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Reseña del último libro de Francisco Fernández Buey

Un ensayo de ensayos. Aproximaciones a un clásico (II)

Fuentes: Rebelión

        Francisco Fernández Buey presenta al final de la «Introducción» de Utopías e ilusiones naturales (El Viejo Topo, Barcelona, 2007, páginas 16-18) un breve resumen del contenido del libro. Tomo prestadas de aquí las ideas principales de lo que sigue. El autor ha reunido en Utopías e ilusiones naturales –recordemos el Zibaldone […]

 

 

 

 

Francisco Fernández Buey presenta al final de la «Introducción» de Utopías e ilusiones naturales (El Viejo Topo, Barcelona, 2007, páginas 16-18) un breve resumen del contenido del libro. Tomo prestadas de aquí las ideas principales de lo que sigue.

El autor ha reunido en Utopías e ilusiones naturales –recordemos el Zibaldone de Leopardi: «Parece un absurdo, pero es exactamente verdadero que, siendo todo lo real una nada, no hay cosa más real ni sustancial en el mundo que las ilusiones«- una colección de ensayos sobre la historia de la idea utopía. Como el número de propuestas utópicas desde More es amplísimo, parece inevitable y sensato establecer un corte y declarar preferencias.

Aquí no están, obviamente, todas las utopías europeas modernas. Y algunas de las obras de las que me he ocupado, sobre todo al llegar al siglo XX, son utopías negativas o distopías. El título apunta a eso: incluye la palabra «ilusiones» porque leyendo varias de estas obras me he ido convenciendo de que ni siquiera la distopía o utopía negativa puede prescindir de las ilusiones, al menos de aquellas que Leopardi llamaba naturales.

 

 

El hilo del ovillo del que Fernández Buey ha estirado para hacer su selección es el de las diversas paradojas que históricamente han acompañado a la noción. No seré yo quien niegue el interés de la perspectiva. Explicar historias de ideas, debates filosóficas, asuntos científico-filosóficas anotando, poniendo énfasis, remarcando aporías -o supuestas aporías- me parece no sólo un camino perfectamente transitable sino que, además, acostumbra a ser un sendero no siempre explotado, fructífero y con sustantivas sorpresas. Y por si todo ello fuera poco, de notable interés en su vertiente didáctica

Entre las numerosas cuestiones que podrían ser desarrolladas en relación con la evolución del concepto, Fernández Buey se ha propuesto prestar atención a las siguientes:

En primer lugar, estudia lo que suele llamarse «utopía» antes de que la modernidad europea acuñara esa palabra, la utopía antes de la utopía en simpática paradoja lingüística apuntada por Fernández Buey. En este apartado ha incluido dos ensayos sobre dos nociones que discurrían casi juntas en la segunda mitad del siglo XV: ciudad ideal y profetismo.

Trataré de mostrar ahí cómo en ambos casos, al imaginar la ciudad ideal y profetizar una nueva Jerusalén, la afirmación de lo que debe ser y lo que habitualmente llamamos realismo no sólo no andaban reñidos sino que saltaban a la palestra juntos y, además, en relación intermitente con el idealismo filosófico-moral renacentista.

 

 

Son los dos capítulos iniciales del libro: «Ciudad ideal: la tabla de Urbino», con un detallado y documentadísimo análisis del problema de la atribución de la tabla (recordemos la portada del libro) y un interesante resumen de las propuestas de ciudad de Leonardo, y «Retorno de profetismo», con una aproximación (y reconocimiento) a la obra del gran historiador y filósofo Eugenio Garin, recientemente fallecido, y una excelente presentación del papel histórico de Girolamo Savonarola, en línea consistente con la imagen que el autor nos ha regalado en otras ocasiones.

Entra a continuación Fernández Buey en el análisis de la primera utopía propiamente dicha, la formulada por More. Es el capítulo de «La utopía entre Europa y América».

El ángulo desde el cual me propongo mirar esa utopía va a ser el estupor que produjo el primer encuentro entre Europa y América. Sin duda hay más cosas en la utopía de More, pero esta que digo me parece esencial: imaginar lo que debía ser la América recién descubierta por los europeos para llamar la atención sobre lo que hemos perdido en el viejo continente y podríamos tal vez recuperar.

 

 

La paradoja destacada puede explicarse así: unas décadas después del libro de More otro europeo, Vasco de Quiroga, se propuso la realización de su utopía pero en el otro lugar, precisamente aquel lugar en que, en cierto modo, se había inspirado la reflexión sobre el buen lugar -el utópico lugar- que podría ser Europa.

En el siguiente ensayo Fernández Buey se ocupa de varias utopías que tienen que ver con el tránsito del Renacimiento al Barroco y que conectan directamente con la época de las revoluciones científicas. Es el ensayo que lleva por título «De la ciudad de sol a la república monárquica».

 

Lo que querría argumentar en este apartado, para adelantar una hipótesis, es que utopía social y ciencia política, simbolizados por More y Maquiavelo, han sido dos enfoques paralelos del pensamiento europeo de la modernidad, dos enfoques que han nacido con ella, con la modernidad, y que parece que la acompañarán hasta su muerte.

 

 

De nuevo la paradoja ilumina la reflexión: la utopía que da la bienvenida a la ciencia moderna, al análisis matemático y a la anatomía, lo hace con argumentos religiosos, no científicos; y esta misma utopía que se quiere idealmente republicana se hace en la realidad monárquica. Dos aporías en una sola.

En el capítulo dedicado a «Utopía e ilustración» se ocupa Fernández Buey sólo

[…] del comentario de algunos de los temas posibles relacionados con las utopías que nos ha dejado en herencia el proyecto moral de la Ilustración: autocrítica, por vía paródica, de la presunción eurocentrista; tolerancia en el encuentro entre culturas y religiones; abolición de la pena de muerte y la tortura; y paz perpetua.

 

 

El hilo conductor, nuevamente, es la observación de otra singular «contradicción»: ni la postulación de la tolerancia ni la reflexión sobre la paz perpetua fueron presentadas en forma utópicas, aunque de ambas se dijo que eran utópicas. A Beccaria, el autor De los delitos y de las penas, se le llamó utópico y socialista, cuando, en opinión de Fernández Buey, no era ninguna de las dos cosas. Y, destacada nueva paradoja, la mejor autocrítica de la presunción eurocentrista la encontraremos en una utopía a la inversa, en una sátira que acabó convertida con el tiempo en libro de aventuras para niños: Los viajes de Gulliver.

Al tema utopía y socialismo, casi paradójico en sí mismo en la lectura clásica de raíz engelsiana, ha dedicado Fernández Buey dos nuevos ensayos: «Sobre utopía y socialismo» y «El socialismo entre realidad y utopía».

 

En ellos pretendo explicar por qué la utopía ilustrada deriva hacia el socialismo y el comunismo en el siglo XIX, cómo la utopía se fue convirtiendo en un concepto deshonrado (ya antes de su supuesta realización) y hasta qué punto hay que considerar responsable de tal deshonra a aquella pretensión del socialismo que consiste en pasar definitivamente de la utopía a la ciencia.

 

 

En ese paso está la clave, se nos señala, para entender lo que dice Wislawa Szymborska en el poema que reproduce Fernández Buey en la página 11 de la Introducción.

[…] Desde su cima se extiende la Esencia de las Cosas

A pesare de sus encantos, la isla está desierta

Y las pequeñas huellas de pasos que se ven en sus orillas

Se dirigen hacia el mar sin excepción

Como si de ahí solamente se saliera

Para hundirse irremediablemente en el abismo

En una vida inconcebible

 

La utopía socialista alcanza su cima en dos obras literarias que, sin despreciar ni la ciencia ni la técnica, se alejan de la «infatuación cientificista»: Noticias de ninguna parte, de William Morris, y Chevengur, de Andrei Platónov. La lectura que hace el autor de ambas obras es, en mi opinión, una de las cumbres de Utopías e ilusiones naturales.

Los dos capítulos siguientes -«Malos sitios» y «Utopía y futurología: conciencia de la ciencia en la ficción»- están dedicados

[…] a discutir la tesis, muy difundida en el ámbito de la historia de las ideas, según la cual a partir de Un mundo feliz y de 1984 la distopía ha pasado a ocupar, en el siglo XX, el lugar que en siglos anteriores había ocupado la utopía.

 

 

Se basan estos dos ensayos en una lectura atenta, detallada y novedosa de piezas representativas de la ciencia-ficción y de la futurología. Zamiatin, Huxley, Le Guin, Philip K. Dick, Stanislaw Lem son algunos de los autores estudiados.

La tesis del autor, la interesante posición aquí defendida por Fernández Buey y que bien analizada no deja de ser otra aparente aporía, es la siguiente:

Ahí he tratado de mostrar que ni siquiera en los peores momentos del mundo bipolar que salió de la segunda guerra mundial se perdió el espíritu utópico.

 

Utopías en un mundo sin utopías generado por el enfrentamiento, nada utópico, entre el capitalismo realmente existente y el irreal socialismo real.

El ensayo final -«La utopía después del fin de utopía» – cierra el círculo y enlaza con el origen del recorrido. Si allí era la aproximación a la utopía antes de la formulación de la utopía, aquí es la generación de nuevas utopías en momentos en que los amos de las palabras (pero no sólo de las palabras) han declarado (nuevamente) la muerte definitiva de toda Utopía, de todo intento de cambio social no claudicante. Y con su fallecimiento, la muerte de toda ilusión, la destrucción de toda esperanza y el triunfo definitivo del sinsentido, y la desesperación y descreencia de los desfavorecidos.

Pero, recuérdese, los amos -ser y consciencia social- piensan (o dicen pensar) usualmente que su mundo y su perspectiva es la única mirada realista y benéfica sobre el mundo. No es el caso. Vean las razones esgrimidas por Fernández Buey para transitar en dirección contraria en este magnífico ensayo que cierra este ensayo de ensayos.