Hay casi un consenso entre los analistas del panorama político brasileño de que, en las próximas elecciones en nuestro país, los Estados Unidos de Donald Trump harán todo lo que puedan para garantizar la elección de un candidato bolsonarista, o de alguien que le sea equivalente en cuanto a sumisión y entrega a los intereses gringos.
Las dudas más importantes que aún no han sido aclaradas se refieren a los métodos que se emplearán en ese más que probable proceso de interferencia. Al respecto, voy a hacer algunas reflexiones, con la esperanza de que sirvan para arrojar algo de luz sobre la oscuridad en la que nos encontramos.
A causa de los reveses sufridos por el imperialismo estadounidense en las últimas décadas en diversos ámbitos de acción y regiones geográficas, los responsables de sus formulaciones políticas han decidido aferrarse con uñas y dientes a la región del planeta que consideran parte integral de su propio patio trasero. Y con esto se refieren al continente americano, especialmente a Latinoamérica y el Caribe.
Si bien es cierto que los Estados Unidos siempre han intervenido en esta región para imponer sus intereses, bajo la actual administración neonazi de Donald Trump, han dejado a un lado todos los escrúpulos que solían mantener en el pasado, y ya no demuestran ningún temor a revelar públicamente sus intenciones intervencionistas.
Esto se puede confirmar revisando brevemente los recientes procesos electorales que se han llevado a cabo en la región, concretamente los casos de Argentina, Honduras, Ecuador, Bolivia, Perú y Colombia. En todos estos pleitos, la influencia del aparato estadounidense fue muy evidente, y contribuyó decisivamente a la victoria de sus aliados obedientes.
Sin embargo, entre todas las artimañas utilizadas por las huestes proimperialistas en esas contiendas, la que parece haber tenido mayor impacto y relevancia ha sido la empleada por las megacorporaciones que controlan las redes sociales de comunicación digital, mediante la manipulación de sus algoritmos.
No podemos olvidar que todos los gigantescos conglomerados que dominan la comunicación digital a través de internet en todo el planeta, las conocidas BigTechs, están en la primera fila de la vanguardia de los impulsores del imperialismo estadounidense en su etapa actual. Un simple vistazo a las fotos de la ceremonia de investidura de Trump deja esto bien claro.
Como sabemos, es imposible erradicar una enfermedad sin comprender cómo funcionan sus elementos patogénicos. Por lo tanto, sólo podremos combatir y eliminar los riesgos destructivos de la manipulación algorítmica por parte de los representantes y agentes del imperialismo si comprendemos sus métodos de acción y cómo contaminan a sus víctimas.
Lo cierto es que los avances científicos no implican necesariamente un mayor humanitarismo por parte de quienes los utilizan. Durante casi un siglo, las corrientes de pensamiento más retrógradas, monstruosas y malignas han salido al frente en cuanto a la aplicación práctica de los avances tecnológicos en los medios de comunicación. Tanto es así que la invención y consolidación del uso de la radio y, posteriormente, de la televisión, sirvieron para expandir y difundir el mensaje ultrarreaccionario de los telepredicadores evangelistas, primero en Estados Unidos y, desde allí, al resto del mundo.
Pero, si bien los activistas populares siempre han estado en condición de inferioridad en la batalla comunicacional contra las clases dominantes, ahora la situación se ha complicado aún más. Esto se debe a que, en la época en que la radio y la televisión eran los principales instrumentos de difusión, nuestra gran desventaja radicaba en no contar con recursos equivalentes para asegurar que nuestro mensaje llegara también al pueblo.
No obstante, contrariamente a las expectativas iniciales, con la llegada de internet y la masificación de su uso, hemos llegado a la conclusión de que no nos basta con poder producir y emitir libremente nuestros pensamientos. La cuestión fundamental ahora es otra: ¿a quiénes se transmitirán? En otras palabras, aunque todos podemos expresarnos como queramos, son los oligopolios que controlan las plataformas los que, mediante sus algoritmos, determinarán quiénes tendrán acceso a nuestros mensajes y quiénes no.
Debido a su inmenso control sobre nuestra actividad en las redes sociales, estas corporaciones saben casi todo sobre casi todos (nuestros gustos, nuestros disgustos, nuestras costumbres, nuestras opiniones políticas, etc.). Por lo tanto, enviarán a cada persona lo que saben que la impactará de la manera que desean impactarla.
Por ejemplo, sabiendo a quiénes les molesta mucho la corrupción, procurarán enviarles todos los mensajes que acusen de corruptos a los opositores a los intereses del imperialismo. Por otro lado, evitarán difundir las evidencias de corrupción real en la que sus aliados estén implicados.
Dado que cada persona recibe mensajes adaptadas a su visión específica del mundo, los activistas populares desconocemos qué se transmite a la gran mayoría de la población que aún no participa en el debate político. En consecuencia, como ha sucedido en algunas ocasiones, nos pueden coger de sorpresa ciertas figuras ultrarreaccionarias sobre quienes casi nada conocíamos hasta entonces.
En consonancia con lo expuesto en el párrafo anterior, las recientes elecciones en Colombia nos posibilitan comprender la magnitud del problema. Allí, el candidato ganador era alguien completamente desconocido en el ámbito de la lucha sociopolítica hasta la víspera de los comicios. A bien de la verdad, se trataba de un desconocido para quienes luchaban por las causas populares, pero no para la gente ajena a esta realidad. Y estos últimos fueron las víctimas prioritarias de la manipulación algorítmica, que propició la victoria del extremista de derecha que defendía los intereses del gran capital.
Por lo tanto, lo expuesto anteriormente tiene como objetivo alertarnos sobre los grandes riesgos que estaremos corriendo en las próximas elecciones en Brasil. Puesto que no poseemos ni controlamos las principales plataformas digitales, nuestra dificultad para operar a través de ellas siempre será mucho mayor que la que enfrentan los enemigos del pueblo, ya que los dueños de estos conglomerados y las fuerzas políticas de la ultraderecha neonazi-bolsonarista forman parte de un mismo grupo.
En conclusión, además de dedicarnos a la indispensable labor de la comunicación digital, debemos ser conscientes de que nuestra presencia personal, real y activa, junto a las comunidades a las que deseamos servir, se ha convertido en un factor de suma importancia. Sólo mediante nuestra inserción y multiplicación entre nuestra gente podremos decapitar al dragón neonazi que pretende volver a esclavizar a nuestra nación.
Publicado originalmente en portugués en:
https://desacato.info/como-derrotar-os-algoritmos-neonazistas-por-jair-de-souza/
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