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Aquelarre y lectura, «El Capital» a la luz del crepúsculo

Fuentes: Rebelión

Dice Alan Moore que la escritura está emparentada con la magia, es una forma de magia. Que el lenguaje, en definitiva, es magia, porque todo mensaje lingüístico opera como un conjuro. A través de una secuencia arbitraria de sonidos, que representan una o varias palabras, que componen una frase, quien emite el mensaje consigue inducir una determinada respuesta en quien lo recibe. Puede alterar lo que sabe o cree saber acerca del mundo: «Se han identificado algunos mecanismos epigenéticos relacionados con los procesos de vernalización del trigo» (Zhang y Liu, 2017Liu, Liu, Gao, et al., 2024Liu, Xu, He, et al., 2024Liu, Wang, Zhang, et al., 2025). Puede jugar con su memoria para inducirle la representación de olores, sonidos, imágenes, texturas: «La manzana asada con canela se enfriaba sobre un banco de madera sin lijar mientras cantaban los mirlos». Puede provocar hastío si elabora una frase con suficiente nivel de redundancia o reiteración; una frase en la que resulte patente que, aun diciendo mucho, en realidad no se está expresando nada, o casi nada, muy poco, una nimiedad, una minucia. Puede robarle una sonrisa. O infundirle un miedo atroz si le augura una desgracia y, claro está, si es suficientemente crédulo, o la fuente suficientemente creíble. La palabra escrita añade a la magia del lenguaje la posibilidad de «embrujar a distancia» y «en masa»: la hechicera y las hechizadas, cuyo número puede incrementarse exponencialmente, no tienen por qué compartir el mismo espacio, y ni siquiera el mismo tiempo. Abracadabra.

Aunque sea un artefacto literario, la comparación de lenguaje y magia permite describir la singularidad de la acción lingüística y quizá comprender por qué provoca tantos quebraderos de cabeza en la filosofía del derecho y en la práctica legislativa. Las palabras son solo palabras y no hechos, y la ley, especialmente la penal, cometería un grave error de proporcionalidad si no reconociera la distancia entre lo dicho y lo hecho. Al mismo tiempo, sin embargo, los actos verbales no dejan de ser actos con una trascendencia pública, y que pueden producir efectos muy relevantes. Lo mismo pasa con los actos lingüísticos que se expresan por escrito, que pueden ser mucho más «peligrosos». Noventa y cinco tesis en la puerta de una iglesia.

La consolidación de los derechos y libertades de opinión, información, expresión… tiende en general a reafirmar que las palabras son palabras y que con palabras deben ser confrontadas. Se circunscriben estrictamente los casos en los que se aprecia que las palabras hieren lo suficiente como para merecer castigo: porque anticipan hechos delictivos, y por tanto son instrucciones y no opiniones; porque deshumanizan al diferente y legitiman que sea discriminado y agredido; o porque hacen escarnio de quien ya tiene condición de víctima. Desgraciadamente la práctica judicial posterior puede operar en sentido contrario. Por ejemplo, haciendo valer el derecho al honor de un personaje público por encima de la libertad de expresión con animus iocandi. O empleando la acusación de «enaltecimiento del terrorismo» para llevar ante la Audiencia Nacional a músicos y otros artistas que solo se expresan al amparo de su literatura, mejor o peor. «GORA ALKA-ETA».

Recientemente se ha publicado la noticia de que un tribunal alemán ha considerado que un grupo de 26 personas dedicado a la lectura de El Capital, y que había sido investigado como potencial amenaza al orden constitucional alemán, en realidad no constituye tal amenaza. Según el tribunal administrativo que considera el caso, las ideas de Karl Marx, como revolucionario comunista y defensor de la dictadura del proletariado, contienen elementos explícitamente contrarios a lo dispuesto por la Ley Fundamental de Bonn. Pero, prosigue el tribunal, los miembros del colectivo que presenta el recurso no tienen ni la capacidad ni la voluntad de actuar.

El hecho de sospechar no ya de quien habla o escribe sino de quien lee, cambia la discusión de plano. Si sirve el símil, es un despropósito perseguir la brujería pero todavía lo es más considerar en algún término cómplice a la persona que «padece» el hechizo. Ciertamente, la lectura colectiva de Marx puede asemejarse a un aquelarre, pues se suele dar bajo la luz del crepúsculo: sus participantes comparten la condición de tener que alquilar sus días a cambio de un salario, y por eso le roban horas a la noche para dedicarse al «análisis concreto de la situación concreta». Marx es, además, un hechicero de un talento particular, pues El Capital es un singular grimorio cuya principal vocación es la de hacer sensible, a través de la palabra, la realidad abstracta de una magnitud social, el valor, que rige la dinámica de la acumulación de capital, imputándole subjetividad a las cosas y cosificando a las personas. A pesar del fetichismo de la mercancía, la lectura de sus páginas cambia para siempre la visión que uno tiene de la realidad social en la que vive.

Ahora bien, no es menos cierto que la lectura es, por sí misma, un acto neutral. Suponiendo que sea infalible el hechizo de lo escrito, uno puede recurrir siempre a un contraconjuro para compensar lo leído y reafirmarse en la tesis contraria. Y es signo de un alto grado de indigencia intelectual el pensar que uno solo lee, o debe leer, aquello con lo que está de acuerdo, pues en general las mejores lecciones se aprenden estudiando a los adversarios.

Tenemos registro de numerosas coyunturas históricas, desde las más lejanas en el tiempo hasta las estrictamente actuales, en las que se han confeccionado listas de libros prohibidos, e incluso se ha intentado erradicar la existencia de las obras señaladas. Pero para todas ellas es más difícil encontrar datos específicos sobre la responsabilidad legal atribuida o exigida a quien posee o lee estas obras proscritas. No sorprende, en todo caso, la noticia de lo ocurrido en Alemania, sabiendo cuál es el origen y la historia, desde 1949 hasta la actualidad, de las Oficinas de Protección de la Constitución (es muy informativa esta reseña de un libro monográfico sobre las mismas, escrita por Wolfgang Streeck).

Es desde luego lamentable e indignante que se considere a un grupo de lectura de El Capital como una amenaza al orden constitucional, con la que está cayendo. Pero igualmente lamentable resulta que, ante tal acusación, dicho grupo de lectura no tenga mejor curso de acción que defenderse haciendo de Marx un vulgar socialdemócrata. Esto confirma mi intuición de que, fundamentalmente desde la década de 1960 hasta ahora, hemos pasado de leer mientras se hace la revolución, o de leer cuando la revolución ya se ha hecho, a leer mientras la revolución no es posible…

Esta tesis, pura provocación, fue de hecho la premisa de una actividad realizada el pasado 25 de abril en la librería Contrabandos de Madrid con ocasión de la Noche de los Libros. Allí comencé un diálogo con Carlos Castillo, impulsor y coordinador de grupos de lectura de El Capital en Madrid desde hace por lo menos cuatro décadas, sobre la historia de la lectura de Marx como praxis militante desde 1867 hasta la actualidad. Por supuesto, el guion de aquella actividad era desmesurado, inabordable dentro de los márgenes a los que debíamos ceñirnos, y confiamos en poder reformular pronto la actividad bajo un formato que le sea más adecuado (quizá un breve curso).

Aparte de esa premisa sobre el cambio en la relación entre lectura de Marx y horizonte revolucionario, el guion que preparamos Carlos y yo giraba en torno a una pregunta: ¿qué condiciones son las que deben darse para que la lectura de Marx constituya en sí una praxis política? Lo ocurrido en Alemania subraya la importancia de esta pregunta y la necesidad de darle respuesta. Quien dedica su vida, lo mejor de su tiempo y toda su inteligencia, a promover y coordinar grupos de lectura de El Capital, claramente está realizando una acción política, entre otras cosas porque está sosteniendo a pulso una auténtica institución que permanece en el tiempo. Sin embargo, no tengo tan claro en qué medida el resto de participantes, quienes circulamos por un grupo de lectura unos años, digerimos el texto con mejor o peor fortuna, y luego seguimos con nuestra vida, nos podemos atribuir una coparticipación en ese mismo esfuerzo. Como dice un compañero, «reunirse para leer un libro sobre cómo se fabrica un cohete no es lo mismo que reunirse para fabricar un cohete».

Si un inquisidor haciendo el paso de la oca va a acusarnos de ser una amenaza para el orden constitucional en función de lo que leemos, mientras otras autoridades nos ahogan en propaganda de guerra, amparan genocidios televisados, y persiguen a quienes lo denuncian, por lo menos no hagamos el ridículo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.