Recomiendo:
0

Reseña del libro “La República asediada” de Paul Preston, Enrique Moradiellos, y otros

Tras el 20 N una lectura imprescindible

Fuentes: Rebelión

Diez estudiosos de la Guerra del 36 aportaron sus trabajos para sacar a la luz el título «La República asediada»: Enrique Moradiellos, Paul Prewston, Christian Leite, Denis Smyth, R.A. Stradling, Chris Ealham, Helen Gram., Michael Richards, Gerald Howson y Herbert R. Southworth. Sus aportaciones permiten al lector adentrarse en espacios históricos de gran interés, además […]

Diez estudiosos de la Guerra del 36 aportaron sus trabajos para sacar a la luz el título «La República asediada»: Enrique Moradiellos, Paul Prewston, Christian Leite, Denis Smyth, R.A. Stradling, Chris Ealham, Helen Gram., Michael Richards, Gerald Howson y Herbert R. Southworth. Sus aportaciones permiten al lector adentrarse en espacios históricos de gran interés, además de contar con visiones distintas y valoraciones dignas de ser tenidas en cuenta.

Comienza Paul Preston en la Introducción considerando la celebración del 60 aniversario (el libro fue editado en 1996, aunque ahora ha sido reeditado) como la última de importancia, 1º porque apenas quedan supervivientes, 2º porque, dice, apenas se investiga sobre el caso (no parece del todo cierto, este 70 aniversario va a ser precedido de nueva documentación y de la salida a las librerías de una gran cantidad de libros desde los que, en buena parte de ellos, se reflexiona), 3º porque se acordó un «pacto del olvido» por medio del que se ha tratado de ignorar la guerra y la represión posterior (hoy se empieza a cuestionar ese «pacto de silencio»), y Preston lo subraya recordando el «rechazo del gobierno socialista a aprobar una conmemoración oficial del cincuenta aniversario de la Guerra Civil en 1986.» Sin embargo ese «pacto del olvido» no pudo impedir que los historiadores, los investigadores, trabajasen para recuperar nuestro pasado, y, el autor menciona el caso de Cataluña como el primer lugar donde se investigó. Señala como el querer ocultar lo ocurrido también se vio sobrepasado en el resto de España poco más tarde. Pero además era absurdo porque no se iba a dejar de investigar desde fuera. La consecuencia ha sido el enriquecimiento, la aproximación a la época ha quitado falsas creencias y ha dado la posibilidad a los republicanos de explicar su causa, la causa del progreso.
Paul Preston indica algo que se va a ver refrendado y explicado en el libro: la llamada Guerra Civil española no fue más que la primera batalla de la Guerra Civil europea, más conocida como 2ª Guerra Mundial, que terminó en 1945. Sin detenerse en detalles explica las causas de la derrota republicana, intervención internacional a favor de los fascistas, divisiones internas de los republicanos, y falta de abastecimiento a éstos. Con lo que sí contaba la República era con una moral difícilmente superable. La colaboración británica, en el plano diplomático, con Hitler y Mussolini en el asedio a la República, marcó la trayectoria de la guerra. Preston también hace afirmaciones que deben ser contestadas, dice en un momento que los tanques, aviones y los brigadistas internacionales que llegaron a Madrid en Noviembre, justificaron la intervención de Hitler y Mussolini. Se le olvida que la intervención de Alemania e Italia comenzó con la invasión desde África transportando a los asesinos, luego se adelantaron tres meses a la ayuda que empezó a recibir la República. A continuación repasa los temas que cada autor participante en el libro va a tocar, que van desde el cerco internacional a la República hasta la colaboración de ciertos personajes con la CIA en la creación y sostenimiento de el «Congreso para la libertad de la Cultura», organización internacional anticomunista que entre otras cosas se dedicaba a falsificar la Historia de acuerdo con los intereses del fascismo.
El primero de los trabajos, «Hostilidad internacional contra la II República», de Enrique Moradiellos, se centra en la labor de Inglaterra a favor de los golpistas en base a sus perspectivas comerciales en España, y el respeto por su posesión de Gibraltar, los acuerdos para no abastecer a los barcos republicanos que patrullaban el Estrecho, el buen trato en la prensa británica hacia los golpistas, su papel de freno a toda ayuda a la República en el grupo de «No Intervención», su reconocimiento de facto de los fascistas en noviembre de 1937, sus rezos, los del gobierno inglés, por la victoria de Franco según el Secretario del titular del Foreing Office, los agradecimientos de Franco al gobierno inglés.
Paul Preston con el título «La aventura española de Mussolini: del riesgo limitado a la guerra abierta», trata la colaboración del fascismo italiano, los envíos de primera hora, el apoyo del Vaticano al fascismo, las peticiones de armas de Franco, que incluían bombas de gas venenoso.
Christian Leite, bajo el título «La intervención de la Alemania nazi en la guerra civil española y la fundación de Hisma/Rowak», expone el traslado de tropas por los alemanes desde Marruecos a España a partir del 26 de Julio, 8 días después de4l intento golpista. Comenta las conclusiones de vario9s historiadores que sostienen que los nazis preparaban el golpe con los militares fascistas mucho antes, así como la creación de Hisma, una empresa de los golpistas y los nazis para el tráfico de armas.
Helen Graham trata en su capítulo, «La movilización con vistas a la guerra total: La experiencia republicana», los traslados de tropas de elite fascistas, sus asesinatos, la anulación de la reforma agraria y todos los bienes sociales de la República, la intervención aérea fascista y la movilización del pueblo a favor de la República, las contradicciones entre las organizaciones populares, la destrucción del aparato estatal por los golpistas, la reconstrucción de organismos para sostener la República y su agotamiento por el acoso al que la sometieron las potencias que colaboraron con los nazis, los fascistas italianos y la derecha española fascista agrupada en el ejército, la Iglesia, y los terratenientes, empresarios industriales y banqueros.
En «Guerra civil, violencia y la construcción del franquismo», Michael Richards valora lo que supuso la pérdida de la guerra en sentimientos de fracaso, en hundimiento de ideales y en emborronamiento de perspectivas. La persecución además buscó la desaparición de la identidad y la dignidad de la gente, y cómo bajo condiciones tan extremas, los sectores más populares se acabaron dedicando a la búsqueda de los medios para sobrevivir. La aplicación del terror fue tan profunda y tan extensa que los cálculos aun sin recoger los asesinatos no registrados, se cuentan por cientos de miles; en una nota informativa de un exiliado español en 1941 al Foreign Office británico se dice que en Madrid fusilan de 40 a 50 personas cada día, solo en ese año, «…en Asturias han fusilado a 60.000 personas, …, en Huelva ha habido 15.000 ejecuciones, en Ferrol entre 9.000 y 10.000; en Santander 6.500. En Navalbilla de Pela, Badajoz, 1.700 de los 6.000 habitantes… En Tortosa solo quedan 9.000 de los 45.000 originales. En Larrióaga, Bilbao, de 1.200 prisioneros 600 fueron ejecutados. En las Islas Canarias han sido fusilados más de 1.000 miembros del Partido Comunista,…» y continúan las cifras estremecedoras. El autor señala las bendiciones de la Iglesia Católica de tales barbaridades.
Debe preguntarse a los gobernantes por qué a los asesinados por el fascismo, a los que lucharon por defender la libertad, se les recuerda fuera de España porque conocen lo ocurrido, y aquí no se les dedica ni una placa. El franquismo ha calado tanto que pasan los gobernantes y todos se acogen al silencio.
El objetivo del fascismo, repetido en documentos, expresado en discursos y bendecido, era la «purificación» del país, no se buscaba la derrota del otro sino su exterminio social y político, aún persiste; términos mucho más truculentos encontramos en la documentación de los fascistas, por ejemplo en lo escrito por Wenceslao González Oliveros, primer gobernador franquista de Barcelona en 1939, «Cataluña contra el régimen franquista. París. Edicions Catalanes de parís, 1973». Los nazis alemanes llegaron a admirar el grado de represión franquista y kart Kranzlein escribía: «Los generales no buscaban garantizar su victoria principalmente en sus éxitos militares, sino en una limpieza sistemática y profunda del territorio interior». «El principio del nacionalismo moderno «todo oponente será destruido» se cumple a rajatabla (…) Igual que aquí en Alemania». Franco en noviembre del 38 alardeaba de tener una lista con más de 2 millones de nombres: «…con las pruebas de sus crímenes y los nombres de los testigos», el fin: «limpiar el terreno para construir nuestra estructura». El general fascista Emilio Mola decía: «Es necesario propagar una atmósfera de terror (…) Cualquiera que defienda abiertamente el Frente Popular debe ser fusilado».
El coronel Juan Yagüe, responsable de la matanza de Badajoz declaraba la intención de todos ellos: «… el hecho de que la conquista de España por el ejército avance a un paso tan lento tiene esa ventaja: nos da tiempo para purgar el país concienzudamente de todos los elementos rojos». Si el fascismo español se apoyaba en el pensamiento regeneracionista, calificado por muchos como «prefascismo», que sostenía la peculiaridad de la raza española, defendía la selección natural, culpaba a la dirección política del país de todos los cambios como males, y consideraba la degradación de la raza a partir de la pérdida de Cuba, apoyándose en eso los golpistas, los terratenientes, los banqueros y la Iglesia Católica, veían a la clase obrera como el resultado de una degradación, de una degeneración, era un ser infrahumano, un ser inferior, con el que se debía hacer lo que conviniese para someterle, como hacían con los esclavos reduciéndoles a la condición animal, pues las clases trabajadoras se negaban a continuar bajo el yugo de todos estos que le sometían a las peores condiciones de vida. Culpaban a la clase obrera de haber debilitado la «raza», a eso añadían que el Parlamento Democrático, que la Democracia lo había facilitado. A partir de esa concepción la guerra la hicieron como hacían la guerra en las colonias porque para ellos era colonizar nuevamente.
Preston en «Franco» cuenta que llevaban a cabo decapitaciones y luego exponían las cabezas cortadas. El terror se dirigía a las clases trabajadoras. En Andalucía los terratenientes y sus afines formaban grupos con la falange y, con la información proporcionada por los curas y «otras personas de fiar» asaltaban las casas de los campesinos, jornaleros y los fusilaban. El autor denuncia las matanzas en Sevilla de cientos (quizá miles) de hombres y mujeres. Los fusilamientos en masa en calles y cementerios sin ningún proceso burocrático formal fueron característicos de esta fase. Tan sólo una parte de estas muertes se inscribió en el registro civil. (Léase: «Un año con Queipo», de Antonio Bahamonde). Después llegarían con los consejos de guerra. La totalidad de la población trabajadora fue aniquilada en algunos pueblos de Sevilla, según declara el secretario personal del general Mola.
El 19 de agosto del 36, 1 mes después de la rebelión militar fascista, uno de sus dirigentes, Queipo de Llano declara: «El 80 por 100 de las familias de Andalucía están ya de luto. Pero no vacilaremos, tampoco, en adoptar medidas más rigurosas si hace falta para asegurarnos la victoria final. Seguiremos hasta el final y continuaremos nuestra buena labor hasta que no quede ni un solo marxista en España». Los trabajadores declaran la huelga para defender la ciudad y se les fusila en las calles donde se dejan sus cuerpos a la vista, como escarmiento, son tantos que los tienen que amontonar en las aceras para que puedan pasar los vehículos militares. A las huelgas y colectas contra el golpe responden con el fusilamiento en las ciudades mayores de Galicia, y en las aldeas tras fusilar a los republicanos queman sus casas. En la provincia de Córdoba los terratenientes y sus afines cuando llevaban a los campesinos a matarlos junto a la fosa les decían que iban a darles una lección de «reforma agraria». El historiador continúa aportando datos sobre San Sebastián, Vigo, …, y refiriéndose a los industriales, terratenientes, y gente «adinerada» como organizadores de los escuadrones y como dirigentes de la falange. Los principales organizadores de la primera huelga en Barcelona, en 1941, en la empresa «La maquinista», son fusilados, y sin juicio. Expone la anulación de las reformas agraria y laboral, y la vuelta a las leyes más reaccionarias referidas a la distribución de la tierra o al trabajo. Descendiendo al terreno de la vivienda Haro Techen cuenta como le quitaron la casa a sus familiares: un médico llega a atender a su tía enferma, se detiene a observar la vivienda, pregunta de quién es, al día siguiente llega la policía con la orden de que en el período de unos días van a ocuparla por tanto tienen que desalojar. Pero el historiador Michel Richard, autor de éste trabajo, comenta cómo «en Sevilla, las familias de los prisioneros tenían a soldados nacionalistas alojados en sus casas», y sus propiedades eran confiscadas, en el último apartado cuenta cómo en las casas donde no había hombres las mujeres trabajaban con una máquina de coser para sacar adelante a la familia, y los fascistas entraban y se la quitaban, además corrían el riesgo de ser fusiladas por ser la esposa de un «marxista». En las zonas donde actuaba la guerrilla se cercaban los pueblos con la táctica de matar de hambre a los «rojos». La relación con los maquis la castigaban con el fusilamiento. Menciona los castigos a las mujeres que encontraban en la calle después del toque de queda, : las rapaban el pelo al cero y las obligaban a tragar aceite de ricino o gasolina. Y señala un momento de recrudecimiento del terror: cuando cae Mussolini, los franquistas, los falangistas, temiendo que eso de alguna esperanza a los trabajadores, aceleran el ritmo de las ejecuciones, y estamos ya en 1945, cae la represión sobre la clase obrera, se lanzan a la caza de los que puedan permanecer ocultos, a los familiares los desalojan de sus casas, les prenden fuego, y a los campesinos que no colaboran les quitan el ganado. El historiador indica documentación oficial donde «según el director de prisiones, a principio de 1945 se examinaban unas 350 sentencias de muerte en cada reunión del consejo de Ministros, presidida por Franco en persona. Estas reuniones se celebraban cada 6 semanas…»
Gerald Howson, el autor que continua, titula su exposición «Los armamentos: Asuntos ocultos a tratar» y desmenuza documentos, pone en relación cifras y saca conclusiones siempre interesantes. También sobre el particular puede leer «Falacias de la guerra civil», de Carlos Blanco Escola.
El libro termina con un trabajo dedicado a un tema poco analizado y sin embargo de gran interés: «El gran camuflaje»: Julián Gorkin, Burnett Bolloten y la guerra civil española», autor Herbert R. Southworth. En «El gran camuflaje» se repasa la relación de Gorkin y Bolloten con lo que se dio en llamar «Congreso por la libertad de la Cultura», organización financiada por la CIA para atraer a gentes de la cultura y si fuese posible que hubiesen pasado por cualquier izquierda, para hacer de ellos dirigentes y chivatos anticomunistas al servicio de los EEUU. La CIA crea organizaciones, pone los medios para que dispongan de locales, financia revistas culturales, financia editoriales para sacar a la palestra a todos esos que hacen campañas escribiendo entonces contra la República, unas veces de manera encubierta, otras exagerando determinados asuntos, otras inventándolos, para ser sostenidos por grandes aparatos de prensa. El llamado «Congreso para la libertad de la Cultura», uno de los organismos creados por el gobierno de EEUU para mantener la contrainformación, la mentira de manera permanente, tras la II Guerra Mundial, llegó a ocupar el lugar que Goebels reclamaba para las organizaciones de propaganda nazi. Con verdadero dominio, hoy, de los grandes medios informativos, mantienen la desatención y distribuyen sus tergiversaciones a través de nombres a los que han conseguido dar a conocer a base de consideraciones sociales. El dinero, el halago personal, la inclusión en un ambiente, la popularización, consigue adeptos. El estudio de Southworth es una gran denuncia que debía hacernos leer, ver y escuchar, con cuidado a algunos «intelectuales» de hoy. Para saber más del tema puede marcar en Internet la siguiente dirección: www.redvoltaire.net, y una vez ahí buscar un título largo: Estudio sobre las redes estadounidenses de influencia. Cuando la CIA financiaba a los intelectuales europeos. Autor: Denis Boneau.
Ante el 70 aniversario del golpe de Estado a la República, «La República asediada» nos sacará de dudas, nos aportará información fidedigna, y nos permitirá distinguir con sentido crítico entre lo que hoy se difunde. Tras el 20 N, una lectura imprescindible.
Título: «La República asediada».
Autores: Paul Preston, Enrique Moradiellos, y otros.
Editorial: Península.