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Reseña del libro Autopsia de Iraq de Hans C. von Sponeck

Asedio y asalto: crónica de una dimisión anunciada

Fuentes: Rebelión

Hans C. von Sponeck, Autopsia de Iraq. Ediciones de Oriente y del Mediterráneo, Madrid, 2007, 552 páginas. Traducción de Mercedes Bellavista y Gonzalo Fernández Parrilla. Pórtico de Celso N. Amorim y presentación de Carlos Varea. Los doce años de sanciones, desde agosto de 1990 hasta su derogación, inmediatamente después de la culminación de la invasión, […]


Hans C. von Sponeck, Autopsia de Iraq.

Ediciones de Oriente y del Mediterráneo, Madrid, 2007, 552 páginas.

Traducción de Mercedes Bellavista y Gonzalo Fernández Parrilla.

Pórtico de Celso N. Amorim y presentación de Carlos Varea.

Los doce años de sanciones, desde agosto de 1990 hasta su derogación, inmediatamente después de la culminación de la invasión, el 22 de mayo de 2003, en un dictamen en el que los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU reconocían que según las resoluciones 687 de 1991 y 1284 de 1999 Iraq había cumplido con sus obligaciones de desarme y que, por tanto, se consideraba que no tenía armas de destrucción masiva, principal argumento, como es sabido, de las potencias invasoras para justificar su invasión, convirtieron Iraq, una sociedad que, más allá de su dirección política en manos de Saddam Husein, era una comunidad próspera, con infraestructuras esenciales, con un sistema sanitario y educativo entre los mejores de Oriente Próximo, en un país empobrecido, totalmente destrozado, en el que la carga más pesada para poder vivir recayó en niños, jóvenes, ancianos y mujeres. Si en 1990 un dinar iraquí valía unos 3 dólares USA, durante los peores años de las sanciones, durante la primera mitad de los noventa, un dólar equivalía a 1.800 dinares. El coste de una caloría alimenticia para la ciudadanía iraquí se multiplicó, aproximadamente, por 500.

La sanciones, esta vez sí, fueron una verdadera arma de destrucción masiva, la preparación meditada de la guerra de aniquilación posterior. Según diversas Agencias de las mismas NNUU, las sanciones económicas costaron al pueblo de Iraq un millón y medio de muertos. De ellos, 600.000 eran niños menores de 5 años. Como señala Carlos Varea, autor de Iraq, asedio y asalto final y del magnífico prólogo del volumen, lo aquí narrado es la letra pequeña de ese crimen de genocidio cometido premeditadamente por algunos gobiernos y tolerado por el resto de la comunidad internacional (p. 12), con apenas voces de protesta entre las fuerzas sociales críticas.

En una carta dirigida a Louise Arbour, Alta Comisionada de Derechos Humanos de Naciones Unidas, Denis J. Halliday y Hans C. von Sponeck, este último autor de esta documentadísima autopsia de Iraq y de los comportamientos de las grandes potencias e instituciones, como ex coordinadores dimitidos para Iraq, señalaban la percepción generalizada del fracaso de NNUU en el seguimiento del cumplimiento de los Derechos Humanos en Iraq, lo que revelaba negligencia y una grave parcialidad. Durante los años de las sanciones, el mandato de Naciones Unidas en relación a los Derechos Humanos constituyó una injustificable y tendenciosa evaluación de su situación en Iraq. Andreas Mavrommatis tuvo el valor de protestar y referirse, precisamente, a la política internacional de sanciones como una causa fundamental de las violaciones de los Derechos Humanos de la población. Aún más, en junio de 2000, Marc Bossuyt, juez del Tribunal de Arbitraje belga, transmitió a la Comisión de Derechos Humanos de NNUU su profunda preocupación sobre la legalidad de la política del CS de NNUU: «El régimen de sanciones impuesto a Iraq es inequívocamente ilegal a la luz de la vigente legislación humanitaria internacional y de la legislación sobre Derechos Humanos». En aquel momento, no se produjo respuesta alguna a esas graves observaciones ni de la Comisión de Derechos Humanos ni de cualquier otro organismo de las Naciones Unidas

Hans Christof von Sponeck, que trabajó durante más de 30 años en el programa de NNUU para el desarrollo, fue nombrado en 1998 coordinador humanitario en Iraq con rango de secretario genera adjunto, dimitió de su cargo en 2000 como protesta por la política de sanciones que extendió la pobreza y el hambre entre la población iraquí y que pocas voces denunciaron en Occidente, con admirables excepciones como, en el caso de España, de Jaume Botey. En Autopsia de Irak analiza, usando documentación inédita, las consecuencias de las sanciones de NNUU entre la ciudadanía iraquí. Chomsky lo ha resumido así: «En su meticuloso y cuidadosamente documentado estudio, Sponeck demuestra con dolorosa precisión que el Consejo de Seguridad de NNUU, y especialmente Estados Unidos y el Reino Unido, han violado radicalmente esas mínimas condiciones de comportamiento civilizado con su programa de sanciones contra la torturada población de Iraq, incluido el programa «Petróleo por Alimentos», que con valor intento dirigir de forma humana, luchando contra crueles y continuos obstáculos. Se trata de una lectura necesaria e inmensamente triste, con lecciones cruciales también para el futuro inmediato».

Celso N. Amorim, ministro de relaciones exteriores de Brasil en el primer gobierno Lula, lo señala en su pórtico y es difícil contradecir su posición: «La reflexión que propone Sponeck, desde el punto de vista de su experiencia como Coordinador Humanitario de la ONU en Iraq, pone de manifiesto la necesidad de llevar a cabo una profunda reestructuración de las Naciones Unidas y el Consejo de seguridad para que puedan contribuir de forma efectiva al objetivo de promover la paz y la justicia social» (p. 15). De ahí la arista remarcada: Sponeck, con honestidad e independencia intelectuales, concluye que las Naciones Unidas deberían ser capaces de superar el creciente poder de intereses limitados y sesgados, nada globales y en absoluto respetuosos del Derecho Internacional. Baste pensar que en agosto de 2002, Dich Cheney declaraba ante la convención de veteranos de guerras extranjeras que no había «duda de que Saddam Husein tiene armas de destrucción masiva. No hay duda de que las está acumulando para utilizarlas contra nuestros amigos, nuestros aliados y contra nosotros». No hay duda que Cheney mentía, no existe duda alguna de que Cheney sabía que mentía.

A finales de 1999, Sponeck supo que tenía que elegir entre lo que él representada como funcionario público de la ONU y lo que, con su ayuda, querían conseguir los que realmente dictaban las normas en el Consejo de Seguridad de la ONU. El 10 de febrero de 2000 presentó una carta de dimisión a Kofi Annan en la que señalaba: «El mantenimiento del régimen de sanciones en Iraq, a pesar de los abrumadores indicios de que la sociedad iraquí se estaba desmoronando rápidamente y de la conciencia internacional de que el planteamiento escogido estaba, sin duda alguna, castigando a la parte equivocada» (p. 517).

Este ensayo, sexto de la colección sociedades del Oriente y del Mediterráneo, se acabó de imprimir el 8 de abril de 2007, el aniversario del asesinato del cámara José Couso durante la toma de Bagdad por las tropas de Estados Unidos. In memoriam, se señala en el cierre de este informado y crítico ensayo. In memoriam.