El giro antidemocrático de Silicon Valley comienza en el trabajo
Valerio De Stefano
La reciente serie de conferencias privadas de Peter Thiel en Roma sobre el Anticristo no deberían despacharse como otra mera excentricidad de un multimillonario. De forma inusitadamente descarnada, condensaron una visión del mundo que gana cada vez más influencia en ciertos sectores de Silicon Valley, la derecha estadounidense y, también, en facciones de la extrema derecha europea. Thiel suele invocar el fantasma de un gobierno mundial único —capaz de regular la inteligencia artificial o de atajar el cambio climático— presentándolo como «el Anticristo». Este marco conceptual erige la contención democrática y la autoridad supranacional en amenazas existenciales, a la par que encumbra a unas élites excepcionales como las auténticas portadoras de la libertad. Así pues, las conferencias de Roma no resultaron reveladoras por ser una curiosidad cultural, sino como síntoma de una convergencia política mucho más amplia.
Esto quedó especialmente patente a finales del año pasado. Casi al mismo tiempo que Elon Musk recrudecía sus ataques contra la Unión Europea tras las medidas regulatorias impuestas a X —llegando incluso a exigir la abolición de la Unión—, la Estrategia de Seguridad Nacional de la administración Trump tildaba a la UE de antidemocrática y declaraba que Estados Unidos debía ayudar a Europa a «corregir su trayectoria actual». Lo que aquí se dirime trasciende, con creces, el mero desacuerdo sobre la regulación de los mercados digitales o la disputa diplomática. Es una pugna por el poder privado y, más concretamente, por quién ostentará el control sobre el despliegue tecnológico en nuestras sociedades.


