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Dialéctica de la hegemonía y la soberanía

Fuentes: Rebelión

Desde la Segunda Guerra Mundial los Estados Unidos cimentaron su proyecto de país hacia el objetivo de la construcción de la hegemonía global. La Guerra Fría impuso una división mundial en dos polos irreconciliables pero que convivieron sin entrar en conflagración directa pero sí en guerras indirectas, proxy, donde medían fuerzas para un acomodo que les fuera conveniente. Sin embargo, la potencia occidental siempre mantuvo una estrategia imperialista que buscó someter a su rival histórico a través de cercos o emboscadas para hacerles caer en el juego que quería imponer.

La Guerra en Vietnam mostró al mundo la brutalidad, pero también la fragilidad de occidente que no fue capaz de derrotar a una nación pequeña del tercer mundo. La respuesta de EE. UU. fue llevar a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) a la trampa afgana, obligando a las fuerzas y economía soviéticas al desgaste físico y moral al enfrentar a un pequeño país con una crueldad que dejó al descubierto ciertas grietas en el discurso que proclamaba al socialismo como centro de la defensa de los oprimidos y de los países colonizados.

La desintegración de la URSS bajo el peso de la carrera armamentista tanto como los problemas de la sociedad de control policial para pasar a la tecnología digital en la Era de la Información, dejó como potencia hegemónica a los EE.UU. A nivel de la política interna, el comunismo sufrió un golpe demoledor que se sintió en todos los países del mundo “subdesarrollado” donde los partidos afines a la lucha revolucionaria quedaron en posiciones de inferioridad moral e intelectual. Desde la nación hegemónica se comenzó a plantear la posibilidad de un periodo extenso de paz americana donde reinaría, sin contrapeso, la forma de vida y cultura del país del norte.

Bajo la égida estadounidense con la democracia liberal más antigua en el mundo, se pasó desde el poder brutal ejercido por los golpes de Estado a un poder basado en conceptos democráticos, los derechos humanos, la diplomacia y el neoliberalismo, cínicamente ejercido por el hegemón, instituido gendarme mundial.

La maquinaria de formar consenso o manufactura de consentimiento basada en las relaciones públicas, la propaganda, los medios de comunicación masiva y el dinero, logran alinear a los países detrás de la potencia vencedora de la Guerra Fría.

Sin embargo, en el seno de la elite estadounidense se comenzó a vislumbrar que ciertos factores geopolíticos podían hacer perder la capacidad de control mundial sino se estipulaba una doctrina que impulsara hacia delante de forma permanente la creación de fuerza política y militar de dominación.

El Proyecto para el Nuevo Siglo Americano (PNAC por sus siglas en inglés) un tanque pensante de los sectores más belicistas de la nación, desarrollaron desde 1997 una doctrina para asegurar la hegemonía permanente de los EE.UU. al buscar la reconfiguración de un nuevo Medio Oriente, focalizando ese territorio como central para la consolidación del dominio mundial por el mercado de hidrocarburos, poniendo como blancos de desestabilización a cinco países: Siria, Líbano, Irak, Libia e Irán. De estos, y a pesar de la desaparición del PNAC en 2006, solamente Irán ha logrado resistir a los embates hegemónicos.

Los ataques del 2001 en los EE.UU. -considerados como un nuevo Pearl Harbor-, fueron usados como desencadenantes de las acciones bélicas más decididas con la invasión de Afganistán e Irak. A la larga, las derrotas en esos frentes fueron trascendentes para la desaparición del PNAC, sin embargo, sus disquisiciones no fueron dejadas de lado por la élite.

El escenario ha cambiado para la mantención de la hegemonía, desde la URSS como objetivo hacia la aparición de China como rival principal. China fue vista con desprecio por el poder imperial, basando sus apreciaciones en que el sistema político del gigante asiático no era rival para la potencia hegemónica. El capitalismo salvaje fue visto como superior en creación de riqueza y poder, menospreciando la capacidad de adaptación del Partido Comunista chino que mantuvo la centralización y planificación económica y política del partido con apertura capitalista, en una simbiosis que detonó un crecimiento exponencial del país.

La mantención de la hegemonía es crucial para los EE.UU. que ha entrado en una fase de decadencia. Los principales indicadores económicos como la deuda pública y privada (tarjetas de crédito), los índices de pobreza, carestía de la subsistencia o la calidad de vida de los trabajadores, hacen pensar que la hegemonía es existencial para el imperio, de perderla, se vislumbra, incluso, la guerra civil o la secesión de territorios de enclaves estaduales con marcadas diferencias económicas o bandos políticos. La construcción federal, clave para la ocupación de todo el gran territorio, ahora conspira contra ellos.

La superioridad militar, esencial en la doctrina del PNAC, se ha visto condicionada por el desafío de actores regionales como Irán, que ha sido capaz de resistir el poder imperial en una guerra asimétrica que demostró los límites a que los ha llevado la decadencia del poder hegemónico.

Ante la desesperación por los avances de China, la conducción imperial ha sido errática, pasando desde la promoción de la guerra en Ucrania, con Rusia como blanco primordial para los demócratas; intentos de hacer vascular al país eslavo hacia una cercanía con los EE.UU. (acuerdos de Anchorage, Alaska, entre Putin y Trump); laissez-faire para los sionista en el genocidio en Gaza; ataque a Irán; doctrina Monroe con el Corolario Trump; nuevo fortalecimiento del frente ucraniano.

La hegemonía de los EE.UU. en esta fase histórica solo se logra con el sometimiento total de las otras naciones, usando la amenaza directa y la imposición de aranceles, incluso a los países aliados, quienes tienen que pagar para ser protegidos del propio hegemón, tal como lo hacen las mafias.

Las naciones sometidas entran en una fase de pérdida de soberanía permanente, pasando hacia un control total de la política y economía de los Estados recolonizados. En este periodo la hegemonía requiere la mantención de regímenes de ultraderecha que estén dispuestos a dejar de lado las consideraciones nacionales para mantener la supremacía estadounidense. Una alianza servil que pone como enemigo a los pueblos que son vistos solamente como fuente de recursos en un fortalecimiento del usufructo de la plusvalía para la mantención de su expoliador. Si bien siempre se ha pedido a los pueblos renunciamiento a los privilegios de la soberanía, ahora se pide entrega absoluta y de buen grado, para quién proteste o haga un berrinche, el Escudo de las Américas se encargará de proscribirlo.

El dictador Pinochet identificaba a cualquier opositor como comunista, digno de las penas del infierno, tortura, martirio y desaparición.

A nuestros conceptos de rebelión, resistencia o comunidad nos oponen dios, patria y resiliencia, esta última entendida como nuestra capacidad de querer vivir a pesar de las calamidades por ellos otorgadas.

En los países Latinoamericanos -tratados como el patio trasero del imperio y su retaguardia logística estratégica-, la relación dialéctica entre hegemonía y soberanía se decanta por la primera, especialmente cuando los llamados a hacer la resistencia política, no son una oposición seria para, aunque sea, denunciar la situación, o son más bien cómplices.

Quienes son responsables de la debacle de la izquierda deben defender al pueblo imprescindible que construye la esperanza edificando los sueños de la imaginación, sin importar el ciclo electoral de su pequeño cálculo político.

La llamada Trampa de Tucídides (término acuñado por el politólogo estadounidense Graham Allison) que conceptúa el cambio de país hegemónico, no implica sine qua non un conflicto militar entre las naciones rivales (desde el imperio británico al estadounidense, como ejemplo). Sin embargo, lo vital que es la supremacía para los EE.UU. hace impensable que ese imperio deje el campo abierto a la nueva potencia sin entrar en un conflicto abierto, total y existencial.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.