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Más bolivarianos que nunca

Fuentes: Patriadentro

Yo vivo en un país maravilloso. Un país que en los años 80 era más aburrido que bailar un bolero con Cecilia Sosa, y que ahora es toda una experiencia para elsistema nervioso: si usted es alguien a quien le interesa Venezuela seguramente habrá perdido semanas, meses enteros de sueño. Aquí el que se desconecta […]

Yo vivo en un país maravilloso. Un país que en los años 80 era más aburrido que bailar un bolero con Cecilia Sosa, y que ahora es toda una experiencia para el
sistema nervioso: si usted es alguien a quien le interesa Venezuela seguramente habrá perdido semanas, meses enteros de sueño. Aquí el que se desconecta dos
días se pierde al menos cinco noticias graves o trascendentales. Ese es el país que yo quería. Un país que no me deja dormir. Un país caribeño, alborotado y
loco donde los venados persiguen a los tigres y donde las mujeres te echan los perros. Pero todo eso tiene un precio. Y el precio actual tiene que ver con la
forma increíble en que una bala puede salir de tu propio bando y plancharte el paltó, doblarte la servilleta, ponerte a mirar pa'dentro. Un precio que me
recuerda que hace cinco años era pecado hablar mal del prócer Pablo Medina, y hoy es un pecado decirles feos a Juan Barreto, Ismael García y otros caballeros
de igual o menor renombre en la Revolución.

Yo vivo en un pujante país en el cual pensar con independencia es el pasaporte más directo a la execración de todos los círculos y grupos, la fórmula más
efectiva para quedarse sin amigos, el error mortal a partir del cual a usted le meterán tremenda patada por ese culo cuando aspire a tener un espacio en un
periódico o medio de comunicación comprometido con el chavismo o con la basura esa llamada oposición. Yo vivo en un país del cual existen al menos tres
versiones: la versión real, la que nos venden los canales comerciales de TV, y la del Comando Ayacucho. Si uno se atreve a dudar de la segunda versión,
enseguida es fichado como castro-comunista, miembro de un círculo violento o empleado público que habla según apriete o afloje su bozal de arepas. Si usted
duda de la tercera versión lo llamarán escuálido, adeco o secuaz neonazi de Primero Justicia. Si usted duda de la primera entonces sí que está jodido,
caballo, porque entonces significa que usted es un burrundango de pendejo a quien los estupefacientes, los medios, la masturbación o la falsa
sonrisa de Ismael García lo han puesto a vivir en una fantasía, en una falsedad de esas que duran poquito y que nos reservan un ratón moral espantoso para el
momento del despertar. A ver si les suena esto: "Todos los diputados escuálidos fueron revocados y las firmas para solicitar revocatorio contra Chávez no llegan
a 200 mil. Bueno, puede ser que recojan sus piches firmas. Okey, las recogieron. Pero en el referendo sí les vamos a reventar los esfínteres".

Yo vivo en un país en el cual gozan de amplia credibilidad un columnista que asegura que Chávez se trajo a unos paramilitares para armar un show y evitar el
referendo, otro que dice que al fallecido Carlitos González no se le ha podido homenajear porque el chavismo lo impide, y otras dos que cada vez que dan un
"tubazo" tienen que desmentirlo a la semana siguiente, porque la caricatura de justicia que tenemos a veces funciona y puede mandarlas a meterse sus mentiras
por el hueco más profundo de sus cuerpos, bajo amenaza de cárcel.

Yo vivo en un país formidable en el cual quieren imponer como obligación el culto a la Guardia Nacional , a la Disip y a cuanto coñoemadre uniformado le sea
fiel hoy al Gobierno, un país cuya inmensa mayoría de "revolucionarios" no se ha percatado de que esos mismos disipes, guardias y tombos serán los encargados de
darnos plomo y peinilla cuando este Gobierno cese en funciones y entonces nos toque improvisar un plan de resistencia popular (que no hemos organizado todavía
porque la versión del Comando Ayacucho dice que Chávez vivirá 200 años y que en el 2021 la presidenta electa será Rosinés Chávez Rodríguez).

Yo vivo en un país en cuyo estado Miranda el Gobernador le pagó 50 mil bolos más una bolsa de comida a la gente para que fuera a reparar sus firmas contra el
Presidente, un país donde nadie del Gobierno puede denunciar públicamente esa situación porque resulta que el Gobierno le ofreció 20 mil a otra gente en ese
mismo estado para que fuera a retirar su firma. Confirmado. Yo hablo bastante pendejada en la vida, pero procuro confirmar las vergas antes de escribirlas.

Yo vivo en un país extraordinario donde al Presidente de la República le mientan la madre a diario, a los pobres que adoran a Chávez los llaman asesinos en la
prensa, a los hijos de puta que dieron tres golpes de Estado los premian con exilios dorados en el exterior, a los que se rajaron los agasajan nombrándolos
ministros (de Interior y Justicia, por decir algo); un país que presencia a diario la grosería, la inmundicia, la horrenda perversión de dos programas
conducidos por una especie subhumana representada en Napoleón Bravo y Leopoldo Castillo; un país donde la obscenidad más vomitiva, asqueante y proterva tiene
señorío y acumula lentejuelas y aplausos, pero donde está prohibido decir que Carla Angola tiene las tetas bonitas porque los "revolucionarios bolivarianos"
se mean en los pantalones de pura vergüenza. Cómo te ha ido, Carla, tanto tiempo sin saber de ti.

Yo vivo en un país hermoso, palpitante y dueño de una historia gloriosa donde ya debería sabernos a mierda si hay o no referendo o si lo ganamos o lo perdemos,
porque pase lo que pase, y sea quien sea el dueño de nuestras riquezas, recursos e instituciones, la verdad es que mientras los "revolucionarios" de oficina, los
burócratas, los "compatriotas" de cartón y chicle, los chulos y las barraganas, los adecos de boina roja, los parlanchines de paltó y corbata, los jalabolas de
ministros y gobernadores, los aduladores de "comandantes", no tienen más remedio que depender del Portaaviones Hugo; mientras en oficinas y búnkeres se
desarrolla ese triste espectáculo, en los barrios, pueblos, selvas, montañas y costas de este puto y sabroso país, hay un gentío anónimo que decidió hacer una
revolución.

Yo vivo en un país, chico, en el cual, por todo lo anterior y también a pesar de ello, vale la pena seguir siendo patriota y bolivariano, condición que no
depende de elecciones ni del culillo que inspiren los gringos o la ultraderecha, porque no es algo que ningún Comando Junín, Boyacá o Ayacucho vaya a negociar.
Porque es una condición inconmovible a prueba de guarimbas y de Centros Carter, que no se lleva en la boca sino en el corazón, y que por eso mismo dura para
siempre.