El Mundial de fútbol es uno de los mayores ejercicios de distracción colectiva. Cada cuatro años las banderas se cuelgan en los balcones y las pantallas invaden el espacio público. Sin embargo, bajo el brillo del trofeo y la euforia de los goles se esconde una realidad incómoda: la importancia desproporcionada que otorgamos a este evento responde a un gigantesco engranaje financiero y geopolítico, no al deporte.
La primera contradicción del Mundial moderno radica en que afecta al espíritu deportivo. Las selecciones nacionales, algunas de ellas con jugadores profesionales millonarios, ofrecen un juego fragmentado que a menudo se decide por la suerte del gol o el desgaste físico. Lo importante no es el deporte en sí, sino ganar. A pesar de esto, los medios de comunicación y la FIFA elevan el torneo a la categoría de épica sublime. ¿Por qué? Porque los nacionalismos afectan a las emociones y origina un caldo de cultivo muy lucrativo. La FIFA ha perfeccionado la fórmula de empaquetar la identidad nacional y vendérsela al mejor postor, transformando un torneo deportivo en un producto de consumo de masas donde los patrocinadores y los derechos televisivos imponen las reglas del lucro económico.
El impacto social puede ser devastador. Las exigencias de la FIFA obligan a los países anfitriones a invertir miles de millones de fondos públicos en infraestructuras faraónicas. La historia reciente demuestra que estos estadios se convierten en colosos de hormigón, a veces abandonados posteriormente por el coste de su mantenimiento. Estas obras originan deudas que los locales tardan décadas en pagar, mientras los servicios públicos esenciales sufren recortes (1). Un ejemplo es el mundial de 2030, para el cual Marruecos está construyendo el Estadio Hassan II o Gran Estadio de Casablanca. Una vez finalizado se convertirá en el estadio de fútbol más grande del mundo con una capacidad para 115.000 espectadores (2). ¿Es lo que necesita Marruecos para mejorar como sociedad y justicia social?
A esto se suma una huella ecológica insostenible. En un planeta en plena crisis climática, celebrar torneos hipertrofiados que obligan a millones de personas y a decenas de equipos a cruzar continentes enteros en avión es una irresponsabilidad. La competición se ha convertido en un devorador de recursos que contradice cualquier discurso de sostenibilidad urbana y ambiental.
A nivel social, el Mundial funciona como el perfecto «pan y circo» moderno. Gobiernos de todo el mundo utilizan el éxito o la distracción del torneo para camuflar crisis económicas, tensiones políticas, reformas impopulares o legitimar autocracias (3). La atención pública se desvía de los problemas reales hacia el debate estéril de un fuera de juego o una jugada de gol dudosa. Disfrutar del fútbol no está mal, pero sacralizar el Mundial como si fuera la cumbre de la realización humana es un error. Es hora de bajar el torneo del pedestal. Debemos empezar a verlo como lo que realmente es: un negocio privado enormemente lucrativo que se alimenta de las emociones humanas, sustrayendo impuestos necesarios para el bienestar social, y contribuyendo al deterioro medioambiental del planeta.
Notas
1. Graeff, B., Giullianotti R. (2025) Global sport mega-events and local community impacts: the case of housing and redevelopment in Porto Alegre at the 2014 Men’s World Cup finals in Brazil. Sport in Society, Volume 28, 8. https://doi.org/10.1080/17430437.2024.2424562
2. https://es.wikipedia.org/wiki/Estadio_Hassan_II
3. Gerschewski J., Giebler H., Hellmeier S., Keremoğlu E., Zürn M. (2024) The limits of sportswashing. How the 2022 FIFA World Cup affected attitudes about Qatar. PLOS One https://doi.org/10.1371/journal.pone.0308702
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


