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El más bello fracaso

Scott Fitzgerald, o el síndrome del anhelo

Fuentes: Rebelión

Francis Scott Fitzgerald ha sido el escritor estadounidense que mejor ha apresado literariamente la ansiedad por ascender en la escala social. La avidez por abandonar una condición deprimida, humillante, o simplemente mediocre, para ascender al esplendor de una confortable existencia, plena de brillantes episodios, ha sido una carrera para muchos en Estados Unidos. Se ha […]

Francis Scott Fitzgerald ha sido el escritor estadounidense que mejor ha apresado literariamente la ansiedad por ascender en la escala social. La avidez por abandonar una condición deprimida, humillante, o simplemente mediocre, para ascender al esplendor de una confortable existencia, plena de brillantes episodios, ha sido una carrera para muchos en Estados Unidos. Se ha llamado a esta condición «goldigger» o «climber», «buscaoro» o «escalador». Esa incierta ambición fue el principal padecimiento de Fitzgerald. Le condujo al alcoholismo y al resquebrajamiento de su equilibrio mental, si alguna vez lo tuvo.

Descendiente de Francis Scott Key, autor del Himno Nacional de Estados Unidos, su padre siempre le alentó pretensiones aristocráticas. Sin pertenecer a una familia opulenta fue a una universidad de ricos, Princeton. Allí se enamoró de la más bella y apetecida estudiante, Ginevra King, y formó parte del exclusivo Triangle Club. Para Fitzgerald nada podía ser incoloro, vulgar, insípido. Su matrimonio con Zelda Zayre fue decisivo, porque ella estaba aquejada de un desequilibrio nervioso que la conduciría a la locura. Pero antes que se declarara su enajenación lo arrastró a una existencia de excesos y arrebatos.

En Princeton escribió «Este lado del paraíso», la novela que le condujo a la fama y a escribir regularmente para «The Saturday Evening Post», que le pagaba muníficamente sus relatos. La década del veinte, los llamados «años locos», los transcurrió entre París y la Riviera francesa, adorando y glorificando, con angustiado esnobismo, el estilo de vida de burgueses y aristócratas. Fue en esos años que conoció a Hemingway, quien favorecía un diferente tipo de existencia aventurera, inmerso en conflictos bélicos, lidias de toros y coqueteos con la muerte. Fue Fitzgerald quien le dijo: «Los ricos son muy diferentes a nosotros». Y Hemingway le respondió con seca aspereza: «Sí, tienen más dinero».

A diferencia de Hemingway, que logró dominar la frase breve y la economía de medios expresivos, Fitzgerald logro distinguirse por unas oraciones amplias, ricas y precisas, sin ser excesivamente frondosas. Su obra maestra, «El gran Gatsby», está espléndidamente bien escrita. Siempre estimó que su propia vida era representativa de las experiencias de su generación y se tomó por su propio modelo. Siempre quiso dejar constancia de la irradiación refulgente de la aristocracia adinerada estadounidense. Se veía a sí mismo como un miserable que compartía la vida de los opulentos.

Ring Lardner llamó a Fitzgerald y a Zelda «los príncipes de su generación», la llamada «Generación Perdida», como quiso nombrarlos, justamente, Gertrude Stein. Fue Fitzgerald, en novelas como «El gran Gatsby» y «Tierna es la noche», quien llevó a su máxima expresión el apetecido «sueño americano»: la existencia fluida y pródiga en un contexto supuestamente propicio a la plétora y la exuberancia. Espejismo que se desvaneció al no alcanzar ninguno de los premios a que aspiraba. Sus poéticas alucinaciones no funcionaron en una sociedad hostil. Fitzgerald quiso habitar en un planeta que no existía y adoptó los artificios y hábitos de una clase social –a la que aspiraba a integrarse-, como la medida de todas las cosas. Pagó un tributo muy alto por su infructuosa utopía.

Hacia los años 1930´s sufrió una recurrencia de la tuberculosis que había padecido en su juventud y trató de escapar de su ingrata realidad volviendo al intenso alcoholismo que había logrado dominar parcialmente. Estuvo en cama durante tres meses y aceptó un contrato en Hollywood donde volvió percibir altos ingresos, como en su juventud y comenzó una novela, «El último magnate», que no llegó a terminar. En noviembre de 1940 sufrió un infarto que le repitió el mes siguiente y le causó la muerte.
Terminó su existencia prematuramente, a los cuarenta y cuatro de edad, destruido por el alcohol y las quimeras no alcanzadas. Fue el más bello fracaso que han conocido las letras norteamericanas.

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