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Un Ramadán revolucionario en Irak en tiempos del COVID-19

Fuentes: Middle East Eye

Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

Foto: Los manifestantes que viven en tiendas de campaña en la calle Saadoun, que lleva a la plaza Tahrir de Bagdad, rompen juntos en ayuno de Ramadán (MEE/Sarah-Samya Anfis).

Decenas de manifestantes celebran el Ramadán en la plaza Tahrir de Bagdad, epicentro de las protestas en Irak. Este mes de ayuno también es el de la concertación para garantizar la vuelta de su “revolución” tras la pandemia.

Unas horas antes de la puesta de sol en la plaza Tahrir resuenan las ollas y los hornillos de gas. A uno y otro lado de la calle Saadoun se intensifican los “yallah” [“vamos” en árabe] en la cocina a medida que se acerca la ruptura del ayuno. Algunas personas cocinan a fuego lento la sopa de lentejas, otras preparan arroz y la fuente de verduras. Las personas menos expertas en la cocina se encargan de colocar las alfombras en el suelo para instalar una mesa de unos veinte metros de largo.

Estos manifestantes viven en la plaza Tahrir desde que empezaron las protestas en Irak. Ahí se han creado lazos de amistad y algunas personas han encontrado una segunda familia. Para estas personas este mes de ayuno de Ramadán no se parece a ningún otro, como explica Ali Mohammed, un actor de 23 años: “En tiempos normales el Ramadán supone la intimidad en la esfera familiar. Pero aquí también somos una familia. Tahrir también es nuestra casa, solo que un poco mayor”.

Este mes de ayuno, una obligación religiosa que observan las personas musulmanas practicantes, también es un momento de apertura a los demás, especialmente en la plaza Tahrir, donde los manifestantes son de todas las confesiones y en algunos casos, no creyentes.

“No es una cuestión de práctica religiosa. Para nosotros este Ramadán supone compartir nuestra herencia cultural iraquí y nuestras tradiciones todos juntos. Aquí estamos personas sunníes, chiíes, cristianas, ateas, pero lo que nos une son nuestros orígenes, la patria de la que estamos orgullosos”, explica Ali a Middle East Eye.

Mutjaba Abbas, de 24 años, de rostro largo y cabello lacio, sale de su tienda para echar un ojo en la cocina. Este estudiante del Instituto de Artes de Bagdad no hace ayuno, pero al igual que sus amigos practicantes, saluda este Ramadán que se celebra en el espacio de las protestas. “No ayuno porque soy ateo. A decir verdad, no considero el Ramadán un momento de introspección o espiritualidad, sino un momento en el que participo en juegos tradicionales con mis amigos, en el que revivimos una historia cultural común”, declara a Middle East Eye. Mutjaba y sus amigos se cuentan anécdotas de los Ramadanes pasados con sus familias. Momentos agradables, pero también momentos más dolorosos.

Foto: Manifestantes iraquíes en la oración nocturna del tarawih tras la ruptura del ayuno en una tienda de la calle Saadoun (MEE/Sarah-Samya Anfis).

Ali, por su parte, ha decidido hacer perdurar una tradición que se pierde en el mundo árabe. Según la costumbre, en este mes sagrado una persona que toca el tambor, el mesaharati, despierta a los fieles antes de que empiece el ayuno. Ataviado con una ropa tradicional, la dishdasha, tiene la importante tarea de despertar a los manifestantes para la última comida recorriendo las arterias de la plaza a golpes de tambor antes de que se levante el sol. “Durante el Ramadán yo siempre arrojaba tomates a quienes tocaban el tambor porque no soportaba que me despertaran, pero ahora soy yo quien lo toca. Me gusta participar en este ambiente festivo del Ramadán y hacer perdurar nuestras tradiciones”, confiesa.

“La revolución del hambre”

Las arterias de la plaza Tahrir, vacías de manifestantes desde mediados de marzo debido al toque de queda destinado a contener la pandemia de COVID-19 en Irak, quedaron en silencio pero las tiendas de campaña levantadas en ella continúan activas.

En su tienda refrescada por un aire acondicionado eléctrico Mujtaba y sus amigos preparan la vuelta de la «revolución de octubre» después del Ramadán. Sin embargo, el clima de inseguridad que reina en la plaza Tahrir, debido sobre todo a la continua violencia contra los manifestantes por parte de los partidarios del líder chií Moqtada Sadr obligó a muchos de ellos a marcharse desde finales de enero. “Los sadristas no nos aceptan. Pueden matarme porque soy ateo. En el pasado me amenazaron de muerte por tener el pelo largo. […] Así que el Ramadán no es lo que nos va a acercar. No se puede discutir con ellos”, se lamenta.

Para estos manifestantes no cabe la menor duda de que los iraquíes volverán a la plaza Tahrir una vez que se levante totalmente el toque de queda, lo que está previsto que ocurra el próximo 22 de mayo. Para Karar Jassir, un manifestante de 22 años que también tiene el pelo largo y ojos almendrados, el fantasma de la bancarrota en Irak debería animar a los manifestantes a tomar las calles de nuevo, a pesar del clima de inseguridad. Desde mediados de marzo han parado los jornaleros, el sector informal e incluso los obreros de la construcción. Solo los funcionarios y algunas excepciones siguen recibiendo un sueldo. En las últimas semanas la epidemie de COVID-19 ha precarizado a amplios sectores de la población en un país en el que un 20 % de su población vive bajo el umbral de pobreza. “Desde el toque de queda la gente ya no puede pagar el alquiler o alimentar a su familia porque a muchas personas se les paga al día o al mes”, explica Karar a Middle East Eye.

Los funcionarios podrían correr la misma suerte con la caída libre del precio del petróleo. Más del 90 % de los ingresos de Irak proviene de la venta del petróleo, que financia tres cuartas partes de los salarios y de los gastos de funcionamiento de las administraciones. En un futuro próximo el Estado iraquí, cuyo déficit mensual se eleva a 4.000 millones de dólares, podría verse incapaz de pagar a sus ocho millones de funcionarios y jubilados.

En opinión de Karar, la crisis económica que sufre Irak va a alimentar la cólera popular contra sus dirigentes. “Los iraquíes preparan su vuelta a la plaza Tahrir, sobre todo por medio de las redes sociales. Creo que al menos el 50 % de la población iraquí va a pasar a estar por debajo del umbral de pobreza debido al toque de queda y a la caída del precio del petróleo”. Con semblante preocupado, el joven detalla los retos a los que se enfrenta la población iraquí desde hace décadas: “Dependemos totalmente del petróleo porque los sucesivos gobiernos nunca han invertido en otros sectores económicos y nunca han desarrollado industrias. Sin olvidar la corrupción y el clientelismo”. La clase política, a la que considera incompetente y corrupta, pagará un fuerte precio por estos años de negligencias. “Este modelo muestra sus límites y quien lo va a sufrir es el pueblo iraquí. Pronto los iraquíes no tendrán con qué alimentar a sus familias, entonces volverán a Tahrir y habrá una revolución del hambre”, asegura Karar.

Confinados en la plaza Tahrir

La velada continúa con el mhebies, un juego tradicional originario de Bagdad y muy popular durante el Ramadán. Los manifestantes forman dos equipos para empezar un torneo. “Es un juego que tiene 300 o 400 años. Consiste en ocultar un anillo en la palma de una de las manos y el jugador del equipo contrario debe adivinar en qué mano está. El Tahrir los ganadores se llevan pasteles”, precisa Karar. Los manifestantes se han comprometido a “desinfectarse las manos regularmente y esterilizar el anillo en cada partida”.

Desde el toque de queda decretado a mediados de marzo para contener la pandemia COVID-19 en Irak estos manifestantes decidieron confinarse en las tiendas de la plaza Tahrir con la esperanza de que se retomaran las protestas. Muy conscientes del riesgo de que se propague el virus, han adoptado varias medidas preventivas. “No salimos nunca de la plaza Tahrir, es como si estuviéramos confinados en casa. Cuando uno de nosotros tiene que salir de aquí, por ejemplo, para ir a la compra, siempre va equipado con mascarilla y guantes. Y cuando viene gente de fuera a la plaza (quienes no duermen aquí) tomamos precauciones para no correr ningún riesgo”, explica el joven.

El tiempo del ayuno es también tiempo de concertación. Estos iraquíes, que se reúnen en asambleas generales cada semana, se organizan para volver a lanzar las protestas a pesar de las incertidumbres respecto a la evolución de la pandemia de COVID-19 en el país.

Sarah-Samya Anfis es una fotoperiodista freelance residente en Irak. Después de hacer varios reportajes en Palestina e Irak se ha especializado en Oriente Próximo.

Fuente: https://www.middleeasteye.net/fr/reportages/irak-ramadan-revolution-covid-coronavirus-manifestations

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar a la autora, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.

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