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A propósito de la filosofía de Jürgen Habermas

La lucha por una comunicación democrática

Fuentes: Rebelión

“Hay que trabajar, pero hay que pensar.” Alfredo Zitarrosa. ‘Doña Soledad’

Habermas (1929-2026) escribió una vasta obra filosófica. Elaboró una teoría de la comunicación, basada en una crítica del conocimiento, comprendiendo la importancia del factor científico-tecnológico, y la necesidad política de defender los principios democráticos ante la manipulación mediática. Su pensamiento se estudia en la Universidad de la República, en varias de sus Facultades, como en la de Humanidades y Ciencias de la Educación en la que se cursa la Licenciatura de Filosofía. Este artículo también va en memoria de Gustavo Márquez, camarada y compañero de Facultad, ya que con sus libros sobre Habermas, entre diversos temas, se pudo profundizar en el estudio del último de los filósofos socialdemócratas de la Escuela de Frankfurt.

Rodney Arismendi planteó que las corrientes que intentan separar el marxismo del leninismo, no comprenden realmente al marxismo. Teórica y prácticamente el leninismo desarrolló el marxismo en el siglo XX, y sigue vigente en el XXI. A pensadores como Habermas, recientemente fallecido, le caben las críticas arismendianas, no logró comprender realmente el marxismo, lo cual afectó negativamente su explicación científica del fenómeno de la comunicación, la racionalidad y la democracia.

Si bien consciente de que la burguesía no puede ya sostener las banderas de libertad, igualdad y fraternidad, encontró limitaciones ideológicas debido a su falta de compromiso con la lucha de la clase trabajadora, y por ende, con los caminos reales de la lucha democrática y revolucionaria. Sin embargo, a 35 años de la disolución de la URSS y del avance del imperialismo, se hace necesario estudiar todo el desarrollo del marxismo. Esto incluye a sus discípulos rebeldes como los de la Escuela de Frankfurt. 

Nuestra tarea es aprender a usar las herramientas conceptuales que elaboraron, interpretar su pensamiento de una manera materialista. Hoy existe la tendencia en algunos pensadores que se denominan marxistas, de confundir el terreno de la elaboración teórica con el de la práctica política, eminentemente hegemónica. Si bien es cierto que la teoría revolucionaria es una condición para el movimiento revolucionario, el error de confundir la pureza teórica con las posibilidades prácticas, lleva al aislamiento sectario, y, obviamente, a la derrota. En una especie de reminiscencia cartesiana, el “marxista” puro cae en un solipsismo teórico que lo vuelve, por lo menos, infértil teórica y políticamente. Especialmente peligroso en un campo como la política, en el que la correlación de fuerzas marca si una fuerza aísla a su antagónica o si es aislada por esta. La riqueza del mundo, hace necesaria la incorporación a la reflexión teórica de lo mejor de la cultura universal, sin dogmatismos. 

Más allá de errores de enfoque que llevan, por ejemplo, a ignorar la importancia histórica de las campañas de alfabetización llevadas adelante por gobiernos y pueblos socialistas, las herramientas críticas elaboradas por los filósofos de Frankfurt, entre otros, son útiles para pensar la realidad. Particularmente para comprender las dificultades y errores que llevaron a la caída del primer Estado proletario del mundo, luego de la breve experiencia de la Comuna de París, su antesala; y, por otro lado, para reflexionar sobre las dificultades que persisten hasta la actualidad en el terreno de la batalla de ideas y la liberación social. 

Habermas estudió lo que podemos entender como cuestiones superestructurales. Particularmente el poder de la palabra, la tendencia emancipadora de la razón, y la fuerza democratizadora de la comunicación. Defensor crítico de la modernidad, no cayó en el facilismo irracionalista ante los horrores de las guerras mundiales (incluso denunció a Heidegger por no romper con el nazismo). Sus reflexiones y sus estudios ayudan a comprender cómo las clases dominantes operan ideológicamente para manipular, e incluso fabricar, la opinión pública. Y cómo la defensa de una esfera pública crítica es una condición para la democracia real. Habermas estudió las condiciones de posibilidad para una racionalidad democrática, atendiendo más que nada a cuestiones procedimentales, como el diálogo en pie de igualdad, pero obviando cuestiones socioeconómicas clave, quizás por la neblina ideológica. 

Estudiar la obra de Habermas de manera materialista significa, en principio, poner sus pies en la tierra, volver a aclarar aquello que estudiaron Marx y Engels en ‘La ideología alemana’: la conciencia de las personas va determinándose en base a las condiciones de existencia social, y la clase que detenta el poder material, es la que tiene en sus manos los instrumentos del poder espiritual. Los gobiernos progresistas se han topado con esa realidad, y no transformarla los ha debilitado. 

A su vez, esas mismas reflexiones deben servir de instrumento para la necesaria autocrítica de un movimiento revolucionario que tiene siempre el peligro de burocratizarse si, en lugar de promover la participación de las grandes mayorías y la labor de los mejores cuadros, vuelve rutinaria la militancia y purga las cabezas críticas. Si la burocracia no se somete a las necesidades de la clase trabajadora y las tareas revolucionarias, de instrumento posiblemente eficiente, se convierte en un obstáculo a la labor de los cuadros y al desarrollo de la conciencia, la organización y la lucha de las grandes masas. Lenin previó esto, como muy bien estudió Eduardo Lorier en su libro ‘Las batallas de Lenin’, y planteaba algo con lo que posturas como la de Habermas podrían coincidir: para superar los problemas de la burocratización, es necesario educar a las grandes masas. 

El retraso en la trinchera comunicacional, hace necesaria la autocrítica de la izquierda. El estudio de la ‘Teoría de la acción comunicativa’ de Habermas es una oportunidad para llevar a cabo una reflexión que guíe una acción consciente en el terreno de la disputa ideológica, que realmente esté a la altura de las formas actuales de lucha contrahegemónica. Su idea de la “colonización del mundo de la vida” por la lógica del mercado es incluso interesante para pensar los procesos de lawfare actuales, mediante los cuales los capitalistas “compran la justicia” para proscribir a los líderes de las grandes mayorías, bajo la complicidad del blindaje mediático. 

Sin desconocer lo magistral de su obra, quizá a Habermas le faltó comprender con más claridad que es la clase trabajadora la que crea la riqueza que permite, entre otros derechos, el del estudio académico; y que la verdadera prueba de la conciencia es la de la militancia partidaria cotidiana, la que hace posible la construcción de una fuerza social y política real, capaz de hacer efectiva la democracia. De hecho, en una época activa de su producción teórica, parece haber ignorado las grandes luchas de nuestros pueblos latinoamericanos en las décadas del 60 y 70, y la brutal represión de las dictaduras fascistas del Plan Cóndor. Tampoco se puede hacer omisión de su reciente error respecto a Israel al no comprender las prácticas criminales del sionismo sobre la población palestina.

Como recientemente planteó el Secretario General del PCU y Senador de la República, Oscar Andrade, vivimos en un mundo en el que cada vez hay menos margen para la neutralidad. Las clases dominantes, especialmente las yanquis, someten a la humanidad a la explotación, la guerra y la miseria. Ya es hora de que su discurso de odio y su práctica de violencia económica, política y militar, sean enviadas al Museo de la prehistoria social de la humanidad. Hoy encabezan esa tarea los pueblos asiáticos, especialmente el pueblo chino. Estudiar directamente la experiencia del socialismo con características chinas desde la perspectiva de Habermas, parece difícil por su eurocentrismo. De hecho sus opiniones al respecto reflejan su esquematismo. Su teoría no pudo asimilar que los avances en el poder del pueblo y la clase trabajadora son avances en la lucha por una comunicación democrática.

Sin embargo, para estudiar la dinámica occidental de dominación burguesa, y luego poder realizar generalizaciones teóricas al respecto, el legado crítico de Habermas tiene un importante valor. Por ejemplo, permite comprender cómo la burguesía lleva adelante una lucha hegemónica que, en el plano de la ideología, promueve una forma de vida irracional, basada en la obediencia ciega a los impulsos, al servicio del consumo en el mercado, con el objetivo de continuar con la apropiación privada de los beneficios del trabajo social.

La tarea que tenemos es la de realizar una síntesis de sus aportes, en base a una concepción materialista de la historia, con perspectiva democrático avanzada. Teniendo en cuenta también que la categoría ‘democracia avanzada’ (elaborada por Arismendi en base al estudio de Lenin y de la realidad uruguaya) no está tan alejada de la obra de los padres fundadores de la Escuela de Frankfurt. 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.