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Un caos creciente

Fuentes: La Estrella Digital

Las crónicas de las Cruzadas describían cómo los «caballeros cristianos» procedían a catapultar las cabezas de los enemigos infieles, apresados y decapitados, sobre las murallas de las ciudades que se resistían a su asedio. Cabezas decapitadas volvieron también a las pantallas de televisión en los casos de rehenes capturados por grupos terroristas en Iraq y […]

Las crónicas de las Cruzadas describían cómo los «caballeros cristianos» procedían a catapultar las cabezas de los enemigos infieles, apresados y decapitados, sobre las murallas de las ciudades que se resistían a su asedio. Cabezas decapitadas volvieron también a las pantallas de televisión en los casos de rehenes capturados por grupos terroristas en Iraq y ejecutados ante las cámaras para horrorizar a la opinión pública occidental. Las cabezas descoyuntadas de Sadam Husein y de su hermanastro, ejecutados en Bagdad, también han salido recientemente a la luz en esta patética historia de descabezamientos, odios y venganzas, que es un síntoma más de la sangrienta actualidad diaria.

Malo es recordar que la palabra «cruzada» surgió espontáneamente, con gran facilidad, de la boca de Bush, como respuesta a los ataques terroristas contra EEUU del 11 de septiembre del 2001. Pocos días después de la fatídica fecha, atendiendo sin notas ni ayudantes a una rueda de prensa en la Casa Blanca, Bush advirtió que el pueblo estadounidense se enfrentaba «a un nuevo tipo de maldad». Y puntualizó: «Pero lo entendemos. Y el pueblo americano comienza a entenderlo. Esta cruzada, esta guerra contra el terrorismo, durará bastante tiempo».

El valor del regalo que tal expresión ponía en manos de Al Qaeda se advirtió en el acto. ¡Ahí es nada!: recordar en el mundo árabe e islámico las cruzadas de la cristiandad contra el islam. Aunque el grupo presidencial de control de daños intervino rápidamente para tratar de reparar el desaguisado, explicando que se trataba de una errónea interpretación e insistiendo mecánicamente en las «enseñanzas pacíficas del islam», el desgaste estaba causado. Y, lo que es peor, el desliz presidencial revelaba algo que luego ha resultado evidente con total claridad: el sentido mesiánico que enseguida adquirió su presidencia, quizá para compensar la mancha original de un sucio y tortuoso proceso electoral.

Sentido mesiánico también mostrado por su alusión a la llamada divina que dijo haber escuchado, incitándole a invadir Iraq, y que quedó confirmado cuando afirmó: «Estamos a tiempo de ganar decisivamente la primera guerra del siglo XXI, para que nuestros hijos y nietos puedan vivir pacíficamente en este siglo».

Pues sucede que, entrando ya decididamente en el siglo XXI, por ninguna parte se ve que la paz se extienda y que el caos, la guerra, la muerte y la miseria se batan en retirada. Más bien ocurre lo contrario. Cabría sospechar, empleando una expresión vulgar, que el tiro ha salido por la culata en esa vasta cruzada convertida en guerra universal contra el terror. Pero las consecuencias de este grave error no sólo afectan a las expectativas personales de Bush, de su partido político o de sus aliados y consejeros, o al pueblo de EEUU. La fallida aventura en Oriente Medio está ya produciendo unas ondas concéntricas que se expanden sobre gran parte del planeta.

Desde las estepas asiáticas hasta el extremo noroccidental africano, atravesando todo Oriente (Medio y Próximo) y el denominado «cuerno» de África, se extiende un enorme polvorín que amenaza con incendiarse a la vez en numerosos puntos y cuya situación se ha agravado desde las invasiones de Afganistán e Iraq. Se encuentra situado, además, sobre uno de los subsuelos más ricos del planeta en esos hidrocarburos que son la sangre del progreso. Sobre esa misma zona se concentran los esfuerzos militares de la primera superpotencia mundial. Está aumentando el número de soldados desplegados en Iraq, en un dudoso -y probablemente estéril- esfuerzo por vencer la creciente insurgencia local. Una flota se encamina al Golfo Pérsico y los ojos de sus radares se centran en Irán. Se reabren las viejas heridas guerreras en Somalia, a la vez que se recrudece el conflicto interno en Afganistán y el caos iraquí se multiplica día tras día sin esperanzas inmediatas de solución.

Una incierta estrategia parece orientarse a exacerbar aún más la divisoria religiosa islámica, entre suníes y chiíes, complicando seriamente el rompecabezas. Contraponiéndose a la política interior en Iraq, apoyada por EEUU y basada en un Gobierno de hegemonía chií, se está soldando una alianza suní, ocultamente destinada a enfrentarse a Irán. El problema se complica así muy seriamente y EEUU parece recurrir a la vieja táctica colonialista de enfrentar entre sí a los pueblos sojuzgados, sin valorar los posibles efectos a medio plazo de unas alianzas siempre volátiles e inciertas.

Únase a todo lo anterior el renovado interés en las armas nucleares (para ser usadas, en países que las poseen; para hacerse con ellas, en los que no las tienen) y el cóctel político así configurado puede poner fuera de combate a los más expertos cerebros dedicados a analizar la política internacional. Hora es de frenar esta peligrosísima tendencia y triste es también constatar que sólo podría hacerlo una Organización de Naciones Unidas que en nada se pareciera a la actual. Contrarrestar el caos creciente con la sola multiplicación de esfuerzos militares parece la fórmula obligada para un nuevo y renovado fracaso.


* General de Artillería en la Reserva