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Claves para entender la vuelta de Lula

Fuentes: Rebelión [Imagen: Homenaje a las víctimas de la covid-19 en Manaos. Créditos: João Viana/Semcom. Fotos Públicas]

En este artículo los autores reflexionan, partiendo del contexto histórico reciente en la política brasileña, sobre el futuro de Brasil.


La recuperación de los derechos políticos del ex presidente Lula conmovió a la sociedad brasileña. Los análisis se centran en la operación judicial Lava Jato y en las perspectivas electorales para 2022. Durante años, la narrativa progresista ha destacado la persecución judicial de Lula por parte de Lava-Jato, especialmente por parte del ex juez y ex ministro de Justicia Sergio Moro. Sin duda, hubo parcialidad e ilegalidad. Sin embargo, esto no es garantía de inocencia para los miembros de los gobiernos del PT y otros partidos, progresistas y conservadores, que compartieron el poder de Lula entre 2003 y 2016.

Ante la desorientación general de la burguesía brasileña y el creciente descontento popular, los ánimos políticos han cambiado. Si antes Lula fue encarcelado por decisiones judiciales politizadas, del mismo modo fue luego liberado, y ahora recupera sus derechos políticos. En este contexto, las narrativas dominantes, ya sean conservadoras o progresistas, denuncian como motivaciones políticas los resultados del poder judicial que les resultan adversos. En este texto, analizamos los acontecimientos recientes a la luz del movimiento general de la coyuntura brasileña. La intención es aprehender el significado de esta evolución y sus potencialidades, más allá de los personajes involucrados.

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El trasfondo de la defenestración del PT de Brasilia es la pérdida de eficacia del lulismo como modo de regulación de las tensiones sociales en el país. Recapitulemos los contornos generales del proceso. Después de una década exitosa, en que articuló modestas mejorías para los de abajo frente a los privilegios de siempre de los de arriba, una convergencia de factores sociales, políticos y económicos puso en jaque el lulismo. La conjunción entre las jornadas de junio de 2013 –el ciclo más grande de movilizaciones populares de la historia del país–, los escándalos de corrupción retratados como espectáculos por los medios corporativos, que transformaron juicios en novelas y jueces en pop stars,y la desaceleración económica que se convirtió en recesión a partir del 2015, modificó el abordaje de las clases dominantes en relación a la reproducción social. En ese contexto, la piedra filosofal de un neoliberalismo inclusivo cedió lugar a la intensificación de la expoliación social, mientras la ideología de la conciliación abrió alas al enfrentamiento abierto. Este es el trasfondo de la deposición de Dilma Rousseff en 2016, de la prisión de Lula y de la victoria de Bolsonaro en 2018.

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Frente a la agudización de la violencia económica y de la violencia política, Bolsonaro ofrece a la clase dominante el molde de este neoliberalismo autoritario, que es el Estado policía. Sin tener un programa propio, tercerizó la gestión de la economía en un verdadero Chicago boy, el economista Paulo Guedes, que además de estudiar en la escuela de Milton Friedman, trabajó en el Chile pinochetista en los años 80. Como complemento, avanza una agenda comportamental, cultural y científica retrógrada, que la élite tolera, pero no necesariamente adora. Su apoyo al ex capitán se consumó como un matrimonio por conveniencia, ya que su ideal es, en realidad, un “bolsonarismo sin Bolsonaro”. Mientras tanto, el militar tiene ideas propias que apuntan a una dinastía (tiene tres hijos en la política), contando con los militares como partido y con los evangélicos como base social. Desde este punto de vista su mayor desafío es convertir el apoyo virtual que lo eligió en movilización real. Transformar internautas en “camisas negras” [1].

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En este marco, ¿cuál sería la diferencia fundamental entre el gobierno Bolsonaro y las gestiones petistas que lo antecedieron? Críticos del progresismo sudamericano como nosotros, alegamos que, al renunciar a enfrentar las raíces de la desigualdad y de la dependencia, el gobierno petista y sus similares se resignaron a una gestión de la crisis. El gobierno de Bolsonaro, por otro lado, no se propone hacer ninguna gestión, pues él gobierna a través de la crisis misma.

Nos enfrentamos a diferentes formas de abordar el agravamiento de las tensiones del neoliberalismo. El progresismo propone gestionar estas tensiones a través de un arsenal de buenas prácticas avaladas por el Banco Mundial. Es la contención de la crisis. Los Bolsonaro de este mundo, en cambio, admiten el carácter autofágico del neoliberalismo (una lucha de todos contra todos), y prometen armar al pueblo, para que se defienda atacando –como él mismo. Sería una aceleración de la crisis. En otras palabras, mientras unos buscan el freno, otros pisan el acelerador. Pero nadie cuestiona el carril.

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En todo caso, se evidenció que el bolsonarismo no es completamente contrario al lulismo, pero sí su opuesto: así como la “contención” implica la “aceleración”, la “aceleración” exige “contención”. En septiembre de 2020, más de mil brasileños morían por día víctimas de la covid-19 y el país cumplía cuatro meses sin un ministro de salud. Sin embargo, este mes, la popularidad de Bolsonaro alcanzó su nivel más alto. ¿Cómo explicarlo? Desde el punto de vista de los de abajo, se destacan dos factores. Por un lado, el presidente no fue responsabilizado (todavía) por las muertes. Por otro, la ayuda de emergencia, por un valor cuatro veces mayor, para cuatro veces más cantidad de familias, sostuvo la popularidad de Bolsonaro incluso en el noreste del país, antes cautivado por el programa Bolsa Família implementado por el gobierno de Lula.

Mientras tanto, en Brasilia, el presidente había comprado el amor del «centrão«, un conglomerado de partidos que negocian su lealtad a cambio de fondos y cargos, y que constituyen el mayor bloque del Congreso. Al mismo tiempo, Bolsonaro ensayaba una versión menos ideológica de sí mismo, pacificando las relaciones con el Tribunal Supremo y los medios de comunicación corporativos. Las grandes empresas acogieron el cambio, confiando en que la estabilidad les permitiría avanzar en su propia agenda.

La paradoja era notable. Para compensar la caída de apoyo entre la élite y las clases medias que no compraron el negacionismo, Bolsonaro seguía el camino del lulismo: reforzar los lazos entre los más pobres, resignarse al pragmatismo político y, por esta vía, coser la estabilidad anhelada por el capital.

El presidente que sumió al país en medio de una pandemia pretendiendo una «revolución invertida» a la manera del fascismo, ¿se reinventará en el molde de un «lulismo invertido»? El mismo problema se puede ver desde otro ángulo: ¿la élite que anhela un «Bolsonarismo sin Bolsonaro» estaría satisfecha con un «Bolsonaro sin Bolsonarismo»?

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Sin embargo, un año después de la pandemia, la situación era catastrófica. Casi tres mil brasileños mueren cada día a causa de la covid-19. Los hospitales están abarrotados, la vacunación está poco avanzada y los problemas de salud mental se multiplican. Las medidas de aislamiento se imponen a una clase media estresada, pero son inviables para una población trabajadora que ya no recibe ayudas de emergencia. En Brasil, nadie ve el final de la pandemia. Frente a una tragedia humanitaria, con una crisis económica que no hace más que agravarse, acentuada por el deterioro de la imagen del país a nivel internacional, las voces del establishment evocan un pacto social. El liberalismo cosmopolita impugna el nacionalismo reaccionario del presidente: sólo los une el neoliberalismo. Es en este escenario que Lula recuperó sus derechos políticos.

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La primera consecuencia de la noticia fue que el pesimismo ante la bola de nieve bolsonarista, dio paso al optimismo mesiánico. Este sentimiento no es nuevo: poco antes de la pandemia, el respetado líder del MST, João Pedro Stédile, declaró: «Lula tiene que ser nuestro Moisés, convencer al pueblo de que cruce el Mar Rojo. No hay ningún otro personaje que pueda desempeñar este papel».

La otra cara de la misma moneda, es que se consolidan las posibilidades de Bolsonaro de completar su mandato. Más que nunca, las energías políticas se canalizan hacia una candidatura de Lula en 2022, en lugar de un posible impeachment a Bolsonaro.

Los que creen que el partido apostará por la presión de la calle deben entender que esto es una imposibilidad lógica. El atractivo político de Lula reside en la conciliación, que consiste en evitar que el descontento popular se desborde. Hoy su juego se desarrolla en la pequeña política de Brasilia, y no en las calles. La esperanza ahora es que la izquierda responsable vuelva a Brasilia para administrar lo que queda del país en 2023.

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No es posible saber si la hipótesis de Lula prosperará. Pero es posible saber dos cosas.

En primer lugar, el movimiento de la clase dominante hacia una forma más violenta y autoritaria de neoliberalismo no cambiará. A sus ojos, la estructura institucional prevista en la «Constitución Ciudadana» de 1988 se ha vuelto anacrónica. La utopía de la ciudadanía asalariada se disipó sin nunca haber llegado ser realmente.

La segunda certeza es que un regreso petista sólo remediaría, en el mejor de los casos, la crisis civilizatoria que estamos viviendo. Podemos suponer que, si el PT estuviera hoy en la presidencia, haría todo lo posible para construir un arca salvadora en la inundación de la pandemia, sin poner en cuestión ningún parámetro de la reproducción neoliberal en Brasil. En resumen, haría lo mejor posible, donde lo posible es poco.

Mientras tanto, seguiría empeorando la dinámica social que hace de la vida cotidiana una lucha de todos contra todos, en un mundo donde el trabajo escasea y las balas abundan.

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Como en la novela del “doctor Jekyll y Mr. Hyde”, contemplamos en Brasil dos caras distintas de un mismo sujeto. O bien, para ser más precisos, nos enfrentamos a dos formas diferentes, pero no contradictorias, de manejar la ruptura autofágica del lazo social que caracteriza al neoliberalismo: una es la contención y la otra es la aceleración.

También se constata una paradoja: a medida que el progresismo fuera del gobierno se convierte en una tendencia política de la restauración, interpelando a partir del retorno de un pasado idealizado, la derecha se posiciona a favor del movimiento de la historia: a favor del progreso, que sólo puede conducir a la barbarie…

Notas

[1] Nombre de las milicias fascistas de Mussolini.

Fabio Luis Barbosa dos Santos es profesor de la Universidade Federal de São Paulo y autor de Uma história da onda progressista sul-americana (Elefante, 2019), de próxima publicación (Red Editorial).

Marco Antonio Perruso es profesor en la Universidade Federal de Rio de Janeiro y coorganizador de Pânico como política. O Brasil no imaginário do lulismo em crise (Mauad, 2020).