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Algunas reflexiones tras el «no» a los cambios a la constitución venezolana

Fuentes: Rebelión

Al día siguiente del referéndum para aprobar diversos cambios en la constitución venezolana nos levantamos con la sorprendente y desalentadora noticia del triunfo del no. [email protected] esperábamos el momento de escuchar a todos esos locutores y comentaristas escupidores de infamias dar a regañadientes la noticia del triunfo del sí. No pudo ser así. Repasando los […]

Al día siguiente del referéndum para aprobar diversos cambios en la constitución venezolana nos levantamos con la sorprendente y desalentadora noticia del triunfo del no. [email protected] esperábamos el momento de escuchar a todos esos locutores y comentaristas escupidores de infamias dar a regañadientes la noticia del triunfo del sí.

No pudo ser así.

Repasando los datos sobre los votos se puede ver claramente que el triunfo de quienes se oponen a los cambios en la constitución no fue porque recibiesen un mayor apoyo (apenas 200.000 votos más que en las elecciones de diciembre de 2006) sino porque 3 millones de [email protected] que en anteriores convocatorias dieron su voto a Chavez o al proyecto que representa se abstuvieron esta vez.

La desmovilización de una parte importante del pueblo humilde venezolano habría que buscarla no en el desacuerdo con los cambios planteados (beneficiosos para los sectores populares) sino en una serie de factores que habrían determinado en mayor o menor medida este resultado.

Las maniobras del imperialismo y la oligarquía para anular o confundir a los «michelines» del chavismo mediante el posicionamiento en contra de los cambios por parte de PODEMOS y del exministro de defensa Baduel pueden haber llevado a la abstención a dichos sectores que en ocasiones precedentes votaron por Chavez. El caso de los sectores de izquierda que no hayan apoyado los cambios planteados por considerarlos insuficientes (mantenimiento de la propiedad privada, no suficientes medidas contra el latifundio, …) habrá sido seguramente minoritario, aunque tenga su importancia. La falta de organización y la falta de cuadros suficientemente preparados y motivados es probable que haya contribuido de forma importante a que muchos venezolanos no suficientemente concienciados no hayan ido a votar por el sí.

Pero al margen de la motivación del potencial electorado hay un factor que puede pesar mucho más que discursos, mensaje y explicaciones de por qué hay que modificar la constitución en una dirección socialista. Tal y como apuntan algunos sectores de izquierda la velocidad a la que está desarrollándose el proceso bolivariano en Venezuela y su plasmación sobre las condiciones de vida concreta de la población es tal vez demasiado lento para los sectores en una situación más precaria. Aunque los avances que están teniendo lugar en Venezuela son indudables (diversas misiones dirigidas a sectores concretos de la población, alfabetización de cientos de miles de personas, asistencia médica gratuita mediante la misión Barrio Adentro para millones de personas que hasta entonces no podían acceder a este elemental servicio, facilitación e impulso a la participación y organización popular, red Mercal para el abastecimiento de productos básicos a [email protected] más pobres…) una gran parte de la población venezolana sigue sufriendo una serie de problemas cotidianos en aspectos básicos. Es evidente además que los avances logrados en materia social y asistencial se basan principalmente en los grandes beneficios proporcionados por el control estatal del petróleo y no tanto en una disminución del poder económico de la oligarquía, de la cual apenas se han tocado sus intereses. A ello habría que sumar la incapacidad por actuar de manera eficiente contra algunos males endémicos incrustados durante décadas en el aparato estatal y de muy difícil extirpación (corrupción, clientelismo, falta de eficiencia, defensa del interés personal por encima del interés y necesidades del pueblo…), a pesar de los llamados y los intentos por parte del propio Chavez. Todo ello puede tener como resultado cierta apatía y credibilidad por parte de estos sectores frente al proceso en marcha, lo cual no quiere decir para nada que su abstención en una cita tan importante como la del 2 de diciembre esté justificada.

Pero más allá de cábalas e intentos por explicar las causas y las consecuencias del resultado del referéndum, cuyo análisis corresponde en primer lugar al pueblo venezolano, sí que resulta necesario recalcar varias ideas y certezas claves en relación al proceso en marcha en la República Bolivariana de Venezuela, extensibles a otros procesos que han sido, son y serán. Más importante es, si cabe, teniendo en cuenta la descarada campaña mediática para desfigurar aquel proceso, la cual tiene su efecto perverso en tantas y tantas mentes irreflexivas, aquellas que tras escuchar reiteradamente una mentira la asumen como verdad, confirmando las apreciaciones del nazi Goebbels.

Para empezar, la agudización del enfrentamiento en Venezuela es lógica. Los defensores del sistema capitalista alertan del riesgo de «fractura social», disfrazando como enfrentamiento o división entre venezolanos lo que es claramente una lucha de clases, con la no mayoritaria pero si relevante clase media dividida entre la derecha y los sectores humildes de Venezuela. Cuando las luchas populares, cuando los trabajadores, campesinos y demás sectores desfavorecidos no ponen en riesgo el sistema de opresión, cuando la burguesía domina no sólo económica y políticamente, sino también ideológicamente, entonces al parecer no hay fractura social. Cuando la situación es la contraria se habla de fractura, de división, de falta de estabilidad, de crisis, de posibilidad de un enfrentamiento civil. Los paternalistas llamados a la reconciliación no son más que intentos por manejar el subconsciente de las clases menos concienciadas para que renuncien a la lucha por sus derechos, contrarios a los intereses de la burguesía. Nada más embriagantemente enajenante que un comentario que se escuchó hace muchos años ya ensalzando el fútbol en Argentina como algo sublime, capaz de unir a todos los argentinos por encima de colores, ideologías y clases, dejando por dos horas fuera del estadio el despiadado enfrentamiento cotidiano. Si los intereses de clase entre trabajadores, campesinos y clases desposeídas son antagónicos con los de la burguesía (tanto local como transnacional) nunca será posible el acuerdo, nunca será posible ese «abrazo que reúna a todos los venezolanos» que citara el principal líder de la derecha venezolana, el ganadero Manuel Rosales, buscando acercar a los indecisos y desactivar a los mencionados «michelines» del chavismo.

La «fractura social» en una situación de transición de un sistema a otro sistema es inevitable, aunque hay que darse cuenta de cuantos, quiénes y con qué motivaciones están a cada lado de esa «fractura».

En este sentido tampoco es del todo correcto, aunque se utilice de forma consciente por parte de los líderes de los procesos en cambio (dígase Chavez o Evo), la referencia al término «revolución democrática». Este término en boca de dichos dirigentes pone de manifiesto más un deseo, una actitud honesta y bien intencionada, que una realidad. Desearían, como lo desean las clases humildes, que es cambio necesario se diera de forma pacífica, pero son perfectamente conscientes de que la burguesía no va a aceptar «democráticamente» perder su papel de rectora de la sociedad y el estado. Infinitos son los ejemplos en la Historia de que recurrirá a todas las herramientas de que disponga, incluidas las más brutales, para acabar con el cambio en ciernes. Por ello, en un momento u otro, en una fase preliminar o en una más avanzada, una situación de violencia muy alejada de lo que se entiende por «democrática» acompañará siempre a la inevitable «fractura social» asociada a un cambio si éste es verdadero. Una vez rotas las reglas del «respeto democrático a las decisiones de las mayorías» los sectores defensores y necesitados del cambio tendrán que hacer frente a los ataques de la burguesía. No hay que suponer además lo que vendrá. Ya hay pruebas de cómo juegan (golpes de estado, sabotajes a los sectores económicos, desabastecimiento de productos básicos, planes de atentado contra Chavez, llamados al asesinato, infliltración de más de un centenar de paramilitares colombianos en 2004 con la misión de matar a Chavez…). Frente a esto, cuanto más preparado y organizado esté el pueblo y menos margen dejen a la contrarrevolución mayores serán las posibilidades de salir triunfantes de los sucesivos envites y poder avanzar en la consolidación del proyecto socialista.

En este sentido no hay que caer en la errónea apreciación que difunden los medios del sistema de que en Venezuela están peor que en el sistema anterior porque hay más polarización, mayor tensión y más enfrentamientos. Las situaciones de transición son siempre convulsas, en muchas ocasiones confusas y van acompañadas de altibajos. El árbol más cercano no debe ocultar el bosque que viene detrás. Parte de esa confusión son los desmarques y realineamientos de algunos personajes o pequeños sectores (estos sí, populistas pero no revolucionarios) que se desmarcan del proceso según éste se va desarrollando y radicalizando. La agudización del conflicto de intereses de clases termina colocando a cada uno en su sitio, y los socialdemócratas, populistas y socialistas de postal suelen terminar ubicándose al otro lado de la barricada en las batallas decisivas.

Si es evidente lo inevitable de la «fractura» y agudización del enfrentamiento también ha demostrado la Historia más reciente de la Humanidad la necesidad de que las etapas que se han de quemar en los cambios cualitativos que acontecen en las transformaciones sociales se hagan a una velocidad suficiente. La revolución bolivariana no es una revolución al uso, aunque tampoco es la primera que intenta cambiar el sistema a través de las vías de la democracia burguesa. Cada situación, cada pueblo, cada momento histórico tiene sus particularidades y las revoluciones de manual que no consideran todos estos factores están condenadas al fracaso. En el caso de la revolución bolivariana venezolana el control de todos los aparatos del estado es un proceso gradual, que no es posible llevar a cabo de un día para otro. Exige paciencia, astucia y disponer de los suficientes cuadros de confianza y bien preparados política y éticamente para ir ocupando los cargos de los que se remueve a los funcionarios y responsables del anterior régimen. En tal sentido se puede argumentar que cuanto más tiempo esté en el poder político el gobierno bolivariano de Chavez más control se tendrá sobre los aparatos del Estado y más asentado estará el proyecto político bolivariano. En definitiva, más difícil será la vuelta atrás. Sin restar importancia a este hecho, siendo evidente que el proceso hacia una sociedad socialista necesita unos mimbres mínimos y que los deseos o la lectura de una vanguardia política no tiene porqué corresponderse con la preparación del pueblo para afrontar esos cambios, no es menos cierto que, emprendido el camino con un respaldo popular importante, el progresivo empoderamiento del pueblo (que se corresponde con un debilitamiento del sistema burgués) debe de ser firme y sin concesiones. Las medias tintas, la falta de energía y determinación, el temor por las campañas que se puedan desatar contra el proceso por adoptar determinadas decisiones, han demostrado ser la antesala de la derrota en no pocas ocasiones. La falta de avances decididos a un ritmo suficiente, además de poder llevar al escepticismo, a la desmovilización y a la pérdida de ilusión del pueblo (lo cual parece haber quedado de manifiesto con el tema de la reforma de la constitución), proporciona a la oligarquía un tiempo y un espacio para organizarse y contraatacar. Las situaciones de equilibrio de fuerzas entre las clases en lucha son efímeras y los ejemplos de procesos abortados por la reacción capitalista debido a una excesiva permisividad son numerosos. De ahí la necesidad de apoyar las medidas por consolidar el proceso y debilitar a la derecha, sin caer en las maniobras de despiste orquestadas por la reacción, como puede ser el caso del cierre de RCTV. Pero no sólo es necesario apoyar las medidas que se tomen por parte del gobierno sino que lo es también exigir más determinación y firmeza aún contra los reaccionarios, como lo demanda una parte importante del pueblo venezolano.

El fortalecimiento del proceso hacia el socialismo, del empoderamiento del pueblo frente a la burguesía, debe pasar necesariamente por el control y planificación de la economía, para lo cual es necesario que los medios de producción, especialmente en los sectores estratégicos, sean propiedad estatal. Cuando la propiedad privada sobre los medios de producción y sobre la tierra, pilar del sistema capitalista, es afectada la respuesta de la burguesía es feroz, ya que está en juego su propia supervivencia. El imperialismo intervendrá con todos sus medios para evitar que los intereses de las transnacionales se vean afectados, que el poder pase a manos del pueblo y que éste, con su práctica, marque a otros pueblos el camino a seguir. Y, con la excepción de PDVSA y algunas otras actuaciones menores, la propiedad privada apenas ha sido afectada todavía.

Simultáneamente a las intervenciones de todo tipo (económicas, diplomáticas, de guerra sucia, militares, …) contra el proceso popular se desarrollará una campaña internacional por parte de los medios de comunicación del sistema (tanto privados como públicos; con la excepción tal vez de los medios públicos en estados con gobiernos progresistas) para desprestigiar el proceso en cuestión y predisponer a la población para la adopción de acciones en su contra, ya sea interna o externamente. Desde noticieros, tertulias y hasta desde programas rosas nos bombardean la mente con mensajes sobre los ataques a la libertad de expresión, sobre la «cubanización» del «régimen», sobre la actitud autoritaria y dictatorial de Chavez, sobre las protestas de la población venezolana, sobre la violencia de los chavistas contra los «opositores al régimen»… Si los intereses del capital son afectados, los voceros mediáticos del capital actuarán, arrogándose las banderas de la veracidad, la libertad de expresión e información, y la preocupación por los ciudadanos víctimas del «régimen» (ciudadanos inexistentes hasta ese momento, evidentemente). No por indignante deja de ser lógico y esperable. Lo acabamos de ver con la vomitiva campaña de desinformación previa al referendum, en la que ha resultado especialmente despreciable el programado y tendencioso tratamiento informativo dado por EITB (pagada con dineros públicos), centrados en flashes simplistas y repetidos reiteradamente: la nueva constitución ampliará aún más el poder de Chavez y le permitirá gobernar indefinidamente, los estudiantes (se entiende que todos o por lo menos la mayoría) se movilizan contra los cambios en la constitución, el término «populista» apostillado una y otra vez…

El fracaso transitorio de la votación del 2 de diciembre debe servir para abrir una reflexión acerca de la marcha del proceso. Debe servir para ser consciente de que el proceso no es irreversible, de que hay que intensificar y acelerar el proceso de empoderamiento popular, de que quizá se esté yendo demasiado lento más que demasiado rápido. ¿Puede el pueblo estar inmaduro para el socialismo si tiene todo por ganar y el capitalismo le ha condenado a ser eterno perdedor? Y si realmente está inmaduro habrá que madurarlo rápidamente a la luz de las ideas, la práctica y los hechos. La burguesía y el imperialismo están desde el principio maduros. Saben que tienen que acabar con el proceso y ya lo han intentado, y han fracasado, aunque a través de esos fracasos habrán madurado más todavía. Ya saben que si desatan otro golpe de estado no pueden permitirse aquellos «fallos» que devolvieron a Chavez vivo a Miraflores. Estos años de gobierno bolivariano son un tiempo preciosísimo para organizar y formar al pueblo. Los sectores de izquierda, populares y revolucionarios tienen la ocasión de trabajar con mucho más margen que en otros momentos de la historia venezolana (aunque las prácticas caciquiles y la represión policial bajo mando de la derecha sigan siendo frecuentes). Además de impulsar y contribuir a la discusión y organización popular en los barrios, centros de trabajo, escuelas y universidades, deben ser los garantes y vigilantes de la marcha del proceso hacia el socialismo. Este momento debe ser aprovechado para formar esos cuadros políticos tan necesarios entre Chavez y las bases y para prepararse para las grandes batallas que están todavía por llegar, y como dijera José Martí «la hora de acción no es momento de aprender, es preciso haber aprendido antes».

Más de [email protected] puede argumentar que es muy fácil y cómodo criticar, analizar y decir cómo se tienen que hacer las cosas desde el otro lado del océano, sin vivir allí, desde nuestra mentalidad y cuando en Euskal Herria no hemos logrado una mínima parte de lo que han avanzado allí. También se puede argumentar que no se descubre nada nuevo y que todo lo expuesto en las líneas precedentes es una perogrullada ya explicada muchas veces antes desde una lectura marxista. Ello puede ser cierto, aunque el objetivo de este texto es otro, es recalcar la necesidad de comprender el trasfondo de lo que ocurre en Venezuela y el apoyo que hay que trasladar al proceso que allí tiene lugar, que trasciende a la propia República Bolivariana de Venezuela. La teoría de Goebbels se ha demostrado cierta para personas de izquierda también, y el bombardeo de desinformación sobre Venezuela también tiene su efecto pernicioso por aquí. El propósito de este texto es también subrayar, una vez más, que la organización y la lucha, la perseverancia, el sacrificio y el estar siempre [email protected] y vigilantes, aquí como en Venezuela y el resto de pueblos del mundo, es el único camino. No hay vías intermedias, no hay soluciones mágicas, sencillas ni cómodas, no hay posibilidad de avanzar en un «abrazo» interclasista, ni habrá concesiones en la construcción de un modelo diferente. Habrá que organizarse, hacer masa, colocar todos los ladrillos y defenderlos uno a uno frente a los intentos de demolición.