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Al regresar de Venezuela

Fuentes: La Stampa (Italia)

¿Es que estoy volviendo ahora a esa infancia senil que tanto he anticipado? ¿O es el deseo de mantenerme, patéticamente y a cualquier precio, «joven con los jóvenes», como dicen algunos de los amigos que se comprometen a «salvarme de mí mismo»? En fin, el hecho es que he participado en el «Primer Foro Internacional […]

¿Es que estoy volviendo ahora a esa infancia senil que tanto he anticipado? ¿O es el deseo de mantenerme, patéticamente y a cualquier precio, «joven con los jóvenes», como dicen algunos de los amigos que se comprometen a «salvarme de mí mismo»?

En fin, el hecho es que he participado en el «Primer Foro Internacional de Filosofía en Venezuela», llevado a cabo durante los días pasados en Caracas, a cargo del Ministro de la Cultura venezolano, o más aún, a cargo del gobierno de Chávez.

No sólo he participado en una transmisión televisiva – Aló Presidente – en la cual Chávez ha hablado y dialogado con el público durante seis horas y media, como lo suele hacer cada domingo, sino que también me ha escuchado y respondido durante algunos minutos al final de la transmisión, y asimismo me ha estrechado la mano y abrazado como a un amigo. No sé si cuando Sartre y Simone de Beauvoir estaban en China, volvieron tan entusiasmados por haber encontrado de un modo similar al Presidente Mao. Mi entusiasmo por Chávez se puede describir, a manera de modesta analogía, con este caso. Simone de Beauvoir regresó a París anunciando que finalmente las mujeres chinas eran libres y que sus derechos les eran reconocidos; Sartre se dedicaba a la difusión militante de «La causa del pueblo». Del resto, varios amigos «maoístas» y yo, estudiosos de Foucault en la época, proyectábamos, más o menos realísticamente («soyez réalistes, démandez l’imposible) un viaje a China para verificar que allá no existían locos ni manicomios: en una sociedad realmente socialista y libre del tabú de la familia (la «fabrica de la locura» como la llamaban Laing y Cooper), la locura no debía existir. Por ello, ahora me conozco bien, sé que mi entusiasmo podría transformarse fácilmente en (otro) desprecio. Pero ya he elaborado también una respuesta a esta objeción. Las elecciones políticas, incluso las más moderadas y «reformistas», no son jamás extrañas a los supuestos míticos que constituyen el elemento utópico de todo proyecto de sociedad. No sólo: sobretodo las elecciones «revolucionarias» o simplemente innovadoras aparecen necesariamente como menos «razonables» en el sentido de la racionalidad weberiana, que se sustenta sobre un fondo de «prejuicios» o de medios ya estables y por eso se presentan con una fisionomía más lógica.

Yo llegué a Caracas con un conocimiento superficial del proyecto de la «Revolución Bolivariana» de Chávez, así como con un cierto grado de recelo: se trataba como siempre de un militar, de un caudillo hispanoamericano tradicional, amigo de Castro (el perseguidor de los homosexuales cubanos!), que se mantiene en el poder malgastando sus petrodólares en iniciativas demagógicas que le aseguran, e incluso le hacen ganar el cariño del pueblo. De acuerdo. Pero si hay que hacer una elección entre las democracias imperfectas de Europa y de los Estados Unidos, en este momento sofocadas por el peso del dinero que domina las campañas electorales, y las democracias imperfectas de Chávez y de Castro (también de este último, cuyas violaciones de los derechos humanos son largamente explicables a causa de la pobreza de su isla y de los efectos del bloqueo económico de hace más de veinte años), entonces elijo esta última, en nombre de la solidaridad hacia los más débiles y el esfuerzo que veo en la obra de construir una sociedad más justa, no necesariamente más rica.

Los venezolanos que han apoyado a Chávez en el último Referéndum (se trataba de decidir si se le debía destituir, como lo prevé la Constitución bajo ciertas condiciones) fueron ciertamente los más pobres, y no la clase media alta que ha intentado a cualquier precio deshacerse de él. Es en los barrios más pobres, donde trabajan los veinte mil médicos cubanos enviados por Castro a cambio de petróleo, y los otros tantos maestros de educación primaria que guían, con buenos resultados, una campaña de alfabetización de la cual con razón Chávez está orgulloso. A esto se le suma que a pesar de la presión de la oposición, Chávez, hasta ahora, no ha defendido jamás su poder con métodos violentos ni policíacos, y que su revolución respeta en grado sumo los derechos civiles que tantos dictadores suramericanos amigos del Occidente han violado siempre impunemente. Quien va a las librerías o a los quioscos de prensa encuentra sobretodo libros y revistas que desacreditan a Chávez, las cuales circulan libremente y son seguramente las preferidas de la aguerrida oposición.

Chávez habla con razón no de revolución democrática, sino de una democracia revolucionaria: no sólo se limita a querer instaurar la democracia «formal» que Bush impone con los bombardeos a Irak, sino que trata de crear las condiciones que otorguen a todos los venezolanos la capacidad de utilizar el instrumento de la libertad de expresión, de prensa, de voto. Sé bien que esta distinción de democracia sustancial está entrando en desuso dentro de nuestro lenguaje político: peligrosamente demasiado desatenta a las libertades individuales, demasiado «comunista» y tolerante respecto a una «dictadura del proletariado» que pueda enseguida convertirse en una dictadura definitiva sobre la sociedad entera, proletarios o no. Muy bien: pero, ¿No deberíamos entonces cancelar nuestra mitología fundativa de la Revolución Francesa o de la Americana (sin hablar de aquella Soviética)? Ni la una ni la otra se limitaron a «elegir» (¿a cuenta de cuales reglas, además?) una asamblea constituyente; sino que conquistaron ante todo el poder de formar nuevas instituciones, legitimándose posteriormente con la razón de sus leyes y de sus estructuras «formales».

¿Cómo habríamos podido pensar, ante el espectáculo de las implacables dictaduras latinoamericanas, que el progreso democrático de América Latina pudiera realizarse aplicando sólo las reglas de nuestra (vieja y asfixiada) democracia? A diferencia de mi ciego entusiasmo frente a Chávez; mi ceguera anterior era mucho más grave y por cierto no siempre ingenua.

La radicalidad de la Revolución Bolivariana de Chávez, en todo caso, no prevé una toma violenta del poder, el cual por cierto posee legítimamente; al contrario, hasta el presente ha logrado contener las iniciativas de la contrarrevolución sólo con ayuda del instrumento electoral y del consenso popular. Es muy probable que, con la integración «global» en la cual vivimos hoy, ni siquiera hubiera sido posible la Revolución Francesa: Luis XVI y Maria Antonieta recibieron ciertamente la ayuda de países hermanos (Budapest y Praga enseñan!). Pero es justamente bajo la integración que, si entiendo bien, Chávez cuenta.

Tal vez los Estados Unidos pudieran invadir a Venezuela, si se avanza demasiado en la vía hacia un cierto castrismo. Pero no podrían hacer mucho frente a una América Latina – comenzando con Venezuela, la pobre Cuba, Brasil, Colombia, Argentina, Uruguay, Chile- que se une para pasar finalmente de su democracia formal a la sustancial, es decir, hacia la realización del proyecto «hambre cero» de Lula, que dificilmente podrá alcanzar un buen fin si no toca los estructura capitalista y neocolonialista de su sociedad. Sobre este punto decisivo, Chávez tiene hoy mucho que enseñar, incluso a nosotros los europeos.

Traducción: Isabel Isaaccura

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