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Entrevista con Ricardo Napurí

«Chávez tiene en sus manos una responsabilidad histórica»

Fuentes: La Maza

Napurí es uno de los militantes revolucionarios vivos más experimentados del último medio siglo. Su biografía podría escribirse con fechas y hechos claves de la resistencia anti imperialista de nuestro continente. En ese sentido, es una figura epopéyica de la revolución latinoamericana. En esta conversación, realizada en Buenos Aires a mediados de junio de 2004, […]

Napurí es uno de los militantes revolucionarios vivos más experimentados del último medio siglo. Su biografía podría escribirse con fechas y hechos claves de la resistencia anti imperialista de nuestro continente. En ese sentido, es una figura epopéyica de la revolución latinoamericana. En esta conversación, realizada en Buenos Aires a mediados de junio de 2004, el viejo dirigente reflexiona sobre los desafíos actuales de la «revolución bolivariana». Para ello, escogió el camino que más le gusta, el ejemplo y la vivencia personal. Llega a conclusiones que la vanguardia bolivariana debe conocer y debatir.

Ex teniente especializado en bombardero, de la Aviación de Perú. Colaborador del Che Guevara entre 1959 y 1964 en el proyecto revolucionario continental; Diputado constituyente en 1979 y Senador Nacional en 1980, Napurí fue uno de los redactores de la Constitución peruana de 1979.

Linotipista, dirigente sindical y periodista en Argentina; discípulo de Silvio Frondizi y Marcos Kaplan, dos de los principales intelectuales marxistas de ese país; fundador, junto a Luis de la Puente, del MIR peruano, que dio inicio a la insurrección guerrillera de 1965. Organizador de un partido de masas llamado Vanguardia Revolucionaria, con el cual ayudó a refundar la Central General de Trabajadores del Perú, CGTP, en 1969.

En 1971 fundó el Partido Obrero Marxista Revolucionario, POMR. Fue protagonista de la Asamblea Popular de Bolivia. Militó en primera fila en los procesos de corte nacionalista de Juan Velasco Alvarado en Perú, y de Salvador Allende en Chile, adonde había sido deportado en 1973. En su exilio francés, fue de la dirección de la Organización Comunista Internacionalista, OCI, hasta que regresa clandestinamente a Perú, en 1975, para ayudar a organizar el Frente Obrero, Campesino y Estudiantil, FOCEP, en 1978, que obtuvo el 21% de los votos para la Asamblea Constituyente con 12 diputados.

Napurí registra 16 años en exilios y 8 años en prisión. Junto a Hugo Blanco, periodistas y militares peruanos rebeldes, fue víctima de la Operación Cóndor en 1980. A sus 78 años, escribe su historia en Buenos Aires, donde vive. De esa historia, nos servimos en esta entrevista para tratar sobre la «revolución bolivariana».

Modesto E. Guerrero: Primero, ubiquemos el fenómeno «chavista» en Venezuela y lo que se denomina como «revolución bolivariana». Chávez, por ejemplo, que es un fenómeno en sí mismo, irrumpe como líder nacionalista en tiempos de globalización, cuando ya esos movimientos son lecciones de historia. ¿Como ubicamos todo eso en la actual situación internacional?

Ricardo Napurí: Por su complejidad, intentaré que el contenido de la respuesta a tu pregunta sea abordado a lo largo de esta conversación. Más que una definición teorizante, recurriré las experiencias históricas, mis propias vivencias en muchas de ellas y las comparaciones. Sin embargo, quiero adelantarte, a riesgo de equivocarme, que lo de Venezuela constituye un proceso revolucionario en ciernes, de fuerte contenido nacionalista. Más claro, todavía no constituye una revolución.

Modesto E. Guerrero: ¿Cómo diferencias proceso de revolución?

Ricardo Napurí: En un proceso revolucionario se comienza a romper en algunas formas con el pasado inmediato, pero es una realidad donde las relaciones de fuerza entre las clases no están totalmente definidas, aún. En cambio, una revolución se produce cuando hay un cambio profundo en las relaciones de fuerza, con la victoria de una o más clases sobre otras.

Cuando se trata de un país capitalista, esa revolución adquiere un carácter socialista o presocialista, porque ataca las bases del capitalismo, se trata de acabar con el capitalismo. También hemos conocido revoluciones de contenido burgués, como la Francesa de 1789 o la Norteamericana y la latinoamericana. En el caso venezolano, el proceso revolucionario en desarrollo no ha definido su carácter de clase. La idea de «revolución bolivariana» expresa muy bien ese sentido de proceso de transformaciones, proceso en desarrollo.

Modesto E. Guerrero: ¿Cuál es la realidad mundial que desafían Chávez y la «revolución bolivariana»? ¿Cuál es su particularidad en el momento actual?

Ricardo Napurí: El proceso venezolano toma una relevancia fundamental, sobre todo para América latina. No olvidemos que se produce en esta fase de mundialización-globalización del imperialismo, bajo la tendencia a que EE.UU se convierta en la única potencia imperial; una suerte actual de «supraimperialismo» (1) Porque no se trata sólo de la conquista brutal de Afganistán o Irak, ni del Medio Oriente o del control de las fuentes de energía, especialmente petróleo.

El curso crítico del proceso de acumulación capitalista -tasa de ganancia y otros contradicciones de por medio- obliga a los Estados Unidos a garantizar su subsistencia, acentuando la explotación y el dominio del mundo. De ahí que los teóricos del Pentágono y los asesores del gobierno de George W. Bush, dicen ya sin esconderlo, en qué consiste este intento de dominación mundial.

América latina es una pieza fundamental en este plan. De «patio trasero» pasará, si no lo impedimos, a ser recolonizada. Las insurrecciones, rebeldías y múltiples resistencias de nuestros pueblos, son obstáculos en ese camino. Sus picos más altos en este momento, son Cuba y Venezuela, sin olvidar a Bolivia y Ecuador. De ahí la connotación internacional del enfrentamiento, todavía limitado, entre Chávez y el imperialismo norteamericano.

Modesto E. Guerrero: Porque además, las potencias europeas tuvieron un límite en su recuperación, ¿no es así?

Ricardo Napurí: Por eso la mundialización-globalización constituye una fase diferente del imperialismo estudiado por Lenin. Entre otras diferencias importantes está la ruptura de la paridad interimperialista. Ahora, la superioridad de los EE.UU. se expresa, incluso, contra Inglaterra, Francia, Alemania, Japón.

Están deviniendo en especies de subimperialismos. Y para remate, si los yanquis, controlan o se apoderan del petróleo y el gas de Medio Oriente, el cerco económico de las potencias europeas será mayor. No habrá unidad europea que impida este hecho crucial.

Modesto E. Guerrero: En esa dinámica, Napurí, podemos afirmar que el concepto de «patio trasero» cambió.

Ricardo Napurí: Claro, pero para peor. Porque recolonizarnos no es más grave que se el «patio trasero». Es un grado más alto y perverso de explotación y dominación. Lo poco que habían logrado en independencia nuestros países, desde el siglo XIX, quedaría liquidado.

Modesto E. Guerrero: ¿Ves a los movimientos antiglobalización como un obstáculo a ese designio?

Ricardo Napurí: Si, lo son, sobre todo si adoptan un acento anticapitalista y logran generalizarse. Pero en América latina, lo principal es la resistencia popular, expresada en varias formas de rebeldías en el continente. Cuba, porque resiste a la agresión norteamericana, porque lucha por mantener su independencia nacional y porque concentra la memoria antiimperialista de la resistencia de nuestros países.

De ahí que el proceso social y político venezolano, Chávez y el chavismo, aún con sus mediaciones, contradicciones y limitaciones, queda enfrentado a los planes de recolonización del imperialismo yanqui. Le ha tocado este lugar en este momento histórico, junto con Cuba. Para América latina sería una tragedia la caída de Cuba y el retroceso o la derrota del proceso venezolano, aún en su versión actual, que es la «revolución bolivariana».

Chávez tiene en sus manos una gran responsabilidad histórica en esta batalla internacional. Los realistas de izquierda latinoamericanos, los que siguen el ejemplo del PT y Lula, estarían muy contentos. Y por supuesto, las patronales y gobiernos nativos. Ellos no necesitaron del derrumbe de los países del llamado «socialismo real» para alinearse, contentos o no, detrás de los Estados Unidos. Ya conocemos su slogan: «No hay alternativa a su dominación».

Modesto E. Guerrero: ¿Por qué la manía del gobierno norteamericano de intentar asesinar a Chávez? ¿Qué es lo que le molesta tanto del líder venezolano?

Ricardo Napurí: Bueno, una parte de la respuesta ya la he dicho, Chávez no cabe en los planes del imperialismo. Pero no olvidemos que antes de decidir matarlo, han probado con otras opciones, por ejemplo, comprarlo, asimilarlo o echarlo a través del golpe. Pero esto no es novedoso en la doctrina del Pentágono o de la CIA. Ahora lo reconocen con desparpajo y cínicamente, pero siempre en el método de deshacerse físicamente de sus enemigos políticos. A Fidel le han organizado muchos atentados. Ese método lo siguieron en otros casos reconocidos: Goulart, Salvador Allende, Torrijos… para qué seguir. (2) Modesto E. Guerrero: Aquello que Chávez ha difundido en sus propias palabras, como el intento de «domar al bicho».

Ricardo Napurí: Ellos habrán dicho, «este comandante paracaidista, apenas huela el poder lo tenemos de nuestro lado». Pero el hombre se les escapó, sea por sus cualidades personales o por la combinación de que e ha constituido en un personaje político y le agrada eso. Los yanquis contaron desde el primer momento con la oposición interna para este operativo. Atención, lo de Chávez es un tremendo desafío. Fueron muy pocos los gobernantes o líderes que no capitularon, abiertamente, o se adocenaron con «realismo», se «amecetaron». Más adelante podemos ver algunos ejemplos de esto.

Modesto E. Guerrero: En este contexto hay que ubicar el golpe de abril de 2002.

Ricardo Napurí: Pero este golpe constituyó el segundo tiempo de la conspiración. Los yanquis y la oposición se dieron cuenta que no bastaba con la movilización callejera. La densidad, radicalidad y continuidad de aquellas movilizaciones pudo contribuir decisivamente al cambio de las relaciones de fuerza. Claro, siempre que el adversario acuse el golpe y retroceda en toda la línea. Como eso no ocurrió, entonces llegó el golpe del 11 de abril.

Modesto E. Guerrero: O sea, también les fracasó el golpe de Estado. ¿Y después?

Ricardo Napurí: La respuesta cae por su propio peso. El atentado personal, deshacerse del «bicho». En esto, la CIA, el FBI, y los agentes especializados del Pentágono, tienen más experiencia que los somnolientos y envejecidos «demócratas» de la oposición.

Modesto E. Guerrero: Sin embargo, en el cálculo de su asesinato no está evaluado el riesgo de las consecuencias que podría traer un hecho así en la Venezuela de actual.

Ricardo Napurí: Es que se trata de una verdadera guerra política. El capitalismo internacional y sus agentes nacionales saben organizar sus batallas, si se los deja. Más claro, no es solo la figura de Chávez, sino lo que está debajo y detrás de él. Seamos consecuentes con las caracterizaciones. Si en Venezuela hay un proceso revolucionario en curso es porque incómodos personajes han entrado en escena, incluso con las limitaciones del proceso.

Como se suele decir hoy, «nuevos sujetos sociales». Y si estos sujetos pueden actuar por cuenta, con independencia política, entonces ponen su marca y van más lejos en sus demandas y acciones y hasta pueden producir incómodas revoluciones. Ergo: a Chávez lo quieren sancionar porque no está impidiendo ese proceso social. En los centros del imperialismo se deben preguntar, «¿y si se convierte en otra Cuba?»

Entonces, la consigna es detener este curso ingrato para ellos, muy peligroso para sus intereses, ya sabes, la sagrada propiedad privada, la permanencia de una clase y su detentación del poder. Pero ellos son irresponsables, aunque fuertes en sus convicciones reaccionarias y conservadoras. No les importa las consecuencias.. Nunca temieron apelar a los represores de ocasión para «tranquilizar» al pueblo insurrecto con una buena dosis de balas.

Modesto E. Guerrero: Está bien, pero teniendo en cuenta la experiencia latinoamericana de una sociedad polarizada y tensada permanentemente, ¿no les convendría, en última instancia, dejar que se mantengan gobiernos de este tipo? Ricardo Napurí: Depende de muchas cosas. En Venezuela se ha configurado lo que los marxistas denominamos un gobierno de tipo «bonapartista sui generis» (3). Es decir, una persona y un entorno que concentran tal grado de poder, que llegan a convertirse en algo parecido a un árbitro entre las clases. Cuando se trata de países atrasados, como es este caso, este poder también arbitra entre la Nación oprimida y el imperialismo.

Este tipo de gobierno pueden ser progresistas o reaccionarios. cuando son progresivos, se ubican en el centro de la cuestión nacional. O sea, asumen posturas nacionalistas de resistencia a los excesos del imperialismo. Toda la experiencia del siglo pasado señala que cuando asumen posturas «tuistas», «paternalistas» tienden, irremediablemente, al control de las masas movilizadas y sus organizaciones.

Ni Bush y su gente y menos los políticos burgueses nativos pueden darse el lujo de soportar tamaño experimento. Menos en la implacable mundialización y sus efectos opresivos sobre nuestros países. Tenemos que preguntarnos, ¿por qué no le tuvieron paciencia a Allende en Chile, que fue un excepcional demócrata? ¿Por qué se deshicieron del general Juan Domingo Perón, o de Juan Velasco Alvarado? O sea, en la agenda de los imperialistas y sus agentes capitalistas nacionales, no está, por ahora, la generalización de los golpes y las dictaduras militares, pero si apuestan a las democracias dominadas,»protegidas», siempre bajo la dominación estrecha del imperialismo. Es en este curso político, que Chávez, el bonapartista venezolano, su régimen y gobierno nacionalista, están demás. Ellos ponen su liquidación a la orden del día. Tiene total razón el presidente Chávez cuando le dice al mundo que el referéndum de agosto será «entre Bush y yo».

Modesto E. Guerrero: ¿Una característica esencial de este tipo de régimen es que no se asienta en organismos de poder del pueblo, sino en un hombre, un líder?

Ricardo Napurí: Sí, esto es lo que muestra el proceso histórico. Por eso es que un bonaparte político no surge por casualidad. Es el producto de un momento específico de la situación política, de la lucha de clases, cuando se pierde la anterior estabilidad. En momentos así, la sociedad acude transitoriamente a un árbitro. Al comienzo es tolerado hasta por los opositores y enemigos patronales, aunque de mala gana.

Te voy a insistir a riesgo de parecer terco: lo aceptan mientras les sirve, si cumple las tareas de garantizar la renta y seguridad de los explotadores, a pesar de sus excesos. La curiosidad histórica es que muchos de estos personajes se escapan al control imperialista y a menudo duran más de lo que el imperialismo pensaba. En este lapso, las instituciones del Estado pasan de su condición «democrática» anterior, a ponerse bajo la disciplina del nuevo gobierno, con las formas y métodos que le impone el bonaparte en cuestión y sus apoyaturas directas.

En América latina, tenemos diversas representaciones de este modelo de bonapartismo. Getulio Vargas, en Brasil, que gobernó entre 1930 y 1945 y luego desde 1950 hasta 1954, cuando lo llevan al suicidio. Él es uno de los primeros casos, junto con Cárdenas en México, sin embargo el caso del general Perón es el más conocido, quizá por el lugar que tuvo Argentina como país de desarrollo medio capitalista, o porque su gobierno tomó vida en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. El de Perón se destaca en su accionar político por el papel singular que jugó la clase obrera, antes dominada y aplastada por gobiernos oligárquicos.

Entre la década de los años 30 y los primeros de los 40, se había creado en Argentina, el peligro de una acción de clase independiente. Había mucha tradición anarquista, clasista, socialista y comunista en una clase obrera que era fuerte relativamente. El general Perón jugó el rol histórico de ser el bonaparte en medio de la crisis. Él logró canalizar las acciones de las masas y hasta «estatizar» sus organizaciones.

Modesto E. Guerrero: ¿Y el caso de Velasco Alvarado en tu país, Perú…? Ricardo Napurí: Te responderé a través de una circunstancia personal. En su gobierno estaba el general Jorge Fernández Maldonado, ministro de Minas y Petróleo. Había sido mi compañero de barrio en la adolescencia. Él me preguntó si yo quería conversar con el presidente Velasco. Le dije que sí, que no tendría problemas en hacerlo, a pesar de mi conocida condición de opositor y socialista.

Nos reunimos en la playa de San Bartolo, al sur de Lima, que a veces era visitada por algunos ministros, para dar una vía a sus «vicios de hombre», como decía graciosamente un amigo guatemalteco de entonces. Entre otros, el gusto por las mujeres y los buenos tragos, pisco preferentemente.

Velasco era un «cholo» campechano, simpático, entrador y tuteador. Apenas comenzada la conversación, me dijo que sabía de mi experiencia directa con el peronismo y que le interesaba saber cómo logró tanta fuerza popular y sobre todo, cómo hizo para permanecer tanto en el poder.

Fue una conversación larga. Yo le expliqué que había que comenzar por el origen para establecer las comparaciones. Era cierto que Perón, al igual que usted, le decía yo a Velasco, fue parte de un golpe de Estado en 1943. Pero disintió de sus jefes militares rápidamente y fue sancionado y puesto en prisión. La diferencia comenzó porque fue liberado por una gigantesca presión de la movilización de las masas, con una presencia central de los trabajadores. Fue ese apoyo popular el que le permitió derrotar a sus adversarios en el gobierno y posteriormente ser elegido presidente, en 1946.

Tenía en contra, a los grupos de poder oligárquicos, a la embajada yanqui y a las jerarquías militares. Para el gobierno de los Estados Unidos, la sospecha era que el gobierno de Perón no iba a transitar por los cauces de lo que ellos consideraban «la democracia occidental».

¿Y cómo resolvió el general este «nudo»? como diría Gramsci. Yo le expliqué al general Velasco que Perón se planteó el asunto en dos terrenos; se dijo: «además de ser todo un problema político, debo resolverlo al estilo militar, o sea, quién detenta el poder». Esto se planteó Perón entre 1943 y 1946. Para ello debía instrumentar el cambio necesario en la relación de fuerzas interna y él lo hizo partiendo de lo social.

Aprovechando los enormes recursos económicos del país, su gobierno tomó una serie de medidas favorables a casi todos los sectores oprimidos, con centro en los obreros y las capas humildes. Así se ganó el apoyo y adhesión de las masas populares, que emergieron con una fuerza torrencial en la vida política nacional. Inteligente y astuto, Perón se apoyó en este enorme caudal para correlacionar a las fuerzas oligárquicas y especialmente a la hostilidad potencial de los mandos militares. Esta nueva correlación de fuerzas les avisó que si se desmadraban, el camino de la guerra civil no les iba a ser favorable.

Con esta nueva configuración política, y de relación de fuerzas, el peronismo permaneció como una fuerza política progresiva en sus momentos fundacionales. Por esa vía fue adquiriendo una forma bonapartista. Fue tanta la particularidad del bonapartismo argentino, que desde 1946, el peronismo ha permanecido como la fuerza política mayoritaria en la sociedad, a pesar de su decadencia y su giro a la derecha y de los golpes de Estado y represión que soportó en algunos períodos.

Modesto E. Guerrero: ¿Cuál era el fondo de la preocupación de Velasco Alvarado al preguntarte tu versión?

Ricardo Napurí: Parece que en ese momento, la cúpula dirigente discutía la orientación estratégica del proceso que encabezaban. Existían enormes dudas sobre qué rumbo tomar. Esa, creo, era su preocupación central. Por eso fui al grano, pues si no, no tenía sentido mi presencia ahí.

Le expliqué que las diferencias de origen contaban mucho. Por ejemplo, que el golpe militar contra el gobierno constitucional de Fernando Belaunde Terri (octubre 1968) fue de carácter institucional, es decir, de las tres Armas -Ejército, Marina y Aviación. Y en forma colegiada. Tanto, que se repartieron las instituciones del Estado de manera proporcional, con el predominio real del Ejército. A diferencia del peronismo, en Perú no hubo presencia popular y de masas. Inicialmente, éstas estuvieron en contra de los golpistas que lideró Velasco.

Como el nuevo gobierno tomó un giro del tipo «capitalista de Estado», con claras tendencias bonapartistas, el cambio de las relaciones de fuerza tomó una modalidad propia. Enfrentamiento limitado con Estados Unidos por el petróleo, expropiado a la filial peruana de la Standard Oil Petroleum. Aquel año, la Standard amenazó con aplicarle la llamada «Enmienda Hickenlooper».

Al mismo tiempo, se desarrolló una reforma agraria radical, que liquidó la oligarquía terrateniente, luego la expropiación de las empresas pesqueras, esto cuando Perú era la primera economía pesquera del mundo, también expropió a un sector de la minería, entre otras medidas importantes, como controlar de la banca y los medios de prensa, que en su mayoría fueron entregados a sindicatos, gremios y partidos de izquierda afectos al régimen de Velasco.

En esa fase, el gobierno logró apoyo popular. A nivel político, recibió el sostén institucional del Partido Comunista, que en ese momento dirigía la central obrera. Calificados intelectuales de la izquierda peruana ganaron un lugar destacado como asesores y aún mentores ideológicos del régimen. Todo favorecía una larga vida del gobierno militar de Velasco Alvarado, legitimado por la medidas que llevaba a cabo. Sin embargo, a diferencia del peronismo, las masas populares no eran parte orgánica del nuevo régimen. En el nuevo equilibrio de poderes su peso era nulo.

El llamado «pecado de origen» del velasquismo estuvo en que ni el general ni su equipo se atrevieron a cambiar el carácter militar colegiado del mismo. Le recordé al general que la institución armada tradicional tenía sus propias reglas y un lugar prominente en el dispositivo privilegiado que componía el poder del Estado. Ese rol social y político del cuerpo militar en nuestros países, podía denominarse como «partido político armado», algo fácil de verificar en la historia latinoamericana.

Sin ese fuerte contrapeso social de las masas organizadas -y mejor si mantienen un carácter independiente- ¿qué podía pasarle cuando los militares hostiles se animaran a actuar contra el presidente y el gobierno?

Velasco me escuchaba atentamente. Yo le dije esto, entre otras cosas, porque sabía de la existencia de una fuerte oposición interna entre las Fuerzas Armadas. Le dije que si no apelaba al apoyo popular activo, su gobierno estaría en peligro.

Entonces hizo una pausa y me interrumpió: «¿Tu me sugieres que haga algo parecido a lo que hizo Perón, apoyarme directamente en las fuerzas populares, organizarlas y formar un partido político de base popular?»

Modesto E. Guerrero: ¿Y qué le respondiste?

Ricardo Napurí: Yo nada, yo no podía aconsejarlo y asesorarlo en este terreno, no era mi terreno; yo soy socialista, tengo otra visión conceptual y estratégica. Yo me limité a contarle mi experiencia con el peronismo y mis conclusiones políticas de aquellos acontecimientos. Él que sacara sus conclusiones. Pero históricamente hablando, no me privaba de recordarle que Perón y el peronismo sobrevivieron casi 10 años en el poder y volvieron en 1973 y luego otras veces, por ese carácter popular de su movimiento, donde los trabajadores jugaban un rol central como base de apoyo político.

Él me comentó que lo habían discutido: y para mi sorpresa, dijo que ya era demasiado tarde para dar un giro como ese, de tipo popular. Y agregó que personalmente, no tenía el «oficio» de andar en el mundo complejo de las organizaciones sociales y políticas del pueblo. Incluso, insinuó que les temía, que no se sentía seguro en ese terreno. «Yo solo soy un soldado», afirmó. Y para que no quedaran dudas del tipo de soldado al que se refería, añadió: «Claro, no cualquier tipo de soldado, yo soy un patriota, tengo emoción social y quiero lo mejor para mi país. pero ya he tomado una decisión: me seguiré apoyando en mi Arma, en mis compañeros de armas, porque creo en las reservas patrióticas de esta institución».

Y fue así que a Velasco le llegó su «día D» (4) En diciembre de 1975, su compañero y amigo, el general Francisco Morales Bermúdez, encabezó la disidencia interna en el ejército y dio un golpe. También fue un golpe institucional, colegiado, de las tres armas. Cayó con nocturnidad y bajo al forma de una conspiración militar tradicional.

Fue elocuente que no hubiera pueblo ni trabajadores en las calles, movimientos que pusieran el pecho para defenderlo. El pueblo trabajador no fue parte de aquel drama. Simplemente no había sido convocado para ser sujeto activo e influyente en aquel proceso. Contradictoriamente, la experiencia nacionalista, con Velasco, fue lo más radical y progresivo que se dio en el capitalismo atrasado del Perú…

Modesto E. Guerrero: Como siempre, los casos son siempre distintos, pero las lecciones permanecen…

Ricardo Napurí: Y en muchos terrenos. No conozco a fondo la trama de las relaciones internas entre el gobierno y las masas populares en la «revolución bolivariana» En esto estoy más por conocer que para aconsejar; lo sé. Pero en la memoria social e histórica de los seguidores del peronismo, por ejemplo, cuenta por lo menos esto: obtuvieron grandes conquistas sociales y económicas, y también, aunque de manera distorsionada, que el peronismo los hizo «compartir el poder», por lo menos así lo creyeron.

No obstante, lo más importante a destacar es que las masas sintieron que con Perón, al revés de lo ocurrido con Velasco en Perú, accedían a la vida política, con la sensación de que ya eran una «clase para si», eso que consideramos un avance en la conciencia política de clase. Modesto E. Guerrero: ¿Qué te llevó de Perú a Argentina, luego a Cuba, Bolivia, Chile y a tantos escenarios revolucionarios de los últimos 50 años?

Ricardo Napurí: Cuando era teniente de la Aviación militar peruana, a mediados de la década el 40, fui deportado por haberme negado a bombardear a civiles y militares en una insurrección de la izquierda del partido APRA. Esto ocurrió en 1948, en el interior del Perú (5).

Me deportaron a Argentina, allí me incorporé a una agrupación que podríamos definir de «centro político», llamada MIR-Praxis, orientada por el intelectual marxista Silvio Frondizi, hermano de Arturo Frondizi, el que fue presidente en 1958. Ellos dos me sacaron de la cárcel donde me había recluido la policía del gobierno peronista.

Ese grupo fue una clave en mi formación, porque yo me había negado a bombardear la insurrección del APRA, pero sin ninguna idea o programa en la cabeza, movido casi solo por un sentimiento humano y un criterio ético, según el cual yo no había ingresado a la fuerza para matar hermanos y menos en esa situación. Mi conversión de militar con sentido democrático, en militante marxista tuvo en Praxis su frontera.

Modesto E. Guerrero: Fue así como comenzaste una experiencia política que alcanza largamente el medio siglo en varios escenarios latinoamericanos, muchos de ellos como el que hoy se vive en Venezuela.

Ricardo Napurí: Claro, eso comenzó en 1948 y tuvo un salto en 1959 con la Revolución Cubana y mi colaboración con el Che Guevara, aunque antes pasé por la revolución boliviana. En Argentina había iniciado estudios de Derecho, trabajé como linotipista, luego me hice periodista en el diario La Razón, donde fui miembro de su Comisión Interna y de la dirección del Sindicato de la Prensa (6)

En mi formación intelectual tuvo un peso fundamental, la relación con el que fue mi maestro en teoría política, Silvio Frondizi, sin olvidar el ambiente que me encontré en la Argentina de 1948, con su poderoso movimiento obrero, su vida intelectual activa. Puedo decir, que ingresé a la acción política en una condición excepcional. A comienzos de los años 50 estuve en Bolivia, adonde fui enviado por Praxis, para acompañar solidariamente el proceso revolucionario que vivía el proletariado minero de ese país y a entrevistarme con su máximo dirigente, Juan Lechín. Fue muy aleccionadora la experiencia boliviana. Años más tarde, a finales de la década del 60, milité en otros procesos políticos en Bolivia, como la Asamblea Popular, un órgano de poder que produjeron los trabajadores de ese país.

Modesto E. Guerrero: Poco después ya te encuentras en Cuba, a escasos días del triunfo de la revolución y comienzas una estrecha relación con el comandante Ernesto Guevara. ¿Qué te enseñó aquella vivencia?

Ricardo Napurí: Recuerdo que viajé con la madre del Che y un grupo de periodistas argentinos, inmediatamente después del triunfo de la Revolución Cubana. Aterrizamos en el aeropuerto de La Habana el 9 de enero de 1959, hacía un calor impresionante. El vínculo con el Che lo facilitaron varias cosas, pero fue muy importante el hecho de que había llegado con su madre, y por otro lado, que al ser tan reciente el triunfo, habían pocos extranjeros solidarios en la isla.

Con algo de ingenuidad de mis años de entonces, pero al mismo tiempo tratando de entrar en el tema del objetivo de mi viaje a Cuba, le pregunté al Comandante Guevara cómo, en qué, podría yo ayudar a la Revolución Cubana. Mi primera expectativa fue que me planteara hacer propaganda sobre la revolución, por el hecho de que yo ejercía el periodismo en ese momento. Pero no…

Modesto E. Guerrero: ¿Y con qué te sorprendió el Che?

Ricardo Napurí: Inmediatamente «me cuadró», como se decía entonces, me propuso sus ideas sobre qué había que hacer para ayudar a la revolución cubana, y me lo dijo con esa mirada profunda que lo caracterizaba, donde se expresaba su convicción en lo que pensaba. Me dijo: usted tiene que impulsar la revolución en su país, en Perú, porque la revolución cubana puede y debe ser imitada, que eso era posible en América latina y que si yo quería apoyar, mi deber era ese, contando para ello con la ayuda cubana.

Modesto E. Guerrero: ¿Cómo reaccionaste ante tan sorpresiva propuesta?

Ricardo Napurí: Muy sencillo, yo también quería «hacer» la revolución, por eso y por mis convicciones, no dudé en comprometerme. Me comprometí con el Che a desarrollar la revolución en Perú o donde fuera, pero el me insistía en Perú. Modesto E. Guerrero: Y te fuiste a «hacer» la revolución a tu país.

Ricardo Napurí: Claro, pero para 1965 el movimiento guerrillero ya había sido derrotado. Eso me obligó a reflexionar, fue así tuve la iniciativa de formar una organización partidaria llamada Vanguardia Revolucionaria, con una orientación estratégica y táctica distinta. Fue una ruptura política con la estrategia y el patrocinio castrista y guevarista, porque con Vanguardia nos pegamos al movimiento de masas, a los trabajadores en particular. En pocos años logramos estructurarnos como un partido de considerable influencia en el país.

Por ejemplo, contribuimos decisivamente a formar la central obrera mayoritaria, igualmente a formar la central campesina, a influir en el movimiento estudiantil universitario. Fue notable nuestro trabajo en el poderoso movimiento obrero minero. Toda esta fue una lucha «desde abajo», en el terreno de la clase y de las luchas de los oprimidos.

Modesto E. Guerrero: Pero en tu historia política, se notan muchas cosas que podríamos considerar «por arriba».

Ricardo Napurí: Está bien. A finales de la década de los años 70, formamos el FOCEP, que significó el Frente Obrero Campesino Estudiantil y Popular. Con esa herramienta política logramos el 21% de los votos en las elecciones para la Asamblea Constituyente de 1978. Ese fue un excelente trabajo político «por arriba». Fui elegido Diputado a la Asamblea Nacional Constituyente y dentro de ella Miembro de la Comisión Principal que le dio la redacción final al nuevo texto constitucional de Perú. En ese terreno, el de la democracia parlamentaria, fui Diputado y luego fui electo Senador de la República.

Modesto E. Guerrero: Además, podemos agregar, con tu permiso, que en tu medio siglo largo de vida revolucionaria cuentas con por lo menos 6 deportaciones de tu país, entre otras, como ocurrió con muchos luchadores anti imperialistas y anti capitalistas de aquellos años, además de varias prisiones ingratas.

Ricardo Napurí: Si, efectivamente, así fue. La última vez fui víctima de la Operación Cóndor en 1978.

Modesto E. Guerrero: ¿Estás escribiendo tu biografía?

Ricardo Napurí: En eso ando. Pero antes publiqué dos libros, uno que se llamó «APRA, balance y liquidación» y «La realidad peruana».

Modesto E. Guerrero: Como sabes, Venezuela se rige por una Constitución Bolivariana, votada en un proceso constituyente que estuvo muy cargado de participación popular. ¿Cuál es tu reflexión habiendo sido actor en un hecho similar?

Ricardo Napurí: No he leído detenidamente la Constitución Bolivariana, pero me parece más democrática y avanzada que la redactada por la mayoría en nuestra Constituyente de 1978, que tuvo una influencia decisiva de Haya de la Torre y del partido aprista. Lo que si rescato es el método que tuvimos de unir las fuerzas de socialistas y demócratas sinceros, avanzados, para luchar por una herramienta democrática de ese tipo.

Nosotros, desde el FOCEP, no la concebimos como una institución democrática en sí misma, sino como una consigna democrática transitoria, que debe sostenerse en la acción popular y de masas, en la movilización de ellas, para que sean las protagonistas de su contenido.

Modesto E. Guerrero: ¿Cuál es tu opinión, como ex militar y como socialista, del rol social y político de los militares rebeldes y la institución castrense, a la luz de lo que ocurre hoy en Venezuela con los militares chavistas?

Ricardo Napurí: Recuerdo que cuando estuve deportado en Europa, a causa de la caída del gobierno del Frente Popular de Allende, donde había estado militando activamente, entre los compañeros de la izquierda europea, no se entendía que en determinadas circunstancias, haya sectores militares que se declaraban nacionalistas, anti imperialista y hasta «socialistas», y que muchos han arremetido contra las oligarquías de sus países y han enfrentado en algunas etapas de sus gobiernos al imperialismo. A los europeos les costaba entender esa parte de la historia latinoamericana.

Modesto E. Guerrero: Explícala.

Ricardo Napurí: Me explicaré con lo más me agrada, los ejemplos. Los coroneles y generales que dieron el golpe en Perú en 1968, con Velasco a la cabeza, tenían unos antecedentes casi únicos. En las Escuelas del Estado Mayor, los alumnos recibían adoctrinamiento acerca del llamado «potencial nacional», concepto acuñado por el general José del Carmen Marín, un alumno muy crítico de la concepción militar francesa.

Según quienes sostenían esta doctrina, este «potencial» estaría integrado por la riqueza económica y dentro de ella era fundamental el trabajo humano, o sea que le daban, extrañamente, un papel preponderante a los trabajadores. Esta era una manera implícita de reconocer que la plusvalía era producida por los asalariados.

Como es de suponer, las implicaciones de esta audaz afirmación podría tener consecuencias graves para quienes detentaran el poder de un país. Estos militares progresistas, convencidos de la idea de un potencial nacional, tenían muy en cuenta el valor de la naturaleza y los medios de producción.

Para sorpresa de los militares tradicionalistas y conservadores, la fuerza militar quedaba concebida como una simple apoyatura de las otras fuerzas. Estas posiciones fueron las que llevaron al general Velasco y sus seguidores a tener una postura muy crítica contra los gobiernos oligárquicos que traicionaban sus promesas electorales.

Por otro lado, se negaban a ser el brazo armado en la represión de los insurrectos, como había sido con las guerrillas de 1965. Creo que a esto contribuyó en gran medida la influencia enorme de la Revolución Cubana. Yendo al fondo de sus motivaciones, era lo siguiente: No es que quisieran revoluciones como la cubana, no, para nada, lo que Buscaban era suprimir las causas o agentes económicos, políticos y sociales que las motivaban.

Y para despejar la duda sobre si lo que digo constituye algo así como una ideología del militarismo avanzado que tomó cuerpo en el velasquismo, bastará con revisar la historia reciente de América latina, donde encontraremos constancias fácticas de cómo la institución militar escapó a su rol tradicional. Aunque en los hechos, aprovechándose casi siempre de su poder real, de ser la única institución armada del Estado, lo hizo para actuar por su cuenta y en su beneficio. Si no, ahí están los innumerables golpes militares, una especie de cementerio en nuestros países.

Sin embargo, en naciones que fueron muy golpistas, como Bolivia, Brasil, Perú, Ecuador y otros, se produjeron militares contestatarios que reclamaron estar al servicio del pueblo y situados a la izquierda del arco político nacional o latinoamericano. Con grados y matices distintivos, podemos citar a los coroneles bolivianos Busch y Villarroel, y sobre todo el general Juan José Torres, asesinado en Argentina como parte del Plan Cóndor.

En Brasil se dio la paradoja, que los militares más tradicionalistas de derecha fueron quienes desarrollaron la industrialización nacional, bajo largas dictaduras. En Argentina, donde el derechismo militar fue una constante durante el siglo XX, algunos generales consideraron la defensa de los recursos naturales, de la energía y el petróleo y algunos llegaron a reclamarse anti imperialistas, como el caso del general Juan Perón.

Lo que quiero dejar planteado es la contradicción de que la institucionalidad militar asume un rol político central en el Estado. Que se arroga la garante de su ordenamiento constitucional. El problema es que ese ordenamiento sólo alcanza para «constitucionalizar» la detentación del poder de las clases dominantes, de sus oligarquías nacionales y sus agentes políticos. Entonces, la Fuerzas Armadas, institucionalmente hablando, sólo termina garantizando este orden injusto y hasta oprobioso.

Por otro lado, este cuerpo militar, no vive en el limbo, ni fuera de la realidad social. He ahí su contradicción. Sus componentes sufren las mismas presiones que los oprimidos, sobre todo en sus escalas inferiores de mando, entre sus suboficiales y tropa. Los altos mandos se han estructurado en el tiempo muy pegados al poder político y de manera particular a las fuerzas económicas patronales.

Modesto E. Guerrero: Sin embargo, los caudillos militares no han ido muy lejos…

Ricardo Napurí: A los ya citados, Perón y Velasco, agregaré otros intencionadamente, aunque no sean todos los que merezcan estar. Tomemos el caso del coronel Jacobo Arbenz, elegido presidente constitucional de Guatemala en 1952. Supuestamente, tenía el total apoyo de las Fuerzas Armadas. Pero la revolución democrática que gestaron los trabajadores y el pueblo, principalmente, y la agresión yanqui, a través de los mercenarios encabezados por el coronel Castillo Armas, fueron determinantes. En medio de la crisis, la mayoría de los mandos castrenses optaron por el alineamiento incondicional con los Estados Unidos. Ante esto, el presidente Jacobo Arbenz, que contaba con el casi total apoyo del pueblo trabajador y de la izquierda, renunció.

Él decidió acatar la decisión corporativa de sus mandos militares, seguir sus reglas y códigos, y lo hizo sin resistir. Algo destacable, poco conocido, es que la izquierda tampoco combatió. En ese momento era hegemónico el Partido Guatemalteco del Trabajo, nombre local del partido comunista pro Moscú. Lisa y llanamente, esto debe ser considerado una traición política a quienes les dieron el mando popular, es decir, al pueblo y los trabajadores, que por cierto, sí estaban dispuestos a entregar todo con tal de defender las conquistas del proceso que se había iniciado en 1945.

Las direcciones gubernamentales y políticas de las masas, abandonaron todo, a pesar de que habían comenzado pequeñas resistencias armadas de los trabajadores y barrios.

Aquí quiero referir una anécdota de enorme utilidad educativa. La primera mujer del Che Guevara Hilda Gadea cuenta en su libro autobiográfico, «Años decisivos», una conversación entre el joven Ernesto Guevara y uno de los principales jefes del Partido Guatemalteco del Trabajo, Fortuni.

Esto ocurrió cuando el Che aún no era «el Che», el glorioso de la Revolución Cubana, sino el militante que andaba por México en relación con los emigrados revolucionarios.

Hilda cuenta que ella le preguntó a Fortuni en México, en una conversación junto con el Che, ¿por qué no pelearon, por qué no resistieron? y Fortuni le respondió: «No, porque la correlación de fuerzas no era favorable». Entonces, el Che le contestó, «¿Pero cómo, si los que habían invadido desde Honduras no pasaban de 2000 hombres y ustedes tenían el poder, las Fuerzas Armadas, el apoyo del pueblo?». Es decir, la correlación de fuerzas militar era favorable.

Así lo cuenta Hilda en su libro. Fue allí que intervino Ernesto Guevara. Aclaró que él no estaba bien informado, pero que no entendía cómo «teniendo el poder, con la legitimidad de un gobierno democrático, y el apoyo de las masas», no se pudo resistir y hubo que abandonar. Esto le dice el Che al jefe comunista. Y era absolutamente cierto, ni siquiera desembarcaron tropas norteamericanas, los mercenarios tuvieron que entrar a pie por la frontera hondureña, con dos o tres avioncitos de apoyo. «El poder era nuestro», esa fue la frase certera del Che. Parece que Fortuni no le pudo contestar y se indignó, según cuenta Hilda Gadea, y le dijo: «Nosotros creímos en el Partido, que era mejor que la reacción triunfara para que la gente se diera cuenta de lo que habían perdido y después volver».

Aparentemente, el Che se enojó muchísimo y le respondió: «Mirá, no me jodas, el que tiene el poder no lo pierde sin resistencia, ustedes lo que han hecho es capitular». Así está consignado en el libro «Años decisivos» y nadie jamás desmintió a Hilda Gadea, la primera mujer del Che.

Modesto E. Guerrero: Muy ilustrativa esa anécdota, Ricardo; yo he escuchado decir exactamente lo mismo a dirigentes calificados del proceso bolivariano,: «Si nos echan les haremos a vida imposible, no podrán gobernar». Cuenta un poco de las experiencias de Uruguay y Chile.

Ricardo Napurí: En ambos países, sus ejércitos eran considerados los más democráticos del continente, con decenas de años de respeto a las instituciones democráticas. No obstante, bastó que a partir del ejemplo de la Revolución Cubana surgieran movimientos reivindicativos radicalizados y combatientes, como los Tupamaros en Uruguay, para que los altos mandos y oficialidad pasaran a la ofensiva de la mano del imperialismo, a través del golpe de Estado preventivo.

En Chile, con en el gobierno de la Unidad Popular, una minoría de militares de alto rango, quiso defender al gobierno y al presidente Salvador Allende de la conspiración en marcha desde los inicios en 1970. Ahí se combinaron dos cosas. La decisión imperialista de borrar la Unidad Popular, como quieren hacer con Chávez y la «revolución bolivariana», junto con la política gubernamental del Partido Comunista y del Partido Socialista, conocida como «la vía pacífica al socialismo».

Allende y su gobierno se negaron, incluso, a que ese pequeño sector militar que lo apoyaba, lo defendiera armas en mano contra el otro sector reaccionario. En eso Allende fue congruente con su concepción pacifista y parlamentarista de «la revolución».

Este rechazo fue el que abrió la vía de sangriento golpe de Estado que terminó con la Unidad Popular, con el proceso revolucionario abierto y llevó al poder al genocida Augusto Pinochet. Y fueron más lejos. Tomaron la iniciativa, con el apoyo operativo y de la inteligencia estadounidense, en la creación del Plan Cóndor, ese entramado de los gobiernos dictatoriales del Cono sur, para suprimir con métodos genocidas a sus adversarios políticos.

Hay un caso reciente que es bueno tener en cuenta, cuando hablamos de la experiencia que vive Venezuela. El de Ecuador con Lucio Gutiérrez. Inicialmente, él se reclamó «chavista», logró el apoyo de los campesinos organizados en la CONAIE y de organismos sindicales y sociales con influencia de masas. Ganó democráticamente la presidencia de la República. El «realismo» que pregonan ahora, lo llevó a decidir que había ido muy lejos, y con el apoyo de las Fuerzas Armadas, dio un giro a la derecha. Rápidamente, se volvió fondomonetarista, neoliberal militante, y sin esconderlo, partidario de Bush y de sus proyectos hegemónicos en América latina. Ahí también hubo mucho apoyo de las fuerzas de izquierda.

Modesto E. Guerrero: Lo que cuentas componen un drama histórico a tener muy en cuenta para abordar el proceso revolucionario en Venezuela…

Ricardo Napurí: Es que la coyuntura venezolana obliga a poner sobre la mesa estos hechos. Ahí tienes a Otto Reich llamando a derrocar a Chávez, y del otro lado, a Chávez proclamando que la pelea en el Referéndum es entre él y Bush. Ese es el enfrentamiento que no puede ser resuelto con medias tintas, ni dejarse a medio camino. O se lleva hasta el final, o retroceden los procesos. Esa es la lección de nuestra historia, aunque cada hecho haya sido distinto, como es natural. Pero ya sabemos qué es lo que no se debe hacer.

En Brasil, un día renunció a la presidencia el presidente Janio Quadros. Fue su única decisión apenas se lo insinuaron los militares golpistas. En Argentina, pasó lo mismo con Perón, que se fue sin organizar la resistencia, pero también Arturo Frondizi, que tuvo que encarar varios intentos de golpe, hasta que lo echaron. Víctor Paz Estensoro, en Bolivia, colocó en la Vicepresidencia al golpista reconocido René Barrientos en 1964. Su argumento fue que era necesario «aquietar» a las Fuerzas Armadas y a los Estados Unidos. No lo salvó la maniobra. Barrientos lo «traicionó» y lo sacó del palacio presidencial. Fue la misma mecánica y concepción equivocada que vimos en Chile cuando Allende pone a Pinochet como jefe militar y este lo «traicionó». Siempre «traicionan», pero no es así, es que el enemigo no perdona, va hasta el final, no juega con eso, aunque en los comienzos de un proceso nacionalista les vaya mal, como le ha ocurrido a la oposición y al imperialismo en Venezuela.

El caso boliviano fue muy triste, porque ahí el movimiento obrero y popular tenía experiencia en derrotar al enemigo, y en forma armada, como lo habían hecho en la Revolución de abril de 1952. Estensoro no los llamó a la resistencia, no los organizó, no los armó. Lo mismo vimos en todos los procesos que hemos comentado.

Aquí es bueno recordar el peligro que puede jugar un gran líder obrero cuando se mueve con los mismos criterios acuerdistas y de conciliación con el enemigo que hemos visto. Me refiero al caso de Juan Lechín, el más importante líder obrero que ha tenido Bolivia durante el siglo XX.

El había sido jefe de la revolución del 52 y dirigente principal de los mineros y de la poderosa Central Obrera Boliviana, COB. Fue también Vicepresidente de Paz Estensoro en una oportunidad. Su rol consistió en poner al servicio del acuerdo con el enemigo, su enorme influencia sobre el movimiento obrero y social, aplacó a los trabajadores y los convenció de entrar a los acuerdos contrarrevolucionarios.

Modesto E. Guerrero: En ese sentido se parece, entonces, a lo que hizo y hace el presidente de Brasil, Lula, que es al mismo tiempo el líder indiscutido del movimiento obrero.

Ricardo Napurí: Por eso lo de Lula y el PT constituyen actualmente lo más destacado en la historia de las capitulaciones. De su anterior declamación anti imperialista y por el socialismo, ahora, desde el gobierno, se erige en defensor de los intereses generales de los patrones, en el presidente que acuerda todo con el FMI, con Bush, etc. Ahí está Lula, a la cabeza de la misión militar de la ONU en apoyo al Pentágono para controlar Haití. Este tipo de dirigente no se cansa de afirmar que «algún día cambiarán de política», pero que ahora les toca «humanizar» la explotación del capitalismo nativo, es decir, salvarlo.

Modesto E. Guerrero: Todas estas son lecciones para Cuba y Venezuela.

Ricardo Napurí: Mi intención en esta conversación es la de advertir a los lectores y prevenirlos con las lecciones que han arrojado importante hechos y experiencias. Asumir esos hechos para aprender de ellos. Podríamos agregar los ejemplos de Nicaragua, entre 1979 y 1989 y la de El Salvador en los mismos años.

Muchas de esas experiencias resultaron en verdaderas tragedias para nuestros pueblos. Estamos obligados a aprender de esa experiencia para no repetir sus errores en Venezuela y Cuba, y en cambio, superarlos y aplicar las mejores lecciones de esos procesos políticos.

Recientemente, el Comandante Borges, ex Ministro del Interior del gobierno sandinista y uno de sus jefes históricos, hizo en Caracas una reflexión autocrítica, reconoció que «más que los aciertos y el poderío desplegado por la contrarrevolución en aquella batalla, la derrota tuvo como aliado fundamental los errores, algunos de bulto y groseros, dentro de las propias filas del sandinismo» (6).

Bueno, es muy interesante esta autocrítica, es plausible. Lástima que llega demasiado tarde, cuando todo se ha perdido, después que muchos advertimos en su momento de esos peligros que Borges señala hoy.

Este repaso que hacemos por las lecciones de las revoluciones y procesos del siglo, debe servirnos, precisamente, para evitarnos la tragedia de tener que hacer estos balances años después. La vanguardia venezolana puede y debe aprender del pasado para guiar mejor su actual proceso político.

Lo que afirmo puede parecer demasiado provocador a algunos compañeros. Pero yo les pregunto: ¿en la correlación actual de las fuerzas que atraviesa el país, quién está a la ofensiva?

Para responder, primero hay que ubicar los contendientes, acto seguido la dinámica del proceso. En el frente de los reaccionarios está a la cabeza el imperialismo yanqui y su gobierno (que después puede ser Kerry), también los organismos internacionales, la banca internacional; le sigue la casi totalidad de la gran patronal venezolana y agreguemos a los partidos opositores, los medios, la Iglesia, los burócratas de la CTV y seguramente una fracción a la sombra dentro de las Fuerzas Armadas.

En el frente que encabeza Chávez y el movimiento bolivariano, se cuenta con el enorme caudal popular que aportan esos movimientos que sostienen la llamada «revolución bolivariana», con la figura estelar de Chávez y de su gobierno. Sin embargo, no nos podemos confundir, en este frente tácito la fuerza principal, por su reciedumbre, su organización previa, su disciplina militante y su decisión de llegar hasta el final, son los trabajadores, jóvenes, hombres y mujeres de los barrios de la población oprimida. Igualmente, sus organismos independientes o autodeterminados en el movimiento de masas.

Es decir, estamos hablando de un colectivo resistente, socialmente muy fuerte, armado políticamente con un sentido de clase, a pesar de sus elementos policlasistas. Tiene fuerte acento nacionalista, concientemente anti imperialista y potencialmente anti capitalista, porque lo que enfrenta la «revolución bolivariana» es la dominación de los patronos, las oligarquías y su mandante, el imperialismo.

Este es un recuento apurado y forzado de las fuerzas, seguramente impreciso. Sé que por esquemático se me pueden escapar elementos, variantes y alternativas. Sólo quiero llegar a algunas conclusiones.

Y aquí les pongo una provocación-desafío. Yo afirmo, que la iniciativa, en la actual situación venezolana, la tiene el imperialismo yanqui y sus aliados y agentes antes señalados.

Primero, porque tiene una estrategia definida de recolonización. Eso implica deshacerse del chavismo y de Chávez en particular, porque son los obstáculos para todo lo que necesita hacer y rehacer en este país y en el continente. Energía, recursos naturales, biodiversidad, todo. Segundo, porque ganaron el derecho a convocar el Referéndum, cuando hasta hace un mes apenas, era exactamente lo contrario. Tercero, porque los enemigos internos siguen saboteando dentro y fuera de PDVSA. Cuarto, la banca internacional está tomando sus recaudos, posiblemente trasladando depósitos al exterior. Quinto, porque el enemigo ya sabe que cuenta con aliados al interior del proceso y del gobierno, entre partidos y dirigentes que quieren parar todo, frenar todo, dejar de andarse peleando con el imperialismo. Sexto, porque mientras más derechos y privilegios se les concede, ellos no aplacan su campaña contra el gobierno de Chávez, sino al contrario. Séptimo, están haciendo lobby entre países y gobiernos amigos de Chávez para aislarlo diplomáticamente. Ejemplo de esto, es el reciente envío de tropas a Haití, encabezado por los dos gobiernos más amigables de Venezuela en el Cono sur, mientras que Chávez adversa eso. Y por último, está Cuba, a la que le mantienen un asedio implacable, dirigido a golpear al mejor aliado que tiene el gobierno de Chávez.

Por su parte, el frente de la resistencia venezolana, tiene una debilidad que podríamos denominar «táctica» porque no saca partido total del enorme caudal de fuerzas socio-políticas que tiene a favor y que constituyen el amplio apoyo popular de las masas. Estas no combaten en su propio terreno, con objetivos claramente delimitados. Sólo responden a los ataques del enemigo.

El secreto de esta contradicción es que los adversarios no han sido golpeados decisivamente mediante medidas que les quiten el poder real que tienen dentro del país. Esas medidas no pueden ser otras que la expropiación y nacionalización. No se conocen otras. Y no digo de todo el sistema empresarial, sino de los grandes propietarios y de los más ligados al imperialismo. Eso comienza por los medios y la banca, que en la globalización juega un rol clave en el sistema económico. Y por supuesto, una reforma agraria radical.

Resulta urgente la necesidad de encontrar mercados alternativos para el petróleo venezolano, excesivamente atado al control del mercado yanqui. Esto obliga a la ruptura de la dependencia con el imperialismo, al igual que hizo Cuba a comienzos del años 60. Es la única forma de impedir la amenaza permanente, del tipo de la que hacen Otto Reich, Noriega o Bush, cada vez que les da la gana. No es lo mismo ser amenazado con el enemigo adentro, a que el enemigo no tenga poder interno para golpearte en forma sistemática.

En lo social, tiene que haber un verdadero salto en la distribución del ingreso, que supere las enormes desigualdades sociales, para que el frente de la revolución se gane el apoyo firme del pueblo trabajador. Eso es mucho más que planes asistenciales o redistribución de la renta.

En la coyuntura abierta después del llamado a Referéndum (junio 2004) asoma un nuevo y verdadero problema. Se trata de la vía siempre distorsionada de la democracia del voto en las sociedades capitalistas. Personalmente, estoy por el pleno ejercicio y desarrollo de la democracia, entendida como extensión irrestricta de derechos y garantías fundamentales para la mayoría de la población. Eso incluye la emisión libre y soberana del voto. Pero aquí puede aparecer el síndrome conocido en Nicaragua con la derrota electoral del sandinismo y en El Salvador con el Farabundo Martí. Esta opción no es irreal.

Aunque sabemos que la tendencia es que posiblemente no sea revocado el presidente Chávez en agosto. Pero si ocurriera, tendría que respetar ese hecho perverso del falso «juego democrático» al que está atado. Es ahí donde las fuerzas enemigas podrían recuperarse y recuperar el poder político y dar vuelta a todo por la «vía nicaragüense», es decir, «democrática».

Modesto E. Guerrero: Entiendo que estás advirtiendo sobre la posibilidad de que el proceso tome un desvío peligroso.

Ricardo Napurí: Si. Los trabajadores y la probable mayoría electoral del presidente corren peligro, porque ingresan a un camino que no dominan, que no les es propio, donde dependerán de «otros». Sería distinto si llegaran al acto electoral -comenzando por el Referéndum- con los enemigos debilitados, con la sensación de que pueden aplastarlos. Estamos hablando que se van a enfrentar a un proceso electoral, pero hay elecciones y «elecciones», no todas tienen el mismo contenido, pueden ser diferentes por sus consecuencias.

Esto lo conocen bien los imperialistas y la oposición interna, ellos son expertos en ese terreno. La Comisión Carter y otras se encargan de sistematizar esa experiencias en las múltiples elecciones que monitorean. Por algo el presidente Hugo Chávez afirmó a mediados de junio «Mi verdadero rival en el Referendo es Bush». Creo que sus propias palabras sintetizan bastante este peligro que tratamos de explicar en la coyuntura.

Modesto E. Guerrero: ¿Podrías ampliar un poco más eso del «peligro nicaragüense»?

Ricardo Napurí: Que Chávez y el chavismo ingresan a un terreno donde el enemigo podría ganar los actos electorales que vienen. Y que Chávez y su gobierno, por ser demócratas sinceros, respetarán los resultados, al revés de lo que harían ellos. Si fuera así, los falsos demócratas retornarían al poder. Legitimarían por el voto el poder que no tienen en la calle y en la sociedad.

Eso sería como tener a Bush y su grupo del Pentágono en casa resolviendo todo. En ese caso, los trabajadores y los oprimidos no habrían tenido la oportunidad de dar la batalla en el terreno que les es propio, es decir, el de la acción directa, a través de sus métodos y organizaciones revolucionarias.

Modesto E. Guerrero: El proceso ingresaría a un callejón sin salida.

Ricardo Napurí: Si, y no hay respuesta a priori para ese tipo de realidades, cargada de especificidad, incluso de excepcionalidad. Lo que si queda claro es que vamos a un enfrentamiento entre, por un lado, la necesidad de que el proceso se profundice, y por otro, la posición de aquellos que dicen: «basta, hasta aquí llegamos». Entre estos hay gente sincera y honesta. Pero están los otros, los «pendejos» y vivos que piensan que se debe frenar todo, y eso lo justifican con un invento ideológico peligrosísimo: «No es el tiempo de cambios revolucionarios ni de revoluciones».

Y si alguien les recuerda que Cuba demuestra lo contrario, entonces gritan: «Si, pero eso es el pasado». Siempre igual, o es el pasado o es el futuro, todo para no asumir la responsabilidad de llevar hasta el final los procesos que comenzaron.

Este tipo de personajes expresan las tendencias quedantistas y conservadoras de los inevitables procesos revolucionarios que vive toda sociedad. La tragedia y frustración de la Unidad Popular en Chile, ni la tienen en cuenta.

Modesto E. Guerrero: ¿Ricardo, estás planteando seguir el camino de los revolucionarios cubanos?

Ricardo Napurí: Si y no. Como decía el marxista peruano Juan Carlos Mariátegui, las revoluciones no pueden ser «calco ni copia», no se pueden imitar. Sin embargo, yo rescato de los revolucionarios cubanos el hecho histórico de «haber ido más lejos de su programa inicial y de lo que ellos querían en la vía de la ruptura con el imperialismo».

Y por haberlo hecho, expropiaron a la patronal de Cuba y se metieron en el creador sendero de las transformaciones socialistas de la sociedad. Ese es el maravilloso ejemplo que le dieron al mundo y a la historia en los primeros años de la revolución. Modesto E. Guerrero: ¿Y en Venezuela?

Ricardo Napurí: No digo que se aplique igual en Venezuela. «Ni calco ni copia». Debemos tener en cuenta la situación mundial que gravita sobre el país; y la mundialización-globalización y al imperialismo agresor. No obstante, insisto que es imprescindible rescatar el «método» cubano, pero poniendo el acento en lo subjetivo.

Modesto E. Guerrero: ¿En qué consiste ese «método» al que aludes?

Ricardo Napurí: En una coyuntura muy parecida a la venezolana actual, lo dirigentes cubanos, que por cierto no tenían pasado socialista ni marxista, que más bien procedían de las capas medias y de la pequeña burguesía cubana, y que además, encabezaban un frente policlasista, se encontraron súbitamente con este dilema notable.

Entre el imperialismo yanqui que los agredía y las masas radicalizadas que se sumaron a la revolución, ellos optaron por apoyar la dinámica de las masas, la defensa de sus intereses enfrentadas al amo extranjero.

¿No creen que ambas realidades, la cubana de entonces y la venezolana actual, se parecen mucho? ¡Sorprendentemente mucho!. Lo que quiero destacar es la voluntad revolucionaria de dirigentes sin pasado ni concepciones socialistas. Ellos no temieron enfrentar a la bestia imperialista y vencerla en la acción. Por haber actuado de esa manera salvaron la revolución que apenas comenzaba. Así fue que ingresaron por la puerta grande de la historia. Si no, serían un recuerdo más.

Modesto E. Guerrero: Entonces están insinuando que Chávez y los dirigentes que lo acompañan en el gobierno y fuera de él, ¿están ante la misma responsabilidad histórica?

Ricardo Napurí: Contundentemente si. En Venezuela se han producido hechos que constituyen un enorme capital político y que no se deben perder. Han dado varios años de combate democrático contra el régimen «democrático» de la IV República, y de resistencias todavía limitadas al imperialismo y sus agentes nativos. El pueblo y los trabajadores han salido a las calles una y otra vez, para luchar por sus derechos y reivindicaciones. Han derrotado por primera vez en la historia un golpe, en menos de dos días, coparon cuarteles y palacios, paralizaron a la clase media derechizada y a la burguesía, e indirectamente también le propinaron una derrota al imperialismo en las calles.

8 meses después, en diciembre de 2002, soportaron un saboteo a la industria petrolera que los redujo a cocinar con leña, y derrotaron ese saboteo. Se han organizado democráticamente, participan activamente de la política, votaron masivamente su nueva Constitución, asisten a marchas y grandes actos periódicamente, es decir, han desplegado una energía revolucionaria impresionante.

En este camino han madurado aceleradamente su conciencia política de clase, tanto que se organizan y autodeterminan por la base.

Así estarán de entrenadas, que fueron, junto a los militares chavistas, el factor decisivo en la liberación de Chávez y su restitución al poder en 2002. Eso no se ve todos los días en la historia. No se si están concientes de esa fuerza actual y sobre todo, no sé si han sacado todas las conclusiones de su enorme capacidad política.

Todo el mundo reconoce que las masas y las vanguardias venezolanas están listas para entrar a la batalla en defensa de sus conquistas y por lo que consideran la defensa de «su revolución». La organización de actividades multitudinarias desde junio de 2004, para que Chávez no sea revocado en agosto, es más que una demostración de esa capacidad política.

Nadie puede acusarme de exagerar. Este es el clímax que se vive actualmente. Aprovechar esta excepcional situación dependerá de las direcciones, pero principalmente por la entrada en escena de sus organismos de base. Más claro: del propio Chávez y del chavismo.

Modesto E. Guerrero: Como siempre ocurre con las revoluciones, no son decisiones fáciles.

Ricardo Napurí: Nunca lo han sido. El temor a la revolución siempre ha sido real. Si repasamos la historia estas sólo se producen cuando confluyen una suma de condiciones excepcionales. Es lo que se ha denominado el «salto cualitativo». Y cuando hablamos de la dirección del proceso, como un factor decisivo, hay que bajar a tierra los peligros de la vida real, los obstáculos en el camino de la revolución.

Por ejemplo, ¿y si Chávez desaparece por cualquier causa, entre ellas el atentado? ¿Y si el camino del Referendo y los comicios presidenciales desvían el rumbo? ¿Y si Chávez duda ante su rol histórico actual y afloja, como hicieron Allende en 1973 o Perón en septiembre de 1955?

Si Hugo Chávez siguiera el «método» cubano no habría problemas. Pero si no lo sigue, ¿cuál sería la dirección alternativa? ¿qué organismos y hombres podrían integrarla? En un momento, en Bolivia, la COB constituyó un doble poder y tuvo la posibilidad de ser la dirección alternativa al gobierno del MNR. Nunca debemos olvidar los ejemplos que pueden servir, sean de América latina o de otros continentes.

Y los responsables políticos, sociales y sindicales y los organismos, deben recordar que a la correcta frase «ni calco ni copia», conviene agregarle otra, también valedera: «el proceso histórico no espera ni perdona».

Es decir, las revoluciones anuncian su presencia, quienes las dejan pasar tienen sanciones, y graves.

Notas

1. «Bonapartismo sui generis» es un concepto acuñado por el revolucionario ruso León Trotsky a finales en la década de los años 30, en discusiones con latinoamericanos. Está dirigido a interpretar un tipo de régimen surgido América latina y Asia (más tarde en África) en la época del imperialismo del siglo XX. Se limita a definir aquel modelo de régimen que se ordena alrededor del rol unipersonal de un líder, un presidente o un jefe de Estado, como mediador entre las clases internas y a su vez, entre su Nación y el imperialismo. Trotsky clasificó dos tipos de bonapartismos, el «reaccionario», cuando reprime a las masas, y el «progresivo» cuando se apoya en ellas para resistir al imperialismo y/o a las oligarquías internas. El término alude al régimen instaurado por Luis Bonaparte en diciembre de 1848 en Francia, que disolvió las instituciones democráticas de la burguesía, derrotó al proletariado en las calles, ilegalizó sus partidos y dirigentes y concentró todo el poder del E stado en la figura presidencial, hasta ser proclamado Luis Bonaparte, el Napoleón III, nuevo Emperador de Francia.

2. «Hoy se encuentra ampliamente documentado como la CIA no escatimó ningún recurso para alcanzar sus objetivos de dominio ideológico. Se compró la conciencia de destacados intelectuales aparentemente intachables. Se sobornó a líderes sindicales para que pusieran freno a los sectores más radicales del movimiento obrero. Se crearon decenas de revistas de cultura y arte en las que, desde una perspectiva aparentemente ‘neutral’ y ‘libertaria’, se atacaba y desprestigiaba a los intelectuales más comprometidos con su tiempo. Y cuando la trama de la corrupción no resultaba suficiente para imponerse, se preparaban las condiciones para el golpe de estado y el asesinato del enemigo». «La CIA, su historia y su papel en el mundo de hoy», de Manuel Medina Anaya y Cristóbal García Vera, publicado en Argenpress.info, 21/12/2003. Del libro «Algunas claves para entender el siglo XXI», Canarias 2003.

3. Supraimperialismo fue una definición usada por el teórico marxista alemán, Karl Kautsky, dirigente de la II Internacional socialdemócrata. Aludía a una tendencia a la superconcentración del imperialismo que anulaba la competencia. Lenin se opuso a esa tesis en 1915, en su libro «Imperialismo, fase superior del capitalismo». Napurí usa la palabra, no el concepto, para ilustrar el grado de diferencia entre Estados Unidos y los otros imperialismos, después de la caída de la URSS.

4. Alusión al sorpresivo desembarco de las fuerzas aliadas el 4 de junio de 1944, durante la Segunda Guerra Mundial, en las playas francesas de Normandía.

5. Alianza Popular Revolucionaria Americana, APRA, fundada a comienzos de los años 20, fue el primer movimiento que abogó por la unidad latinoamericana contra el imperialismo. Promulgó un programa populista de cinco puntos: unidad de acción contra el imperialismo yanqui, unidad de América latina, industrialización y reforma agraria, además, internacionalización del canal de Panamá, solidaridad mundial con todos los pueblos y clases oprimidas. Luego el APRA degeneró para convertirse en un partido liberal, anticomunista y agente del imperialismo. (Tomado del libro: «Sobre la Liberación Nacional», León Trotsky. Editorial Pluma, Bogotá, 1980).

6. Comisión Interna, es un organismo de base del movimiento obrero argentino, surgido con el desarrollo del peronismo y la reestructuración de la clase trabajadora de los años 40. Es el organo sindical más pegado a la base dentro de la abigarrada estructura burocrática del sindicalismo de este país.

7. Aporrea/Venpres, Caracas, 04/06/2004