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Acerca del libro «El gran error de la República», de Ángel Viñas

Fuentes: Rebelión

Es Ángel Viñas un historiador prolífico. Y no por ello, superficial, sino todo lo contrario. Sus obras están basadas en una amplitud y un rigor documentales sin concesiones. Algo que resulta poco usual, por no decir que casi inexistente, entre la historiografía (cuando no historietagrafía, como le gusta calificarla a Francisco Espinosa) conservadora, más o menos vinculada al paradigma ideológico del franquismo. 

En esta ocasión voy a centrarme en su último libro, recién salido en las librerías y ya bastante divulgado mediante entrevistas y recensiones: El gran error de la República. Entre el ruido de sables y la ineficacia del Gobierno (Barcelona, Crítica, 2021). En cierta medida, el libro es un capitulo más de los anteriores, y especialmente su ¿Quién quiso la Guerra Civil? Historia de una conspiración, en su intento por demostrar que lo ocurrido durante los años de la Segunda República y lo que acabó siendo una guerra desde julio de 1936 ha tenido unos claros responsables. Sí, responsables que no fueron otros que quienes conspiraron contra la República, nacida democráticamente y orientada hacia unos objetivos que buscaban la modernización de la sociedad española, en un contexto tan difícil que culminó a partir de 1939 en el conflicto bélico más violento habido en la historia de la humanidad. 

El nuevo libro se centra, citando las propias palabras del autor,
«en el único peligro que, en realidad, acechó la República. El que provino de un sector de las derechas (esencialmente monárquicos [alfonsinos] y carlistas, con la CEDA en retaguardia y persiguiendo objetivos específicos). Bajo el impulso y dirección de los primeros actuó la Unión Militar Española (UME) en el seno del propio Ejército para ir generando ‘anticuerpos’ con los que cortar la posibilidad de que el régimen republicano derivara de nuevo hacia la izquierda y envolviendo sus actividades en el discurso anticomunista» (p. 426). 

Pese a que las autoridades republicanas disponían en la primavera de 1936 de abundante información sobre los planes conspirativos, lo cierto es que no actuaron debidamente. En ese sentido, hace una especial mención a Manuel Azaña (primero, y a la vez, como jefe del Gobierno y ministro de Guerra, y luego, desde mayo, como presidente de la República) y Santiago Casares Quiroga (sustituto de Azaña al frente del Gobierno). Es cierto que para ello no contaron con la colaboración de determinados personajes de la cúpula del Ejército (por ejemplo, los jefes del Estado Mayor Masquelet o Sánchez-Ocaña). También lo es que sufrieron la penetración de miembros de la sublevación en los distintos niveles del aparato de información y contrainformación. Pero la mezcla de indecisiones, inoperancia y, en ocasiones, ingenuidad que mostraron dichas autoridades se reflejó en que no supieran y también, a veces, no quisieran cortar de raíz el peligro. Como el que representaban militares de primera línea (Franco, Goded, Mola, Cabanellas e incluso Queipo de Llano), de los que se disponía información sobre sus intenciones. 

A ello hay que unir los errores estratégicos que cometieron. Un ejemplo es el cometido por el propio Azaña, que siempre vio como enemigo principal para la República a los sectores obreros más radicalizados (sobre todo, del anarquismo). Otro ejemplo, el considerar que se podía hacer frente a las movimientos conspirativos en el seno del Ejército mediante el empleo de las distintas fuerzas de orden público. Y entre tantos otros ejemplos, la actitud de Casares Quiroga, sobre el que el autor reconoce que a lo largo del libro ha cargado las tintas.

Uno de los aspectos donde Viñas se detiene, incidiendo, y profundizando a la vez, en lo que ya expuso en su anterior ¿Quién quiso la Guerra Civil?, es en el papel jugado por la Italia fascista a la hora de encontrar otra de las claves de lo que acabó ocurriendo a partir del 17 de julio de 1936. En ese libro puso de relieve la ligazón existente entre los conspiradores  españoles y el régimen fascista italiano desde, al menos, 1934, que se acabó concretando en la firma de un acuerdo para la compra/suministro de material de guerra moderno (en un primer momento, aviones). Entre los primeros estaban los Calvo Sotelo, Goicoechea, Sainz Rodríguez, dirigentes de la fascistizada Renovación Española, o generales relevantes como Sanjurjo, que  contaron a su vez con el apoyo operativo de la UME para crear en el seno del Ejército y su entorno el clima de alarma necesario. 
Por cierto, que sobre esa organización militar nos proporciona, dentro del (siempre) interesante «Anexo Documental», una «Relación de los militares que figuran en los ficheros» de la misma. Un listado amplísimo de 50 páginas, inexplorado y sobre el que Viñas deja caer como un «futuro sendero a hollar».   

Y en lo que respecta a la intromisión del régimen fascista, jugando un papel decisivo se encontraba, por supuesto, el propio Mussolini, que hizo de España una pieza importante en su estrategia del sueño imperial mediterráneo. Para ello Italia debía doblegar diplomáticamente a Francia (presente en Túnez, Argelia y Marruecos), neutralizar al Reino Unido y seguir aproximándose a la Alemania nazi. ¿Y qué pintaba España? Con un gobierno de izquierdas no podía hacer nada, de ahí que Mussolini necesitara otro gobierno que le resultara útil para sus planes de expansión. España, como un aliado que le ayudara a contrarrestar la presencia de Francia y el Reino Unido en el Estrecho, pero, por supuesto, supeditado a la hegemonía italiana. 

Es lo que explica que haya dedicado el último capítulo del libro al «vector exógeno», reincidiendo en lo que expuso en ¿Quién quiso la Guerra Civil?, pero también aportando nuevos datos/pruebas. Para Viñas, empero, fue en este aspecto donde los gobernantes republicanos (y, sobre todo, los del periodo del Frente Popular) no consiguieron la información necesaria.

Es en las conclusiones del libro donde sintetiza todo esto a través de esta frase o, más bien, sentencia, tan atrevida como rotunda:

«Mussolini declaró la guerra a la República el 1º de julio de 1936» (p. 433).
¿Por qué esa fecha? Porque fue el momento en que Sainz Rodríguez  firmó los contratos con la Società Idrovolanti Alta Italia, esto es, la compra de aparatos aéreos, lo que estuvo acompañado de la selección de pilotos y mecánicos, dotados de documentación falsa, para que pudieran desplazarse al territorio del Protectorado español en Marruecos. Esto es, donde, a la postre, se iniciaría el día 17 al sublevación militar.

Al final de su libro Viñas reproduce un fragmento de un escrito que un agente francés de la embajada en Madrid elaboró en marzo de 1934, cuando se debatía en las Cortes la aprobación de la amnistía de los sublevados de la «sanjurjada» de 1932:

«El futuro nos dirá si el magnífico gesto de perdón y concordia de que ha dado muestra la República española tendrá la recompensa que se merece. En lo que a mí respecta, por desgracia sigo siendo bastante pesimista tras haber recogido tantos y tan diversos rumores inquietantes de cara a ese futuro». 

Y añado por mi parte: en ésas seguimos todavía en nuestros días. 

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