Santiago Armesilla lleva años presentando un proyecto llamado «materialismo político» como una renovación del marxismo. La declaración de principios no puede ser más explícita: fusionar el marxismo con la filosofía de Gustavo Bueno —el filósofo asturiano cuya trayectoria política desemboca en proporcionar cobertura intelectual a la derecha española— pero sin materialismo dialéctico. Sin Diamat, en el argot filosófico. Es decir, sin la base filosófica que sostiene el marxismo como sistema coherente: la unidad de la materia, el origen material del pensamiento, la objetividad de las leyes de la dialéctica.
La pregunta que cabe hacerse es simple: ¿qué queda del marxismo si se le extrae su fundamento filosófico? La respuesta, que este artículo argumenta en detalle, es que no queda marxismo. Queda buenismo con vocabulario marxista.
Pero hay algo más grave que la inconsistencia filosófica del proyecto, y es lo que conviene examinar con detalle: cuando las fuentes del marxismo clásico no dicen lo que el sistema de Armesilla necesita que digan, las fuentes se reescriben.
Stalin dice cuatro. Armesilla dice siete
En El marxismo y la cuestión nacional española (2017), Armesilla presenta «la definición de nación según Stalin» enumerando siete características que, afirma, deben darse todas simultáneamente para que exista una nación. El epígrafe es explícito: «Las siete características que ha de tener, obligatoriamente, una nación para ser nación». Y más adelante: «Si se dan seis características de siete, no hay nación. Tienen que darse las siete características a la vez».
¿Qué dice Stalin en realidad? Esto:
«[…] nación es una comunidad humana estable, históricamente formada y surgida sobre la base de la comunidad de cuatro rasgos principales, a saber: la comunidad de idioma, de territorio, de vida económica y de psicología, manifestada esta en la comunidad de peculiaridades específicas de la cultura nacional».
Cuatro rasgos. Explícitos. Numerados. No siete.
La operación de Armesilla es la siguiente: toma los dos elementos del preámbulo de la definición —«comunidad humana estable» e «históricamente formada»— y los convierte en características autónomas, la primera y la segunda. Luego toma el cuarto rasgo de Stalin —«psicología, manifestada en la comunidad de cultura»— y lo divide en dos: psicología por un lado, cultura por otro. Resultado: cuatro rasgos reales, más dos elementos del preámbulo promovidos a rasgo, más un rasgo dividido en dos. La inflación es aritmética: 4 → 7.
Hasta aquí podría pensarse en un error de lectura, descuidado pero involuntario. Lo que lo convierte en algo cualitativamente distinto es lo siguiente: en el mismo apartado donde Armesilla insiste en las siete características, cita la definición resumida de Stalin —en la que el propio Stalin dice exactamente cuatro rasgos—, escribe «Stalin resume:», transcribe los cuatro rasgos, y a continuación escribe: «Pero insiste en que todas estas siete características o rasgos tienen que darse al mismo tiempo».
Armesilla cita la fuente que lo contradice, comprueba que dice cuatro, y continúa hablando de siete. No es un descuido: es una decisión.
Y no termina ahí. A los siete rasgos inventados, Armesilla añade posteriormente un octavo propio, para lo que denomina «bolchevismo occidental»: «La nación es una comunidad ya constituida, en Europa occidental y en América, en Estado-nación, en nación política». El proceso completo: Stalin formula cuatro rasgos; Armesilla los infla a siete; luego añade un octavo propio.
Por qué necesita hacerlo
Esto no es negligencia. Tiene una explicación filosófica precisa.
El sistema de Armesilla, heredado de Bueno, divide la realidad en tres dimensiones: lo físico-corpóreo, lo psicológico y lo lógico-abstracto. Para que su teoría de la nación funcione dentro de ese esquema, necesita distribuir los rasgos nacionales entre esas tres dimensiones: unos rasgos serían físicos (territorio), otros psicológicos (psicología nacional) y otros abstractos (cultura, idioma como sistema). Cuatro rasgos resultan insuficientes para ese reparto; siete son más funcionales. El texto de Stalin se deforma para encajar en un marco teórico que le es previo y ajeno.
Es exactamente lo que ocurre cuando se intenta meter el marxismo en un molde filosófico para el que no fue construido y con el que es incompatible: los textos tienen que ceder.
La incompatibilidad de fondo
El caso Stalin no es una anécdota. Es el síntoma de un problema estructural.
El materialismo dialéctico —la base filosófica del marxismo— sostiene que la materia es la única realidad, que el pensamiento es su producto, y que las leyes de la dialéctica rigen la naturaleza con independencia del sujeto que las piense, en este sentido, la filosofía de Bueno sostiene cosas incompatibles con esto en tres puntos decisivos: postula tres géneros de materia irreductibles entre sí (no hay unidad de la materia), afirma que las entidades abstractas como los números o los conceptos lógicos no están ni en el espacio ni en el tiempo (no pueden tener origen material), y sustituye la contradicción objetiva como motor de la historia por el principio de que «no todo está relacionado con todo» (elimina la dialéctica objetiva).
Esto no es una discrepancia de detalle, sino la diferencia entre dos concepciones del mundo filosóficamente opuestas. Pretender fusionarlas sin perder ninguna de las dos es como pretender que el agua y el fuego coexistan sin que ninguno apague al otro.
Lo que Armesilla llama «renovación del marxismo» es, en el sentido preciso que Lenin formuló en 1908, revisionismo: la operación de conservar las conclusiones políticas del marxismo mientras se liquidan sus fundamentos filosóficos. Bernstein lo hizo sustituyendo el materialismo por el neokantismo. Armesilla lo hace sustituyéndolo por Bueno. La operación es estructuralmente idéntica.
El artículo completo, con el análisis detallado de los tres ejes de incompatibilidad filosófica y el estudio de las distorsiones textuales, está disponible en: https://zenodo.org/records/20837705
Gabriel Gustavo Núñez Pérez, Universitat de València | SLMFCE
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