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Carta que si lee Hugo Chávez no está de más

Fuentes: Diagonal

Apartir de una reflexión conjunta entre personas que hemos militado por largos tiempos en la lucha revolucionaria, consideramos necesario sintetizar algunos elementos críticos dentro de la revolución bolivariana. Una y otra vez se oyen en la mayoría de espacios organizados del pueblo dos opiniones que ya parecen fijas e interiorizadas: una tiene que ver con […]

Apartir de una reflexión conjunta entre personas que hemos militado por largos tiempos en la lucha revolucionaria, consideramos necesario sintetizar algunos elementos críticos dentro de la revolución bolivariana. Una y otra vez se oyen en la mayoría de espacios organizados del pueblo dos opiniones que ya parecen fijas e interiorizadas: una tiene que ver con la acentuada burocratización del proceso, que facilita la cristalización de la ineficiencia y la división del trabajo como norma de vida dentro del Estado. Esto facilita la multiplicación de fenómenos de corrupción. La otra opinión es que hay una distancia cada vez más palpable entre las esferas de gobierno y la organización popular; distancia que a su vez jerarquiza en forma alarmante las relaciones entre pueblo y gobierno perdiéndose en una suma de actos protocolarios donde uno habla y el otro escucha cual masa pasiva y sin papel protagónico. Se ‘instrumentaliza y electoraliza’ la relación con las clases populares. Esto lleva a la pérdida de credibilidad del proceso revolucionario y el desencanto de miles de personas que desde los primeros momentos han constituido la militancia social, desinteresada y principal de la propia revolución. Estamos viviendo una crisis de proyecto.

La producción

Tomamos como punto de partida los atascos en los cuatro escenarios principales desde los cuales se han intentado implementar los cambios en las relaciones de producción: 1) los proyectos de carácter alternativo y colectivista, y los proyectos cooperativos y de desarrollo endógeno; 2) la nacionalización de empresas estratégicas en manos de monopolios privados; 3) los proyectos ligados a modelos cogestionarios tanto en industrias básicas y agrícolas, principalmente aquellos donde se ha procedido a la expropiación a raíz de las tomas de empresas por parte de los trabajadores; y 4) los actuales proyectos en curso donde resalta la línea de desarrollo de las ‘200 fábricas socialistas’. Todos estos proyectos de vital importancia política, económica tienen como común denominador, primero, la ausencia del papel protagónico de la clase trabajadora en toda su diversidad y complejidad en tanto sujeto pensante y dirigente dentro de los mismos. O si ése no es el caso como de hecho pasa con las empresas recuperadas o iniciativas colectivistas, lo que vemos es una contraofensiva burocrática sobre ellos a través de la cual se ha intentado despojar al trabajador politizado y actuante de su papel dirigente. O en el caso del cooperativismo, allí donde ha sido sincera la intención de colectivizar y horizontalizar las relaciones laborales, se sobrecarga de condicionantes, papeles y vigilancia burocrática.

Muchos proyectos, sobre todo aquellos que tienen que ver con empresas y proyectos medianos y pequeños, están concebidos por fuera de la dinámica popular de organización y autogobierno, con lo cual ellos mismos se quedan descolgados del conjunto de la sociedad y la sociedad en el sentido más amplio queda anclada en la condición de consumidora o receptora de la asistencia del Estado. Así se alejan las fases de producción y reproducción de la riqueza en sus intentos liberadores. Se impone también el mando burocrático sobre los tan propangandizados ‘poderes populares’, manejados y diseñados en oficinas de Estado o sencillamente vemos cómo pierden su condición autónoma y de poder. Ello conduce a desdibujar cada vez más todo el propósito inicial libertario, movilizador, constituyente, que inspira la revolución bolivariana, imponiéndose un viejo esquema muy trajinado: combinar el capitalismo de Estado con el asistencialismo social y la promoción de la pasividad social. La propiedad común y social, la ruptura con el viejo Estado, el autogobierno del pueblo, que han sido bandera argumentativa en infinidad de discursos del mismo presidente, hoy en día se disuelven. Cuando se habla de proyectos socialistas, no existe ningún plan de convocatoria o de acercamiento fluido, directo y creador entre gobierno y clases trabajadoras para comenzar la obra pendiente en favor del desarrollo de un tejido productivo socialista, endógeno, sustentable y soberano, adjunto a toda una cantidad de espacios territoriales de organización y gobernabilidad popular de carácter constituyente. Por el contrario, y de allí su estancamiento, se mapean uno tras otro proyectos (la mayoría quedándose en el papel) donde sólo participan en su concepción y ejecución comisiones formadas al interno de las oficinas gubernamentales. Por más buena voluntad, capacidad e ilusión revolucionaria que exista entre estos funcionarios, esto hace imposible avanzar por una senda de transformación real y profunda. Son hoy proyectos sin sujeto, puramente instrumentales y externos a los saberes, luchas, necesidades y deseos colectivos. Por tanto, proyectos que sólo podrían llevarse adelante y hacerse efectivos si implantamos un esquema despótico sobre el trabajo.

Tenemos hoy en día una situación muy particular que nos obliga a tomar decisiones urgentes. A partir del próximo año para nosotros se acabaron los paraísos presupuestarios destinados en principio a la inversión social, productiva y de infraestructuras. Sin caer en catastrofismos es evidente que el superávit petrolero se va a reducir en forma drástica. Es el momento de darle la oportunidad al no-Estado, al no-capital, al pueblo organizado y rebelde, para que tome las riendas del proceso revolucionario. Han sido casi diez años donde (quitando los años defensivos de conspiración y saboteo fascista) no se ha podido cambiar, al menos en amplias y significativas zonas de vida social y productiva, el viejo esquema del capitalismo rentista, populista, oligárquico y dependiente. Se han emprendido algunas obras importantes pero que han costado muy, muy caras, y se han abierto compuertas innegables de libertad, derechos y participación, propias de una sociedad democrática sin más. Pero muchísimo más se puede hacer con mucho menos dinero.

Estamos hablando de un proyecto anticapitalista y no simplemente distributivo, mucho menos demagógico y populista, que convoque todos los saberes, voluntades, capacidades, experiencias, ideas, sueños, que están regados por toda la sociedad. Hechos presentes en muchísimas de las luchas concretas emprendidas en estos años, y que ya son patrimonio de una clase trabajadora que en la forma sui generis en que esto se da dentro de las periferias del capitalismo central, ella también se ha socializado, se ha cualificado y sobre todo se ha politizado en franjas muy importantes. Una convocatoria que vaya hacia el desarrollo de proyectos societarios concretos, ayudados técnica y financieramente por el Estado. Posibilidades hay millones todavía, tenemos el contexto político que guarda gran parte de su calor, movilidad y esperanza original (es lo mas importante), tenemos los recursos financieros mínimos indispensables, la infraestructura necesaria, un nivel instrumental y técnico con que contar que no es desdeñable. Tenemos los recursos naturales de sobra y un mundo profesionalizado, técnico o simplemente enriquecido por la experiencia laboral y comunitaria de vida que ya es muy importante. En fin, indistintamente de los miles de vicios y debilidades que tampoco nos faltan, aún estamos en condiciones de dar un salto gigantesco.