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Una revisión crítica de las experiencias del movimiento sindical y popular en los países del Sur global, con Irak como modelo

La izquierda, los sindicatos y las organizaciones de masas

Fuentes: Rebelión

Resumen: Los principales puntos planteados en este documento

Los países de Oriente Medio y el Sur Global que viven bajo regímenes autoritarios comparten una única crisis estructural: una debilidad grave y crónica que afecta a sus organizaciones de masas, sindicatos, movimientos feministas y sindicatos estudiantiles, y que se extiende para socavar asimismo la coordinación entre las propias fuerzas de izquierda. Este documento examina esta crisis a través de la experiencia iraquí como una realidad vivida y directa, extrayendo de ella lecciones y preguntas relevantes para contextos similares en la región y en el Sur Global.

El documento también se nutre en parte de una experiencia directa de campo que data del verano de 1992, cuando el esfuerzo por construir un sindicato de trabajadores desempleados en la Región del Kurdistán se enfrentó a una pregunta fundamental que sigue siendo urgente hasta el día de hoy: ¿construimos una amplia organización de masas que represente los intereses de todos, o una fachada ideológica que estrecha su propia base antes incluso de despegar?

El enfoque de construir sindicatos y organizaciones de masas estrechamente vinculados a estructuras partidarias ha producido un panorama caracterizado por una proliferación de pequeñas organizaciones, energías dispersas y una efectividad de masas real cada vez menor. Este enfoque estuvo históricamente justificado durante períodos de represión severa, cuando las condiciones de opresión hacían de la organización centralizada una necesidad absoluta.

No obstante, la revolución digital y los nuevos cambios en la forma en que las personas piensan y se organizan, en particular entre las generaciones más jóvenes criadas en una cultura de organización horizontal y participación directa, exigen ahora una reconsideración fundamental de este enfoque.

A esto deben sumarse desafíos estructurales más profundos, en particular la naturaleza rentista de la economía, que restringe el espacio para la organización sindical independiente, y el papel de ciertas organizaciones donantes internacionales en la promoción de modelos de “sociedad civil” que evitan cuestionar las estructuras económicas centrales y debilitan los sindicatos con orientación de clase.

En contraste con este diagnóstico, el documento se apoya en experiencias sindicales efectivas de Túnez, Brasil, Sudáfrica, India y Dinamarca, que en su conjunto demuestran que las organizaciones de masas y los sindicatos independientes, cuando están genuinamente arraigados en sus bases sociales y liberados de la afiliación partidaria estrecha, pueden actuar como palancas reales de cambio social y político en momentos decisivos.

Este documento sostiene que la renovación de la izquierda y la construcción de su verdadera fortaleza popular requieren una reconsideración fundamental que descanse sobre tres pilares complementarios: en primer lugar, construir sindicatos progresistas independientes, federaciones y organizaciones de masas fundamentados en convenciones internacionales de derechos humanos, derechos laborales y derechos de las mujeres, antes que en programas de partido; en segundo lugar, la participación activa de individuos de izquierda dentro de estas organizaciones como personas comprometidas con los intereses de sus sectores y no como representantes de sus partidos; y en tercer lugar, construir amplios marcos de coordinación y alianza entre las diversas fuerzas de izquierda que trasciendan las diferencias ideológicas secundarias hacia un proyecto unificado de cambio que abarque partidos de izquierda y progresistas, organizaciones, sindicatos y movimientos de masas.

Este documento no pretende ofrecer una receta lista para usar ni una hoja de ruta completa. Los detalles de implementación y los mecanismos para comenzar requieren un diálogo colectivo abierto entre las fuerzas de izquierda, el movimiento sindical y las propias organizaciones de masas. En esencia, esta es una invitación a abrir ese diálogo y nutrirlo con preguntas serias.

Para el texto completo y más detalles, continúe leyendo a continuación.

De la necesidad histórica a las preguntas de reconsideración y renovación

La izquierda en la mayoría de los países de Oriente Medio y el Sur Global que viven bajo regímenes autoritarios padece un problema estructural común, que se manifiesta en la debilidad grave y crónica y la fragmentación que afecta a las organizaciones de masas, en particular los sindicatos, las federaciones profesionales, las organizaciones feministas y los sindicatos estudiantiles.

Estos regímenes han generado, en contextos similares, condiciones opresivas que empujaron a las fuerzas de izquierda a adoptar formas de organización estrechamente centralizadas bajo el peso de la represión y la persecución. Esto produjo un enfoque basado en la construcción de sindicatos clandestinos y en ocasiones semipúblicos y organizaciones de masas estrechamente vinculados a los partidos políticos, a costa de su independencia y de su capacidad para abrazar bases sociales más amplias.

Las experiencias comparativas en estos contextos revelan que cuando la izquierda aprieta su control sobre sus organizaciones de masas y las convierte en extensiones de su estructura partidaria, puede ganar coherencia ideológica interna e influencia, aunque arriesga perder algo mucho más valioso: el peso social genuino capaz de movilizar a las personas en los momentos decisivos.

La justicia exige reconocer que el modelo del sindicato afiliado al partido y la organización de masas no fue erróneo en todas las circunstancias. Desempeñó un papel central en ciertas fases históricas que no pueden negarse, particularmente durante períodos de crecimiento de la izquierda y ascenso de las masas, cuando la centralización organizativa era una necesidad impuesta por las realidades represivas y por la necesidad de mantener la cohesión y proteger a los cuadros. Los sindicatos y federaciones afiliados de esas fases pudieron servir como incubadoras eficaces para el trabajo sindical y de masas en condiciones de extrema dificultad.

Con todo, el tiempo ha cambiado de manera fundamental, y con él los mecanismos del pensamiento y la organización de masas. Las personas de hoy, en especial las nuevas generaciones criadas en una cultura de acceso instantáneo a la información, organización horizontal y participación directa en la toma de decisiones, ya no aceptan ser movilizadas al servicio de una agenda partidaria específica, por más sinceras que sean sus intenciones.

El poder popular real hoy no se construye mediante decretos organizativos; se construye mediante el arraigo en la vida cotidiana de las personas y mediante la representación honesta y efectiva de sus intereses, independientemente de sus afiliaciones intelectuales o políticas.

Esta lectura busca estimular un debate serio en torno a la necesidad de revisar el modelo del “sindicato afiliado y la organización de masas lealista”, y explorar un modelo alternativo que descanse sobre tres pilares complementarios: en primer lugar, construir sindicatos progresistas genuinamente independientes, federaciones y organizaciones de masas fundamentados en convenciones internacionales antes que en programas de partido; en segundo lugar, la participación activa de individuos de izquierda dentro de estas organizaciones como personas comprometidas con los intereses de sus sectores antes que como representantes de sus partidos; y en tercer lugar, construir amplios marcos de coordinación y alianza entre las diversas fuerzas de izquierda que trasciendan las diferencias ideológicas secundarias hacia un proyecto unificado de cambio.

Este documento examinará el caso iraquí como una experiencia vivida y directa, antes que como un modelo teórico abstracto, extrayendo de él lecciones y preguntas relevantes para contextos similares en la región y en el Sur Global. En Irak específicamente, este problema se manifiesta de manera aguda, pues las fuerzas de izquierda se vieron obligadas a lo largo de la mayor parte de su historia a operar bajo regímenes dictatoriales sucesivos, en particular el régimen baasista que gobernó el país entre 1968 y 2003, generando un legado organizativo cuya sombra sigue proyectándose sobre el presente.

Las nuevas condiciones que siguieron a las transformaciones políticas y la caída de aquella dictadura, y la existencia de un margen relativo de libertades y actividad pública pese a la autoridad de las milicias religiosas y nacionalistas, llaman ahora a una reconsideración calmada y constructiva de este enfoque, y a una reflexión seria sobre modelos organizativos más abiertos e independientes, capaces de abrazar bases sociales más amplias y representar sus intereses con mayor profundidad y honestidad.

Esta reconsideración cobra mayor importancia cuando recordamos la amarga experiencia con los sindicatos amarillos manipulados políticamente, es decir, sindicatos creados o controlados por regímenes dictatoriales para servir a sus propios fines, durante los períodos dictatoriales en Irak y en toda la región, donde fueron transformados en instrumentos de control y sometimiento antes que en representaciones de los intereses de las personas.

Este legado sigue vivo en la memoria colectiva. Las autoridades gobernantes en Bagdad y en la Región del Kurdistán continúan siguiendo el mismo patrón con sus sindicatos oficiales lealistas, lo que hace de la presentación de un modelo alternativo fundamentado en la independencia genuina, el liderazgo colectivo, la democracia interna y el pluralismo intelectual una necesidad urgente para restaurar la confianza popular y ampliar la esfera de influencia.

De la afiliación orgánica a la independencia

Después de 2003, la mayoría de las organizaciones de izquierda se afanaron en mantener y establecer sus propios sindicatos, federaciones y organizaciones. Esto condujo con frecuencia a una proliferación de organizaciones y sindicatos dentro del mismo sector y, en algunos casos, resultó en organizaciones duplicadas dentro de un mismo partido como consecuencia de divisiones internas o de la competencia por roles en la masa. El resultado fue un panorama de masas caracterizado por energías dispersas, múltiples nombres y una efectividad real cada vez menor sobre el terreno.

Esta realidad invita a una reflexión calmada y constructiva sobre el precio que las organizaciones de masas han pagado en términos de su posición representativa como consecuencia de esta afiliación orgánica. Un sindicato estrechamente vinculado a una organización concreta tiene genuinas dificultades para acoger a trabajadores en toda su diversidad intelectual, nacional, religiosa y política, por lo que su esfera de influencia se estrecha y queda confinada a un estrato específico.

Del mismo modo, las organizaciones feministas orgánicamente ligadas a un partido concreto encuentran genuinas dificultades para atraer a mujeres de diferentes bagajes políticos e intelectuales, por más sinceras que sean las intenciones de sus dirigentes. Los sindicatos estudiantiles se convierten gradualmente en arenas para las rivalidades entre partidos, donde los estudiantes pierden su espacio independiente y pueden sentir que están siendo reclutados políticamente antes que actuando como participantes en un movimiento que represente verdaderamente sus intereses.

La propuesta aquí no es abandonar el trabajo de masas ni retirarse de él, sino elevarlo hacia modelos más independientes y más ampliamente representativos. Participar en la construcción de un único sindicato progresista independiente fuerte que englobe a decenas de miles supera en su valor social y basado en derechos a docenas de pequeñas organizaciones dispersas, porque un gran sindicato independiente posee el peso y la credibilidad que le permiten defender eficazmente los intereses de sus miembros y confrontar las violaciones con una voz más alta y un impacto más profundo.

Los individuos de izquierda que trabajan dentro de estos sindicatos como personas comprometidas con los intereses de sus sectores pueden adquirir una influencia social y política más profunda que la que obtendrían liderando organizaciones afiliadas de impacto limitado, y todo ello en última instancia sirve al propio proyecto de izquierda.

Una experiencia personal que viví en el verano de 1992 revela la profundidad y las raíces de este problema. Cuando nos reunimos con varios camaradas de izquierda y trabajadores desempleados para construir un sindicato de desempleados en la Región del Kurdistán, el primer desacuerdo que surgió entre nosotros no fue sobre la estructura organizativa ni los mecanismos de trabajo, sino sobre la propia declaración fundacional. Algunos camaradas propusieron una declaración saturada de lenguaje ideológico de izquierda como imperialismo, socialismo y similares.

Yo no estaba de acuerdo con ellos y sostenía que lo que buscábamos era construir un sindicato para todos los desempleados, de cualquier idea y orientación, no un sindicato para los desempleados de la izquierda únicamente. Nos enfrentamos a una elección fundamental: ¿construimos una amplia organización de masas que exprese los intereses de todos, o construimos una fachada ideológica que estrecha su propia base antes incluso de ponerse en marcha? Esa pregunta, planteada en el verano de 1992, sigue en el corazón del problema que estamos discutiendo hoy.

Débil coordinación, fragmentación y su impacto en la lucha de masas, los sindicatos y las federaciones

El problema de la fragmentación en los sindicatos y las organizaciones de masas no puede abordarse al margen de un fenómeno más profundo e influyente: el estado de débil coordinación y trabajo conjunto que ha pesado sobre el curso de las fuerzas de izquierda y las ha cargado en momentos decisivos.

La fragmentación de masas que observamos en el panorama sindical y organizativo refleja, en parte, una fragmentación política y organizativa previa, manifestada en la multiplicidad de organizaciones de izquierda y la divergencia de sus posiciones en ciertos temas. Esta divergencia es en sí misma natural y legítima, pero cuando se convierte en tensión y conflicto que socava el trabajo conjunto, proyecta su pesada sombra sobre todo el espacio de masas.

Desde finales del siglo pasado, las fuerzas de izquierda iraquíes han enfrentado el desafío de alcanzar un nivel mínimo de coordinación conjunta en los momentos decisivos. Las diferencias sobre posiciones políticas, que van desde el trato con la ocupación hasta las posturas sobre el proceso político y las evaluaciones de las experiencias de izquierda, en ocasiones pasaron de un debate intelectual productivo que acoge el desacuerdo a una tensión que dificultó la cooperación sobre el terreno, pese a los muchos puntos de convergencia.

El impacto masivo de esta realidad fue palpable: las tensiones internas debilitaron la capacidad de la izquierda para presentarse de manera unificada ante las personas que contaban con ella como portadora de un proyecto de cambio.

Esta realidad se reflejó directamente en las organizaciones de masas y sindicales. Cuando las fuerzas de izquierda se alejan en sus posiciones, los sindicatos y las federaciones no escapan al efecto de ese alejamiento, encontrándose en ocasiones ante rivalidades que dispersan su energía y las desvian de su tarea original de defender los derechos de sus miembros. En lugar de dirigir los esfuerzos a confrontar las violaciones y exigir derechos, esos esfuerzos se drenan a veces en conflictos internos entre las propias fuerzas de izquierda, y en disputas que no sirven ni a los trabajadores ni a sus intereses.

La ausencia de coordinación también generó un patrón de competencia dentro de la misma esfera de masas antes que de expansión hacia nuevos sectores sociales que las fuerzas de izquierda aún no habían alcanzado. El resultado fue que el panorama de masas permaneció limitado en alcance pese a la multiplicidad de organizaciones, porque esta multiplicidad no siempre condujo a distribuir el trabajo y abordar distintos estratos; en cambio, llevó a la superposición y la repetición en el mismo territorio.

Existe una paradoja dolorosa que merece reflexión: la izquierda enarbola la bandera de la unidad entre las masas trabajadoras, sin embargo este enfoque organizativo ha llevado involuntariamente a la dispersión de la lucha y los esfuerzos compartidos, y al debilitamiento del movimiento sindical y de masas sobre el terreno.

En este contexto, se hace evidente el valor estratégico de construir organizaciones de masas y sindicatos genuinamente independientes, pues constituyen el espacio en el que individuos de izquierda pertenecientes a diferentes organizaciones pueden trabajar codo a codo en torno a intereses comunes claros y puntos de convergencia. Los sindicatos y federaciones independientes imponen su propia lógica, fundamentada en la defensa de los derechos, y esta lógica trasciende las diferencias ideológicas a la hora de confrontar el despido arbitrario, recuperar un derecho adquirido, elevar los salarios o exigir más derechos e igualdad.

Las experiencias de los movimientos sindicales y de masas en contextos similares revelan que el trabajo conjunto dentro de sindicatos y federaciones independientes consolida gradualmente una cultura de cooperación y construye poder popular colectivo sobre el terreno, lo que a su vez tiene un efecto positivo en el clima de relaciones entre las propias fuerzas de izquierda.

Lecciones de experiencias sindicales efectivas

La experiencia histórica y contemporánea revela que los sindicatos progresistas independientes efectivos han sido con frecuencia un factor central en el cambio social y político, y que su fortaleza no derivó de su afiliación a este o aquel partido, sino de su genuino arraigo en sus bases de trabajadores y populares.

En Túnez, la Unión General Tunecina del Trabajo (UGTT), pese a las reservas existentes, desempeñó un papel central en el derribo de la dictadura en 2011. Proporcionó un marco institucional para el diálogo nacional en su estela y logró en grado significativo convertir las protestas populares en demandas organizadas. Su peso popular, arraigado en amplios sectores de trabajadores y profesionales, fue precisamente lo que le otorgó la capacidad negociadora que todos los partidos políticos juntos fueron incapaces de igualar.

En Sudáfrica, el Congreso de Sindicatos de Sudáfrica (COSATU) formó un pilar fundamental en la lucha contra el sistema del apartheid, y demostró que los sindicatos independientes fuertes pueden servir simultáneamente como frente de defensa de los derechos laborales y como plataforma de lucha por la dignidad humana, la liberación y la igualdad, sin ser absorbidos por ningún partido político en particular.

En Brasil, un movimiento sindical independiente emergió a finales de la década de 1970 en el sector de fabricación de automóviles, liderado por trabajadores de las fábricas de São Paulo en confrontación con la dictadura militar. Este movimiento demostró que la huelga organizada es un instrumento eminentemente político cuando está respaldada por un sindicato progresista genuinamente arraigado en su base popular. Dio origen posteriormente al Partido de los Trabajadores, que llegó al poder, en un modelo singular de construcción de poder político genuino desde el trabajo sindical de base.

En India, los sindicatos de mineros y trabajadores textiles vincularon históricamente la lucha laboral cotidiana por salarios y condiciones de trabajo con el cambio social más amplio. Demostraron que un sindicato capaz de abrazar a las masas populares en toda su diversidad religiosa, étnica y de clase puede trascender la demanda económica estrecha y transformarse en una fuerza de cambio social profundo. (Véase: India Labour Movement)

En cuanto a las experiencias contemporáneas en democracias occidentales, la izquierda danesa ofrece un modelo sobre el que vale la pena reflexionar, aunque tampoco está exento de considerables reservas. En Dinamarca, los partidos de izquierda y socialistas ya no tienen la opción de construir sus propios sindicatos o sindicatos lealistas, dado que la principal confederación sindical es una entidad independiente y poderosa.

Esto ha convertido el trabajo dentro de los sindicatos independientes y la participación activa en sus estructuras en el camino práctico para avanzar orientaciones radicales y progresistas desde dentro, a través de la persuasión, la práctica y la lucha sobre el terreno en diversos sectores. Esta trayectoria ha producido sindicatos de genuino peso popular, mientras que las fuerzas de izquierda dentro de ellos adquieren una influencia social y política más profunda que la que jamás podrían haber obtenido liderando simplemente pequeñas organizaciones lealistas afiliadas a sus partidos.

Lo que estas experiencias revelan en conjunto es que los sindicatos independientes efectivos y las organizaciones de masas no solo defienden los derechos inmediatos; también son capaces de construir, a lo largo de los años, una cultura organizativa y una capacidad institucional que los convierte en palancas de cambio en los momentos decisivos. Esto es precisamente lo que le faltó a la izquierda iraquí durante el levantamiento de octubre de 2019 y después, y lo que debería constituir la brújula del trabajo de masas de izquierda en el período venidero.

Las convenciones internacionales como fundamento práctico para construir sindicatos y federaciones democráticos independientes

Aquí surge una oportunidad importante que no ha sido aprovechada suficientemente: dirigir los esfuerzos hacia la construcción de sindicatos genuinamente independientes, federaciones profesionales y organizaciones de trabajadores, junto con organizaciones de masas, de derechos humanos y feministas que fundamenten su trabajo en las convenciones internacionales de derechos humanos, derechos laborales y derechos de las mujeres antes que en los programas políticos y orientaciones de las organizaciones de izquierda en este ámbito.

Este enfoque cobra mayor importancia en los países del Sur Global cuyos movimientos sindicales y de masas sufren una debilidad estructural grave, ya que estas convenciones proporcionan un fundamento sólido y una legitimidad moral y jurídica que trasciende las fronteras locales, y otorgan a la lucha sindical una dimensión universal difícil de atacar con acusaciones de sesgo político o ideológico.

Entre estas referencias destaca ante todo la Declaración Universal de Derechos Humanos, que en su artículo veintitres garantiza el derecho al trabajo, a la libre elección de empleo, a condiciones de trabajo justas y favorables, y reconoce explícitamente el derecho de todos a fundar sindicatos y afiliarse a ellos. Complementa este marco el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, ratificado por Irak, que obliga explícitamente a los estados a garantizar las libertades sindicales y proteger a los trabajadores de las violaciones.

Los convenios fundamentales de la Organización Internacional del Trabajo constituyen el pilar práctico más sólido en este contexto, en particular:

  • Convenio n.º 87 sobre la libertad sindical y la protección del derecho de sindicación, que garantiza a los trabajadores sin discriminación el derecho a constituir organizaciones y afiliarse a ellas sin autorización previa de las autoridades;
  • Convenio n.º 98 sobre el derecho de sindicación y de negociación colectiva, que protege a los trabajadores de cualquier injerencia en los asuntos sindicales;
  • Convenio n.º 29 sobre el trabajo forzoso;
  • Convenio n.º 105 sobre la abolición del trabajo forzoso;
  • Convenio n.º 111 sobre la discriminación en el empleo y la ocupación, que prohíbe todas las formas de discriminación en el entorno laboral.

En la cuestión específica de los derechos de las mujeres, la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW) representa la referencia más completa y vinculante, que reconoce los plenos derechos políticos, económicos, sociales y culturales de las mujeres sin reservas. La complementa la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing, considerada hasta hoy uno de los documentos internacionales más completos que abordan los asuntos de las mujeres y los requisitos de su empoderamiento.

Lo que merece subrayarse es que el contenido de estas convenciones corresponde en esencia a lo que todas las fuerzas de izquierda avanzan como demandas en el área de los derechos laborales, los derechos de masas y los derechos de las mujeres, al tiempo que los profundiza y les proporciona un marco jurídico internacional.

Fundamentar la lucha en estas referencias no solo proporciona un marco jurídico y ético sólido para la lucha sindical, de masas y feminista, sino que también contribuye a reducir la sensibilidad en torno a las acusaciones de politización partidaria dentro de los sindicatos, federaciones y organizaciones de masas, porque las demandas se transforman de consignas ideológicas generales en derechos reconocidos internacionalmente que pueden defenderse ante la sociedad y las autoridades por igual.

La economía rentista y las complejidades de la organización sindical

A lo anterior debe sumarse el desafío estructural que plantea la naturaleza rentista de la economía en Irak y en la Región del Kurdistán, una característica compartida por la mayoría de los estados productores de petróleo en Oriente Medio. Esta característica convierte la organización sindical independiente en una cuestión de considerable complejidad que requiere un pensamiento científico riguroso. Cuando una gran proporción de la fuerza laboral depende de los salarios del Estado y del sector público, se establece una relación directa de dependencia con la autoridad que restringe el espacio para la organización independiente y debilita la motivación interna hacia ella.

Las cifras oficiales revelan la profundidad de esta dependencia: los ingresos petroleros representaron aproximadamente el 89% del presupuesto público total de Irak durante los primeros siete meses de 2024, mientras que los datos del primer semestre de 2025 indicaron que el petróleo constituyó aproximadamente el 92% de los ingresos totales del país (FMI Irak 2025; FMI Irak 2024). Esto convierte a Irak en uno de los países más dependientes de un solo recurso en el mundo, y estrecha el espacio para cualquier independencia sindical genuina frente a un Estado que posee tanto instrumentos de castigo como de recompensa.

En las economías productivas, los trabajadores se mueven hacia la organización sindical porque su poder negociador frente a los empleadores privados requiere una acción colectiva organizada. En la economía rentista impera una lógica diferente: la relación se convierte en una entre un ciudadano y un Estado que distribuye renta, lo que transforma las demandas laborales de una lucha por derechos contractuales claros en esfuerzos rodeados de preocupaciones por la seguridad laboral y la estabilidad del sustento.

Quizás el ejemplo más revelador de esto sea lo que ocurrió durante el levantamiento de octubre de 2019 en Irak, esa vasta revuelta popular que sacudió todo el orden político. Los sindicatos existentes fueron incapaces de convertir el impulso de las calles en huelgas laborales organizadas que detuvieran el proceso productivo y obligaran al gobierno a responder. Esto se debió a que la mayoría de los trabajadores que protestaban eran empleados del Estado directamente vinculados a los salarios estatales, que se encontraron ante una ecuación dolorosa: o protestar y cargar con las consecuencias profesionales, o guardar silencio y preservar su única fuente de ingresos.

En la Región del Kurdistán, este patrón se manifiesta con una intensidad aún mayor. Se han presenciado oleadas reiteradas de protestas por retrasos en el pago de salarios, pero estas protestas permanecieron espontáneas, intermitentes e incapaces de transformarse en un movimiento sindical organizado y sostenible. La razón fundamental es que el trabajador kurdo que exige sus derechos sabe al mismo tiempo que depende completamente del mismo gobierno contra el que protesta, lo que convierte la organización sindical independiente en un riesgo personal que el individuo encuentra difícil de asumir en solitario.

Esta realidad ha puesto de manifiesto una necesidad urgente de sindicatos que construyan gradualmente la conciencia de que el derecho sindical no es una rebeldía contra el Estado, sino una garantía de la dignidad del trabajador frente a cualquier autoridad, y que presenten la protección colectiva como alternativa a la fragilidad individual.

Esta realidad llama a la izquierda a desarrollar políticas sindicales diferenciadas que tengan en cuenta la especificidad del entorno rentista, antes que replicar modelos nacidos en contextos económicos distintos. Estas políticas requieren centrarse en la construcción gradual de una conciencia social que sitúe los derechos sindicales y de masas no como una concesión que la autoridad otorga y retira, sino como un derecho inherente garantizado por las convenciones internacionales y exigido por la ciudadanía plena.

Requieren asimismo ampliar el concepto de organización para incluir la exigencia de transparencia en la distribución de la riqueza rentista y la rendición de cuentas de quienes la gestionan. Se trata de demandas que conciernen a todos y pueden trascender las barreras políticas para construir una solidaridad social más amplia.

Las organizaciones donantes internacionales y la cuestión de la independencia

Ningún análisis del panorama de fragmentación sindical y de masas está completo sin hacer referencia al papel de las organizaciones donantes internacionales. La justicia exige reconocer primero que la financiación internacional y la experiencia global han contribuido a apoyar la actividad sindical, de derechos humanos y de masas genuina en diversas fases, y que muchas organizaciones se han beneficiado de este apoyo en la construcción de sus capacidades y la ampliación de su presencia.

Existe, sin embargo, otro lado de este cuadro que merece una reflexión crítica franca, en particular respecto a las organizaciones vinculadas a gobiernos capitalistas occidentales que en última instancia reflejan las políticas e intereses estratégicos de sus países en la región. Se trata de intereses que no se alinean necesariamente con los de las clases trabajadoras y las masas populares que estas organizaciones afirman apoyar.

Muchas de estas organizaciones han dirigido su financiación de maneras que sirven a una agenda de promoción de un modelo particular de “sociedad civil”: un modelo que se centra en la reforma dentro del sistema de clases existente y evita cuestionar las estructuras económicas centrales, al tiempo que marginaliza a los sindicatos y federaciones con una clara orientación de clase y demandas laborales y de masas radicales.

Esto ha conducido a la aparición de organizaciones diseñadas para servir a los requisitos de informes y proyectos más que a las necesidades de sus bases populares, organizaciones que concluyen con el fin del ciclo de financiación y no dejan tras de sí ninguna estructura institucional sólida.

En un nivel más profundo, este patrón de financiación ha contribuido a redibujar el mapa de las prioridades de lucha. Recursos y energías humanas que podrían haberse dirigido a construir un movimiento sindical y de masas independiente fuerte fueron canalizados en cambio hacia actividades y proyectos temporales.

Esto estuvo acompañado en ocasiones del refuerzo del fenómeno de la personalización en sindicatos y organizaciones, donde la relación llegó a existir entre el financiador y personas específicas antes que entre el financiador y la organización como institución colectiva. Esto debilitó las estructuras participativas y convirtió el liderazgo de algunas organizaciones en privilegios personales vinculados al acceso a redes de financiación externa, antes que ser expresión de la confianza de la base popular.

Lo anterior no es un llamado a la hostilidad absoluta hacia toda cooperación internacional. Existe una solidaridad internacional genuina con los movimientos laborales, sindicales, de masas y feministas, encarnada en organizaciones internacionales independientes de trabajadores y de derechos humanos como la Confederación Sindical Internacional y diversas organizaciones de derechos humanos y feministas.

Es, en cambio, un llamado a la conciencia crítica de clase en el trato con la financiación gubernamental occidental, y a mantener firme el principio de que las prioridades del movimiento sindical y de masas deben surgir de las necesidades de los trabajadores y el pueblo antes que de las condiciones de los financiadores, y que la independencia en la toma de decisiones es una condición no negociable independientemente del valor de la financiación ofrecida.

Nueva conciencia y la necesidad de reconsideración: hacia una izquierda popular unificada

La ausencia de sindicatos, federaciones y organizaciones fuertes e independientes ha debilitado a la izquierda de maneras que van más allá de lo visible en la superficie. Cuando llegaron los momentos decisivos en la historia de las protestas populares y los levantamientos, la izquierda se encontró en un vacío organizativo doloroso: ningún sindicato capaz de convertir las manifestaciones en huelgas organizadas que obligaran a las autoridades gobernantes de Bagdad y Erbil a responder, ningún movimiento estudiantil unificado con genuino poder institucional, y ninguna organización feminista influyente capaz de traducir la ira popular en demandas sostenibles. En lugar de todo ello, decenas de pequeñas organizaciones competidoras con coordinación limitada y conflictos organizativos recurrentes.

Las pasadas décadas han sido testigo de transformaciones fundamentales en la manera en que las personas piensan y se organizan, transformaciones que ninguna fuerza política seria puede ignorar. La revolución digital ha redibujado el mapa del poder y la influencia, permitiendo que las redes horizontales y las iniciativas independientes alcancen una amplia presencia sobre el terreno en tiempo récord. Los movimientos de protesta, desde las plazas de Irak hasta los movimientos de justicia social en todo el mundo, han demostrado que la organización horizontal flexible es capaz de generar enorme energía movilizadora que las estructuras excesivamente centralizadas no pueden igualar.

A esto debe sumarse un profundo cambio en los sistemas de valores de las nuevas generaciones hacia el pluralismo intelectual, la transparencia y el rechazo de la centralización excesiva. Los jóvenes de hoy han crecido en una cultura de acceso instantáneo a múltiples fuentes de información, poseen una alta capacidad crítica y comparativa, y colocan la transparencia en la toma de decisiones y la rendición de cuentas en el uso de los recursos como condiciones básicas para otorgar su confianza a cualquier organización.

También se ha presenciado un aumento claro en los modelos de liderazgo colectivo participativo. Las experiencias exitosas en los movimientos sociales contemporáneos demuestran que el liderazgo distribuido que emerge desde dentro de los grupos es más sostenible y menos frágil que el modelo de liderazgo central individual.

A la luz de todas estas transformaciones en conjunto, las personas, especialmente los jóvenes hombres y mujeres en las plazas de protesta, ya no confían en los sindicatos de fachada y las organizaciones afiliadas a partidos. Prefieren formas horizontales de organización e iniciativas independientes que respeten su independencia intelectual, permitan la participación genuina en la toma de decisiones y se relacionen con la diversidad como una riqueza antes que como una carga.

Existen segmentos crecientes, particularmente entre los jóvenes, que muestran un malestar creciente con el trabajo partidario tradicional. Este fenómeno merece reflexión y estudio serios para entender sus raíces y analizarlo con rigor, antes que recibirlo con rechazo y condena. Esto impone a la izquierda la necesidad de desarrollar formas de organización más democráticas, colectivas y flexibles.

Esta nueva lógica puede abrir ante la izquierda una genuina oportunidad de renovación intelectual y organizativa y de ampliación de su base social. La elección ya no es entre construir una fachada lealista o abandonar el trabajo de masas; es entre continuar en la fragmentación o transitar hacia la construcción y el apoyo de sindicatos y federaciones progresistas independientes fuertes en los que individuos de izquierda de todas las orientaciones trabajen juntos.

El camino hacia la unidad genuina sobre el terreno pasa por dos vías complementarias, ninguna de las cuales puede sostenerse sin la otra:

Primera vía: Trabajo sindical y de masas. Participación colectiva en la construcción de sindicatos progresistas independientes fuertes, federaciones y organizaciones de masas que reúnan a todos independientemente de sus afiliaciones intelectuales, nacionales o religiosas, en torno a sus intereses comunes y demandas vitales. Dentro de estas organizaciones independientes, los individuos de izquierda pueden aportar lo mejor de lo que tienen: los valores de la justicia social, la solidaridad y la lucha por la dignidad humana y la igualdad.

Segunda vía: Trabajo político y organizativo. Coordinación y trabajo conjunto a nivel de partido y político a través de diversos marcos de alianza, a nivel del país o las provincias o en torno a demandas específicas, como pasos graduales hacia la construcción de un amplio marco progresista unificado de múltiples plataformas de izquierda que abarque todas las fuerzas de izquierda y progresistas junto con sindicatos, organizaciones laborales y movimientos de masas según los puntos de convergencia actuales. Cambiar la situación en Irak y en la Región del Kurdistán requiere movilizar todas esas energías en un único proyecto coherente.

Merece subrayarse que este documento no pretende ofrecer una hoja de ruta lista para usar ni una receta organizativa completa. Los pasos prácticos, los mecanismos para comenzar y los detalles de implementación en distintos contextos son, en esencia, asuntos que requieren un diálogo colectivo abierto entre las fuerzas de izquierda, el movimiento sindical y las propias organizaciones de masas.

El propósito primordial de esta lectura es estimular este diálogo y nutrirlo con preguntas serias, con la esperanza de que conduzca a un debate intelectual y práctico que contribuya a desarrollar la visión y construir respuestas compartidas.

Ese es el significado del trabajo de masas genuino en nuestra era: servir a los trabajadores de mano y mente, construir y unir su poder, y participar en cambiar sus vidas para mejor, encarnando los valores de la izquierda en la práctica cotidiana antes que en el discurso político únicamente.

La fortaleza real de la izquierda reside no solo en sus propuestas intelectuales y posiciones políticas, sino en su capacidad para construir instituciones independientes, de largo alcance y progresistas, arraigadas en la vida cotidiana de las personas, capaces de defender sus intereses y derechos, y de convertir sus energías sociales en una verdadera fuerza de cambio que abra el camino hacia la alternativa socialista.

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Referencias

Experiencias sindicales

  1. Túnez: El papel de la Unión General Tunecina del Trabajo (UGTT) en la Revolución de 2011 y la transición democrática https://internationalviewpoint.org/spip.php?article5575
  2. Sudáfrica: La formación de COSATU y su papel en la lucha contra el apartheid https://sahistory.org.za/article/congress-south-african-trade-unions-cosatu
  3. Brasil: El movimiento sindical independiente y la formación del Partido de los Trabajadores https://en.wikipedia.org/wiki/Workers%27_Party_%28Brazil%29
  4. India: Historia del movimiento obrero y su conexión con el movimiento de liberación nacional https://thelaw.institute/introduction-to-law/india-labour-movement-historical-overview/
  5. Dinamarca: La Confederación Sindical Danesa https://en.wikipedia.org/wiki/Danish_Trade_Union_Confederation

La economía rentista de Irak

  1. Fondo Monetario Internacional, Consulta del Artículo IV sobre Irak 2025 https://www.imf.org/en/news/articles/2025/07/08/pr-25243-iraq-imf-executive-board-concludes-2025-article-iv-consultation
  2. Fondo Monetario Internacional, Informe sobre Irak 2024 https://www.imf.org/en/news/articles/2025/05/15/mcs-iraq-concluding-statement-of-the-2025-imf-article-iv-mission

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.