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Shock pandémico y posverdad

Fuentes: Rebelión

Tendría unos 8 años. Estaba enojado, verdaderamente enojado con mi madre, Dora. Su negativa a comprarme un autito de colección, importado, me había puesto en un estado frenético. Por entonces no tenía ni idea de qué significaba “importado” o “nacional”. Pero sabía perfectamente que los autitos importados eran mucho mejores, y mucho más caros, que los nacionales. Era mediodía y mi madre estaba en plena faena de cocina. Yo imploraba, exigía, protestaba. Pero mi madre era terca: no, no lo compraríamos. En eso estábamos cuando sonó el timbre de casa. Vivíamos en un departamento construido por mi padre, Carlos -obrero fabril en ese entonces- y por mi madre arriba de la casa de mi abuelo Antonio y de mi abuela Ñata. Cuando digo construido es literal: construido con sus propias manos. Tras el timbrazo mi madre bajó a atender y yo salí tras ella, trotando. Y por supuesto, sin parar de exigir explicaciones por su negativa a concederme un regalo que -¡era tan evidente!- significaba muchísimo para mí. Dora abrió la puerta y al instante quedé paralizado. Frente a ella, frente a nosotros, los ojos redondos y grandes, marrones y vivaces de un mocoso harapiento daban un marco surrealista a sus palabras.

– Señora, ¿no tiene algo que me dé?

Yo seguía absolutamente inmóvil observando a ese niño de mi misma edad. La cara sucia, los mocos colgando. Pantalón remendado, remera mugrienta y en parte a jirones.

– ¿Cómo te llamás?- Preguntó mi madre. No recuerdo la respuesta.

– ¿Venís de acá atrás? -Preguntó Dora por medio de un eufemismo que capté al instante: se refería a la “villa”. Aunque ni mi familia ni mis vecinos más cercanos eran ciertamente ricos -obreros y empleados de bajo rango en general-, nadie se consideraba verdaderamente pobre. Los pobres de verdad vivían en la “villa”, en casuchas de cartón, sin agua potable y sin luz.

Mi madre hizo pasar al niño. Le lavó la cara y lo sentó a la mesa. Sentado a la misma mesa, yo observaba en absoluto silencio.

– ¿Querés un churrasco?

El niño de la villa la miró con la misma cara de sorpresa e incredulidad que hubiera tenido yo si alguien me ofreciera viajar a la luna.

– En serio te digo, ¿no querés un churrasco?

El niño asintió con la cabeza sin emitir palabra.

Poco después se despidió de nosotros. Partió con la panza llena, la cara limpia y una bolsa con ropa usada. Entre tanto, yo no había atinado ni siquiera a protestar cuando mi madre incluyó en la bolsa mis viejas zapatillas “Flecha”, que ya me quedaban chicas pero por las que tenía un apego especial. El hecho mismo de haber pensado “no, las zapas no” me llenó de vergüenza.

No volví a hablar del autito importado. Nunca más.

Mi deseo por ese juguete de colecciónhabía sido verdaderamente grande. Y lo siguió siendo por mucho tiempo. Eso no se borraba: durante semanas seguí sintiendo el mismo deseo irrefrenable cada vez que pasaba por la vidriera del negocio de don Pedro y mis ojos se demoraban en el precioso autito de colección, importado, en exhibición. Pero había comprendido -aunque por entonces no pudiera expresarlo en estas palabras- que hay necesidades y problemas más y menos importantes, y que no podemos evaluar lo que sucede a partir de nuestro ombligo, por más fuertes que sean nuestras sensaciones y emociones.

Fue una lección involuntariamente aprendida, pero que no olvidé jamás.

Cuando las primeras noticias de un extraño virus que provocaba neumonías graves en China comenzaron a llegar, casi no les presté ninguna atención. Era verano en Argentina, y yo estaba en las montañas de la Patagonia norte, el sitio al que ya planeaba mudarme de manera definitiva en no mucho tiempo más. Mi vida de montañés implicaba mínimo contacto con el mundo exterior. Andrea, quien acostumbraba seguir las noticias, me contaba lo que estaba sucediendo con preocupación e incluso algo de temor. Yo la miraba con intriga y algo de incredulidad, pero no lo suficiente como para ponerme a estudiar el asunto. Al regresar a Neuquén en febrero para iniciar los preparativos de los exámenes universitarios y otras tareas docentes, Wuhan se hallaba en plena cuarentena y el virus se expandía por el mundo entero, pero sobre todo por Europa. Comencé a seguir de cerca las noticias y a estudiar el caso. Aunque me alarmaron las tasas de letalidad y contagiosidad imputadas al Sars-cov2 (que resultaron ser exageradas), aun así me parecía que todo estaba sobredimensionado: el virus había afectado a sectores sociales altos y medios (los trabajadores relativamente pobres de los países desarrollados son, en comparación con los pobres de los países pobres, parte de los sectores medios globales) y ello magnificaba su impacto. Al estudiar más detenidamente lo que estaba sucediendo, me convencí de que no había ninguna posibilidad de que la pandemia se aproximara ni siquiera a nada parecido a los 40 millones de muertos pronosticados por Niel Ferguson. La humanidad se enfrentaba a un problema sanitario de rango medio, aunque las autoridades estaban reaccionando como si se tratara de un auténtico Apocalipsis zombie. Comencé a escribir largos textos sobre la pandemia (siete en total), algunos en solitario, otros en coautoría con Andrea, con mi amigo Federico Mare o con un compañero uruguayo: Alexis Capobianco. El abismo que sentíamos entre nuestro análisis de lo que estaba pasando en términos objetivos (un virus un poco más grave que las gripes estacionales, aunque con capacidad para afectar con dureza a la población anciana) y la percepción subjetiva (una catástrofe inaudita) nos llevaba permanentemente a dudar de nuestra intelección de los sucesos, a revisar una y otra vez los datos, y a buscar y analizar nuevas variables. Pero la conclusión era siempre más o menos la misma: no había ninguna proporción entre la letalidad del nuevo virus y el estado de pánico planetario. Para nuestra desazón, incluso las fuerzas de la izquierda revolucionaria asumían que la crisis sanitaria era mayúscula y aceptaban casi sin crítica las severas medidas de reclusión domiciliaria (de eficacia cuando menos dudosa) como ineludibles. Prácticamente la totalidad del “extremo centro” político planetario acompañó la gran encerrona, y casi no hubo oposición por parte de la izquierda. Para colmo, impresentables políticos de derecha -como Trump y Bolsonaro- cuestionaron las cuarentenas, haciendo que el debate público se enturbiara aún más. Ni Trump ni Bolsonaro son precisamente representantes fieles del pensar y del sentir del establishment capitalista mundial, que los ve como poco serios y no confiables “populistas”. Pero su posicionamiento facilitó la comunión de perspectivas entre las pocas fuerzas de izquierda y el extremo centro (que va de progresistas a las derechas consideradas no-populistas). La discusión pública adoptó una unilateralidad tal que hizo imposible toda discusión racional y crítica de la pandemia y de las medidas adecuadas para afrontarla. Con pocas excepciones, se estableció un consenso casi absoluto tanto en el diagnóstico de la situación (crisis sanitaria descomunal) como en el recetario para afrontarla: encierro. Con la sociedad en estado de shock, se adoptaron con velocidad drásticas medidas casi sin oposición: reclusión domiciliaria masiva, grandes restricciones a la circulación, fronteras cerradas, familiares que no pueden verse, enfermos que se quedan sin visitas, niños sin clase, moribundos en absoluta soledad, imposibilidad de velar a los muertos, empresas que quiebran, trabajadores despedidos, recortes salariales, aumento exponencial de la pobreza, síntomas de ansiedad, depresión, estrés y  pánico en millones de personas.

Como historiador, estaba familiarizado con la gran epidemia de peste bubónica que asoló Europa en el siglo XIV, provocando la muerte de quizá la mitad de la población en unos pocos años. Ninguna obra de historia del período puede omitir el punto, dada su impacto histórico indudable, sea cual sea las premisas teóricas de las que se partan. También tenía cierta familiaridad con otras epidemias, como las que causaron estragos e incluso aniquilaron a pueblos enteros en América, a partir de los virus traídos por los invasores europeos durante el siglo XVI. Cuando la epidemia del Sars-cov2 se convirtió en noticia mundial, los medios de comunicación recordaron la epidemia de 1918. Aunque mi conocimiento de ese período era profundo, no podía recordar nada sobre la epidemia de “gripe española”. ¿Cómo era posible?

Incomparables en magnitud con la de 1918, las pandemias de 1957 y 1967-68 tampoco habían ocupado ni siquiera un lugar marginal en mi formación como historiador. Mi padre las vivió a ambas y hablé con él al respecto: pero no recordaba nada, aunque tanto en términos absolutos como en términos relativos han sido más mortales de las de 2020. Todo era muy extraño.

Al comparar cifras y datos, es completamente indudable que la epidemia de “gripe española” deja empequeñecida casi hasta el ridículo a la pandemia de 2020: la gripe de 1918 ha sido unas 400 veces más mortal, cobrándose la vida de cerca del 2 % de la población mundial (y acaso algo más). Dado que no hay ninguna duda de que el impacto de la pandemia de Sars-Cov2 será, por sus consecuencias, referencia ineludible para los historiadores que estudien el siglo XXI, no pude dejar de preguntarme cómo se me había podido pasar por alto la pandemia de 1918. ¿Habría sido un mal estudiante, un lector poco atento? Me puse a revisar libros y programas de estudio. Conservo mi carpeta de historia universal, programa incluido. Pero no había ni en el programa ni en los textos ninguna referencia a la pandemia de “gripe española”. Revisé programas actuales en media docena de universidades: nada. Consulté entonces en las que posiblemente sean las dos principales obras de historia sobre el siglo XX, publicadas ambas luego de que yo culminara mis estudios universitarios: la Historia del siglo XX, de Eric Hobsbawm, y La guerra del mundo, de Niall Ferguson. Son libros devenidos rápidamente en auténticos clásicos, que han sido escritos, además, desde perspectivas ideológicas opuestas. ¿El resultado? No hay ni siquiera una mención en el libro de Hobsbawm, en tanto que Ferguson le dedica una única línea en tono metafórico y no específico.

Incomparablemente más letal que la de 2020, la pandemia de 1918 casi no había sido considerada un acontecimiento relevante por los historiadores. ¿Habían estado ciegos? No necesariamente. Reflexionando sobre el particular y consultando más bibliografía comprendí con facilidad que la epidemia de “gripe española” no trajo casi ningún cambio asociado a ella ni en términos políticos, ni en términos económicos, ni en términos tecnológicos. Hubo algunas medidas sociales de aislamiento y suspensión de clases en algunas ciudades (en general por pocos días), pero en modo alguno encierro de naciones enteras, ni mucho menos una cuarentena planetaria. El impacto sanitario de la epidemia de 1918 fue enorme; pero su impacto social, económico y político prácticamente nulo.

El contraste con los sucesos actuales se me hizo nítido. El impacto de la pandemia de 2020 en la mortalidad global es casi insignificante. Incluso las pocas regiones excepcionalmente afectadas en términos relativos por el covid-19, como Lombardía, están a una distancia sideral de la mortalidad promedio de 1918 y no demasiado lejos de los picos de años recientes. En Europa, sólo España ha superado las tasas de exceso de mortalidad más elevadas de los últimos tiempos, sobrepasando un poco el pico de 2005, cuando sufrió una temporada de gripe invernal bastante grave que no generó, sin embargo, ningún pánico. (Se discutirá largamente en España cuánto de ese exceso de mortalidad se debió al Sars-cov2, y cuánto a las medidas tomadas para combatirlo: de momento, un tercio del exceso de mortalidad no ha dado positivo al covid-19).Pero las consecuencias sociales, políticas y económicas de la actual pandemia son y serán mayúsculas. Para no mencionar más que lo que ya es evidente: la crisis económica provocada (en realidad agudizada) por las medidas de confinamiento es enorme; la pobreza y la desocupación se han disparado; la virtualización de la vida (incluyendo la salud y la educación) avanzó a pasos de gigante. Estamos presenciando, de hecho, una reconfiguración fenomenal de la sociedad contemporánea, con el “capitalismo digital” devenido  indudable sector hegemónico. Esto supone la agudización y aceleración de transformaciones que ya se venían produciendo, pero ahora a velocidades supersónicas y, de momento, casi sin resistencias. El shock pandémico ha inmovilizado a las sociedades y aturdido a los individuos. Aprovechándose de esa conmoción, las corporaciones capitalistas y las autoridades políticas que les sirven (con entusiasmo consciente o con ingenuidad e ignorancia) aceleran la privatización de la vida, la desconexión corporal de los sujetos, la cultura individualista, la mercantilización de la sociedad, la tendencia a ver en el otro una amenaza (¿qué consecuencias provocará esto?), la cultura del consumo y la ansiedad.

Si una pandemia cientos de veces menos grave que la de 1918 ha causado mucha más conmoción social, ello quizá sea un índice de lo mucho que ha avanzado la sociedad mundial en la sensibilidad ante la muerte y el sufrimiento humano, entre principios del siglo XX y comienzos del siglo XXI. Es una mirada consoladora. Tiene una punta de realidad: ocurrida al final de la Gran Guerra, la pandemia de 1918 agregó muertos sobre muertos a sociedades ya habituadas a las carnicerías humanas.Sin embargo, sería ingenuo concluir alegremente que hemos avanzado a velocidad luz en la sensibilidad ante el sufrimiento. Si así fuera, ¿por qué entonces hay tanta indiferencia ante el hecho verdaderamente escandaloso de que todos los días mueran en el mundo alrededor de 8.500 niños por desnutrición o causas asociadas? ¿Por qué parece normal que la población de los países ricos viva en promedio el doble que la de los países pobres? ¿Por qué se aceptan bombardeos e incluso invasiones de países enteros? ¿Podemos estar seguros, con buena conciencia, de que somos hoy cientos de veces más sensibles al sufrimiento humano que en el pasado? ¿De verdad? Curiosamente, la legalización de la tortura es un fenómeno reciente en las democracias occidentales. Y no menos curiosamente: se la legitimó en nombre de la lucha contra el terrorismo, considerado una amenaza inconmensurable. Con un mínimo de conocimiento cualquiera puede darse cuenta que la comparación de Osama Bin Laden con Hitler era absurda y la amenaza del terrorismo un señuelo. Pero lo que cuenta no es la real magnitud de la amenaza, sino la percepción que se tenga de la misma. Y después de todo, la propaganda ha logrado convencer a mucha gente que el terrorismo es uno de los principales problemas mundiales.

Durante la pandemia se han desarrollado formas específicas de crueldad, en nombre del combate al virus. En un documento de recopilación testimonial de profesionales sanitarios publicado por el Equipo Cesca, de España, que puede consultarse íntegramente en http://equipocesca.org/wp-content/uploads/2020/08/siap-2020-covid-2-testimonios.pdf, se puede leer, entre otros muchos ejemplos, pasajes como el siguiente, en el que un médico comparte con sus colegas el relato que le hizo un paciente:

“Ha contado que su tío, que está en una residencia [de ancianos] en el centro de Madrid, se ha pasado desde marzo recluido en su habitación. Solo salió al principio por una caída, que lo remitieron a urgencias, por algo que perfectamente se podría haber gestionado de forma ambulatoria. Estuvo en urgencias en el momento de máximo riesgo, cuando las urgencias estaban llenas, sin control ni protección. Regresó a la residencia y allí lo tuvieron encerrado en su habitación hasta que dos meses después tuvo que ir de nuevo al hospital para una cita médica. El hombre estaba en un estado de shock, como se debe estar al salir de una celda de aislamiento. Mi suegro, que lo acompañó, retrasó la vuelta al «presidio» dando un rodeo y llevándolo a tomar un café. Entre tanto, parece que se infectó, paucisintomatico [asintomático], y la serología ha sido positiva. Ahora, después de años de espera, le han concedido plaza en una residencia pública. Las condiciones que ponen para su traslado también parecen carcelarias. Tiene que ser ya. El único contacto con él es en el traslado (que también podría ser en ambulancia, para que no haya contacto ninguno), pues no te dejan ir con él a la nueva residencia, pues ahora están prohibidas las visitas. Una persona mayor, dependiente, que se mueve a un ambiente totalmente nuevo, hacer eso es garantizar la desorientación. ¿Qué harán después? ¿Contención química para la agitación? Esto no tiene sentido. Además me contaron que el compañero de habitación de este hombre era peor. Tanto que había pedido que si podía salir con ellos. La respuesta del centro fue que como está bajo la tutela de la comunidad no puede. Seis meses en una habitación. ¿De verdad?”

Ejemplos así se pueden multiplicar sin límite. La lectura de la carta que escribió Fernanda Mariotti, “Crueldad por protocolo”, habla por sí mismo.

Del escrito de Mariotti -pletórico de sensibilidad, humanidad y lucidez- extraigo el siguiente pasaje:

“Ya hacía 4 meses que veía a mi mamá sólo a distancia, sin poder abrazarla, desde la puerta, por miedo a contagiarla, y porque era el protocolo impuesto… Se contagió en el hogar donde residía, porque por más que tomaran las mejores precauciones, el virus circula en la comunidad.

La internaron con síntomas muy leves, un pico subfebril y dolor de garganta. Por más que a los 3 días ya estaba bien, no podía irse de alta por protocolo, requería hisopado negativo que se realiza a los 14 días.

Durante la internación, debía estar sedada y “contenida” (o sea atada a la cama) para que no se levantara por el riesgo de caerse, porque nadie la iba a estar acompañando al baño cada vez que necesitara… Sólo entran cuando les llevan la comida, y mantienen en general una distancia aséptica prudencial, como indica el protocolo que masifica a todos en un mismo abordaje.

No pude ir a verla durante la internación, otra vez por protocolo estricto, aunque obviamente ya no iba a contagiarla, por si me pudiera contagiar yo… Soy adulta. Puedo tomar mis decisiones y correr el riesgo si me parece que vale la pena. ¡Tengo ese derecho!

Más absurdo aún, soy médica, o sea puedo ver pacientes con covid o cualquier otra enfermedad contagiosa, pero no pude acompañar a mi madre, aunque les rogué que me lo permitieran… (…)

Mamá se internó por covid muy leve y murió de otra cosa, de insuficiencia cardíaca. Su corazón se fue derrotado por la pena y la soledad. Hoy, esta carta es casi un grito, es la voz desesperada de muchos que se van en el más absoluto silencio. Para ver si alguien escucha. Ella ya no puede”. 

El caso de Solange Musse, la joven de 35 años que murió en soledad afectada por un cáncer en Córdoba pocas horas después de que la policía impidiera prepotentemente el ingreso a la provincia de su padre, quien había viajado desde la lejana Neuquén, quedará seguramente como un siniestro mojón de la crueldad justificada en nombre de inhumanos protocolos establecidos como consecuencia de la pandemia. La dolorida carta que escribió poco antes de morir debería llenarnos de vergüenza.

.https://www.cadena3.com/noticia/sociedad/carta-de-solange-hasta-mi-ultimo-suspiro-tengo-derechos_268568

.https://www.pagina12.com.ar/286692-solange-musse-murio-sin-que-su-padre-pudiera-despedirla

.https://www.infobae.com/opinion/2020/08/30/el-caso-solange-solo-puede-llenarnos-de-verguenza/

Al leer testimonios de este tenor y observar situaciones como éstas, es difícil concluir que hemos avanzado mucho en la sensibilidad ante la crueldad. Quizá la explicación sea más prosaica: lo que importa no es cuántos ni cómo sufren, sino quiénes y en dónde. Lo de siempre, digamos: evaluaciones sesgadas con criterios étnicos, nacionalistas o clasistas, como siempre pasó. Pero quizá haya algo más. ¿Habría habido tanta tentación por las cuarentenas si no existiera un ya robusto y crecido complejo de capitalismo digital, listo para transformar el mundo y las relaciones sociales a su gusto y paladar?

En los últimos años se ha hablado mucho de posverdad. Es cierto que mentiras y manipulaciones flagrantes hubo siempre. En base a eso, podría concluirse que con la posverdad no hay nada novedoso: es un nuevo término -muy a tono con la necesidad de innovaciones lingüísticas de los filósofos posmodernos- que en el fondo se refiere a lo de siempre: noticias falsas, bulos, mentiras. El viejo “miente, miente, que algo queda”. Sin embargo, una conclusión de este tenor con toda probabilidad estaría equivocada. Hay efectivamente algo novedoso en la posmoderna posverdad. Hay en ella algo más que las tradicionales mentiras, lo viejos bulos, las conocidas campañas de manipulación. ¿De qué se trata? Se trata de una cultura que ha dejado de creer en la verdad; una cultura para la que las percepciones subjetivas son más importantes que la búsqueda de evidencias objetivas; una cultura que ha perdido sentido crítico, mira el mundo a partir de su ombligo y cree en relatos (no en argumentos ni en evidencias). En un texto escrito junto a Alexis Capobianco exploramos el curioso y aparentemente paradójico maridaje entre posmodernismo y cientificismo que ha emergido durante la crisis pandémica.

.https://www.hemisferioizquierdo.uy/single-post/2020/07/31/Cientificismo-posmoderno

Esta confluencia nos habla, en cualquier caso, de transformaciones culturales profundas. Parte de estas transformaciones fueronanticipadas por Jean Boudrillard. La posverdad no sería posible sin la generalización del fenómeno que Boudrillard denominara hiperrealidad. Recientemente, Rafael Bayce nos ha ofrecido un sugerente texto en el que analiza la crisis pandémica a partir, precisamente, de la categoría de hiperrealidad.

Bayce analiza con cierto detalle las condiciones que hicieron posible lo que considera -quizá con algo de exageración, pero en todo caso no demasiada- una alucinación colectiva hiperreal inducida. Vale la pena leerlo.

En Argentina la población lleva ya cinco meses confinada. Se vive en permanente estado de temor. Sin embargo, la comparación de las cifras de letalidad del covid-19 con las cifras de letalidad de todas las enfermedades asociadas con virus respiratorios el año anterior arroja un resultado  sorprendente. En 2019 hubo en Argentina poco más de 1.300.000 casos registrados de enfermedad tipo influenza (ETI), infecciones respiratorias agudas graves (IRAG), neumonías y bronquiolitis. Todas juntas provocaron unos 32.000 decesos. Es decir, una tasa de 2,5 decesos cada cien casos registrados.

.https://www.argentina.gob.ar/salud/epidemiologia/boletines2020

La tasa del covid-19 en 2020 es a la fecha inferior: aproximadamente 2,2 (unos 7.800 decesos sobre 370.000 casos registrados). Más aún: la suma de casos del nuevo covid-19 y del resto de las enfermedades respiratorias se halla por debajo de la cantidad de casos de enfermedades respiratorias en los diez años anteriores. A partir de la undécima semana del año -concordante con el inicio del confinamiento- se observa de acuerdo a los informes de vigilancia epidemiológica del Ministerio de Salud un descenso de dos tercios de los casos de enfermedades respiratorias. El descenso es significativo, pero atribuirlo sin más a las medidas de confinamiento no es del todo prudente, al menos por dos razones confluyentes. La primera es que el lavado de manos es una de las medidas más eficaces contra los virus respiratorios, y pocas dudas hay de que la higiene personal debió haber crecido con la difusión de noticias y recomendaciones. Aunque pueda resultar sorprendente, hay estudios científicos que han mostrado que incluso los médicos suelen lavarse las manos en aproximadamente la mitad de las circunstancias en que debería ser obligatorio. La segunda es que, en general, los casos de enfermedades respiratorias se registran en los hospitales; pero la gente dejó masivamente de asistir a los mismos durante la pandemia. Menos casos registrados no es lo mismo que menos casos producidos.

Con dos muertos y poco más de doscientos casos de covid-19 la población argentina fue aterrorizada con la posibilidad de un colapso hospitalario. Cinco meses después -con casi 8.000 muertos y acercándose a los 400.000 casos -guarismos muy inferiores a los de enfermedades semejantes en años anteriores, recordémoslo- el colapso no se ha producido. De hecho, el sistema sanitario ha experimentado hasta el momento, en general, una situación más holgada que la de años anteriores. Pero, paralelamente, el desempleo, la pobreza, los niños sin clases, y los casos de pánico y de estrés han crecido exponencialmente; mucho más, de hecho, que las víctimas del coronavirus. Algo no cierra. Sin embargo, la población continúa en estado de shock traumático, mientras las encuestas siguen registrando un amplio (aunque menguado) apoyo a un gobierno cuya estrategia parece ser el encierro de la población hasta que aparezca la vacuna. En base a qué evidencias se supone probable la producción de una vacuna segura y eficiente a mediano plazo -con tantas vacunas fallidas o poco eficaces, empezando por la de la gripe- es un misterio. Al respecto es más que recomendable la lectura del siguiente texto de Juan Gérvas:

En medio del shock pandémico, Argentina se aproxima lentamente (ya ha alcanzado la mitad) a la cifra de unos 15.000 decesos por covid-19, que es lo que el especialista sueco Johan Giesecke calculó que tendría Argentina, hicieran lo que hicieren las autoridades.

.https://www.infobae.com/america/mundo/2020/05/09/johan-giesecke-maximo-epidemiologo-sueco-el-coronavirus-se-propaga-como-un-incendio-y-no-importa-lo-que-uno-haga-todos-se-van-a-contagiar/

La letalidad del virus Sars-cov-2 depende de muchas variables (edad, enfermedades previas, sitios con hacinamiento, densidad demográfica, disponibilidad de agua potable, higiene, etc.), sólo una parte relativamente pequeña de las cuales pueden ser manejadas por las autoridades a corto plazo. Los países que evitaron la circulación comunitaria del virus (en general en base a testeos masivos, seguimiento de casos y aislamientos selectivos) han tenido tasas de mortalidad por millón de habitantes por debajo, incluso muy por debajo, de 50. Uruguay y Paraguay son ejemplos cercanos. El primero tiene 14 veces menos decesos por millón de habitantes que la Argentina, el segundo casi seis veces menos. (Queda el interrogante sobre qué sucederá en ellos en el futuro, dado que no es probable que el virus desaparezca, no es seguro que se produzca una vacuna eficaz y sin consecuencias nocivas, y no parece sencillo establecer cuarentenas para toda persona que ingrese al país de modo indefinido). Las tasas se disparan allí donde el virus circula comunitariamente, aunque en poquísimos lugares a una escala que provoque una mortalidad muy por encima del promedio habitual. ¿Hubiera podido evitar Argentina la circulación comunitaria, como lo hicieron Uruguay y Paraguay? Quizá. El gobierno tomó cartas en el asunto cuando no había registro de circulación comunitaria: menos preocupación por la cuarentena de toda la población, y más preocupación en los testeos y el seguimiento y aislamiento selectivos, a cargo de la autoridades sanitarias, acaso hubieran podido evitar la circulación comunitaria del virus. Pero criticar duramente al gobierno argentino por impericia en este terreno, mostrando como contraste los ejemplos de Uruguay y Paraguay, no sería del todo honesto: Argentina es un país mucho más grande, con fronteras enormes; y ninguno de los dos vecinos posee una megalópolis como AMBA.Más criticable es su irracional confianza en la eficacia del confinamiento y su poca preocupación por las consecuencias sociales, económicas y sanitarias del mismo. Las medidas de confinamiento pueden, en todo caso, ralentizar los contagios, pero no evitarlos de manera significativa a largo plazo, salvo que la inmensa mayoría de la población permanezca completamente encerrada indefinidamente. Hace dos meses, Argentina tenía diez o doce veces menos muertos por millón que Chile o Brasil, hoy esa brecha se ha reducido a 3 (y en Argentina los casos parecen continuar en aumento, mientras que en Chile y Brasil al parecer tienden a disminuir). Ninguno de los tres países registra un exceso de mortalidad excepcional. Entre la mucha literatura producida sobre la pandemia, sus consecuencias y las políticas para afrontarla, el reciente extenso artículo de Aldo Mazzucchelli vale la pena:

Sin margen para la duda: el impacto social de las medidas tomadas para afrontar la pandemia ha sido mucho mayor que el impacto del virus en sí, como fenómeno biológico causante de muertes. Hay quienes se consolarán pensando que en casi todo el mundo ha ocurrido lo mismo.

“La verdad es revolucionaria”, reza una vieja máxima atribuida normalmente a Antonio Gramsci. La frase no sugiere, como podría concluirse en base a una lectura ligera, que lo que sucede en el mundo real es alentador para los revolucionarios. En realidad, la máxima viene a significar que por cruda que sea, los revolucionarios deben apegarse a la verdad, sin edulcorarla y sin autoengañarse. Esto entraña en cierto modo un compromiso con el realismo. Pero entraña también algo mucho más profundo. Las clases dominantes siempre han dispuesto de medios de difusión inmensamente más poderosos que los que podrían disponer las clases explotadas. Si no hay una verdad objetiva, si todo es un relato, si todo son narraciones que pueden resultar más o menos creíbles o convincentes, entonces quienes dispongan del poder y la riqueza podrán imponer sus representaciones, sus intereses, sus visiones. Sólo si hay relatos verdaderos y relatos falsos en algún sentido significativo es posible la impugnación de las ideologías de las clases dominantes. Si no hay verdad, si todo es uniformemente ideología, entonces es imposible, o totalmente improbable, que no se impongan socialmente los intereses, las creencias y las representaciones de las clases explotadoras.

La pandemia del coronavirus ha sido un gran episodio de posverdad. No porque no haya una pandemia, que la hay, sino porque se la representó, difundió y vivió de una manera que no guarda proporción alguna con su amenaza real, ni en términos absolutos ni en términos relativos. Pero, sobre todo, porque aún cuando -a diferencia de cualquier acontecimiento parecido del pasado- los datos estaban en gran medida disponibles públicamente, ello no sirvió de nada. Construir relatos fantasiosos cuando no hay posibilidad de evidencias es algo que se hizo siempre. Acaso fuera inevitable.Pero hacer creíbles -y hacerlo a escala global- relatos sin proporción alguna con los datos efectivamente disponibles es ir un paso más allá. Lo que hizo posible dar ese paso es el fenómeno cultural que denominamos posverdad.

De cada cien personas que han muerto este año, sólo dos lo hicieron con coronavirus en su cuerpo (y muchas menos debido directamente al coronavirus). Comparada con otras pandemias, la del Sars-cov2 parece poco significativa como fenómeno sanitario. Pero ha producido y continúa produciendo transformaciones sociales de enorme envergadura. El capitalismo digital no fue una creación de la pandemia: pero la pandemia y -en particular- las desproporcionadas medidas tomadas en casi todos lados para afrontarla, ha sido lo que posibilitó un avance descomunal e imprevisto de la digitalización, con las nuevas formas de control social, explotación, exclusión, flexibilización laboral y pautas culturales cada vez más privatizadas, mercantilizadas e individualistas que la caracterizan. Y lo hizo casi sin resistencia social. Es sumamente preocupante, por ejemplo, que las autoridades universitarias -e incluso la inmensa mayoría de docentes y acaso de estudiantes- hayan aceptado, en nombre de la excepcionalidad, la educación digitalizada que era el sueño de los neoconservadores educativos. El shock pandémico allanó el camino a los planes de las corporaciones educativas del capital, con la complicidad ¿ingenua? del centro-izquierda y en medio de la impotencia más absoluta -hasta el momento- de la izquierda.

Pero si la educación digital masiva es un desastre, ¿qué decir de la medicina virtual? No es una broma: las consultas médicas a distancia ya han sido instituidas en muchos países. Parece un chiste, pero sus resultados son trágicos.

El mundo contemporáneo parece el mundo soñado por el capital: una sociedad en crisis permanente (cada crisis es una oportunidad: Milton Friedman y los neoliberales lo sabían muy bien) pero con individuos tan apegados a su subjetividad que han perdido sentido crítico y capacidad de objetivación, siendo por ello muy fácilmente manipulables por las usinas ideológicas de quienes pueden invertir en la producción de relatos. Si a ello agregamos el individualismo y el consumismo que el capitalismo digital acrecienta, las condiciones culturales para una revolución -que ya eran pocas-, parecen casi desaparecer.

Si la verdad es revolucionaria, el mundo de las posverdad es un mundo constitutivamente antirrevolucionario. La izquierda radical debería tomar nota. Y actuar política y culturalmente en consecuencia, si queremos evitar que los anhelos revolucionarios de un mundo más allá del capital se disuelvan definitivamente en el aire.

Agradecimientos: a Andrea Barriga, Federico Mare y Juan Gérvas, por sus generosas críticas, sugerencias y correcciones.

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