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Neoliberalismo todavía, o ya no

Fuentes: Sin permiso [Imagen: Fernand Léger, Les Constructeurs, Musée Fernand Léger à Biot, France]

El objetivo de la transformación neoliberal del capitalismo, que empezó en los Estados Unidos y Gran Bretaña bajo los gobiernos de Carter y Callaghan y consiguió su apogeo bajo los de Reagan y Thatcher, era restablecer las tasas de beneficio del capital —que habían caído prácticamente en todas partes desde finales de la década de 1960 — y vencer la combinación de estancamiento e inflación (estanflación) que se había instalado una vez que estas tasas habían caído. Después de años de éxito, fue el eventual declive del régimen «keynesiano» («pacto socialdemócrata») y la estanflación, las que llevaron el neoliberalismo.

Las características del neoliberalismo son ahora muy conocidas: desregulación de los mercados financieros y de los productos; privatización de los servicios y las industrias; reducción de los impuestos sobre las empresas y el patrimonio; debilitamiento o castración de los sindicatos. Y durante un cuarto de siglo, los remedios del neoliberalismo parecieron funcionar. El crecimiento volvió, pero a un ritmo significativamente inferior al del cuarto de siglo que siguió en la Segunda Guerra Mundial. La inflación se controló. Las recesiones fueron breves y superficiales. Las tasas de beneficio se recuperaron.

Sin embargo, el éxito del neoliberalismo como sistema internacional no se basaba en que las inversiones volvieran a los niveles de la posguerra en Occidente: esto habría requerido un aumento de la demanda económica, que se veía obstaculizada por la represión salarial, elemento central del sistema. Más bien se basaba en una expansión masiva del crédito, es decir, en la creación de niveles sin precedentes de deuda privada, empresarial y, en última instancia, pública. Finalmente, como habían predicho varios detractores del sistema, la pirámide de la deuda —el capital ficticio según Marx— se hundió, provocando la crisis de 2008. Esta crisis fue, por su magnitud, totalmente comparable al crac de Wall Street de 1929. Durante el año siguiente, la producción mundial y el comercio internacional cayeron más rápidamente que durante los primeros doce meses de la Gran Depresión. Sin embargo, lo que siguió no fue otra Gran Depresión, sino una Gran Recesión.

El escenario después de la crisis de 2008 fue completamente diferente. En resumen, una vez que las instituciones centrales del capital se vieron en peligro, todos los dogmas de la economía neoliberal se echaron por la borda, con dosis de remedios megakeynesianos que superaban incluso la imaginación de Keynes. ¿Se rechazaba el neoliberalismo y se giraba hacia un nuevo régimen internacional de acumulación? De forma mucho (¿demasiado?) contundente, Anderson [1] dice que en absoluto. El principio básico del neoliberalismo persistía: el acrónimo TINA: «There Is No Alternative». Cuando las medidas de emergencia equilibraron el sistema, el neoliberalismo continuó. ¿Cómo es posible que un choque tan traumático para el sistema como la crisis financiera mundial, y el descrédito en el cual inevitablemente cayeron sus principales organismos y recetas, fuera seguido de un retorno tan completo a la «normalidad», al «business as usual»? Por dos razones principales, dice Anderson: primera, a diferencia de los años 1930, no había paradigmas teóricos alternativos esperando para tomar el relevo de la doctrina neoliberal.

Detrás de esta ausencia intelectual —y esta era la segunda condición de la aparente inmunidad del neoliberalismo frente a la adversidad— se ocultaba la desaparición de cualquier movimiento político significativo que abogara firmemente por la abolición o la transformación radical del capitalismo. A principios de siglo, el socialismo, en sus dos variantes históricas, revolucionaria y reformista, había desaparecido del panorama en la zona atlántica.

Al contrario, las principales fuerzas políticas occidentales («conservadores» y «progresistas» [2]) se comprometieron a reforzar el capital frente a cualquier crisis inesperada. O usando la terminología de Marco Revelli: las dos versiones políticas —la derecha populista y plebiscitaria conservadora y la derecha liberal, tecnocrática y elitista («progresista») [3] (LE DUE DESTRE) se comprometieron firmemente a promover el objetivo común de reforzar el capital frente a cualquier crisis inesperada.

Aun así, algunos economistas [4] consideran que la economía mundial está experimentando un cambio importante. Después de la ortodoxia del libre mercado y la globalización neoliberal, la política industrial está volviendo. Las principales potencias económicas, en particular los Estados Unidos, China y la Unión Europea, están integrando sus estrategias económicas con la seguridad nacional. No se trata solo de un ajuste de las políticas, sino de una transformación de la manera de abordar el desarrollo económico y la competencia. Los países mencionados aplican enfoques diferentes en materia de política industrial, pero persiguen objetivos similares: liderazgo tecnológico, seguridad de la cadena de suministro y soberanía económica nacional. Se trata del surgimiento de un nuevo nacionalismo económico, que está remodelando, al menos en parte, el orden económico mundial.

Esta fusión entre política industrial y seguridad nacional presenta características contemporáneas, pero también tiene profundas raíces históricas. Así, por ejemplo, Alexander Hamilton, quién a finales del siglo XVIII ejerció un papel clave en el establecimiento de las bases de la estrategia de relanzamiento industrial de los Estados Unidos frente a la Gran Bretaña, declaró: «No solo la riqueza, sino también la independencia y la seguridad de un país parecen estar materialmente ligadas a la prosperidad de la industria manufacturera» [5]. Más tarde, los economistas latinoamericanos de la teoría de la dependencia adoptaron enfoques similares. El «neomercantilismo» —la idea que los países tienen que utilizar activamente las políticas industriales y comerciales— siempre ha considerado que el poder económico y la seguridad nacional son inseparables.

Por lo tanto, estamos asistiendo al resurgimiento de ideas que habían sido temporalmente suprimidas durante la era neoliberal con el consenso de Washington. La crisis financiera de 2008, el aumento de las desigualdades, las presiones relacionadas con el cambio climático, las vulnerabilidades de la cadena de suministro puestas de manifiesto por la COVID-19 y la intensificación de las tensiones geopolíticas han destruido conjuntamente la fe en la ortodoxia del libre mercado. La política industrial ha vuelto. Y vuelve con fuerza. Lo que distingue este renacimiento actual de la política industrial de los anteriores, que se ha vuelto a formular para poder gestionar las vulnerabilidades económicas, es su imbricación con la seguridad nacional. El retroceso ideológico de la globalización, la protección de la política económica, la pérdida de confianza en las instituciones multilaterales, el discurso sobre la «desconexión estratégica»: todo esto apunta al surgimiento de un nuevo nacionalismo económico que ha llegado para quedarse.

Pero ha sido el auge de China el factor determinante, puesto que representa un desafío fundamental para la jerarquía mundial establecida y ha ejercido un papel muy importante en el resurgimiento de la política industrial como estrategia de seguridad nacional en Occidente. Además, el éxito de China con el capitalismo de Estado y la planificación industrial a largo plazo ha cambiado la idea que los mercados libres son el único camino hacia la prosperidad. En China, la política industrial ha sido un elemento fundamental de la planificación estatal durante décadas. Sin embargo, las consideraciones de seguridad nacional se han integrado todavía más profundamente en su estrategia de desarrollo a la luz de las crecientes tensiones geopolíticas. Pekín ejerce ahora una presión todavía mayor para conseguir la autosuficiencia tecnológica y el dominio de la fabricación en una serie de sectores y eslabones de la cadena de suministro.

¿Qué significa esto para el resto del mundo? Por un lado, cuando los Estados Unidos, China y la Unión Europea intensifican simultáneamente sus políticas industriales, es probable que dominen una parte todavía mayor de la fabricación mundial, y esta parte continuará aumentando. Los países con recursos limitados pueden verse efectivamente excluidos de esta carrera por la supremacía industrial. El riesgo es que sus capacidades industriales se encallen o incluso se erosionen a medida que las grandes potencias consolidan su dominio.

 Pero, ¿hay motivos para ser un poco optimistas? Si nos preocupa reducir la pobreza en el mundo, el auge económico de China es sin duda positivo. Además, China está en vanguardia de los esfuerzos mundiales en el ámbito de la fabricación de energías renovables (actualmente representa entre el 65% y el 82% de la cuota de mercado mundial de paneles solares, aerogeneradores, baterías de iones de litio y vehículos eléctricos). Esto no solo beneficia en China, sino que también ofrece en el mundo entero acceso a unas tecnologías de energía renovable más barata, lo cual es esencial para combatir el cambio climático. Además, algunos países del Sur pueden beneficiarse de esto; en particular, los llamados países «conectores» (que han establecido vínculos estratégicos con diferentes superpotencias) pueden sacar partido de la rivalidad geopolítica. México, Vietnam, Malasia e indonesia, por ejemplo, están experimentando un aumento de la inversión extranjera directa en el sector manufacturero, tanto de los Estados Unidos como de China, y se están integrando más profundamente en las cadenas de suministro mundiales de los sectores de la electrónica, la confección y la energía limpia. Finalmente, las asociaciones de China con el Sur Global representan una alternativa a las relaciones tradicionales entre el Norte y el Sur, basadas más en la inversión en infraestructuras, el respeto de la soberanía y la cooperación, que en la dominación y los ajustes estructurales típicos de la era del neoliberalismo.

Lo que parece claro es que la era de la globalización del libre mercado ha llegado a su fin. La política industrial, considerada durante mucho tiempo obsoleta o contraproducente, vuelve a ser una herramienta central de la gestión económica del Estado. La cuestión crucial es si este nuevo nacionalismo económico evolucionará hacia una mayor fragmentación y conflictos, o si podrá dar lugar a un orden mundial más pluralista que deje espacio para varias estrategias de desarrollo.

A principios de 2025, Arnaud Orain empezaba su último libro diciendo: «El neoliberalismo se ha acabado» [6]. Y señala algunos fenómenos que muestran que ha habido un cambio en el capitalismo mundial, como por ejemplo: poner en cuestión el libre cambio o los mecanismos de la competencia; el retorno a una concepción autárquica de la economía; el gran crecimiento de los monopolios privados que se convierten en empresas-Estados; el rearme general y la proliferación de los conflictos; la nueva lucha por el acaparamiento de tierras, minerales y especies vivas; la libertad de los mares y océanos está en peligro.

El autor hace la hipótesis que desde el siglo XVI ha habido dos tipos diferentes de capitalismo que se han ido encadenando el uno al otro. Por un lado, el «liberal», que se desplegó primero entre 1815 y 1880 y que vuelve a surgir el 1945, después de la II GM, hasta el 2010 (después de la crisis de 2008), y que desde los años 1980 se ha conocido como «neoliberalismo». Por otro lado, ha habido otro tipo de capitalismo (en tres periodos: siglo XVI – Siglo XVIII; 1880-1945; a partir de 2010) que segundos Orain se ha mal nombrado «mercantilismo», y que él prefiere llamar: «capitalismo de la finitud».

Define el capitalismo de la finitud como «una amplia empresa naval y territorial de monopolización de activos -suelos, minas, zonas marítimas, personas esclavizadas, almacenes, cables submarinos, satélites, datos numéricos- llevada a cabo por Estados nación y compañías privadas para generar una renta rentista fuera de los principios de la competencia». Tiene tres características principales: primera, cierre y privatización de los mares y océanos, cosa que pide una gran articulación entre marinas de guerra y marinas comerciales. Segunda, la relegación o, incluso, el vaciado de los mecanismos de mercado. Tercera, la constitución de empresas formales o informales para la toma del control de firmas públicas y privadas en grandes espacios (físicos o cibernéticos). Su motor es un sentimiento angustioso de las élites, pero que se ha difundido ampliamente en las opiniones públicas: el de un mundo «acabado», limitado, restringido, que hay que acaparar rápidamente.

Mientras que el neoliberalismo se rodeaba de un discurso tranquilizador, pero muy discutible, sobre sus pretendidos beneficios y sus objetivos pacíficos, el capitalismo de la finitud es abiertamente depredador, violento y rentista. Concretamente, desde 2010, y se ha entrado en un periodo de un capitalismo caracterizado básicamente por la competencia por unos recursos limitados y finitos (tema importante en contexto de crisis climática y de escasez de recursos y materiales): «capitalismo de la finitud» que, como se ha visto no es un modelo, del todo, nuevo en la historia del capitalismo. Mientras que en los periodos «liberales» prevalecían los modelos de enriquecimiento ilimitado, en los periodos de capitalismo de la finitud hay un proceso de acaparamiento de bienes y servicios por parte de los Estados y las grandes empresas, que buscan un retorno rentista, y sin seguir en absoluto los principios de la competencia. Es decir, un modelo depredador y rentista en un mundo limitado y finito. Y Orain recuerda, al final de su libro, que hace más de ochenta años, Karl Polanyi avisaba que el liberalismo económico solo podía, con el tiempo, generar su antítesis, un capitalismo iliberal y autoritario. [7]

Bibliografia:

-. Anderson, Perry: «Regime Change in the West?» a London Review of Books, Vol 47, Nº 6, 3 April 2025. (https://www.lrb.co.uk/the-paper/v47/n06/perry-anderson/regime-change-in-the-west).

-. Ahumada, Jose Miguel: «Bringing Freedom Back to Developmentalism: Industrialisation as National Independence», a Cambridge Journal of Economics, Volume 47, Issue 6, November 2023. (https://academic.oup.com/cje/article-abstract/47/6/1037/7231641?redirectedFrom=fulltext&login=false

-. Hauge, Jostein: «Industrial Policy Returns as a Weapon of National Security» a Global Currents, Substack of  Jostein Hauge, December 16 2025. (https://www.theglobalcurrents.com/p/industrial-policy-returns-as-a-weapon). Hi ha una traducció al català de l’article al meu bloc Politinomics: (https://antonisoycasals.blogspot.com/2025/12/sembla-que-lera-de-la-globalitzacio-del.html).

-. Hauge, Jostein; Houtzager, Bruno; Hormann, Alessandro Julian: «The New Economic Nationalism: Industrial Policy and National Security in the United States, China and the European Union» a Geoforum, Volume 166, November 2025. (https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0016718525001824?via%3Dihub)

-. Orain, Arnaud: Le monde confisqué. Essai sur le capitalisme de la finitude (XVIe-XXIe siècle), Flammarion, 2025.

-. Revelli, Marco: «Le due destre oltre el novecento» a AAVV: Contro le due destre. Per un governo dal 99%, Futura Editrice, 2025

-. Revelli, Marco: Le due destre: le derive politiche del postfordismo, Bollati Boringhieri, 1996.

-. Soy Casals, Antoni: «Contra les dues dretes» a El PuntAvui, 4 de novembre de 2025 (2025b) (https://www.elpuntavui.cat/opinio/article/8-articles/2590089-contra-les-dues-dretes.html).

-. Soy Casals Antoni: «Capitalisme ‘finit’, depredador, violent i rendista» a Directa, 17 de febrer de 2025 (2025a) (https://directa.cat/capitalisme-finit-depredador-violent-i-rendista/).

Notas:

[1] Ver Perry Anderson (2025).

[2] O para entendernos mejor el Partido Demócrata tradicional en Estados Unidos, y los Socialistas y Demócratas y una parte no negligible de los Greens y The Left en el Parlamento Europeo

[3] Ver Marco Revelli (2025); Marco Revelli (1996). Ver también Antoni Soy Casals (2025b).

[4] Ver Jostein Hauge (2025) y Jostein Hauge et alii (2025).

[5] Ver José Miguel Ahumada, (2023).

[6] Ver Arnaud Orain: (2025). Ver también Antoni Soy Casals (2025a).

[7] Ver Karl Polanyi: La gran transformación. Crítica del liberalismo económico, Virus Editorial, 2016.

Esta es una versión traducida, revisada y muy ampliada del artículo publicado el 19 de enero de 2026 en @elpuntavui con el mismo título y sobre el mismo tema. (https://www.elpuntavui.cat/opinio/article/8-articles/2612573-neoliberalisme-encara-o-ja-no.html).

Antoni Soy Casals es profesor de Economía Aplicada de la Universitat de Barcelona, actualmente jubilado.

Fuente: https://sinpermiso.info/textos/neoliberalismo-todavia-o-ya-no