un colgajo, era un terrible aviso de lo que iba a venir. Luego llegaron las imágenes de torturados en las cárceles, muertos en sus casas y heridos por las calles. También de niños, muy pequeños algunos, afectados por extraños cánceres causados por las armas del invasor que pulverizan uranio empobrecido, altamente cancerígeno. Es inevitable preguntarse por qué esos niños, que no saben nada, que no han hecho nada, son convertidos en monstruos y condenados -si sobreviven- a una vida tan horrible que ni el infierno de Dante contiene un castigo igual para los pecadores.

Después llegaron las elecciones en Estados Unidos y en Israel, en las que los votantes secundaron las políticas de sus gobiernos al reelegir a los mismos que habían ordenado los crímenes. Se puede entender que los líderes sean insensibles ante los derechos humanos y el sufrimiento ajeno, precisamente por eso han llegado al poder y gracias a eso obtienen sus beneficios, pero ¿qué lleva a una persona corriente, muy probablemente con hijos y afectos, a apoyar políticas criminales y contrarias a la humanidad?

Se habla cada vez más de la responsabilidad de los gobernantes, sin duda enorme, pero se olvida la de quienes les apoyan, aunque sea de forma aparentemente insignificante. Es imposible entrar en la conciencia de cada uno de esos votantes, pero se intuye por qué son tan pocos los que se salvan según el libro de la revelación.

También se han producido críticas y protestas por parte de los contrarios al bloqueo y la ocupación. Últimamente se escuchan algunas voces que piden un juicio para los responsables y se menciona un nuevo tribunal de Nuremberg al respecto.

La discusión sobre Iraq a día de hoy se centra en las nuevas estrategias de los mismos que han producido el desastre, arropados por los analistas de los grupos de expertos, para salir de lo que éstos llaman el atolladero de Iraq. Se trata de extemporáneos y absurdos planes: dialogar con países vecinos, aumentar la seguridad en Bagdad, mantener el rumbo, etc. Son la nueva versión de las armas de destrucción masiva, el ataque inminente sobre Londres y las relaciones de Husein con Al Qaeda. Son burdos trucos de malos aprendices de brujo que no tienen ningún interés. Por otro lado ¿tienen interés las propuestas sobre la intervención de un tribunal penal? Parece que escaso porque no garantizan dos requisitos: el primero es que sean juzgados todos los responsables de forma inmediata, el segundo es que todas las víctimas sean resarcidas también de forma inmediata y que se repare todo el daño hecho, cueste lo que cueste.

Sería una nueva injusticia dictar una orden de detención cuya ejecución se va a perder en el tiempo. Además, puesto que Estados Unidos no reparó el daño hecho en Vietnam ni otros países, como tampoco Israel en los territorios ocupados, las propuestas no pasan de ser amenazas que no se pueden cumplir y no constituyen un consuelo para las víctimas. Sin reparaciones, sin castigo, sin medidas que prevengan una repetición de lo sucedido, el crimen permanece impune y las víctimas se quedan como estaban.

Resulta ingenuo confiar en que los gobernantes de los países agresores, junto con importantes militares y empresarios, así como altos funcionarios internacionales, se sienten algún día en el banquillo de los acusados. Por ello, la propuesta irrealizable de llevar a Bush y a sus colaboradores ante un tribunal por crímenes de genocidio y contra la humanidad, para ser creíble, necesitaría de un enorme esfuerzo de movilización popular que no se vislumbra en el horizonte. No se han vuelto a repetir las masivas manifestaciones contrarias a la invasión, ni siquiera ante los peores episodios: torturas, asedio a Faluya o anuncio de mantener el rumbo.

La gran mayoría de las personas está tan atemorizada en países árabes y tan acomodada en los occidentales, que a aquellos les falta el valor y a éstos la generosidad para actuar decididamente y realizar un deseo compartido por cualquier ser humano que no sea Bush (y sus partidarios): que termine la pesadilla de Iraq ahora mismo. Son las propias víctimas las únicas que pueden conseguir justicia, al menos intentarlo. Al vivir bajo ocupación y carecer de medios para establecer un tribunal propio, esa justicia no puede lograrse por medios pacíficos. Su estrategia tiene que consistir en hacer que sus agresores paguen un alto precio por el daño que les infligen. Vietnam y Líbano son ejemplos sin parangón de esta estrategia.

Es algo irónico que todas las leyes promulgadas desde el establecimiento de la ONU y los ingentes recursos de la comunidad internacional sean incapaces de lograr lo que intentan cohetes lanzagranadas, hombres-bomba y dispositivos explosivos improvisados: acabar con la agresión y hacer justicia a las víctimas.

La respuesta al crimen que se perpetra contra Iraq y otros países no consiste principalmente en reclamar tribunales penales si no se tiene la fuerza suficiente para instituirlos, sino en apoyar a la resistencia iraquí, libanesa y palestina. No hay certeza de que la resistencia consiga la justicia, pero sí de que no la habrá si prevalece el agresor. Cualquier apoyo efectivo por pequeño que sea contribuye más al logro de la justicia que todas las palabras que simplemente se pronuncien sobre ésta si no van acompañadas de acción.

Cada helicóptero derribado, cada tanque destrozado, cada elemento de la ocupación atacado, es un acto de las víctimas a favor de su derecho. De ahí la satisfacción, el consuelo y la esperanza que sienten las víctimas y los que las apoyan cuando la resistencia alcanza sus objetivos.

Al mismo tiempo, cada ataque sobre los ejércitos ocupantes, cada baja entre los agresores y sus cómplices, es un paso hacia la «re-humanización» de éstos, ya que únicamente si se les fuerza a sentir dolor podrán entender el de sus víctimas y recuperar su humanidad. No hay indicios de que los agresores vayan a mostrar arrepentimiento y a preocuparse más de las víctimas que de ellos mismos. De ahí la urgencia de obligarles a hacerlo por cualquier medio.

 

Agustín Velloso es profesor de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).

 

Caty R. pertenece a los colectivos de Rebelión, Tlaxcala y Cubadebate. Este artículo se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor y la fuente.