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Reseña de «El perro que interrumpió el desfile», de José Baroja

Fuentes: Rebelión

En la última década, la palabra «orden» se ha convertido en uno de los conceptos políticos más exitosos de América Latina. En un continente donde, según datos de la CEPAL, más de 180 millones de personas viven en condiciones de pobreza y donde las tasas de homicidio continúan siendo de las más altas del mundo, amplios sectores de la población han comenzado a percibir la seguridad y la estabilidad como bienes escasos. Sobre ese terreno han crecido proyectos políticos que prometen restaurar la autoridad del Estado, fortalecer a las fuerzas armadas, ampliar las capacidades policiales y limitar aquello que presentan como excesos del conflicto democrático. Desde la experiencia de Nayib Bukele en El Salvador hasta el ascenso de nuevas derechas en Argentina, Chile o Brasil, la demanda de orden ha pasado a ocupar un lugar central en el debate público.

No se trata de una novedad histórica. América Latina ha conocido numerosas promesas de orden. Las dictaduras del Cono Sur prometieron orden frente al caos político. Los regímenes oligárquicos del siglo XIX prometieron orden frente a las masas populares. Incluso buena parte de las reformas neoliberales de finales del siglo XX se justificaron en nombre de la estabilidad y la gobernabilidad. Lo que cambia son los contextos; lo que permanece es la pregunta por los límites de esa aspiración. Porque toda sociedad necesita cierto grado de orden para funcionar, pero cuando el orden deja de ser un medio y se transforma en un fin en sí mismo, la libertad suele convertirse en la primera víctima.

Es precisamente desde esa tensión donde adquiere interés la lectura de Campos de Marte, uno de los cuentos incluidos en El lado oscuro de la sombra y otros ladridos de José Baroja. Lejos de construir una alegoría explícita sobre el poder, el relato se concentra en una escena aparentemente trivial: el ensayo de un desfile militar alterado por la irrupción inesperada de un perro callejero. Sin embargo, la sencillez de la anécdota es engañosa. Como ocurre en los mejores relatos breves, la situación concreta permite observar mecanismos sociales mucho más amplios.

Los desfiles militares constituyen una de las expresiones simbólicas más visibles del orden estatal. Su función no consiste únicamente en exhibir capacidad operativa o equipamiento. También buscan producir una determinada imagen de la sociedad. La sincronización de los movimientos, la uniformidad de los cuerpos y la subordinación de cada individuo a una estructura jerárquica transmiten un mensaje inequívoco: la comunidad funciona porque cada pieza ocupa el lugar que le corresponde.

No es casual que estas ceremonias hayan adquirido una relevancia especial en los períodos de crisis. Durante los años posteriores al estallido social chileno de 2019, por ejemplo, diversos sectores políticos insistieron en la necesidad de recuperar el principio de autoridad. Algo similar ocurrió en Ecuador tras la escalada de violencia vinculada al narcotráfico o en Argentina durante los debates sobre seguridad urbana. Cuando las sociedades perciben incertidumbre, los símbolos del orden adquieren una capacidad de seducción extraordinaria.

El cuento de Baroja introduce entonces un elemento disruptivo. En medio de una representación cuidadosamente organizada aparece un perro que no comprende jerarquías, reglamentos ni protocolos. Su presencia no responde a una voluntad política ni a una estrategia de confrontación. Simplemente atraviesa el escenario. Sin embargo, basta ese gesto para alterar momentáneamente la lógica del espectáculo.

La reacción de los soldados constituye uno de los aspectos más interesantes del relato. Durante unos segundos, la atención abandona la ceremonia y se dirige hacia el animal. Algunos sonríen. Otros parecen distraerse. La escena recuerda una observación frecuente de Hannah Arendt: ningún sistema de autoridad logra eliminar completamente la espontaneidad humana. Por más disciplinadas que sean las instituciones, siempre existe una dimensión de la experiencia que escapa al control.

La cuestión resulta especialmente significativa en América Latina, una región cuya historia reciente se encuentra atravesada por proyectos políticos que buscaron convertir la disciplina en un valor absoluto. Las dictaduras militares del siglo XX no se limitaron a perseguir opositores; intentaron producir sujetos obedientes. La censura, la vigilancia y la represión respondían a una misma lógica: reducir la incertidumbre social mediante el control de la diferencia.

Desde esta perspectiva, el perro de Campos de Marte puede leerse como la representación de aquello que ningún sistema logra domesticar por completo. No simboliza una ideología concreta ni un programa político determinado. Representa algo más elemental: la irrupción de la vida allí donde una estructura pretende funcionar sin fisuras.

Por eso la escena posee una fuerza simbólica más allá del cuento. Mientras buena parte del debate público latinoamericano vuelve a girar en torno a las promesas de orden, la literatura recuerda una verdad sencilla pero fundamental como es que las sociedades no están compuestas únicamente por instituciones, reglamentos y cadenas de mando. También están formadas por seres humanos capaces de dudar, desviarse, improvisar y cuestionar. Cuando esa dimensión desaparece, el orden puede seguir existiendo, pero deja de ser compatible con la libertad.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.