En diferentes regiones del planeta se observan ya los potentes impactos del colapso energético mundial ocasionado por el choque bélico en Asia Occidental.
La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y el bloqueo del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz han provocado una reducción del 30 por ciento del suministro global de petróleo y derivados (13-15 millones de barriles diarios —MBD), y del 20 por ciento del comercio internacional de gas natural (280-300 millones de metros cúbicos por día —mcm/d).
Las cifras son espectaculares, si se considera que el petróleo y el gas determinan el 80 por ciento del consumo final de energía a escala planetaria. A la caída en la disponibilidad de petróleo y gas, que ya es evidente debido al consumo irracional y sin freno de los últimos 200 años, se añade ahora esta repentina y colosal escasez provocada por la guerra, que ya está sacudiendo la oferta y los precios de la aviación comercial, los fertilizantes, los alimentos y muchas otras actividades, pues no hay que pasar por alto que el petróleo, sus derivados y el gas natural son la base de todas las cadenas de suministro y de la forma en que hemos organizado la vida en el planeta.
Entre el bloqueo de barcos y la destrucción física de infraestructura energética, se estima que, a la fecha, una cifra que sobrepasa los 1.000 millones de barriles de estos productos se ha perdido. Esto significa que todas aquellas actividades económicas que no han recibido o no recibirán el insumo energético requerido se verán forzadas a suspender actividades y provocarán, a su vez, un efecto en cadena sobre otras actividades conectadas. Si la paz se firma pronto y los estrechos se desbloquean, el mundo padecerá una profunda crisis económica que lo llevará a una recesión y, tal vez, incluso, a una depresión. Pero si la violencia continúa y se extiende, entonces será muy alta la probabilidad de que tenga lugar algo mucho más poderoso y destructivo.
Frente a este escenario virtualmente catastrófico, la pregunta que muchos nos hacemos es: ¿Con qué propósito la élite político-financiera de Occidente desataría una tormenta de tales dimensiones que, en principio, podría afectar profundamente a todos los agentes económicos y a la inmensa mayoría de la humanidad? Trataremos de desentrañar algunos indicios de la lógica de poder oculta tras este aparente caos.
Atacar Irán es un objetivo estratégico de Estados Unidos e Israel, que ha estado presente en la agenda imperial desde hace al menos 30 años. Ya en julio de 1996, poco después de asumir como primer ministro por primera vez, Benjamin Netanyahu dio un discurso ante una sesión conjunta del Congreso de Estados Unidos, en el que, refiriéndose a Irán, dijo: «Si este régimen, o su despótico vecino Irak, adquirieran armas nucleares, esto podría presagiar consecuencias catastróficas, no solo para mi país, ni solo para Oriente Medio, sino para toda la humanidad». Algún tiempo después, en marzo de 2007, durante una entrevista en el programa Democracy Now, el general Wesley Clark (excomandante supremo de la OTAN en Europa) reveló públicamente la existencia de un memorándum del Pentágono —del año 2003— que describía un plan para “tomar” 7 países en 5 años: Irak, Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán, terminando con Irán. Como hemos visto desde entonces, todo indica que el plan se ha llevado a cabo al pie de la letra.
Contradicciones de fondo
Es necesario regresar un poco en el tiempo para tratar de comprender lo que está pasando en Irán, así como en el mal llamado Oriente Medio y más allá.
La mundialización-globalización que se desató con fuerza a partir de la década de 1970 no fue otra cosa que la expansión geográfica y fragmentada de los procesos productivos. Dada su vocación expansiva intrínseca, el capital se lanzó a la conquista del planeta entero para obtener mayores ganancias y acumular más y más capital. Al hacerlo, edificó muy complejas, ineficientes e irracionales cadenas globales de valor (suministro), que se convirtieron en el dios de las élites dominantes y en el flagelo de los pueblos del mundo. A unos pocos los enriquecieron como nunca y a la inmensa mayoría la empobrecieron y le arrebataron su cultura, sus recursos naturales y sus paisajes. El capital se expandió a todos los rincones del mundo para extraer energía, materias primas y plusvalor y así poder seguir creciendo sin freno y sin control, hasta que la finitud del planeta lo ha obligado a retroceder, ineludiblemente, ante la evidente declinación en la disponibilidad de recursos.
Mediante la tecnología de punta, transformada en inteligencia artificial (IA) —su nueva diosa—, el capital pretende producir bienes y servicios de manera abundante y a menor costo, aunque, al hacerlo, reduce sin remedio la masa de posibles consumidores (compradores) de esos mismos bienes y servicios al desplazarlos masivamente de sus puestos de trabajo. No solo eso. A cada paso que da, el spertecnologizado capital demanda más y más energía y materiales críticos que ya no están disponibles en el mundo en la escala necesaria. Es entonces que el proceso de acumulación de capital comienza a ser frenado, porque el volumen decreciente de fuerza de trabajo y la finitud del planeta así se lo imponen. Frente a estos límites infranqueables, el capital da paso a la autofagia. En su último intento por sobrevivir, el capital se lanza contra el propio capital, contra los trabajadores y contra el planeta mismo para devorar todo lo que encuentra a su paso.
Cuanto más avanza el desarrollo tecnológico, con su inteligencia artificial a la cabeza, más humanos son desplazados de sus trabajos y sus profesiones por máquinas y algoritmos que los lanzan a la calle, sin salarios ni protección. Bill Gates ha sostenido públicamente que, en pocos años, “no se necesitarán los humanos para la mayoría de las actividades”; es decir, que en el extremo de esta tendencia, no habría ya trabajadores para explotar y, en consecuencia, tampoco existirían compradores-consumidores para los tsunamis de bienes y servicios así producidos.
Naturalmente, la élite se resiste a perder el control del mundo y, en particular, a aceptar una disminución en los flujos de capital-dinero, no obstante que una parte sustancial de los mismos no solo se origina ya en Asia, sino que, además, tiende a quedarse en esa parte del mundo en volúmenes cada vez mayores.
El imperio fundado en la energía abundante y barata, con el dólar como la fuente por excelencia de su hegemonía, enfrenta un futuro por demás incierto al mantener atado al petróleo barato su poderío militar. Se ve obligado a echar mano de su último recurso, el choque frontal, justo cuando se pone de manifiesto la disminución acelerada en la disponibilidad de energía y materiales críticos.
Son estas contradicciones de fondo las que están provocando que el prolongado dominio de Occidente, y sus fortalezas de la City de Londres y de Wall Street, comiencen a colapsar.
¿Por qué Irán y por qué ahora?
Sin ser ni sombra de lo que fue, en pleno 2026 Estados Unidos pretende seguir imponiendo reglas de comportamiento al mundo entero, sin reparar en el hecho de que, de su imponente hegemonía, solo quedan andrajos y malos recuerdos. La globalización está rota y el mundo se encuentra fragmentado: el antiguo “orden global” ha desaparecido por completo, pero aún no madura el nuevo orden multipolar cooperativo que pretende sustituirlo. Los países que ya están al margen o se alejan aceleradamente del unilateralismo estadounidense concentran más del 90 por ciento del territorio planetario, 88 por ciento de la población mundial y cerca del 40 por ciento del PIB global. China, por sí sola, es vanguardia indiscutible en tecnología, producción manufacturera, inversión en infraestructura e intercambios comerciales. La Iniciativa de la Franja y la Ruta, desplegada en los últimos años por China en más de 140 países, así como la reciente expansión de los BRICS a 22 naciones (entre miembros y asociados), son tal vez los acontecimientos que más atemorizan a Occidente.
Sin embargo, el decadente imperio se resiste a morir e intenta prevalecer por medio de la fuerza (trampa de Tucídides). Desde hace ya algunos años, su principal objetivo es China, su némesis y oponente por antonomasia. Si se observa con detenimiento, el desencadenamiento de la guerra en Ucrania tuvo como propósito central el torpedear la creciente integración económica y energética de Europa con China y Rusia (eje del heartland). Ese fue apenas el comienzo de la ofensiva.
El ataque contra Irán por parte de la alianza Estados Unidos-Israel se explica, en primer lugar, por el hecho de que el país persa mantiene amplios convenios de cooperación con Rusia (que incluyen el ámbito militar), y porque, además, es un socio destacadísimo del grupo BRICS. Desde el punto de vista de la geoeconomía y la geopolítica, la posición geográfica de Irán resulta estratégica por ser el lugar en el que se entrecruzan los principales ejes de comunicación, comercio e inversión de la llamada “nueva ruta de la seda”.
Ucrania y Asia Occidental son las regiones más calientes de la confrontación global entre Occidente y el Sur Global, liderado por China, pero no son las únicas. Como es sabido, el talón de Aquiles de la potencia de Oriente es que se ve compelida a comprar a otros países 11.5 de los 16.5 millones de barriles de petróleo que consume diariamente. El secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en los primeros días de enero de este año, representó un moderno acto de la piratería caribeña para obtener el control de las principales reservas mundiales de petróleo, cancelar las exportaciones de hidrocarburos a China (y a Cuba) y obligar al nuevo Gobierno venezolano —sometido por la fuerza— a comercializar su codiciada materia prima exclusivamente en dólares.
Pocas semanas después del atraco en Venezuela (entre enero y febrero), en un nuevo acto en piratería para el bloqueo de los principales estrechos marítimos, Estados Unidos obligó al Gobierno panameño a retirar las concesiones otorgadas con anterioridad a la empresa china Panama Ports Company, para la gestión y la administración de los puertos de Balboa y Cristóbal.
Pero los operativos en el estrecho de Ormuz y el canal de Panamá son solo muestras de las batallas por el control de regiones, estrechos y pasos marítimos y terrestres estratégicos alrededor del mundo, que el Gobierno de Estados Unidos está dispuesto a llevar hasta sus últimas consecuencias para debilitar y eventualmente derrotar a China. Así debe entenderse el constante acoso a Groenlandia y Canadá, cuya finalidad no es otra que lograr el dominio de los litorales en el Ártico. También en febrero de 2026, la OTAN estableció la llamada “Operación Centinela Ártico” con el doble objetivo declarado de cortar el acceso de China a la energía y los minerales críticos e interrumpir su comercio con Rusia [1].
Por el estrecho de Malaca —un paso marítimo cuya soberanía y responsabilidad sobre sus aguas es compartida por Indonesia, Malasia y Singapur— cruzan dos terceras partes del comercio de China con el mundo y el 80 por ciento de sus importaciones totales de petróleo. La vulnerabilidad de la potencia asiática es tan grande en ese punto, que desde el año 2000, el Gobierno chino desarrolló la estrategia «escapar de Malaca», que incluye un conjunto de medidas para reducir el riesgo estratégico al que está expuesto el país en dicho estrecho (Malacca Dilemma). Estados Unidos intenta aprovechar a su favor esta debilidad china, y en tal sentido, el 13 de abril del 2026, firmó un acuerdo con el Gobierno de Indonesia (Major Defense Cooperation Partnership) para la modernización militar y el desarrollo de capacidades, que incluye sistemas marítimos avanzados, submarinos y plataformas autónomas, así como la cooperación operativa y los ejercicios multilaterales (como el Super Garuda Shield que se realiza anualmente).
México no es ajeno a la escalada del Gobierno estadounidense en el mundo, en la medida en que la virtual economía de guerra en la que se está adentrando el vecino del norte nos atañe de manera directa, debido al muy importante grado de integración entre las plataformas productivas de ambos países. No es aventurado suponer que las presiones sobre el uso de la tecnología de fracking para la extracción de gas natural (así como algunas otras no tan visibles) tengan su origen en la Casa Blanca.
Vertiente financiera de la ofensiva estadounidense
Con el obsesivo afán de competir con China y derrotarla, la Administración del presidente Trump ha colocado el impulso a las empresas tecnológicas, vinculadas al desarrollo de la inteligencia artificial, como la columna vertebral de la estrategia económica en la que se sustenta su política Make America Great Again. De esta manera, el éxito de MAGA depende, en buena medida, de la expansión y el buen desempeño de corporaciones como Alphabet, Microsoft, OpenAI, NVIDIA, Anthropic, Amazon, Meta Plataforms y Tesla, entre otras. Como es sabido, la infraestructura de centros de datos es la plataforma sobre la que se erige el poder de tales corporaciones tecnológicas. A la fecha, dentro del territorio de Estados Unidos existen miles de estas instalaciones, que se apoyan en una capacidad instalada de generación eléctrica ya saturada. Para los próximos 10 años, se tiene contemplada la construcción de entre 1.500 y 3.000 centros de datos adicionales, que demandarán una ampliación aproximada de hasta 134 GW en la capacidad instalada de generación de electricidad [2]. También es conocido el hecho de que la forma óptima para la generación de dicha electricidad es a partir de la utilización de tecnologías a base de gas natural [3].
Aunque las empresas tecnológicas solo representan el 6 por ciento del PIB total de EE. UU., su impacto es más que evidente, ya que, en los últimos trece años, alrededor de una tercera parte del crecimiento de la economía del país se debió a estas grandes corporaciones. La burbuja ha crecido tan desmesuradamente que el valor de mercado de las empresas tecnológicas que cotizan en S&P 500 alcanzó 24.7 billones (trillions) de dólares en el primer trimestre de 2026, lo que representa el 43 por ciento del valor total del índice. A pesar de que los hidrocarburos son la plataforma que soporta todo el edificio de la economía real, el espejismo generado por las tecnológicas es tan enorme que el valor de mercado de las compañías petroleras que participan en el S&P 500 apenas alcanza el 3.4 por ciento del total, es decir, la treceava parte del valor de aquellas [4]. La irracionalidad y la fragilidad de la estrategia están a la vista.
Los planes de la Administración Trump para recuperar la grandeza de Estados Unidos descansan en la posibilidad de atraer inversiones masivas, de cientos de miles de millones de dólares, para financiar la gigantesca demanda adicional de energía eléctrica que se requerirá para mantener en funcionamiento y para enfriar las instalaciones de los centros de datos en los que las empresas tecnológicas acumulan información. De este modo, la expansión de la burbuja de la IA y las tecnológicas está indisolublemente ligada a la embestida mundial que por el gas natural ha lanzado Estados Unidos, cuya finalidad última es alimentar las plantas generadoras de electricidad que son vitales para su operación. Parece claro, entonces, que la escalada bélica estadounidense no es solo por el petróleo y sus derivados, sino también y muy especialmente por el gas natural.
Durante los intercambios de fuego, el 18 de marzo del 2026 Israel bombardeó el campo gasífero South Pars, que, además de ser el mayor yacimiento de gas natural del mundo, es compartido entre Irán y Catar, dadas la geografía y las condiciones geológicas del mismo. Los ataques israelíes destruyeron instalaciones clave de tratamiento de gas, así como refinerías y plantas petroquímicas pertenecientes a Irán. Dos días después, tal como había anticipado que lo haría si atacaban su infraestructura energética, el IRGC iraní respondió con un ataque que destruyó aproximadamente el 17 por ciento de la capacidad de exportación de gas natural licuado (GNL) de Catar, que afecta, sobre todo, los suministros a Europa y Asia. Lo que ahí sucedió, no parece ser otra cosa que la eliminación calculada de la infraestructura gasífera de Catar, que hasta ese momento era el tercer exportador de gas natural del mundo, solo por debajo de Estados Unidos y de Rusia. A esta reducción deliberada del volumen exportable de GNL a escala global, vino a añadirse la venturosa destrucción de una parte de las instalaciones de GNL de Australia —el cuarto exportador mundial—, causada por un ciclón que golpeó en Pilbara y frenó durante semanas la producción y la comercialización del 8 por ciento del suministro global. Por supuesto, el principal beneficiario de estas catástrofes ha sido Estados Unidos.
En escasos 90 días, Washington desplegó una ofensiva energética que ha resultado en cientos de impactos de misiles y drones en buques cisterna, puertos de embarque y refinerías rusas, la interrupción de un tercio del suministro de petróleo y GNL a China, así como la captura de algunas de las mayores reservas de petróleo del planeta, de ahí que no deba extrañar a nadie escuchar este alarde de Trump: “Es un negocio muy lucrativo. ¿Quién iba a pensar que haríamos esto? Somos como piratas. Somos algo así como piratas, pero no estamos jugando» [5].
Los límites de la ofensiva de EE. UU.
Detrás del exaltado triunfalismo del presidente Trump se oculta el amargo sabor de la derrota estratégica de Estados Unidos. Destruye competidores con la pretensión de aumentar sus exportaciones de GNL, crudo y derivados, pero en buena medida ha logrado hacerlo a costa del derroche de sus reservas de hidrocarburos. Trump sueña con duplicar las exportaciones estadounidenses de gas de esquisto (¡drill baby, drill!, exclama) pero, más bien, al contrario, su producción —tradicional y de shale— va a la baja, irremediablemente [6].
Mediante la guerra en Ucrania e Irán y su deseada expansión a toda Europa y al conjunto del llamado Oriente Medio, además de futuros bloqueos y choques marítimos y terrestres, querrían desmembrar los circuitos financieros, comerciales y de inversión a lo largo de la ruta de la seda y torpedear las bases del orden multipolar en ascenso. Sin embargo, la OTAN en su conjunto ha sido estrepitosamente derrotada por Rusia en Ucrania, y de manera por demás humillante, Estados Unidos e Israel han sido materialmente aplastados en Asia Occidental, donde 16 bases militares estadounidenses fueron reducidas a escombros y la gran base militar conocida como Israel fue inutilizada casi por completo.
Washington quisiera mantener al dólar como la divisa Fiat dominante, atrayendo hacia sus bóvedas todo el capital posible para financiar el soñado redespliegue de su infraestructura y la reindustrialización de su territorio, teniendo como punta de lanza al sector tecnológico y de inteligencia artificial. Pero, la cruda realidad es muy diferente a los sueños guajiros. Lo cierto es que Estados Unidos se ha convertido en un insaciable devorador de dinero y recursos, de tal modo que su deuda ha crecido exponencialmente en los últimos años hasta colocarse por encima de los 39 billones (trillions) de dólares, con un servicio tan astronómico que le roba el efectivo necesario para fabricar las armas y las municiones que ya se le acabaron.
Notas:
[1] Richard Medhurst, “Cómo Estados Unidos llevó a cabo un robo armado al suministro energético mundial y creó el Petrogás-dólar”, publicado en Substack el 1° de mayo de 2026.
[2] Para tener idea de este orden de magnitud, basta con recordar que la capacidad total instalada en México para la generación de energía eléctrica es de alrededor de 90 GW.
[3] Es tan desproporcionadamente demencial el impulso artificial de la burbuja financiera (GNL-electricidad-centros de datos-IA-tecnológicas), que en Utah la población está manifestándose masivamente en contra de la construcción de un monstruoso centro de datos, que ocupará un terreno de 161 kilómetros cuadrados (dos veces el área de Manhattan), consumirá el doble de energía eléctrica que usa todo el estado, contaminará el ambiente y gastará enormes cantidades de agua en una región que padece graves sequías. Ver Daniel Mayakovsky en X @DaniMayakovsky https://x.com/i/status/2052306734492815687
[4] Se incluyen las dos categorías: Information Technology y Communication Services. Fuente: Centro Schwab de Investigación Financiera, Índices S&P Dow Jones, al 31 de marzo de 2026. Ver también Ponderaciones sectoriales del ETF iShares Core S&P 500 (IVV), misma fecha.
[5] Xinhua en Español, “Trump presume que Armada de EE. UU. actúa «como piratas» en bloqueo de puertos iraníes”, publicado el 3 de mayo de 2026.
[6] Art Berman, “Draining America First — The Beginning of the End for Shale Gas”, publicado en artberman.com el 23 de enero de 2024.
Alberto Carral es un reconocido economista, analista y autor mexicano especializado en planeación prospectiva, diseño de estrategias y análisis geopolítico.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


