Poeta, dramaturgo, músico o dibujante, el autor granadino desplegó a lo largo de diversas disciplinas un imaginario particular, en el que también intervino su homosexualidad y el compromiso con los desfavorecidos, interrumpido violentamente, un 18 de agosto de 1936, por su ejecución a manos del bando franquista.
Un 18 de julio del 838, el obispo Federico de Utrecht era asaltado mortalmente mientras oficiaba una misa, un hecho que trasladó esa fecha junto a su nombre hasta el santoral. El mismo día, pero en 1936, se producía la sublevación militar franquista, acontecimiento que, entre otras innumerables y trágicas consecuencias, suponía una condena a muerte de otro Federico, en este caso apellidado García Lorca, que se materializaría justo un mes después al ser ejecutado. Surgía así la figura de un mártir laico que, pudiendo escoger otra vida mucho más acomodada, optó por seguir su instinto, el mismo que ha dejado un legado capital en la cultura popular contemporánea.
UNA IDENTIDAD CONTRARIA A SU ESTIRPE
Su nacimiento, un 5 de junio de 1898, se produjo en el pueblo granadino de Fuente Vaqueros, donde su familia paterna ostentaba un papel de potentados. Un aval económico sustentado en la figura de Federico García Rodríguez, capaz de ejercer su rango de poder bajo un talante liberal y conciliador, lo que, sumado al carácter de quien sería su mujer en segundas nupcias, la maestra de escuela Vicenta Lorca, configuraban un entorno de estabilidad, seguridad y aliento cultural. Junto a una prominente -y perceptible desde su niñez- virtud artística, su endeble estructura física en un mundo tutelado por la rudeza más que el por el intelecto, significaba ampliar un mundo interior -que en ningún momento eclipsó su don de gentes- y hacer de esas canciones que ya comenzaba a entonar y memorizar el reflejo de una sensibilidad que ni quería, ni podía, obviar que en esas rimas alegres y despreocupadas también convivía un aguijonazo que se retorcía ante la miseria y la violencia.
Pese a lo que aguardaba su futuro, sus primeras pulsiones creativas nacen entonadas por un pentagrama y no por versos, una fascinación engrandecida con su traslado a la ciudad de Granada, donde sus bellos parajes -paisajes que poblarán toda su obra- rimaban a la perfección con las composiciones que escuchaba de Debussy, Falla o Albéniz. Fue precisamente el estudio de esta disciplina la que le condujo por unos años dorados de juventud, un recuerdo luminoso que, sin embargo, chocaba con lo que sucedía tras los muros de su colegio, donde sus rasgos “afeminados” comenzaban a deparar problemas que, por otro lado, de manera innata iban colmando un subconsciente que luego volcaría en muchas de sus obras, haciendo que versos como “El mariquita se peina en su peinador de seda. / Los vecinos se sonríen en sus ventanas postreras” fueran la traslación de un entorno vivido en primera persona.
APRENDIENDO EL OFICIO DE VIVIR
Sin contar con ningún currículum académico especialmente brillante, su siguiente paso natural fue dirigirse a la universidad, cursando estudios de Filosofía y Letras y de Derecho. Centros en los que a principios de siglo se debatían dos sensibilidades muy opuestas: quienes mayoritariamente espoleaban la cada vez más creciente participación del Ejército en la vida política y quienes defendían un viraje más democrático, siendo estos segundos los que marcarían y alentarían su instrucción, destacando entre todos ellos Martín Domínguez Berrueta, que con sus continuas excursiones a otros lugares expandieron la visión social y artística del joven granadino, resultados detallados en su único libro en prosa, “Impresiones y paisajes”. Doctas figuras, como posteriormente la esencial de Fernando de los Ríos, que, sin embargo, competían en cuanto a trascendencia con otras anónimas, como el bibliotecario de su facultad, con el que departía hasta altas horas. Un rasgo, el de alternar lo intelectual con lo popular, que iba a marcar la trayectoria vital y cultural del ya en ciernes poeta.

Integrado en la tertulia El Rinconcillo, del café Alameda, el traslado de varios compañeros a Madrid es seguido por un Lorca que consigue convencer a sus padres de continuar los estudios en la Residencia de Estudiantes, una especie de paraíso intelectual por el que pasaron un muestrario de los más ilustres de la época (Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Pedro Salinas, Einstein, Marie Curie o Ígor Stravinski), entre ellos quienes formarían posteriormente la Generación del 27. Un halo creativo, en el que se cuelan también sus primeros fiascos amorosos con cuerpo de mujer, que le empuja a su estreno como dramaturgo con “El maleficio de la mariposa”, poco exitoso inicio con una obra todavía maniatada por el impulso musical. Una condición mucho mejor tratada en “Libro de poemas”, donde late esa pasión modernista atravesada por los primeros llamados del vanguardismo, un reclamo expresado explícitamente en versos como “Yo tengo sed de aromas y de risas. / Sed de cantares nuevos / Sin lunas y sin lirios, / Y sin amores muertos”. Una tendencia, que si en sus “Suites”, experimento lírico consistente en reproducir una misma idea desde tonalidades diversas, comienza a aflorar, en el soporte literario que escribe en 1921 -aunque no sería publicado hasta una década después- de cara a un concurso de música flamenca, titulado “Poema del cante jondo”, se instala definitivamente. Su universalización de lo andaluz, fruto de horas en compañía de gitanos y guitarristas, además de embeberse del aroma “shakespeariano”, observa la confrontación clásica entre el amor y la muerte a través de las celosías de la Alhambra (“Cuando yo me muera, / enterradme con mi guitarra / bajo la arena. / Cuando yo me muera, entre los naranjos / y la hierbabuena”).
Pero más que una residencia, aquel centro estudiantil donde habitaba una extensa representación del arte y la cultura más distinguida, fue para el granadino un constante emisor de vínculos, y como tales supeditados a las alteraciones emocionales. Los malentendidos con el poeta Emilio Prados, o la amistad florecida con Dalí y Buñuel, regadas por la admiración mutua pero que se iría ajando con el paso de los años, fueron el paisaje de una época vital especialmente rica donde, además, se producía el nacimiento de la llamada Generación del 27, un grupo selecto al que Lorca tocaba su puerta con “Canciones”, reflejo de un misticismo popular que, sin embargo, entre sus coloreadas metáforas moraba un desarraigo vitalista que dibujaba un corazón “que se iba llenando de alas rotas y flores de trapo”.
CONQUISTANDO LA HISTORIA
El éxito alcanzado por dicha publicación, que constituía el primer episodio de una madurez creativa ya muy perceptible, se consolidaría con “Romancero gitano”, uno de sus títulos más reconocidos y escenificación nuevamente de esa cosmovisión andaluza con un telón de fondo afligido entregada bajo un diálogo estilístico entre prosa y poesía; un hermanamiento entre la alta cultura y la popular. Entregas artísticas que, sin embargo, no consiguen que su mundo romántico deje de sangrar ni obsequiarle con un prestigio suficiente como para poder agradecer -y reembolsar- el soporte emocional, pero también pecuniario, ofrecido por su familia, a la que, eso sí, le pudo otorgar su único deseo: acabar, no sin problemas, sus estudios de Derecho. Una incertidumbre que se cierne también sobre su escritura, percibida como una esclavitud impuesta en cuanto a erigirse en representante del pueblo gitano, una limitación artística que, sin embargo, arquitecturas metafóricas como “Los densos bueyes del agua / embisten a los muchachos / que se bañan en las lunas / de sus cuernos ondulados”, desmienten, dando cuenta de un idioma mucho más expansivo y rico.

Hastiado de un círculo intelectual castellano demasiado proclive a promover el chismorreo e invisibilizar el aporte creativo, percepción alentada por las noticias de un Buñuel que le insta constantemente a desplazarse junto a él a París, pero sobre todo por su condición de epicentro de la actitud represiva del Gobierno de Miguel Primo de Rivera, la imagen de un Madrid intelectualmente efervescente comienza a diluirse en el imaginario del granadino. Un desencanto en el que mucho tuvo que ver la censura que demoró el estreno de las obras de teatro “Mariana Pineda”, humanización del mito revolucionario andaluz que contó con una escenografía realizada por Dalí, o “Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín”, ácida representación de las imposiciones sociales y amorosas soportadas por las mujeres. Quizás fue ese distanciamiento el que le llevó a poner énfasis en otras disciplinas, logrando que sus dibujos, de inspiración surrealista, acabaran expuestos en la sala Dalmau de Barcelona, o asumiendo en primera persona la publicación de la revista “Gallo”. Lorca necesitaba desengrilletar sus lazos artísticos y personales, y ni un océano de por medio se lo iba a impedir.
Aceptando el ofrecimiento de Fernando de los Ríos para acompañarle a Nueva York, como una forma de oxigenarse, esa razón tonificante del viaje desembocó en una experiencia trascendental en su carrera, haciendo de esas calles, por las que pernoctaba entre locales sofisticados al mismo tiempo que observaba las heridas y desigualdades latentes en la ciudad, alimento de uno de sus escritos más osados y transgresores, “Poeta en Nueva York”. Cargado todavía con fuertes heridas emocionales, el encuentro con un entorno urbanita inédito para sus ojos, alejado de esas presencias de la naturaleza que anhela con fervor, revela una disputa entre el cálido acogimiento de sus gentes y el tremendo manto de alienación que percibe. Máquinas, individuos y la deshumanización, junto a obsesiones habituales como la infancia o el erotismo, se alían para una obra de acento surrealista y compuesta por una lírica repleta de imágenes ricas, imaginativas y perturbadoras (“Los maestros enseñan a los niños / una luz maravillosa que viene del monte; / pero lo que llega es una reunión de cloacas / donde gritan las oscuras ninfas de cólera”). Un deslumbrante resultado que ejercía tanto de ruptura como de evolución de una trayectoria que, por primera vez en su biografía, iba a poder desplegarse alejado de efluvios dictatoriales.
UN NUEVO CONTEXTO SOCIAL Y POLÍTICO
La proclamación de la II República, en 1931, supone el advenimiento de un contexto social y político más esperanzador, lo que, previo paso por Cuba, donde además de admirar el folclore local y vivir con mayor naturalidad su homosexualidad participa en múltiples conferencias, significa su regreso a Madrid. Los intentos del nuevo gobierno por promover mejoras en el ámbito educacional derivan en una invitación a Lorca para participar en la expansión de ellas, siendo La Barraca, una “procesión” itinerante que representa obras clásicas de teatro a largo de la geografía peninsular, uno de sus estandartes. Un reto colectivo que intercala con su propia producción, igualmente enfocada esos años al ámbito teatral, y que cuenta con “Así que pasen cinco años” como antecedente, más temático que formal, de lo que iba a ser uno de sus grandes éxitos, “Bodas de sangre”, un desgarrador drama donde el amor y la muerte se vuelven a citar en ese epicentro humano y colectivo llamado Andalucía.

Escrita durante un retiro a su pueblo natal, el conocimiento de una noticia real fue la inspiración para su alumbramiento. Trasladada al cine en Argentina en aquella misma década y representada sin descanso hasta nuestros días, su contenido es la confluencia de la dote lírica del autor y la de una observación del medio rural, telúrico y regido por normas ancestrales. Tan cerca de la odisea griega como de la idiosincrasia local, una simbología repleta de sus fetiches habituales, como navajas, lunas o ríos, son el paisaje metafórico de la más dolorosa de las tragedias inducida por una tradición escrita por la sumisión femenina. Como si de un primer capítulo se tratase, prácticamente en años sucesivos iban a aparecer “Yerma”, donde la infertilidad se presenta como pesadumbre para quien la sociedad solo ha otorgado ese papel, y, sobre todo, “La casa de Bernarda Alba”, otra de las cimas creativas del granadino y que tuvo que esperar hasta 1945 para ser estrenada por primera vez en Argentina. Afilando su faceta más costumbrista, donde reposa con talento su acento poético, su inmersión en la tez más oscura de la sociedad se enuncia desde dentro de los muros del hogar, allí donde respira la represión, las apariencias, el yugo jerárquico y, en última instancia, la muerte. Personajes y sus torturas emocionales que son también las del escritor, porque él, como las mujeres de sus textos, también ha nacido maldito por la falta de libertad y condenado por las miserias morales.
GALOPAN LOS CABALLOS NEGROS DE LA DICTADURA
En este periodo, Lorca no solo constituía su etapa de madurez y genialidad absoluta también en el marco del teatro, sino que marcaba en el calendario de la historia su nombre como referencia ineludible. Parabienes que recogía en una multitudinaria acogida en Latinoamérica mientras, al otro lado del charco, el Gobierno republicano giraba peligrosamente su tendencia hacia la derecha en las elecciones. Un incierto hábitat donde comienzan a brotar publicaciones fascistas, empujadas por el auge del movimiento en Europa, y la población cada vez busca refugio en posiciones más reaccionarias. El humo de la dictadura empieza a extenderse en revistas como “F.E.”, dirigida por José Antonio Primo de Rivera, donde señala a los miembros de La Barraca por sus comportamientos promiscuos. Entre avisos retrógrados, Lorca dedica a su amigo torero fallecido “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” y ultima los poemas que conformarán “Diván del tamarit”, un homenaje a la cultura hispano árabe de Granada plasmado bajo un aire modernista. Como es habitual en su biografía, el espíritu del poeta camina en una dirección muy contraria al clima que emana del poder, un aliento que, sin embargo, no iba a poder esquivar.
El predecible, pero no por eso menos trágico, golpe de Estado efectuado por el Ejército comandado por Francisco Franco, llena las calles de disturbios propiciados por la ultraderecha, uno de ellos en la propia casa de Federico García Lorca, lugar donde había escogido recalar desoyendo las recomendaciones de resguardarse en zona republicana. Fue el anticipo de un final dramático y sumamente conocido, cuando en el hogar familiar de su amigo, el poeta Luis Rosales, donde se había escondido, se presenta la Guardia Civil para detenerle y, pocas horas después, ese mismo 18 agosto de 1936, y en compañía de un maestro y de dos banderilleros anarquistas, ser llevados hasta un camino, todavía hoy imposible de ubicar con exactitud en el mapa, donde suenan los disparos. Se cumplía así la profecía que el granadino había dibujado en versos donde “tercos fusiles agudos por toda la noche suenan”.
GRANADA SE VE DESDE EUSKAL HERRIA
En esa extensión de su herencia post mortem, la obra del andaluz también ha depositado su huella en territorio vasco, creando uno de sus vínculos más significativos, hermanados por ser contemporáneos y sinónimos en su trágico destino represivo, con Estepan Urkiaga, “Lauaxeta”. Llegando a conocerse brevemente durante el estreno de “Bodas de sangre” en el teatro Arriaga, de Bilbo, la admiración del euskaldun, consistente también en traducir algunos de sus poemas al euskara, tarea continuada más adelante por Gabriel Aresti, se sostenía sobre todo en el aspecto trovadoresco y oral de su escritura, característica compartida por ambos bajo el intento de pervivencia de la historia colectiva. Una relación llevada a los escenarios por la multidisciplinar obra “Ele!”, guionizada por Jon Maia y donde versos y música, faceta encomendada a Gorka Hermosa y “Pitti”, se funden en una alegoría sobre la comunión entre pueblos. Una sinergia que, evidentemente, se visibilizó más prolija de la mano de aquellos nombres ligados a una poética de raíz social y política, porque, si Blas de Otero fue el encargado de subir al estrado para declamar en el homenaje -llamado “Cinco a las cinco”- ofrecido en 1976 en su pueblo Fuente Vaqueros, Gabriel Celaya coincidió con él durante su estancia en la Residencia de Estudiantes, dedicándole a su memoria tres escritos inéditos que rubrican, en su llanto final, «que no murió; le mataron».

Pero las “pisadas” del autor no han dejado de reproducirse hasta nuestro presente y en diversas direcciones. El medio audiovisual, por ejemplo de la mano de la actriz y directora Bego Guerrero con su cortometraje “La camisa blanca” o gracias al dramaturgo Miguel Goikoetxandia y su “El hombre aro y la chica que buscaba a Lorca”, ha mantenido en pie la fascinación por su obra y figura. Como es lógico, dada esa primera pasión por la música, es el espectro sonoro en el que sigue apareciendo repetidamente el aura del granadino, siendo objetivo por igual de la soprano Naroa Intxausti o para el “cantaor” bilbotarra Juanjo Navas. Un abanico de amplia extensión que revela que aquel universal andaluz logró ese elixir anhelado por cualquier artista, el de una eterna juventud artística inmune al paso del tiempo y las localizaciones.
Como a todo insigne autor, en este caso también acompaña a Lorca toda una leyenda hecha de algunos lugares comunes que, aunque contengan migas de realidad, desdibujan la verdadera inmensidad de su figura. Vanidoso, en la medida que cualquier creador debe serlo, o privilegiado por mor de la situación económica de su familia, lo que le permitió desarrollar una existencia acomodada y ágil para desarrollar su talento, son rasgos que en nada empañan un legado que discurre entre múltiples disciplinas. Al contrario, solo puede ser elogiada su determinación por contradecir a los primeros párrafos de su biografía y rechazar permanecer impasible en su jaula de cristal para observar el mundo, como él mismo definía, alineado en el “partido de los pobres”, construyendo una identidad propia donde una sexualidad en conflicto con su época o el arraigo a su tierra natal ejercieron de singularidades en un discurso universal atravesado por una herida existencial, a veces metafísica y otras brotada de la exclusión social.
Existen muchos Federico García Lorca, y todos ellos, sea el popular, uno más romántico, el contestatario, el melancólico o incluso el falsamente cursi, responden -incluso a veces al unísono- al mismo nombre. Uno al que las hordas dictatoriales le quitaron la vida pero no impidieron que ya solo podamos observar la luna a través de sus ojos, admirando ese rebelde satélite que camina por el cielo con un niño de la mano.


