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China: Hacia la tercera revolución

Fuentes: Nuevo Claridad

China no deja de ser noticia en los últimos años por su espectacular crecimiento económico. El país más poblado del mundo lleva 26 años creciendo a un promedio anual del 9%, duplicando su PIB cada siete años. El FMI se ha visto obligado recientemente a revisar su previsión de crecimiento del PIB para este año […]

China no deja de ser noticia en los últimos años por su espectacular crecimiento económico. El país más poblado del mundo lleva 26 años creciendo a un promedio anual del 9%, duplicando su PIB cada siete años. El FMI se ha visto obligado recientemente a revisar su previsión de crecimiento del PIB para este año del 8,5% al 9%. China ha sido definida como la locomotora de la economía mundial atribuyéndole un 25% del crecimiento económico mundial entre 1998 y 2003, frente al 20% que se ha debido a EEUU y el 14% a la UE.
Según datos de la ONU el PIB de China en 1949, año en que triunfó la revolución encabezada por Mao, suponía el 5% del PIB francés y la industria era casi inexistente. En la actualidad no sólo ha superado el PIB francés sino que es el segundo del mundo, en dólares medidos por su poder adquisitivo, sobre la base de la paridad del poder de compra (es decir, lo que China produce realmente en lugar de los precios y las tasas de cambio). En dólares corrientes ocupa la sexta posición mundial. Su PIB es el 4% del PIB mundial, el doble que hace 10 años.
El Consejo Nacional de Inteligencia de la CIA pronostica que el PIB, en dólares corrientes, de China será igual al de Gran Bretaña en 2005, al de Alemania en 2009, al de Japón en 2017 y al de EEUU en 2042. Esta predicción coincide con la que hace Guillermo de la Dehesa en base a un crecimiento medio de la economía china hasta el año 2050 del 4,5%. Sin embargo, otras predicciones como la de Shahid Javed -exvicepresidente del Departamento Chino del Banco Mundial- afirma que en 2025 China tendrá un PIB de 25 billones de dólares (en términos de paridad del poder adquisitivo) se habrá convertido en la mayor economía del mundo, por delante de EEUU con 20 billones de dólares y la India con cerca de 13. Esta previsión se basa en un crecimiento medio anual de la economía china del 6% durante las próximas dos décadas.
Todas estas cifras, que siempre tienen una precisión relativa, sirven sin embargo para ilustrar de forma contundente el avance imparable de la economía china en términos comparativos no con los países más atrasados, sino con los más avanzados.
China es hoy el primer consumidor mundial de productos básicos como el carbón, el acero, los cereales y la carne. Es el segundo consumidor de petróleo. Es un voraz consumidor de materias primas que alimentan lo que se ha dado en llamar «el taller del mundo».
Pero no sólo destaca su capacidad de consumo, sino también la de producción. Desde 1996 China es el primer productor mundial de acero, y este año, por primera vez se va a convertir en exportador neto de este producto. China producirá 348 millones de toneladas de productos de acero (un 17,7% más que en 2004) y consumirá 305 millones de Tn, lo que provocará que tenga un superávit de 43 millones de Tn., casi el equivalente a toda la producción de Alemania que en 2004 fue de 45 mill. de Tn.
En los meses de verano de este año ha estallado un conflicto con la UE por sus exportaciones del sector textil. Nada menos que 86 millones de prendas se han paralizado en las fronteras de la UE por la queja de los fabricantes europeos de que China había sobrepasado su cupo de importación fijados por un acuerdo previo entre Bruselas y Pekín. El contencioso se ha solucionado, de momento, de forma salomónica. Para la mitad se acepta un aumento del cupo de este año, y la otra mitad de los pantalones, jerseys y camisas retenidos se contarán en las cuotas de los dos próximos años.
Los fabricantes europeos se quejan de la avalancha de productos baratos de China, pero son las propias grandes marcas europeas y americanas las que importan, en muchos casos incluso fabrican directamente sus productos de los países asiáticos, especialmente China, aprovechándose de los bajísimos costes laborales. La mitad de las exportaciones chinas las realizan empresas multinacionales, estadounidenses en su mayoría. Hay 460.000 empresas chinas que son de propiedad extranjera.
Conocidas marcas españolas participan muy activamente en este comercio. Inditex (Zara…) reconoce que importa el 15% de sus prendas de China. Cortefiel importa de Asia un 40%. Pero esto tiene sus consecuencias: se calcula que sólo en este año desaparecerán el 10% de las 7.000 empresas del textil que hay en España y 20.000 puestos de trabajo. Según Adriá Serra, presidente del Consejo Intertextil Español, «había 400.000 trabajadores (en este sector) hace unos años, ahora son 240.000 y en 2010 serán posiblemente 110.000 o 120.000». Los fabricantes estadounidenses aseguran que en la primera mitad de este año se han visto obligados a cerrar un total de 19 plantas textiles, que han supuesto la pérdida de 26.000 puestos de trabajo.
Todo este crecimiento en estos 26 años se da sobre la base de una economía nacionalizada y sujeta a planes quinquenales hasta que fueron abandonados en los años 90. El punto de partida de una economía capitalista como la india era, en 1949, muy superior al de la china. Su PIB era el doble. Sin embargo en la actualidad el chino es tres veces el de India. Las ventajas del control estatal de la economía se pudieron comprobar en la crisis asiática del 97-98. Mientras otros países asiáticos (como Malasia, Indonesia…) sufrieron crisis tremendas que provocaron la pérdida de millones de puestos de trabajo y graves convulsiones sociales, en China se frenaron sus efectos gracias a:
-que los grandes bancos fueron respaldados por el gobierno que garantizó las deudas de las empresas.
-se impidió la entrada masiva de capitales especulativos a corto plazo, limitando los créditos extranjeros. Evitándose su entrada se evitó su brusca y masiva salida que provocó un colapso en otros países vecinos.
Pero el motor que ha acelerado el proceso en los últimos años de forma gigantesca es la avalancha de capitales extranjeros. Desde 1978 China ha captado más de 600.000 millones de euros en inversión directa extranjera, de los cuales el 40% ha sido en los últimos cuatro años. El capital internacional ha encontrado un lugar en el que la mano de obra es casi inagotable, muy barata (los costes laborales chinos son un tercio de los de Malasia y 20 veces inferiores a los de EEUU, según el Banco Asiático de Desarrollo), y que, además, está sometida a un régimen despótico en el que los derechos democráticos y laborales brillan por su ausencia. El capital ha ido teniendo, desde 1978, cada vez más facilidades para invertir en China con garantías de repatriación de los beneficios y de la propia inversión por lo que han acudido como moscas a un banquete que parece no tener fin. De las 500 empresas más importantes del mundo, 450 ya han invertido en China.
El crecimiento chino ha servido como base de la reactivación capitalista mundial, la llamada globalización, en su expresión máxima, siguiendo la idea de Marx: que mis obreros ganen lo menos posible, pero que los demás puedan comprar todo lo que produzco.
China ha experimentado una revolución industrial sin parangón en la historia tanto por su volumen como por el ritmo al que se ha dado. Por una parte afecta a cientos de millones de personas. Es un proceso similar al que se dio en España en los años 60 con un éxodo masivo del campo a las grandes ciudades, pero a una escala cientos de veces superior. Y, por otra parte, tomando los datos de 2002, China dobló sus exportaciones en sólo cinco años. Inglaterra, en la época de su revolución industrial, tardó doce años en duplicar sus exportaciones después de 1838.
Desarrollo desigual
Los más de 1.300 millones de habitantes de China no están beneficiándose por igual de este tremendo desarrollo. Las zonas costeras han protagonizado la mayor parte de ese desarrollo al recibir casi toda la inversión, tanto extranjera como interna. Fábricas, infraestructuras… se han concentrado fundamentalmente en esa franja quedando relegadas al olvido grandes partes del interior del país. Eso provoca que la brecha que separa al campo de la ciudad no hace más que ampliarse. La apertura a la privatización de la agricultura, con la disolución de las Comunas Populares en1992, supuso 250 millones de parados más 100 millones que emigraron forzosamente a las ciudades constituyéndose en el ejército de mano de obra barata que después ha utilizado el capital internacional y nacional. La entrada de China en la OMC no hace más que agravar esta situación pues mientras ofrece a los productos industriales fabricados en China nuevos mercados, coloca a los campesinos chinos en una posición muy difícil pues no pueden competir con precios de los productos agrícolas de economías mucho más productivas que la suya.
El desarrollo no sólo se está dando de una forma desigual sino que además las desigualdades se expanden de forma creciente. Según Pierre Gentelle, en 1990 los habitantes de la ciudad vivían tres veces mejor que los del campo, dándose grados de disparidad similares a las que había antes de 1949. Pero las diferencias no hacen más que crecer. En 1997 el PIB per capita de Shanghai era de 25.750 yuanes, 11,6 veces superior al de Guizhou que era de 2.215.
Los distintos sectores productivos no se han desarrollado de forma armónica. El capital extranjero no invierte en China para mejorar el nivel de vida de las masas sino para exportar productos más baratos y competitivos a los principales mercados de los países desarrollados. Por eso lo que se ha desarrollado por encima de todo es el sector exportador. El 70% del PIB Chino depende de las exportaciones. Esa hipertrofia respecto a los demás sectores hace que la dependencia de China de la evolución del mercado mundial sea tremenda.
Pero las desigualdades más profundas se dan en el terreno social. Todo este desarrollo se está dando a costa de una nueva clase trabajadora cuyos salarios, condiciones laborales y condiciones de vida están sujetos a una sobreexplotación brutal. La mayor parte de estos nuevos proletarios provienen de las zonas campesinas, como los 1,4 millones de agricultores que han perdido sus tierras en el último periodo. Se está dando un acelerado proceso de proletarización que afecta a gran parte de la sociedad china. Este proceso se caracteriza, además, por una grandiosa concentración de trabajadores en nuevas megaciudades taller surgidas prácticamente de la nada. Shunde es la capital del horno microondas; en ella se fabrican el 40% mundial. Shenzhen fabrica el 70% de las fotocopiadoras mundiales. Zhongshan es el hogar de la industria de la electricidad mundial. El Financial Times afirma que en «el delta del río Pearl -un área del tamaño de Belgica que bordea el interior de Hong Kong- trabajan ya 30 millones de personas en la manufactura…». Dos fábricas de Pou Chen (capital taiwanés) una en Zhuhai y otra en Dongguan, emplean a 110.000 personas y producen 100 millones de zapatos y zapatillas para las marcas más conocidas (Nike, Adidas, Reebok…). La de Dongguan concentra a 80.000 trabajadores en una sola fábrica.
La marca Dr. Martens paga a sus trabajadores en el Reino Unido 490 dólares a la semana (unos 2.000 al mes). Sin embargo, en sus fábricas en China paga unos 100 dólares al mes, por una semana laboral de 69 horas (36 centavos la hora), y en los dormitorios colectivos de los trabajadores emigrantes hay que obedecer un estricto toque de queda.
A pesar de esta disparidad ya hay una presión en China para relocalizar las fábricas hacia zonas del interior continental donde los salarios son entre un 30 y un 50% mas bajos que en el área de Pearl.
La inmensa mayoría de la población está al margen de los derechos sociales básicos. Tan sólo una parte de los trabajadores, fundamentalmente los que trabajan en las empresas estatales, tienen algún tipo de seguro. La Seguridad Social cubre a 155 millones de trabajadores urbanos la pensión, a 109 millones el seguro médico básico y a 103 millones un seguro de desempleo. Pero el sector estatal es cada vez más flaco desde que en 1997, en su XV Congreso, el Partido Comunista Chino lanzó la privatización masiva de las empresas públicas provocando 200 millones de despidos en los cinco años siguientes. Según algunos analistas este fue el momento histórico que dio paso a una restauración capitalista irreversible. Según P. Bustelo en 1978 el 76% de la producción industrial dependía de las empresas estatales. En 1999 se había reducido al 28%. Mª Luisa Martí asegura que en septiembre de 2004 había 30 millones de sociedades industriales y comerciales privadas que suponían la mitad de la economía china y que daban trabajo a cerca del 80% de la población activa.
La otra cara de la desigualdad es el desarrollo de una nueva clase social de privilegiados: los propietarios y nuevos ricos que ya a finales de los años 90 estaba configurada por más de 60 millones de personas, un 5% de la población, que declaraba unos ingresos superiores a 12.000 dólares per capita. (Curiosamente el PCCh cuenta con 69 millones de afiliados). Doce mil dólares (o más) en un país cuyo PIB per capita es de 800 dólares es vivir 15 veces (o más) por encima de la media. Es una nueva burguesía (grande y pequeña) que se está consolidando gracias a sus vínculos con la burocracia, con los inversores chinos de ultramar y con los inversores extranjeros: propietarios agrícolas; grandes, medianos y pequeños empresarios; directores; gerentes;… que subidos a los hombros de los trabajadores defienden los intereses de la burguesía internacional y sus propios intereses como nueva burguesía nacional.
Desarrollo combinado
El desarrollo chino combina lo más nuevo y moderno con lo más viejo y atrasado creando una serie de contradicciones que ya son fuente de graves conflictos, y más lo serán en el futuro.
China cuenta con 6 centrales nucleares en funcionamiento, tres más en construcción y ocho proyectadas en toda la zona costera para hacer frente a la creciente demanda de energía eléctrica. Pero el Gobierno chino anunció a principios de 2004 la creación de dos nuevas centrales nucleares por año hasta 2020, es decir, 32 nuevas centrales convirtiendo a China en una nueva potencia nuclear. Otro ejemplo es la participación china en la carrera espacial. Se ha convertido en el tercer país que ha sido capaz de poner una nave tripulada en el espacio. Muchas de las nuevas empresas se han montado con la tecnología más avanzada gracias a un nivel inversor sin parangón en el mundo. En 2003 el crecimiento de la inversión en capital fijo fue del 30%, dando cuenta del 47% del PBN. Este dato no es aislado, sino que refleja la situación que se ha mantenido durante años.
Pero junto a estas demostraciones de desarrollo científico y económico hay en China muchos elementos del más brutal atraso y subdesarrollo. El cultivo extensivo en muchas zonas agrícolas, tal y como se hacía hace 2.000 años, y basado en una mano de obra masiva (se calcula que aún «sobran» 150 millones de personas en la agricultura debido a su baja productividad) provoca la existencia de enormes bolsas de pobreza. Algunas estimaciones elevan hasta el 52% de la población que vive con menos de 2,5 dólares al día. También se están generando enormes bolsas de pobreza en las ciudades donde en junio de 2004 había 8,37 millones de parados. El Banco de Desarrollo Asiático estima en 37 millones los pobres urbanos, el 12% de la población de las ciudades. Hay que tener en cuenta que la economía china necesita crear 10 millones de puestos de trabajo cada año para dar cabida a los 10 millones de jóvenes que alcanzan la edad de trabajar. Por esa razón fuentes gubernamentales han manifestado que el PIB chino necesita crecer al menos el 7% anual para absorber el crecimiento demográfico y no incrementar el nivel de desempleo. Por eso todos los planes de los dirigentes chinos se basan en conseguir el máximo posible de crecimiento. Un crecimiento que no es sostenible a medio plazo por razones económicas, sociales y medioambientales.
Económicas, pues, mientras en los años 80 y 90 costaba entre 2 y 3 dólares de nueva inversión para producir 1 dólar de crecimiento adicional, en la actualidad se necesitan 4. La necesidad de aumentar el capital fijo para mantener los beneficios disminuye la rentabilidad relativa del capital que dejará de afluir en la misma cantidad. Es una tendencia inevitable de la economía en la medida que gana complejidad.
Sociales, pues, la concentración de la clase trabajadora y su nuevo papel en el proceso productivo crea las condiciones para el desarrollo de una conciencia y una organización que les permita defender sus derechos y luchar por la mejora de sus condiciones de vida, como ya ha sucedido en otros países que han pasado antes por esa etapa evolutiva. Esta tendencia también hará disminuir la rentabilidad de las inversiones desincentivando la afluencia masiva de capitales.
Y medioambientales, pues, China es no solamente, en la práctica, un país deforestado sino que la presión que está ejerciendo el rápido crecimiento urbano va a exigir un enorme esfuerzo que va a necesitar de ingentes recursos (hidráulicos, energéticos…). China es ya el segundo país más contaminante del mundo, después de los EEUU.
Competencia mundial
La burguesía internacional está muy satisfecha de que otra de las consecuencias de la caída de la URSS haya sido la consolidación de la contrarrevolución capitalista en China, de que ésta haya ejercido los últimos años de locomotora de la economía mundial complementando la ralentización de la economía norteamericana, el estancamiento de la europea, y el agotamiento de la japonesa. Y, sobre todo, de que hayan tenido un filón de mano de obra barata que ha presionado los salarios y las condiciones laborales de la clase trabajadora a la baja en todo el mundo.
Pero, por otra parte, están muy preocupados (sobre todo la burguesía norteamericana) con el papel que empieza a jugar el dragón asiático en la escena internacional. El problema no es que China inunde el mercado mundial con productos baratos y de baja calidad, sino que su desarrollo le llevará a competir directamente con las economías asiáticas, incluida Japón, en un primer momento, y, posteriormente, con otras economías avanzadas. Un grupo de senadores americanos quería implantar unos aranceles del 27,5% a los productos textiles chinos tratando así de defender los intereses de los fabricantes norteamericanos con medidas proteccionistas. Algo similar pasa con el sector del acero.
La nueva clase dirigente china, a pesar del carácter combinado de su economía (atraso y modernidad), pretenderá jugar un papel dirigente primero en su área de influencia, Asia, y después, en el mundo entero. En el último periodo China ha firmado contratos y acuerdos importantes con diversos países de América Latina e Irán. Compañías chinas están comprando empresas en distintas partes del mundo para situarse mejor en el mercado mundial. La petrolera china CNPC compró este verano la petrolera canadiense radicada en Kazakhstan -PetroKazakhstan- que controla el 3,3% de las reservas globales de petróleo. Otra petrolera china, el grupo Sinopec, firmó un acuerdo con Irán a finales de 2004 por un valor de 100.000 dólares para desarrollar el gigantesco campo de gas natural de Yadavarán. China se comprometió a comprar 250 millones de toneladas de gas natural liquidificado y 150.000 barriles de petróleo crudo por día a Irán durante 25 años. Empresas chinas han participado en la construcción de parte del Metro de Teherán y de un oleoducto al mar Caspio. La Chery Automobile Compañy (8º productor de automóviles de China) ha abierto su primera planta productiva en el extranjero en Irán.
Para tratar de frenar ese desarrollo como potencia de China y tomar medidas preventivas la Administración Bush está tratando de rodearla apuntalando económica y militarmente a sus aliados. En julio de este año EEUU sorprendió con un cambio de estrategia, seguida durante décadas, respecto a su postura de disuadir e impedir que ciertos países desarrollaran la capacidad de llegar a tener armas nucleares. Era el caso de la India. Sin embargo, el gobierno solicitó al Congreso la modificación de la ley que prohibe vender tecnología nuclear a este país. Las compañías estadounidenses podrían ayudar a construir reactores y suministrar combustible nuclear a India. Este acercamiento a la India -según el Washington Post- trata de acelerar el desarrollo de Nueva Delhi como una potencia global que pueda servir de contrapeso en la región a China reforzando la posición de Japón en la zona.
Japón ha estado subvencionando las 91 bases militares estadounidenses en su territorio con 70.000 millones de dólares desde 1952. Pero eso ya no es suficiente. Desde hace más de 10 años EEUU ha presionado a Japón para que cambie el artículo 9 de su Constitución por el que renuncia al uso de la fuerza si no es por motivos de estricta autodefensa. La intención de EEUU es militarizar Japón y convertirlo en la «Gran Bretaña del Lejano Oriente», dar jaque mate a Corea del Norte y mantener controlada a China. EEUU también busca dar salida a su producción de armas y que Japón desarrolle incluso armamento nuclear para hacer frente a la flota de submarinos nucleares que está construyendo China. Taiwan puede ser un motivo de enfrentamiento. El gobierno chino ya ha declarado que intervendrá en caso de que se proclame la independencia como respuesta al acuerdo militar entre EEUU y Japón en febrero de 2005 por el que la «seguridad en el estrecho de Taiwan y el mar de China» es un objetivo estratégico común autoproclamando su derecho a intervenir militarmente.
Alimentar un enfrentamiento fomentando sentimientos nacionales no sería difícil, sobre todo para los dirigentes chinos como se vio en las protestas callejeras que estallaron, no hace mucho, como respuesta a la visión que los libros de texto japoneses daban de su invasión imperialista del territorio chino desde 1931 hasta el fin de la IIª Guerra Mundial. No se olvida fácilmente la masacre de 23 millones de chinos a manos del ejército nipón sobre todo cuando Japón se ha negado durante todos estos años a hacer ningún tipo de reparación, y ni siquiera a reconocer sus crímenes de guerra.
El papel del Partido Comunista Chino
La revolución maoísta del 49, encabezada por el PCCh, llevó a cabo una serie de tareas democráticas que la burguesía china había sido incapaz de poner en práctica. Unificó el país, creó un Estado centralizado, expulsó al ejército invasor japonés, llevó a cabo una reforma agraria que acabó con el dominio que habían ejercido durante milenios un puñado de terratenientes semi-feudales, sentó las bases de una primera industrialización, creó unos precarios y elementales sistemas públicos de sanidad y educación…
Pero el Estado que el PCCh desarrolló no fue un Estado obrero democrático, sino que una burocracia permanente lo dominó y acaparó aplastando todos los intentos y esfuerzos de los trabajadores por democratizarlo, desde la Comuna Popular de Shangai en 1967 hasta las protestas que sucumbieron bajo las orugas de los tanques en la plaza de Tianamen en junio de 1989.
Un sector clave de esta casta burocrática ha buscado, siempre que la sociedad china ha sufrido una crisis, la solución en «reformas» de tipo procapitalista. Tras la muerte de Mao, Deng Xiaoping, máximo adalid de esta orientación política, es rehabilitado y pone en marcha la política llamada de las «cuatro modernizaciones» para hacer frente a la crisis en la que estaban las Comunas concebidas como islas autárquicas de 22.000 personas cada una. Se disuelven las Comunas creando un mercado agrícola controlado por el Estado. Se crean las zonas especiales para producir para la exportación admitiendo por primera vez la inversión extranjera en compañías mixtas (join ventures), y se liberaliza parcialmente el comercio con el exterior.
En 1985 se extienden las «reformas» procapitalistas al sector urbano creando mecanismos de mercado y reforzando el sistema financiero y bancario. Se habla por primera vez de «Socialismo de mercado». Pero esas reformas dan poco de sí debido a las distorsiones que crean en la producción agrícola e industrial, en el consumo y en los precios la vigencia de unos Planes Quinquenales impuestos desde arriba por una burocracia que es incapaz de dirigir eficazmente una economía y una sociedad de las dimensiones de la china.
Entre 1988 y 1992 el sector estatal pasa de ser el responsable del 73% de la producción industrial al 35%.
La línea que marcaba la vuelta al capitalismo estaba trazada por la dirección. Pero si había dudas en el seno de la burocracia dos acontecimientos vinieron a convencer, sobre todo a la capa de los altos cargos, que la única oportunidad de mantener sus privilegios residía en la transición al capitalismo, encabezando ellos mismos el proceso, luchando por convertirse ellos mismos en propietarios. Esos fueron los acontecimientos de Tianamen en el 89 y la caída de la URSS en el 91. El primero les demostraba que aún había una presión desde la parte inferior de la pirámide social para democratizar la economía y la sociedad. Eso ponía en grave peligro el mantenimiento de sus privilegios. El segundo les demostraba que su propio régimen despótico no tenía futuro y que el capitalismo se imponía en todo el mundo.
Un factor político (la contrarrevolución en el Este de Europa y en China) se ha convertido en un factor económico decisivo para explicar las características de nuestra época.
En enero de 1992 Deng Xiaping visita la zona especial de Shenzhen y la pone como ejemplo a seguir lanzando la consigna «¡Enriqueceos!».
Ese mismo año se acuerda un duro Plan de Ajuste con el Banco Mundial y se generalizan las zonas económicas especiales. El «socialismo de mercado» se convierte en «economía de mercado socialista».
En el 92 se lanza la privatización de la agricultura. La burocracia estatal dejó hundirse progresivamente, entre 1992 y 1997, los sistemas públicos de sanidad y de educación primaria y secundaria, que había sido una gran conquista de la revolución maoísta, pasando a ser privados. En el 97 se lanza la privatización de las empresas públicas. Y en el 2001 China es admitida oficialmente en la OMC.
El 8 de noviembre de 2002 se celebra el XVI Congreso del PCCh y hace un llamamiento a reclutar empresarios para el partido con una cuota del 1% de sus ingresos anuales.
Estos datos vienen a demostrar que la burocracia estatal ha protagonizado un proceso, que podríamos denominar, de acumulación originaria de capital, basado en el expolio de la propiedad estatal y la «liberación» masiva de mano de obra. («¡Enriqueceos como sea!»). Un proceso en el que, esa burocracia que vivía como una casta privilegiada de la sociedad china, se está convirtiendo en una nueva clase social. Como botón de muestra del expolio «sólo en 1998 se registraron 142.000 casos de corrupción; cerca de 4.000 eran altos cargos funcionarios y más de 300 responsables de instituciones. En 1999 los castigos (hasta la pena de muerte) alcanzaron a unos 132.500 corruptos, incluidos cerca de 20 de categoría ministerial, y dirigentes de las ANP y miembros provinciales y municipales del Partido» (Nuestra Bandera nº 191). El viejo Estado burocrático, controlado por el partido único estalinista, el PCCh, se ha convertido en un Estado burgués, pero que en muchos aspectos sigue siendo aún un híbrido que irá sufriendo transformaciones al servicio de una nueva clase social, la burguesía, que concentrará el poder cada vez en menos manos. Hablar hoy en día de «modelo socialista chino» es pura alucinación.
Lo cierto es que la gran mayoría de la casta dominante se ha movida hacia el capitalismo en una prueba clara de que el régimen existente en China no era el propio de un Estado obrero con un régimen socialista, sino de un modelo estalinista; un Estado de Bonapartismo proletario, donde una casta burocrática, basándose en las conquistas de la revolución del 49 y en el control de la economía planificada ha luchado por sus intereses como casta privilegiada, y cuando el régimen agotó sus posibilidades se han pasado con armas y bagajes al capitalismo.
La clase trabajadora
¿ Todo este proceso de vuelta atrás en la historia no ha sido respondido por los trabajadores? Bajo un régimen en el que el derecho a huelga no existe así como las libertades de expresión y manifestación están firmemente perseguidas, tampoco hay margen para una información fidedigna del ambiente entre los trabajadores. Aún y así hay datos que demuestran que ha habido y hay movimiento.
En 1979 hubo una oleada de luchas obreras duramente reprimidas. Las luchas obreras y estudiantiles en el 89 decidió a la burocracia a reprimir duramente en Tiamamen para cortar una confluencia que era muy peligrosa. En todo este tiempo ha habido dura resistencia a las medidas procapitalistas en el sector de los trabajadores industriales del sector público.
La policía admite un incremento a nivel nacional de los incidentes de masas del 268% de 1993 a 1999 (de 8.700 a 32.000). En ningún año durante este periodo la protesta ha crecido menos de un 9%. La tasa saltó a un 25% y un 67% respectivamente, en los años de la crisis financiera (97-98), y creció otro 28% en 1999.
Hay testimonios de quejas amargas contra el quehacer de la burocracia como el de un trabajador en el piquete de una empresa que se pretendía privatizar en agosto de 2001: «Nadie representa nuestros intereses. Incluso los llamados sindicatos están en sus manos. Mientras tanto están usando la propiedad estatal para comprar autos, penthouses y viajes al exterior. Que vendan sus casas y limusinas y nos den a nosotros los medios para vivir» (Tim Pringle). Las mismas fuentes citan al investigador Trini Leung según el cual en 1995 el Comité de Arbitraje Laboral del gobierno trató con 23.000 disputas, huelgas y protestas laborales. Esto saltó a 120.000 en 1999 y Leung estimaba que la cifra para 2002 podría llegar a los 200.000.
Esta estimación coincide con la que ofrece C. Buster: «Los conflictos laborales y explosiones locales se han multiplicado por 14 en la década de los 90».
Leung menciona que en la primera mitad de 2002 y por primera vez en la historia reciente, los trabajadores lanzaron una serie de huelgas y manifestaciones aparentemente coordinadas en varios viejos centros industriales, desde el noreste al sudoeste, organizadas alrededor de temas como el pan y la manteca teniendo un amplio respaldo. «Las protestas masivas de trabajadores que tuvieron lugar en la primavera de 2002 fueron todas motivadas económicamente y la organización estuvo basada en el lugar de trabajo».
En enero de 2002, en Anhui, 11 grupos de la construcción organizaron conjuntamente una serie de protestas que bloqueó los accesos de las rutas a las oficinas del gobierno en la capital provincial. También hubo manifestaciones estudiantiles en el mismo lugar.
Durante 2002-03 hubo miles de huelguistas en Liaoyang y Daqing. Sólo en la primera y según las estimaciones policiales, 863.000 ciudadanos tomaron parte en alguna de las más de 9.000 protestas que ocurrieron en ese periodo.
Algunas fuentes también hablan de la evolución del grado de organización de las luchas: líderes y portavoces elegidos, activistas y grupos centrales clandestinos que se parapetan en asociaciones industriales legalmente registradas, sindicatos oficiales o asociaciones de familias.
Hacia la tercera revolución china
La burguesía internacional cierra los ojos ante el régimen despótico chino. Cuando le interesa se olvida de que se llaman comunistas y lo único que les importa es que, hoy por hoy, les garantizan la rentabilidad y seguridad de sus inversiones. Incluso están encantados de que sea un propio Partido Comunista el que esté encabezando un proceso contrarrevolucionario como es la reimplantación del capitalismo en China. Primero porque así se contribuye al desprestigio de la idea, de un movimiento y de un objetivo para los trabajadores de todo el mundo. Nosotros, los trabajadores europeos, no podemos ser ni hipócritas ni mirar para otra parte. Las cosas son como son y hay que hacerles frente sin engañarnos. Sin duda que la causa de la transformación socialista de la sociedad, como objetivo mundial, va a sufrir un duro golpe por el papel de los dirigentes «comunistas» chinos. La matanza de Tiananmen y, después, el «milagro económico» han desbaratado, de momento, una posible revolución en China, que probablemente sólo vendrá tras las sacudidas que provocará una previsible crisis económica.
La clase obrera china ya está en un nuevo proceso de aprendizaje. Este proceso tiene ciertas similitudes con el que vivió la clase obrera rusa y que desembocó en la revolución del 17: desarrollo capitalista promovido por el capital extranjero fomentando grandes concentraciones obreras de una población que provenía directamente del campo. La influencia de grandes acontecimientos convirtieron aquella clase obrera nueva y atrasada en la más avanzada y revolucionaria del momento.
Una cara del proceso salvaje de industrialización en China es el crecimiento económico pero la otra es que, en primer lugar, riqueza y miseria van juntas, veremos como algo inseparable que el enorme enriquecimiento capitalista genera enorme pobreza, y, en segundo lugar, que se está forjando la clase obrera más numerosa y poderosa que haya existido sobre la faz de la Tierra. Una clase obrera que tendrá un largo proceso de toma de conciencia y de organización consciente e independiente por delante pero que ya ha empezado. La necesidad obliga. La revolución nacionalista de Chang Kai Chek a principios del siglo XX demostró la impotencia de la burguesía china para jugar un papel progresista en la historia. La revolución maoista suplantó a una clase obrera pequeña y débil deformando horriblemente los métodos y objetivos de la revolución obrera socialista. Pero ahora una clase obrera nueva, y muy fuerte, se prepara para llevar a cabo una tercera revolución que, aprendiendo del pasado, quizás de forma lenta y dura, no espere que otros le saquen las castañas del fuego y mande al baúl de la historia al capitalismo y al estalinismo, asumiendo la responsabilidad de crear una sociedad socialista democrática avanzada. Se liberaría una quinta parte de la Humanidad marcando el camino al resto.
Fuentes:
Chalmers Johnson. La realidad china. (Rebelión) 23.3.05
Pablo Bustelo. El enfriamiento de la economía china en 2004. (Real Instituto Elcano)
Pablo Bustelo. ¿Está la economía china abocada a una crisis? (Real Instituto Elcano)
Pablo Bustelo. Evolución reciente y perspectivas de la economía china: Un análisis del periodo 1997-2001 y de las implicaciones del ingreso en la OMC. (Real Instituto Elcano). Enero 2004.
Juan Chingo. Mitos y realidades de la china actual. (Estrategia Internacional) Septiembre 2004.
Juan Torres López. La Opinión. 3.10.04
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