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Adiós a la carne

Decrecer es decrecer (IV)

Fuentes: Rebelión

Adiós a la ganadería industrial, pero no solo la intensiva sino también la extensiva, sometida indirectamente a los mismos procesos industriales de producción y comercialización.

Adiós a la ganadería tal y como la entendemos en la actualidad porque si hay alguna manera de que el decrecimiento tenga una aplicación real dentro de un capitalismo que no está dispuesto a perder su función en defensa de las élites, esta es renunciando a lo que es más prescindible.

A medida que se agotan los recursos fósiles, o que estos se ven envueltos en guerras que amenazan con ser interminables, una de las cuestiones más importantes, y quizá también vitales, es determinar cómo se pueden reemplazar los fertilizantes sin que las cadenas alimentarias sufran un colapso.

Para el mundo rico, dispuesto a pagar el precio que sea con tal de mantener los privilegios conseguidos, tal vez esto no sea un problema trascendental a corto plazo pero es obvio que en el resto del mundo —y para gran parte del planeta en un futuro— la escasez de fósiles determina y determinará una escasez de fertilizantes químicos —que en teoría no pueden sintetizarse sin la ayuda del petróleo y el gas natural— afectando gravemente a la ganadería. A la ganadería intensiva de forma directa pues depende de la producción masiva de cereales y oleaginosas, y aunque en menor medida, también a la extensiva, al reducir la productividad de los pastos.

Si la agricultura, a su vez muy vinculada a la producción de fertilizantes, decae de forma drástica, la ecuación es simple: habrá que elegir qué dejamos de comer. Y la respuesta es obvia: aquello que se produce de forma subsidiaria en la cadena alimenticia, es decir: la carne de animales sobre la superficie terrestre.

No es una declaración vehemente fruto de un gusto por una alimentación determinada, sino la conclusión lógica derivada de una pregunta: ¿qué podría aliviar tanto la escasez como el daño que el consumismo está haciendo al planeta?

Quizá decir adiós a la carne nos resulte exagerado en un principio, e incluso traumático, pero la despedida ha de producirse de manera inevitable si lo que se quiere es poder mantener un sistema alimentario eficaz. Una despedida que será extendida en el tiempo y que tal vez no llegue a consumarse hasta el punto de hacer desaparecer la carne de los mercados pero que, al menos, ha de provocar una reducción drástica de su consumo.

El cierre continuado del estrecho de Ormuz marca el principio de una inevitable recesión económica y a su vez es un aviso de lo que tarde o temprano va a suceder: la escasez de los fósiles, ya sea por agotamiento, porque su extracción deja de ser rentable o por acaparamiento. Una realidad a la que deberíamos comenzar a acostumbrarnos.

Cierto que la producción ganadera no es uniforme y que ciertos modos de pastoreo tradicional pueden tener algunos beneficios al tiempo que, desde un posicionamiento autosuficiente, podrían convertirse en alternativa viable en un futuro, pero esto no impedirá que las grandes ganaderías, industriales y no industriales, se vean arrastradas por un efecto dominó que amenaza de forma sistémica la producción de carne. Es decir, es probable que aún no formando parte de deseo colectivo alguno, la economía del colapso energético implique un obligado decrecimiento en este sector agroalimentario.

Sin embargo, ver esta cuestión desde un punto de vista catastrofista podría no ayudarnos a reconocer el problema de fondo y nos llevaría a no aceptar el hecho de «vivir con menos carne». Pues lo cierto es que un impacto en esta dirección puede generar grandes beneficios.

Hacía décadas que los daños al medio ambiente por parte de la ganadería estaban siendo inasumibles, en especial en lo que se refiere a consumo de territorios para creación de nuevos pastos y áreas de cultivo destinadas a cereales para pienso, así como la contaminación con purines y la emisión de un potente gas invernadero: el metano; por lo que, en realidad, un freno a la ganadería no deja de ser una forma de restituir un equilibrio necesario en el que salen ganando tanto la biodiversidad, las reservas de agua potable como la seguridad climática.

No estamos hablando de una hipótesis, estamos hablando de un fenómeno que ha iniciado su camino, aunque de momento no seamos totalmente conscientes de todo lo que implica. Creer que el asunto se reducirá a una temporal subida de los precios de la carne es no comprender el problema en su gravedad. Lo que se ha iniciado es una crisis que no tiene solución a través de los métodos tradicionales, inherentes a la economía liberal. No es solo una cuestión de oferta y demanda derivada de la escasez, es que la escasez no puede ser reemplazada por alternativas más asequibles pues estas alternativas por ahora no existen.

No todo el sector caerá de igual manera, ni tampoco sucederá de igual forma en todos los países. Se verán más afectadas las ganaderías que más dependen de los cereales y oleaginosas, y podrán sobrevivir aquellas que, de alguna forma u otra, pueden desarrollarse en un medio con recursos propios; es decir, tendrán más viabilidad las menos rentables —y las que reciban ayudas para mantenerse—. Para el resto, la situación se volverá complicada: dejar de comer pan para poder seguir comiendo carne no es buena idea, sobre todo cuando la proporción de consumo de recursos se inclina desfavorablemente hacia la carne.

Así, por ejemplo, la cantidad de cereales que se necesitan para producir un kilo de carne de cerdo es de 6 a 1. El Índice de Conversión Alimenticia (ICA) en la industria porcina cifra entre 2,5 y 3 kg de alimento por cada kilo que engorda el cerdo, pero como no todo el cuerpo del animal es carne comestible, la cantidad real de cereales invertida se eleva a unos 6 kilogramos de grano por cada kilo de carne deshuesada.

Pero esta proporción es aún más desmesurada en la industria del vacuno: se precisan entre 12 y 16 kilogramos de cereales para poner un solo kilo de filetes en el supermercado.

¿Pero cómo dejar de ingerir las necesarias proteínas de la carne?, hay quien se preguntará.

Este es uno de los mitos que debemos aprender a desterrar. Los nueve aminoácidos esenciales: histidina, isoleucina, leucina, lisina, metionina, fenilalanina, treonina, triptófano y valina, están en muchos de los alimentos vegetales, en especial en legumbres y cereales, aunque no de forma completa tal y como están en la carne; sin embargo este detalle se suple con facilidad a través de la variedad (intuitivamente sabemos que es bueno mezclar arroz con legumbres) y con el complemento con otros productos, como las algas o las setas y hongos comestibles (estos últimos con unas propiedades semejantes a la carne).

En todo caso, no parece que la cuestión resida tanto en adquirir costumbres veganas como en regular y disminuir notablemente el consumo de los productos cárnicos. Huevos y quesos pueden ofrecer un impacto menor y ser más resistentes a la escasez, al tiempo que aportan las proteínas que antes aportaba la carne terrestre, siempre y cuando, eso sí, no se conviertan en un reemplazo a la propia carne. Por contra, sustituir esta por pescado no es, de ninguna manera, una alternativa sostenible. Tampoco los mares deben considerarse fuentes inagotables de proteínas.

Por último, hay una cuestión positiva a tener en cuenta en el «adiós a la carne», y es el hecho incontestable de que si hay una forma de acabar con el maltrato animal esta ha de ser no comiendo animales. Al fin y al cabo, nuestra función dentro de los ecosistemas como depredadores principales termina en el momento justo en el que destruimos esos mismos ecosistemas que justifican nuestras acciones.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.