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Reseña de "El imperio de la normalidad. Neurodiversidad y capitalismo", de Robert Chapman

Una estrategia neurodivergente contra la normalidad

Fuentes:

Publicado en 2025 por la editorial argentina Caja Negra, este libro de Robert Chapman tiene la virtud de abordar una cuestión poco profundizada en la izquierda anticapitalista: la interrelación entre las políticas de la discapacidad y el capitalismo. Chapman es profesor de la Universidad de Durham, especializado en filosofía y estudios críticos de la neurodiversidad. Es una persona neurodivergente y, tal como explica en la introducción, su trabajo está inspirado en su propia experiencia, la cual desde su infancia y adolescencia sufrió las adversidades no solo relacionadas con la incomprensión social de su neurodivergencia sino, también, por su condición de clase obrera.

El argumento central de Imperio de la normalidad es que la dominación capitalista es también una dominación neurológica que necesita imponer un ideal neurotípico, esto es, un ideal de “personas normales”, en nuestras sociedades. Para demostrar esta tesis, Chapman se sirve del materialismo histórico para iluminar una historia de la neurodiversidad desde una perspectiva marxista. Como señala el autor:

“Muestro cómo el surgimiento y el funcionamiento del paradigma de la patología están íntimamente entrelazados no solo los intereses creados por varios grupos o personas, sino, de manera vital, con la lógica subyacente del capitalismo mismo.” (p. 31)

Del hombre-máquina a la dictadura de la normalidad

Según Chapman, mientras que en la antigüedad la salud se concebía en términos de equilibrio y armonía, con la aparición del modo de producción capitalista y la modernidad colonial el ser humano (o mejor dicho, quienes fueron concebidos como “seres humanos”) comenzó a ser pensado bajo el signo del rendimiento y el productivismo: el hombre como máquina. Aunque se suele pensar que esta metáfora fue una representación de la ciencia mecanicista desde el siglo XVI hasta el XIX, en realidad también funcionó como método (pseudo) científico del trabajo para optimizar el rendimiento laboral de los esclavos y la clase obrera excedente (esos locos y locas productos de la proletarización masiva); por tanto, de forma extensiva resultó útil para la hegemonía capitalista del siglo XIX, ya que los propietarios industriales vieron en los trabajadores una fuente de trabajo gratuito que podían desechar o utilizar dependiendo de su rendimiento laboral.

Es muy interesante como Chapman va identificando estas ideas científicas y culturales con las concepciones económicas de la sociedad. Muestra eficazmente cómo estas prácticas fueron constituyendo un modelo de “hombre promedio”, occidental, normal (blanco, europeo y de clase media), a seguir por el resto de poblaciones subalternas.

Del paradigma de la patología a la utopía antipsiquiátrica

En los capítulos 3, 4 y 5, Chapman describe lo que él entiende como los inicios de la psiquiatría tal como la entendemos ahora a través del paradigma de la patología. Dedicando un capítulo entero a la figura de Francis Galton, el autor explica la historia de interrelaciones entre la concepción darwinista de la evolución, el estudio de los cuerpos y las capacidades intelectuales del ser humano con las nefastas teorías de la eugenesia. Debido a la gran penetración de la eugenesia y sus variantes, advierte el autor, movimientos políticos de izquierda también adoptaron partes de estas ideas: desde los miembros de la Sociedad Fabiana (un grupo de intelectuales europeos y estadounidenses con ideas socialistas), pasando por intelectuales de renombre y premio nobel como Bertrand Russell. hasta la Unión Soviética (este último ejemplo lo profundizará en el capítulo 11).

El quinto capítulo (“Los mitos de la antipsiquiatría”), me parece el capítulo más polémico y que tiene consecuencias en la parte propositiva y final del libro, como luego intentaré explicar. Aquí Chapman subraya una crítica feroz contra el movimiento psiquiátrico y su legado, pero basándose casi exclusivamente en los postulados de Thomas Szasz, conocido por su tesis del “mito de la enfermedad mental”, obviando en gran medida los aportes de la crítica psiquiátrica más allá de Szasz y la aparición histórica concreta del movimiento. Para Chapman, en pleno apogeo de los movimientos contraculturales y de los derechos civiles, las ideas antisistémicas auparon y en parte se fusionaron con las críticas contra la psiquiatría y las instituciones de salud mental. El problema estaba, como bien advierte, en que “el proyecto szasziano buscaba socavar la raíz conceptual de la legitimidad psiquiátrica, pues considera que el control social de los pacientes no provenía del capital y del Estado, sino más bien de la idea misma de la enfermedad mental” (p. 120).

Entre el conductismo fordista y la normalización del imperio psiquiátrico

En los siguientes capítulos, Chapman analiza el patrón normalizador del capitalismo después de la segunda guerra mundial. Aunque no lo menciona en estos términos, básicamente lo que hace es visibilizar la extensión de las biopolíticas gubernamentales en el ámbito de la salud mental, desde el welfare state keynesiano hasta la entrada de las políticas de ajuste neoliberal de los años ochenta.

En un contexto de guerra fría y auge del conductismo laboral (fordismo), Chapman ve en estas interrelaciones un cambio de paradigma a gran escala social: “Así, en las décadas de posguerra, no fue solo que las nuevas formas de producción trajeran nuevas perspectivas profesionales para los trabajadores aspiracionales: fue también que la producción de niños normales en sí misma se convirtió en una meta de la preocupación y el interés de padres y madres” (p. 148).

Las consecuencias de estas transformaciones fueron que las nuevas tecnologías de control hicieron renacer la psiquiatría galtoniana (capítulo 3). De esto se ocupará en el capítulo 7 del libro, poniendo énfasis en la incorporación de la crítica antipsiquiátrica (szasziana) para quienes defendieron la vuelta al paradigma biocéntrico, pero esta vez desde un nuevo prisma no eugenésico, aparentemente, y desde el siempre polémico DMS (manual de trastornos mentales) de la APA (asociación americana psiquiátrica), la biblia del lobby psiquiátrico.

El capital posfordista como normalidad totalitaria

Para comprender la alienación de hoy, dice Chapman, debemos centrarnos en el incremento desmesurado del esfuerzo emocional y cognitivo que realizamos tanto en nuestros puestos de trabajo como fuera de ellos. Desde el punto de vista de la neurodiversidad, esta exigencia va mucho más allá, transformando a las personas neurodivergentes en excedentes de la sociedad. Según Chapman, el autismo es un buen ejemplo de los efectos de la alienación posfordista. Desde los años noventa, el diagnóstico del TEA (trastorno del espectro autista), “ha estado expandiéndose continuamente mientras que un porcentaje cada vez mayor de la población no alcanza las capacidades sociales, comunicativas y de procesamiento sensorial que requiere la nueva economía” (p. 178).

El trabajo de la “normalización” (“neuronormatividad”) se sirve cada vez más de prácticas de “corrección” de la neurodivergencia que van desde el encarcelamiento hasta el control reproductivo, lo cual también ha servido para crear un negocio multimillonario de instituciones privadas y sectores de beneficencia. De este modo, mientras el mundo neoliberal volvía cada vez más insoportable la vida de las personas neurodivergentes, se entregó a la iniciativa privada la decisión si valía la pena “corregir” o no a estos grupos sociales para volverlos “productivos” nuevamente.

¿Hacia un marxismo neurodivergente?

Los capítulos 9 y 10 son el núcleo de la propuesta de Chapman. Su caracterización de la neurodiversidad se basa en los trabajos pioneros de Judy Singer, Harvey Blume y luego Nick Walker, quienes elaboraron un enfoque amplio desde la defensa de los derechos de las personas neurodivergentes al paradigma ecológico de la cognición humana, inspirado en la teoría de la biodiversidad y en las experiencias y enseñanzas de los primeros activistas autistas “que aplicaron el modelo social a la discapacidad neurológica” (p. 202). La historia que explica Chapman en estas páginas es realmente interesante no solo para personas que desconocíamos enfoques diferentes al modelo de la discapacidad basada en derechos, sino, también, para aquellos que buscan un análisis materialista de la lucha por la neurodiversidad.

Ahora bien, si bien Chapman reconoce los logros realizados por el movimiento de la neurodiversidad, critica su enfoque liberal centrado en la transformación de las ideas, percepciones y reconocimiento institucional en vez de las condiciones materiales de existencia (p. 211). “¿Qué podemos aprender del análisis histórico que aquí se ofrece? ¿Cómo debemos orientar nuestra organización y nuestra praxis?” (p. 220), se pregunta Chapman casi en los últimos capítulos del libro. Son preguntas claves porque busca responder la reivindicación de la estrategia de lo que él llama “marxismo neurodivergente”: convertir la discapacidad (o la enfermedad) en “espacios de organización y resistencia a un sistema que necesita tanto de la producción como del daño de personas neurodivergentes y neurotípicas” (p. 225). Al compartir ciertas experiencias -señala Chapman-, estos colectivos de personas también comparten relaciones objetivas de condiciones materiales (históricamente producidas por la lógica capitalista). ¿Cómo socavar esta economía política capitalista de la salud?

A propósito de las alternativas

Al finalizar los últimos tres capítulos del Imperio de la normalidad, queda la sensación que el autor dedica mucho tiempo al potente análisis histórico mientras que muy poco a las propuestas del marxismo neurodivergente. Esto nos lleva a repensar la crítica que Chapman hace del movimiento antipsiquiátrico.

En primer lugar, ¿realmente el legado del movimiento antipsiquiátrico murió con sus principales protagonistas? Desde las corrientes de la psiquiatría crítica hasta las perspectivas de la psicología comunitaria, pasando por los grupos de apoyo mutuo (GAM), las comunidades de salud autogestionadas, entre muchas otras iniciativas, ¿acaso no se han inspirado en gran parte en la crítica de las instituciones dominantes del “movimiento antipsiquiátrico”?

En segundo lugar, ciertamente el movimiento antipsiquiátrico y sus derivaciones no llegó a establecer una estrategia global y articulada (intentos sí que hubo), pero ¿acaso el movimiento por la neurodiversidad puede decir lo contrario? Es mas, ¿se puede elaborar una estrategia neurodivergente postcapitalista sin tener en cuenta las experiencias, repertorios y limitaciones del legado del movimiento antipsiquiátrico? Quizás es aquí donde la investigación de Chapman es más débil, ya que no hay un análisis materialista de las alternativas.

Como sea, estos interrogantes no empañan el muy recomendable libro de Chapman. El Imperio de la normalidad es una obra que motiva a seguir reflexionando sobre la transformación social, pone (por fin) sobre la mesa un tema olvidado por la izquierda y además, convida a visibilizar la autonomía política de las personas y colectivos neurodivergentes.

Franco Casanga, activista vecinal de l’Hospitalet de Llobregat.