La tecnología contemporánea suele presentarse ante nosotros como un ente etéreo, una abstracción de algoritmos y flujos de datos que parecen flotar por encima de la realidad tangible. Sin embargo, para un análisis geopolítico riguroso, esta ilusión es peligrosa.
Entender el poder hoy exige, obligatoriamente, descender a las capas geológicas y los procesos químicos que sostienen la innovación del nuevo ciclo tecnológico. La historia no es solo una crónica de ideas, sino un registro de la memoria material del poder, que muestra una sucesión de ciclos en los que la hegemonía se define por la capacidad de procesar la naturaleza. La máquina de vapor y el carbón no fueron meros inventos, fueron los cimientos del Imperio Británico. Del mismo modo, el petróleo no fue solo un combustible, sino el eje de un entramado industrial-militar que permitió a Estados Unidos dictar las reglas del siglo XX. El desplazamiento actual del eje gravitacional hacia China no es una casualidad geográfica ni un accidente del destino, sino una profunda reconfiguración del metabolismo de la economía global. Es evidente la evolución al observar la relación intrínseca entre el recurso clave y la potencia que logra domesticarlo y engranarlo en las cadenas globales de valor. La nueva organización económica nos sitúa frente a una nueva lógica donde el poderío ya no se mide solo en barriles, sino en la capacidad técnica de integrar elementos de la tabla periódica en la estructura misma de la vida social.
La dependencia material dicta las jerarquías de la economía global. Cuando un material se transforma en el eje de un ciclo tecnológico, su control define quién ostenta la capacidad de producir y quién queda relegado a la extracción, la periferia, por ejemplo. Lo que presenciamos hoy es una metamorfosis en el que el nuevo metabolismo adiciona y superpone recursos para poder funcionar. Pensar los ciclos tecnológicos supone, también, pensar los recursos naturales que los hacen posibles. Dicho de otro modo, implica observar la organización metabólica, es decir, la manera en que cada época articula la vida social con la naturaleza y convierte ciertos materiales en soportes privilegiados de su movimiento. A lo largo de la historia económica, distintos recursos han ocupado ese lugar estratégico. Hoy, ese centro de gravedad parece desplazarse hacia los minerales estratégicos, cuya extracción y, sobre todo, cuya refinación se concentran de manera creciente en China.
La gravitación que hoy tiene China en el circuito global de los minerales no puede explicarse únicamente por el crecimiento de su aparato productivo ni por la consistencia de una estrategia económica de largo aliento. Debe leerse también a la luz del desmontaje progresivo del aparato industrial estadounidense, promovido por un capitalismo cada vez más financiarizado, que fue desplazando la ganancia productiva en favor de la rentabilidad inmediata. En ese viraje, el capital financiero reorganizó la estructura y la dirección económica para reducir costos, elevar dividendos y sostener la valorización bursátil. El resultado fue un reordenamiento territorial de la producción, orientado hacia espacios donde las dos grandes fuentes de riqueza, el trabajo y la naturaleza, podían ser apropiadas a menor costo para inflar los balances bursátiles en los mercados financieros.
Es por ello por lo que la preeminencia de China expresa el reverso de una tragedia autoinfligida en Occidente. Durante décadas, el capitalismo estadounidense sucumbió a una financiarización agresiva que canibalizó su propio aparato industrial en busca de rentabilidad a corto plazo, ante un proyecto chino que ejecutaba una estrategia económica de largo aliento, enfocada en la soberanía productiva y el control físico de las cadenas de valor.
La reorganización dictada por el capital financiero condujo al núcleo central del capitalismo occidental, la gran corporación hacia tres imperativos sistémicos: la reducción drástica de costos operativos mediante la externalización de la producción a territorios con menores estándares regulatorios, la elevación de los dividendos para los accionistas, y el sostenimiento de la valorización bursátil a corto plazo, sacrificando la estabilidad estratégica y las inversiones productivas o en investigación y desarrollo. El repliegue industrial de Occidente creó una oportunidad que China aprovechó con una mirada estratégica, preparándose para el momento en que la digitalización y la transición energética demandaran una base material que Estados Unidos ya no podía proveer por sí mismo.
No obstante, todo tiene su contraste oculto al menos en lo que respecta a los minerales estratégicos. El precio de ser la potencia en el control de estos elementos de la tabla periódica se puede ver manifestado en el enclave de Baotou, China, cuya realidad es el testimonio físico de la última etapa del metabolismo en términos de economía ecológica: la excreción. Ahí encontramos un paisaje dominado por un lago de lodos tóxicos, resultado de la refinación de tierras raras. Lo que hoy representa un desastre ecológico no fue un accidente, sino una decisión deliberada, causada, por un lado, por la externalización de Occidente de los daños ambientales para mantener la limpieza de su propio entorno mientras consumían el producto final del proceso de refinación, al ser menos costoso comprar los insumos que producirlos internamente y asumir los riesgos ecológicos. Es por ello por lo que el ascenso de Baotou es inseparable del cierre de la mina Mountain Pass en California, que en los años 90 dejó de operar porque sus costos y riesgos ecológicos eran intolerables para una economía que prefería la rentabilidad bursátil sobre la resiliencia material. Hoy, la ironía es notoria. Estados Unidos intenta reactivar Mountain Pass bajo la etiqueta de seguridad nacional, un intento desesperado y tardío por revertir un problema que ellos mismos crearon al tratar a la industria como un estorbo.
Esta situación también pone en evidencia dos modelos contrapuestos de organización económica. Por un lado, el occidental, orientado por la rentabilidad bursátil y la externalización de los daños, bajo la premisa de que el mercado siempre garantizaría el suministro de los recursos necesarios. Por otro, el chino, sostenido por una visión estratégica de largo plazo anclada en la economía real y dispuesto a asumir altos costos laborales y ecológicos para asegurar el control material de esas cadenas productivas. Reducir la lucha actual a una mera competencia por el acceso a las minas es una miopía analítica. Los minerales estratégicos no son solo recursos geográficos, sino el corazón del metabolismo contemporáneo, el insumo productivo indispensable para la digitalización y automatización, la incorporación de nuevas fuentes de energía y el despliegue de la industria tecnológica-militar. La verdadera batalla no se libra en el yacimiento, sino en la capacidad técnica de transformación. China no domina el mundo solo porque tenga las rocas, sino porque controla la refinación, los insumos intermedios y la infraestructura metabólica que convierte el mineral bruto en un componente tecnológico para distintos usos.
También conviene subrayar que la disputa actual no se juega solo en torno al control de los minerales en bruto, sino también en torno al dominio de las industrias que los transforman y los incorporan a la manufactura avanzada. La cuestión, en consecuencia, no pasa únicamente por quién posee los yacimientos, sino por quién controla su procesamiento y las cadenas industriales que dependen de ellos, como ocurre con los semiconductores, decisivos tanto para actividades económicas como para aplicaciones militares. En ese sentido, la competencia contemporánea se sostiene, sobre todo, en la capacidad de procesar la naturaleza para alimentar un nuevo ciclo de acumulación.
La pugna global por los minerales estratégicos es, en última instancia, una lucha por el control de los medios materiales que hoy definen la producción y la supervivencia en el siglo XXI. En ese terreno, la competencia entre potencias se entrelaza con la disputa por dominar los soportes materiales de la producción. Los minerales no solo son indispensables para la transición energética, sino que su procesamiento también resulta decisivo para industrias vinculadas con la automatización, la digitalización y el desarrollo de la inteligencia artificial, en un contexto internacional cada vez más atravesado por la guerra. Esa dimensión, sin embargo, merece un análisis aparte.
Estas reflexiones fueron desarrolladas con mayor amplitud en la presentación “Minerales estratégicos, tecnología y capital financiero en la nueva geografía de la extracción en América Latina y el Caribe”, expuesta en el Seminario Homenaje “Reflexiones sobre América Latina, imperialismo, neoliberalismo y geopolítica a través de la obra de John Saxe-Fernández”.
Héctor López Terán. Economista, Doctorando en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)
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