Esta es una traducción al inglés de una entrevista publicada en chino por la Academia China de Ciencias Sociales en 2025 en la revista World Socialist Research.
Michael Roberts, ¡gracias por dedicarnos tu tiempo! ¿Podrías contarnos brevemente cuándo conociste el marxismo y te hiciste marxista, así como la forma en que influyó tu empleo anterior en la City de Londres?
Michael Roberts: Si tienes una visión marxista del funcionamiento del capital financiero, es mucho menos probable que des por sentado que todo irá bien con las inversiones financieras. Una lección que aprendí para los trabajadores y trabajadoras, y que también se aplica a China, es que hay que mantenerse alejado de los mercados financieros. Mejor aún, los fondos de pensiones de las y los trabajadores no deberían depender de las inversiones en bolsa, ya que al hacerlo estos fondos pierden continuamente las aportaciones de los trabajadores . Pero esto también funciona al revés. Entender bien cómo funciona la bestia financiera puede ayudarnos a explicar mejor las fragilidades y las especulaciones del sistema.
¿Cuál crees que es la idea central del marxismo? ¿Cuál es la relación entre el materialismo histórico y la crítica de la economía política?
M. R.: Las ideas centrales del marxismo se pueden resumir en dos conceptos clave.
En primer lugar, la historia de la organización humana desde los tiempos primitivos es la historia de la lucha de clases. La concepción materialista de la historia sostiene que el cambio, para bien o para mal, viene impulsado por los intereses materiales de las clases y, en particular, por los de la clase dominante (señores feudales, empresas capitalistas) y los de la clase trabajadora. Aunque los individuos pueden desempeñar papeles clave en determinados momentos de la historia (decisiones y acciones de reyes o de líderes revolucionarios), en última instancia, el cambio depende de la economía y de las clases. Como dijo Marx: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su antojo; no la hacen en circunstancias elegidas por ellos mismos, sino en circunstancias ya existentes, dadas y transmitidas desde el pasado”.
La segunda idea fundamental es la ley del valor en el capitalismo. El capitalismo es un sistema de producción destinado al beneficio de los propietarios de los medios de producción, que explotan a quienes no poseen nada más que su capacidad para trabajar para ellos. El trabajo crea todas las cosas y servicios que usamos y necesitamos, pero el valor de ese trabajo se lo quedan los dueños de los medios de producción como plusvalor, es decir, más allá de lo que el trabajador recibe por su trabajo. Ese plusvalor se acumula como capital. Nuestras necesidades sociales dependen entonces de si a los capitalistas les resulta rentable o no. Los defensores del capitalismo niegan esta explicación del funcionamiento de la economía moderna, pero es de una claridad convincente.
La teoría de la crisis es una parte importante de la crítica de Marx a la economía política. Ha habido muchos debates entre los marxistas sobre cómo entender la teoría de la crisis de Marx. ¿Qué opinas de la teoría de la crisis de Marx y de la relación entre la sobreproducción, el subconsumo y la tendencia a la caída de la tasa de ganancia?
M. R.: Sí, la teoría de las crisis bajo el capitalismo es muy importante. Los defensores del capitalismo niegan que haya crisis endémicas en la producción capitalista –es decir, caídas periódicas y recurrentes de la producción, la inversión y el empleo–. Para ellos, esas crisis son o bien sucesos aleatorios, casos aislados o el resultado de malas decisiones, especulaciones o negligencia. Los defensores del capitalismo niegan que las crisis sean inherentes al sistema capitalista de producción con ánimo de lucro. Pero la ley del valor de Marx revela por qué las crisis periódicas son endémicas. La producción capitalista solo tiene lugar si se obtienen beneficios, y Marx demuestra que surge una contradicción entre el impulso por producir más y la rentabilidad de esa producción (es decir, los beneficios en relación con el capital invertido). Los capitalistas compiten entre sí para ganar cuota de mercado y hacerse con una mayor parte de los beneficios que se apropian de las y los trabajadores. Para conseguir ventaja, recurren a tecnologías que ahorran mano de obra para reducir costes y aumentar la productividad laboral. Pero Marx argumentó que el beneficio solo proviene del trabajo que se realiza, así que si se invierte cada vez más en máquinas, etc., en relación con la mano de obra, la productividad puede subir, pero a costa de una tendencia a la caída de la rentabilidad. Al final, la rentabilidad puede caer tanto que provoque una caída de los beneficios totales. Entonces los capitalistas dejan de invertir, cierran la producción y despiden a los trabajadores y trabajadoras. El desempleo aumenta a la par que los bienes y servicios no vendidos. Esto es una recesión. Solo se puede solucionar haciendo que la rentabilidad vuelva a subir, y eso requiere despedir a las y los trabajadores que sobran, eliminar las empresas débiles y mantener los salarios bajos. Entonces, todo el proceso puede volver a empezar. Las recesiones son un proceso de limpieza necesario para que el capital se recupere. Marx expone su teoría de las crisis con mayor claridad en El capital, volumen 3, capítulos 13-15.
Sin embargo, muchos marxistas no aceptan que la ley de la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, tal y como se explica en estos capítulos, sea relevante para las crisis del capitalismo. En su lugar, barajan otras dos teorías principales. La primera es la del subconsumo. Esto ocurre cuando las y los trabajadores no pueden comprar todos los bienes y servicios producidos por los capitalistas porque no tienen suficiente dinero. Tanto Marx como Engels rebatieron esta teoría del subconsumo, señalando que los trabajadores y trabajadoras nunca tendrán suficiente dinero para comprar toda la producción que sale al mercado, precisamente porque los salarios no contienen todo el valor creado y realizado, debido a que los capitalistas se han apropiado del plusvalor (la diferencia entre el valor de las mercancías vendidas y los salarios que reciben los trabajadores; en otras palabras, los beneficios). La cuestión es que los capitalistas no necesitan vender todas sus mercancías a los trabajadores y trabajadoras; gran parte de las ventas se dirigen a otros capitalistas (por ejemplo, el acero se vende a los fabricantes de automóviles para fabricar coches, etc.).
La otra teoría alternativa es la de la sobreproducción. Los capitalistas siguen produciendo sin parar para acumular más beneficios, sin tener en cuenta si podrán vender su producción en el mercado. Producen en exceso en relación con la demanda. El problema de esta explicación de las crisis es que no aclara cuándo la producción se convierte en demasiada producción. Puede que nunca ocurra, o que ocurra en cualquier momento. Esta teoría no tiene ninguna lógica. Dicho de otra forma: si la oferta se ajusta a la demanda, ¿puede seguir habiendo una crisis de inversión y producción en el capitalismo? Marx diría que sí, porque la rentabilidad de lo que se produce es lo que decide si los capitalistas invierten o no. De hecho, así es como se desarrollan las crisis. La rentabilidad cae, luego caen los beneficios totales y, entonces, los capitalistas intentan vender más para compensar la caída de los beneficios. Pero eso significa sobreproducción, lo que obliga a los capitalistas a bajar los precios y/o recortar la producción. La sobreproducción es el resultad de la sobreacumulación de capital, es decir, de la caída de la rentabilidad del capital invertido, y no al revés.
En 2020 publicaste el libro Engels 200–His contribution to Political Economy en el que presentaste de forma sistemática la investigación de Engels sobre economía política y su contribución a la economía política marxista. Sin embargo, hay quien opina que la crisis provocada por la caída de la tasa de ganancia es, en realidad, el punto de vista de Engels, y que este exageró o incluso manipuló el análisis de Marx sobre la tendencia a la caída de la tasa de ganancia al editar el volumen III de El Capital. ¿Qué opinas de este punto de vista?
M. R.: Esta opinión la han expresado varios marxistas (en particular, el investigador marxista alemán Michael Heinrich), que afirman haber leído documentos inéditos de Marx que, al parecer, muestran que Engels modificó las palabras de Marx para que la ley de la tendencia a la caída de la tasa de ganancia pareciera más importante. Estos marxistas también sostienen que Marx, en realidad, abandonó esa ley en la década de 1870 y que, por lo tanto, no debería considerarse relevante para la economía marxista ni para la teoría de la crisis.
Pero otros estudiosos han demostrado claramente que Engels no distorsionó de forma significativa el texto de Marx, como los capítulos 13-15 del volumen 3, donde se expone detalladamente la ley de la rentabilidad. Y no hay pruebas de que Marx abandonara la ley en la década de 1870; al contrario, siguió trabajando en ella. Por ejemplo, en la década de 1870, Marx dedicó mucho tiempo a analizar la tasa de ganancia mediante diversas fórmulas matemáticas. Cuando Engels se encargó de editar el volumen 3 de El capital, excluyó el trabajo matemático de Marx sobre la tasa de ganancia, a pesar de que habría confirmado que Marx seguía defendiendo su ley. Todo esto lo explico en mis libros Marx 200 y Engels 200, con todas las referencias.
Los marxistas que defienden esto también han tergiversado la ley del valor de Marx para convertirla en una teoría del dinero, es decir, que el valor no lo crea el trabajo en la producción, sino que solo se realiza al vender las mercancías producidas en el mercado. Así que, si no hay venta, no hay valor. Esa no era la opinión de Marx. El valor es el resultado del esfuerzo del trabajo humano en la producción; la cantidad de ese valor que finalmente se realiza depende de la venta en el mercado. Pero sin la producción mediante el trabajo humano no hay valor alguno. Detrás de esta teoría revisada hay un intento de sustituir la rentabilidad como causa última de las crisis por una teoría de la inestabilidad monetaria o crediticia, similar a la visión de economistas dominantes como Keynes.
Desde tu punto de vista, ¿cuáles son las principales diferencias entre la economía política marxista y otras escuelas económicas (como la economía neoclásica, el keynesianismo, etc.)? ¿Podemos considerar la teoría de la crisis como una diferencia importante o incluso esencial entre la economía política marxista y la economía occidental dominante?
M. R.: La diferencia clave, por encima de todo, es que otras escuelas de economía –incluso las escuelas heterodoxasmás radicales que no aceptan que los mercados sean perfectos– no están de acuerdo con la ley del valor de Marx. No aceptan que la contradicción clave de la producción capitalista sea la producción con fines de lucro, y no la necesidad social, ni que el aumento de la producción acabe entrando en conflicto con el aumento de la rentabilidad, y que eso es lo que conduce a los auges y las caídas, es decir, a las crisis. La escuela neoclásica dominante niega que puedan producirse crisis en mercados bien gestionados o en mercados en los que no interfieran los gobiernos, los monopolios o los sindicatos. Los economistas heterodoxos niegan el papel de la ganancia en las crisis y lo achacan bien a una “falta de demanda” (Keynes), bien a la inestabilidad financiera (Minsky), a los monopolios (Sweezy, Stiglitz) o a una mala regulación.
Y esta es una diferencia crucial, porque todas estas corrientes sugieren que la producción capitalista puede modificarse o corregirse para que el capitalismo funcione mejor. Keynes decía que más gasto público o inyecciones monetarias serían la solución; el heterodoxo Minsky decía: regulad los bancos y las instituciones financieras, y entonces el capitalismo será estable. Estos enfoques reformistas son erróneos tanto teóricamente como empíricamente. La teoría de la crisis de Marx demuestra que el capitalismo no puede reformarse de esa manera. Las crisis son endémicas en el capitalismo porque, en última instancia, están causadas por la caída de la rentabilidad. La única forma de acabar con las crisis es sustituir el capitalismo por una economía planificada bajo propiedad común, es decir, sin capitalistas.
En tu investigación, ¿qué repercusiones tiene la financiarización del capitalismo en la economía real y en la clase trabajadora?
M. R.: Una de las características de los últimos 50 años en las economías modernas del Norte Global ha sido el auge de los sectores financieros, no solo los bancos, sino también los fondos de cobertura, los fondos de inversión, los fondos de seguros, el capital riesgo, las criptomonedas, etc. Cada vez más, los capitalistas han desviado la inversión de sus beneficios acumulados hacia activos financieros y la especulación, en lugar de invertirlos en nuevas tecnologías y sectores productivos. Este es el fenómeno de la financiarización.
Sin embargo, algunos marxistas y otra gente se han quedado tan cautivados por esta evolución que han empezado a afirmar que el capitalismo ha cambiado de naturaleza. Ya no es un sistema de producción con fines de lucro a través de la explotación del trabajo en fábricas, oficinas, etc., sino que ahora es simplemente un sistema financiero-monetario en el que el dinero genera más dinero. Esto significa que las y los trabajadores han perdido su papel como productores de valor en el capitalismo. Ahora los capitalistas pueden obtener valor solo con trucos monetarios. El capitalismo se ha convertido en capital financiero, que domina al capital productivo.
Esto no tiene ni pies ni cabeza. Aunque los beneficios financieros en algunas economías, como EEUU y el Reino Unido, son grandes –digamos que llegan hasta el 25% de los beneficios totales–, la gran mayoría de los beneficios siguen generándose con la venta de bienes y servicios producidos por los trabajadores y trabajadoras. Y eso es especialmente cierto en el llamado Sur Global, donde predomina la industria manufacturera, no las finanzas. A nivel mundial, la clase trabajadora nunca ha sido tan numerosa y, aún así, la mayor parte de la acumulación capitalista proviene del trabajo de la gente que trabaja en la producción. El leopardo del capitalismo no ha cambiado sus manchas.
¿Qué opinas de la crisis actual del capitalismo en el sistema económico mundial, especialmente de la crisis financiera de los últimos años? ¿Qué aportaciones puede ofrecernos la economía política marxista para entender la crisis del capitalismo?
M. R.: Este es un tema muy amplio. En el siglo XXI hemos vivido las dos mayores recesiones de la historia del capitalismo: la de 2008-2009 y la de 2020. Hay motivos de sobra para esperar que se produzca otra recesión antes de que termine esta década. Podría desencadenarse por una nueva crisis financiera como la de 2008. Esta vez, puede que la crisis no empiece en los bancos como tales, sino que se deba al aumento de la deuda empresarial y al coste de su servicio. Ya hay alrededor del 20% de las empresas en Europa, Japón y EEUU a las que se les denomina zombis, es decir, son como muertos vivientes porque no generan suficientes beneficios ni siquiera para cubrir el coste del servicio de su deuda actual y, por eso, subsisten a base de seguir pidiendo préstamos. Estas empresas corren un grave riesgo de quebrar y, por efecto dominó, arrastrar incluso a empresas rentables.
Para tí, desde el final de la Gran Recesión en 2009, las principales economías capitalistas han estado sumidas en una larga depresión. ¿Hay alguna diferencia entre esta larga depresión y otras largas depresiones anteriores en la historia del capitalismo? ¿Qué estrategias debería adoptar China para hacer frente al impacto global de esta larga depresión?
M. R.: Yo defino una depresión -a diferencia de una recesión o una caída– como un periodo en el que, tras una caída, la tendencia anterior de crecimiento de la producción, la inversión y, sobre todo, la rentabilidad, es mucho menor que antes de la caída. Y esta tendencia a la baja puede durar décadas. En ese sentido, la larga depresión que he identificado, que se remonta a la década de 2010, es similar a la depresión de finales del siglo XIX (1873-1897) y a la Gran Depresión de 1929-1942. En 2025, la depresión actual sigue en marcha, ya que la caída provocada por la pandemia de 2020 no supuso un aumento significativo de la rentabilidad, por lo que el crecimiento de la inversión y del PIB real siguen siendo incluso más débiles que en la década de 2010.
China ha evitado todas estas crisis del capitalismo. Esto se debe a que China tiene una economía dominada por un amplio sector estatal y una planificación gubernamental, lo que permite superar cualquier inestabilidad en su sector capitalista y que la inversión y la producción puedan continuar sin grandes interrupciones. Si las economías capitalistas de Occidente se encaminan hacia otra recesión, el comercio y la inversión en China se verán afectados, pero China cuenta ahora con una base interna enorme, ha invertido mucho en nuevas tecnologías y sigue dirigiendo y planificando esa inversión principalmente a través del sector estatal. China necesita ampliar el sector estatal y la planificación para reducir la inestabilidad de su sector capitalista, especialmente expuesta por la caída en picado de su sector inmobiliario (en su mayor parte de carácter capitalista).
La moneda digital y la tecnología blockchain han sido temas candentes en el ámbito de la tecnología financiera en los últimos años, y han tenido un profundo impacto en la economía y el sistema financiero mundiales. ¿Qué opinas de estas innovaciones financieras y de las finanzas digitales? ¿Conducirán a una crisis económica mundial más grave?
M. R.: Las criptomonedas, como se las llama, como el bitcoin, no son más que otra forma de activo financiero especulativo, como el oro o los cuadros. No son formas alternativas de dinero que puedan sustituir a las monedas emitidas por el Estado (dinero fiduciario), como el dólar o el yuan. Las monedas digitales, en general, ya existen de alguna forma: por ejemplo, pagas tus facturas con tarjeta, por teléfono o mediante transferencia bancaria sin que intervenga dinero en papel. El posible avance sería una moneda digital del banco central que eludiera a los bancos comerciales. Hasta ahora, ese desarrollo ha avanzado muy poco. Mientras tanto, las criptomonedas son otra forma más de lo que Marx denominó “capital ficticio”, lo que aumenta aún más el riesgo de una crisis financiera en el futuro.
Dada la creciente popularidad de la inteligencia artificial y la automatización, ¿cómo se puede aplicar el marxismo para analizar el impacto del progreso tecnológico en los modos de producción y las relaciones sociales? En tu investigación, ¿cuál es la correlación entre el progreso tecnológico y el crecimiento económico?
M. R.: Esto es complicado. La inteligencia artificial (IA) no es más que una nueva forma de tecnología destinada a sustituir el trabajo humano y aumentar la productividad del trabajo, elevando así la tasa de explotación del trabajo por parte del capital. Las nuevas tecnologías pueden provocar enormes pérdidas de empleo, sobre todo en los sectores y profesiones a los que sustituyen, pero también pueden, con el tiempo, crear nuevas industrias y puestos de trabajo. Piensa en la revolución industrial, la revolución eléctrica, la industria del automóvil o la revolución informática. La tecnología siempre ha sido clave para el crecimiento económico al aumentar la productividad del trabajo, especialmente cuando la población activa deja de crecer, como ocurre hoy en día en China.
Se argumenta que la IA es un avance completamente nuevo que sustituirá por completo al trabajo humano porque puede superar la inteligencia humana. Las pruebas que lo respaldan son dudosas. Gran parte de la IA no es más que un procesamiento rápido del conocimiento humano ya existente y no puede sustituir la naturaleza imaginativa de la inteligencia humana. Además, la IA tardará algún tiempo, incluso décadas, en difundir sus efectos de mejora de la productividad por todas las economías. En mi opinión, no constituye un punto de inflexión capaz de salvar al capitalismo.
El tecnofeudalismo es una perspectiva que ha surgido en los últimos años para describir los cambios sociales provocados por la tecnología en la nube: es decir, los gigantes tecnológicos y las grandes empresas de plataformas poseen los datos y el poder como señores feudales, mientras que las y los usuarios comunes sirven a estos señores digitales como productores de datos no remunerados, al igual que los siervos, y la nueva forma de renta sustituye al beneficio como principal forma de acumulación. ¿Estás de acuerdo con usar el término tecnofeudalismo para definir la etapa actual de la sociedad occidental?
M. R.: El tecnofeudalismo, como concepto, sugiere que la producción capitalista –es decir, la producción con fines de lucro mediante la explotación del trabajo– ha sido sustituida por un feudalismo en el que los monopolios digitales se limitan a extraer rentas. Pero, ¿de dónde proceden estas rentas? Marx señaló que la renta, el interés y las ganancias provienen todos de la misma fuente: el plusvalor apropiado [por el capitalista] del valor creado por la fuerza de trabajo humana. Argumentar que las empresas que venden tecnología en la nube no producen mercancías para su venta y obtención de beneficios, igual que cualquier proceso capitalista, es simplemente erróneo. La mayor parte de los beneficios de Amazon proviene de la distribución y el transporte de productos; la mayor parte de los de Facebook, de la publicidad y la mayor parte de los de Google, también. La mayor parte de los beneficios de Microsoft y Apple provienen de la venta de hardware y software informático. Esto no es feudalismo, sino capitalismo puro y duro. El capitalismo no ha muerto, y sugerir que sí lo ha hecho es una idea peligrosa para los trabajadores y trabajadoras, porque significa que la clase trabajadora podría no ver al capital en su conjunto como su enemigo, sino solo a una pequeña parte del mismo, de modo que no habría necesidad de sustituir el capitalismo, sino solo el capitalismo de monopolio feudal.
La teoría del valor-trabajo es la idea central de la economía marxista. En la era de la automatización y la economía digital, ¿cómo se puede aplicar la teoría del valor-trabajo para analizar la economía moderna? ¿Qué opinas de los datos como nuevo factor de producción?
M. R.: Los datos o el conocimiento provienen de la actividad humana. Por eso, el conocimiento tiene valor de la misma forma que las cosas físicas tienen valor para la sociedad y para el capital. El conocimiento es material: requiere la energía del trabajo humano; es decir, el trabajo mental, igual que el trabajo físico. Ambos son materiales y crean valor. Así que el capital puede apropiarse de la plusvalía de las y los trabajadores del conocimiento que emplea, y lo hace cada vez más en todos los sectores y en todo el mundo. Esa plusvalía se plasma en patentes, derechos de propiedad intelectual, etc. El conocimiento o el trabajo mental es tan material como el trabajo físico. La actividad mental tiene lugar en las sinapsis del cerebro humano y se combina con el trabajo físico mediante un ordenador, etc. Así que el trabajo mental crea tanto valor como el trabajo físico. Y los trabajadores y trabajadoras del conocimiento forman parte del proletariado tanto como los trabajadores y trabajadoras manuales que realizan tareas físicas.
De hecho, el capital explota cada vez más a las y los trabajadores mentales para apropiarse del plusvalor (ganancia). Así que no hace falta inventarse un nuevo término, como multitud, para la clase trabajadora. Esto da a entender que la clase trabajadora –quienes solo se ganan la vida vendiendo su fuerza de trabajo y no poseen medios de producción– ya no existe. Este término oculta la lucha de clases entre el trabajo y el capital, lo que confunde la necesidad de sustituir al capitalismo.
¿Ha ampliado el desarrollo del capitalismo digital la brecha Norte-Sur?
M. R.: Sí, está ampliando esa brecha. Pero esa brecha se está ampliando de todos modos. El Sur Global (con la excepción de China), lo midas como lo midas: por PIB por persona; por productividad por trabajador; por renta por persona; o por reducción de la desigualdad, no está alcanzando al Norte Global. La brecha Norte-Sur se manifiesta en el control que ejerce un bloque imperialista de economías, con una población relativamente baja, sobre el resto del mundo, donde se concentra la mayor parte de la humanidad.
¿Qué políticas económicas crees que adoptará el presidente Donald Trump y qué repercusiones tendrán estas políticas en la economía mundial?
M. R.: No podemos estar seguros de lo que hará Trump. Pero dice que va a aplicar aranceles enormes a las importaciones estadounidenses, sobre todo a las que vienen de China. Afirma que su objetivo es devolver a la industria estadounidense a su antiguo esplendor a costa del resto del mundo. Por encima de todo, quiere continuar con la política de los anteriores gobiernos estadounidenses de estrangular, sofocar y revertir el progreso económico de China, a la que se considera la principal amenaza para la hegemonía estadounidense. De hecho, Trump también respaldará nuevas provocaciones militares para frenar a China. A nivel nacional, su objetivo es recortar los impuestos a las empresas para que los ricos y las grandes empresas paguen aún menos de lo que pagan ahora, y eliminar las regulaciones sobre la industria y la lucha contra el calentamiento global. Su gabinete está compuesto íntegramente por multimillonarios gestores de fondos de cobertura y de capital riesgo que buscarán beneficiar a los ricos a costa de la mayoría de los estadounidenses.
A nivel mundial, si Trump lleva a cabo estas políticas, el comercio mundial se estancará y las tensiones entre la alianza occidental liderada por EEUU y China aumentarán peligrosamente. La desigualdad de riqueza e ingresos entre países y dentro de ellos aumentará, y las guerras en Ucrania y Oriente Medio continuarán, con el riesgo de que también estalle una guerra en Asia.
¿Supondrán las políticas económicas prometidas por Trump, como los recortes fiscales masivos y el aumento del gasto militar, una amenaza para la estabilidad económica mundial al provocar un aumento de los niveles de deuda global?
M. R.: Sí, la deuda mundial ya se encuentra en máximos históricos en relación con la producción mundial. En concreto, el Gobierno de EEUU está registrando déficits presupuestarios considerables para financiar la guerra en Ucrania y el apoyo a Israel, y tiene previsto aumentar masivamente el gasto militar para financiar nuevas acciones a nivel mundial. Trump quiere que Europa pague más por esto, pero mientras tanto, la deuda pública estadounidense está alcanzando máximos históricos y el coste del servicio de esa deuda en concepto de intereses ya supera el gasto público en educación, sanidad y otros servicios públicos.
¿La política económica de Trump empeorará las contradicciones del sistema capitalista mundial, llevando a la sobreproducción y a la tendencia a la crisis?
M. R.: Todo esto se da en un contexto mundial de bajo crecimiento y reducción del comercio, escasa inversión y escaso crecimiento de la productividad. Las principales economías capitalistas, con la posible excepción de EEUU, se están estancando o incluso están en plena recesión, sobre todo en Europa. Es muy probable que estas economías se enfrenten a una grave recesión a finales de esta década, que se extenderá al resto del mundo, como ocurrió en 2008 y 2020. Solo China puede aspirar a salir airosa de ello.
¿Reflejan las políticas económicas de Trump el auge del nacionalismo económico y el proteccionismo en el contexto de la globalización? ¿Empeorarán estas políticas la desigualdad económica mundial? ¿Cómo pueden los países en desarrollo responder a la desigualdad del sistema económico mundial?
M. R.: El proteccionismo y el nacionalismo de otros no son una alternativa a Trump. Los países en desarrollo tienen que unirse para cooperar en materia de comercio, inversión y reducción de la desigualdad. Pero para eso, la gente de esos países necesita gobiernos que defiendan a los trabajadores y trabajadoras y la propiedad común de los recursos y activos, para planificar cada economía y cooperar a nivel mundial. Por desgracia, casi todos los gobiernos del Sur Global no defienden estas políticas. O bien están controlados por déspotas o bien apoyan a las grandes empresas en su país y al imperialismo estadounidense en el extranjero. Hasta que no cambien estos gobiernos, no espero grandes avances en cuanto a un mayor crecimiento, la reducción de las desigualdades, el pleno empleo y unos mejores servicios públicos.
Llevas mucho tiempo escribiendo blogs. ¿Qué influencia ha tenido este estilo de escritura en tu forma de pensar y en el intercambio de ideas? ¿Podrías compartir tus investigaciones recientes o tus planes de investigación para el futuro?
El objetivo del blog y de mis libros es mejorar nuestra comprensión de cómo funciona el capitalismo, sus contradicciones y sus puntos débiles, con vistas a sustituirlo. Considero que el análisis que hace Marx del capitalismo es el más convincente y, por eso, intento defender las ideas de Marx, tal y como yo las entiendo, frente a otras alternativas, que al fin y al cabo solo pretenden que el capitalismo funcione (mejor). Mi blog no va dirigido a académicos, sino a activistas que buscan cambiar el mundo para mejor. Eso no significa que ignore cuestiones difíciles o complejas de teoría o datos estadísticos. Al contrario, intento explicarlas con mayor claridad. Ahora mismo estoy preparando un nuevo libro sobre lo que está pasando en el capitalismo y en la economía mundial en la década de 2020. En realidad, es una continuación de mi libro La larga depresión [El Viejo Topo, 2017], publicado en 2016. Han pasado muchas cosas desde entonces y aún quedan más por venir en esta década.
Texto original en inglés: TheNextRecession
Traducción: viento sur
Fuente: https://vientosur.info/una-teoria-marxista-de-la-crisis-en-el-mundo-contemporaneo/


