La reciente presentación de Bad Bunny en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX ha sido recibida por amplios sectores de la izquierda tradicional latinoamericana como una suerte de victoria cultural sin precedentes. El argumento, a simple vista seductor, sostiene que la irrupción de un artista puertorriqueño cantando íntegramente en español representa una grieta profunda en la hegemonía anglosajona. Sin embargo, desde una perspectiva descolonizadora, es imperativo no caer en un simplismo analítico y preguntarse si estamos ante una fisura real o ante la actualización más sofisticada de la mediatización imperialista. Lo que presenciamos no es más que la versión moderna del “Pan y circo” romano: una distracción masiva diseñada para entretener a las multitudes con el “pan” del consumo cultural y el “circo” de la tarima tecnológica, mientras las estructuras de poder permanecen intactas.
Bad Bunny Inc. y la ingeniería social del avatar multicultural
Para desmantelar este engaño, el análisis debe comenzar por el protagonista: Bad Bunny Inc. Detrás de la máscara de Benito Martínez no hay un cantautor popular, sino una entidad corporativa transnacional diseñada para la extracción de plusvalía cultural bajo el amparo de gigantes como Sony Music y Rimas Entertainment. No estamos ante un joven que espontáneamente llega a la cima, estamos ante un diseño de ingeniería social, una identidad que cumple con precisión los protocolos de lo que podríamos denominar el MK-Ultra cultural contemporáneo. Estos personajes son piezas de un tablero donde la estética de la transgresión sirve para anestesiar la conciencia de clase. Bajo la lupa de la antropología social, este perfil se revela como un avatar de diseño, similar en su función a Lady Gaga —ícono global del pop y figura central de la industria cultural anglosajona—, quien participó en este mismo evento invitada por él, reforzando la alianza entre la programación estética del Norte y la nueva fachada de la periferia.
Su estilo musical no es una evolución natural de los ritmos caribeños, sino una fórmula de laboratorio que promueve un modelo latino funcional al capitalismo en su conducta. A través del uso del androginismo y un hedonismo extremo, se busca desarticular la identidad política del joven, sustituyendo la disciplina militante por una estética de la ambigüedad y el placer inmediato. Es aquí donde el concepto de MK-Ultra cobra vigencia: no como el antiguo programa de control mental, sino como una ingeniería social de masas que utiliza la saturación sensorial para moldear sujetos dóciles. Este “MK-Ultra cultural” busca fragmentar la identidad del joven latino, ofreciéndole una falsa sensación de transgresión mientras lo encadena a una sensualidad vacía y a un consumo material desenfrenado. Bad Bunny Inc. ha descubierto que la “indignación” tiene un alto valor de mercado, por ello capitaliza el sentimiento real de los pueblos de América Latina para convertirlo en un insumo publicitario que fortalece su propia marca, pero que no genera conciencia de clase. Al contrario, promueve valores de éxito individualista que son el polo opuesto a una verdadera liberación revolucionaria.
Sin embargo es fundamental trazar una línea divisoria entre las posibles intenciones personales del individuo y la función sistémica de la mercancía. Puede que Benito tenga un sentimiento real de pertenencia, pero el dispositivo mediático ya ha fagocitado ese sentimiento para convertirlo en un activo financiero de fondos como BlackRock o Vanguard. La verdadera maquinaria del sistema no nos oprime prohibiéndonos, nos oprime incluyéndonos. El sistema ha aprendido que es mejor un “revolucionario” con micrófono y contrato de Adidas que un revolucionario con conciencia de clase en la calle. Lo que la izquierda tradicional llama “inclusión” es en realidad neutralización. Al convertir nuestra rabia en un espectáculo de medio tiempo, el capitalismo le quita el filo a la navaja. Si la revolución se puede comprar en una plataforma de streaming, entonces no es revolución, es merchandising.
La NFL: El escenario perfecto para la integración forzada
Este avatar requiere el escenario perfecto y la NFL proporciona la infraestructura ideal. El modelo económico es revelador: la NFL no paga a los artistas, por el contrario, vende este espacio como la plataforma de autopromoción más grande del mundo. Los artistas invierten millones de su bolsillo para decorar este templo del consumo, sabiendo que recuperarán la inversión con creces. Es el triunfo del capital: el artista se explota a sí mismo para fortalecer el sistema que lo hospeda, vendiendo la narrativa de moda más rentable que colabore a los intereses políticos de quienes lo patrocinan.
Históricamente, la NFL ha usado el espectáculo para pacificar tensiones. Recordemos que la liga solo ha abierto espacios a las minorías bajo presión: desde la reintegración forzada de jugadores negros en 1946 hasta la respuesta cínica ante la protesta de Colin Kaepernick en 2016. Kaepernick comenzó a arrodillarse durante el himno nacional para protestar específicamente contra la brutalidad del racismo policial, provocando una fractura total en el país: criminalizado por Donald Trump, pero convertido en icono de resistencia por otros. Sin embargo, la NFL respondió con una asimilación cínica: en 2019 contrató a Jay-Z -magnate del hip-hop y estratega del capitalismo negro- para gestionar la diversidad del show, transformando una protesta política genuina en un desfile de entretenimiento que no cuestiona la estructura de poder.
La falsa dicotomía y la capitalización semántica de “América”
La complejidad de esta operación alcanza su punto máximo frente a figuras como Donald Trump. El supremacismo blanco agresivo de Trump actúa como el “policía malo” necesario para empujar a los latinos hacia el refugio de un imperialismo de rostro multicultural. Cuando Trump ataca el show logra revolucionar artificialmente a Bad Bunny. Aquí debemos entender que esta polarización es funcional al sistema: el ataque de Trump le otorga a Bad Bunny un prestigio de rebelde que no se traduce en cambios estructurales, sino en una catarsis controlada.
Es la mercantilización de la herida continental. Al nombrar a toda América Latina como “América” en el Super Bowl, Bad Bunny realiza un acto de capitulación semántica que valida la narrativa del Destino Manifiesto: la idea de que todo el continente es un solo mercado bajo la hegemonía cultural y económica estadounidense. La visibilidad que nos venden es el precio que pagamos por nuestra soberanía mental: el sistema nos permite “ser América” siempre y cuando nuestra cultura sea una mercancía dócil. Se permite que estos artistas ondeen la bandera y denuncien la precariedad de la isla, siempre y cuando esa “denuncia” ocurra dentro de las plataformas del capital (Spotify, Sony, Apple Music, NFL). Al hacerlo, la lucha real por la soberanía de Puerto Rico se transforma en una estética de la queja. La izquierda tradicional celebra el “gesto” mientras la isla sigue siendo una colonia administrada por los mismos bancos que financian a estos artistas.
Él no busca liberar a nadie. Él busca que su marca sea asociada con la rebeldía para que, después del Super Bowl, sus contratos con Adidas, sus giras y sus reproducciones en Spotify (donde el capital financiero es dueño) multipliquen su valor. Es convertir la sangre de la lucha social en dividendos de Wall Street. Bad Bunny no rompe cadenas las hace lucir atractivas para que el esclavo no quiera quitárselas.
El despertar de la conciencia frente al espectáculo total
Finalmente, lo que vemos es el secuestro de la lucha real de Puerto Rico. La soberanía de la isla se transforma en una estética de la queja, en un insumo de marketing que eleva el valor de marca de Bad Bunny Inc. pero que no mueve un solo ladrillo del muro colonial. Mientras discutimos si el artista es disruptivo, las grandes corporaciones (BlackRock, Sony, Apple, Vanguard) son dueñas de los cables, los satélites y los algoritmos por donde viaja ese mensaje. No hay soberanía posible si nuestro “grito de libertad” depende de la conexión de fibra óptica de una transnacional. Estamos celebrando que nos dejan gritar en su plaza, mientras ellos son dueños del aire que respiramos.
La verdadera liberación no vendrá de la validación de un cuestionable artista que, de antemano, trabaja para el Imperio. La tarea de la izquierda no puede ser la de espectadora agradecida, sino la de constructora de una cultura soberana. La verdadera lucha de la izquierda actual no debe ser por aparecer en el Super Bowl, sino por construir plataformas soberanas, redes propias y economías culturales autónomas que no rindan tributo al capital financiero.
La descolonización de la mente exige entender que la “rebelión” de Bad Bunny termina donde empieza su contrato de exclusividad con el sistema. Debemos dejar de celebrar que nos permitan cantar en su estadio y empezar a cuestionar quién es el dueño de la tarima: las grandes corporaciones y fondos que se benefician de cada segundo de nuestra atención. Mientras la izquierda tradicional latinoamericana se pierda en la defensa de un producto corporativo solo porque es atacado por el supremacismo o porque este adopte convenientemente las luchas legítimas de los pueblos, seguirá siendo víctima de la distracción mediatizada. La soberanía no se televisa, se construye en la organización popular y en una praxis revolucionaria que no necesite la aprobación del imperio para existir. Es hora de entender que la mediatización es la nueva cadena y la conciencia crítica nuestra única llave hacia la libertad.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


