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En respuesta a Sergio de Castro Sánchez

Consideraciones sobre Darwin, el darwinismo, la izquierda y asuntos afines (I)

Fuentes: Rebelión

Sergio de Castro Sánchez entrevistó para Diagonal a Máximo Sandín [MS], autor de Pensando la evolución, pensando la vida. El titular periodístico que encabezaba la conversación: «La visión darwinista de la condición humana es una justificación del statu quo». Rebelión reprodujo el texto días después [1]. En la citada entrevista pueden leerse afirmaciones y reflexiones […]

Sergio de Castro Sánchez entrevistó para Diagonal a Máximo Sandín [MS], autor de Pensando la evolución, pensando la vida. El titular periodístico que encabezaba la conversación: «La visión darwinista de la condición humana es una justificación del statu quo». Rebelión reprodujo el texto días después [1].

En la citada entrevista pueden leerse afirmaciones y reflexiones del siguiente tenor: Pregunta [SCS]: ¿Cuál es la base científica del darwinismo? Respuesta [MS]: […] La base científica, experimental o empírica de […] la obra de Darwin es absolutamente inexistente…[2] su concepción de las relaciones entre los seres vivos, la «lucha por la vida» y la «supervivencia de más apto» provienen de Robert Thomas Malthus y Herbert Spencer, dos individuos muy desagradables, discípulos de Adam Smith, que veían la proliferación de los pobres como una amenaza para su bienestar […] En el resumen final del libro mezcla el uso y el desuso, las condiciones de vida, la selección «natural», la «guerra de la naturaleza»… en fin, un verdadero «cacao mental» (sic). P: Pero el darwinismo actual no es el de Darwin… R: [MS] El darwinismo actual no se sabe exactamente lo que es [3]. Fundamentalmente es una visión malthusiana de la vida (la competencia permanente de todos los seres vivos y hasta de las células y las moléculas y, sobre todo, la selección «natural» que elimina a los que no son adecuados pero que también «crea» lo inexistente…), pero como teoría científica jamás estuvo claramente formulado. P: ¿Qué vinculación existe entre darwinismo y eugenesia? R [MS] Toda. De hecho, la eugenesia, la doctrina que preconiza el impedimento de reproducirse a los «no aptos» y la reducción de la población mundial está en la esencia del darwinismo, tanto el de los libros de Darwin, como el de los «creadores» de la Síntesis «moderna» y en la ideología de sus máximos valedores, los grandes magnates mundiales (por favor, busquen en internet, por ejemplo, «eugenesia y Rockefeller»)… Creo que los jóvenes progresistas que se creen darwinistas por oposición al creacionismo deberían informarse sobre quienes crearon y quienes mantienen este «pensamiento único» biológico en contra de todas las evidencias científicas. También sería bueno que se informaran sobre la verdadera opinión sobre el darwinismo de Marx y Engels, cuando leyeron la obra de Darwin con atención…» [las cursivas son mías]

Fin de la selección; algo parcial sin duda. Yo mismo intenté una respuesta de urgencia, que también fue publicada en rebelión [4], en la que, ciertamente, esta es de una de las críticas razonables formuladas por Sergio de Castro Sánchez, no hablaba de muchos de los asuntos debatidos en la conversación y me centraba más bien en afirmaciones, poco documentadas en mi opinión, del entrevistado sobre la relación de Marx y Engels con la obra de Darwin que daban pie a interpretaciones erróneas sobre la relación de los clásicos de la tradición marxista con el autor de Sobre el origen de las especies.

Sergio de Castro Sánchez [SCS] – «Una respuesta a Salvador López Arnal. Del darwinismo como ideología»- me respondió con un artículo que también fue publicado en rebelión [5]. A riesgo de colmar la paciencia del lector me gustaría comentar algunas de las afirmaciones contenidas en el artículo de SCS e, igualmente, a algunos nudos básicos de lo analizado en la entrevista de Diagonal.

SCS afirma que el tono de mi nota «no invita demasiado al debate -necesario cada vez para más biólogos [SLA: ¿sólo para biólogos?]- acerca de la relación entre el darwinismo y las bases del sistema capitalista». Aún así, señala, trataría de dar su punto de vista sobre elementos de mi escrito. Lo haría, añade, «con la intención sincera de aportar algo a la discusión, sin caer en las descalificaciones como eje central de mis argumentaciones, como considero que sí hace López Arnal». He repasado mi nota y no veo, una viga abisal inconsciente debe impedírmelo, que haya en él descalificación alguna. Sea como fuere, por si fuera necesario, pido disculpas si en ello caí. Lejos de mi ese cáliz y esa nefasta y perversa actitud dialógica.

Sergio de Castro Sánchez sostiene también que ignora la razón por la que «todo cuestionamiento del darwinismo es respondido de manera agresiva». Desconoce también «la razón por la que esta reacción se da también entre aquellos habitualmente considerados de izquierda, a quienes se les presupone una actitud crítica y dialogante». Deduzco que SCS me incluye entre las personas que responden con agresividad. Tampoco acabo de ver, a pesar de mi nuevo intento, que haya en mi texto tintes agresivos, pero, por si volviera a errar en mi juicio, pido disculpas y prometo enmendarme.

Eso sí, la razón por la que algunos reaccionaremos alterados ante ciertas aproximaciones, supuestamente críticas al darwinismo, es porque, en ocasiones, está es una de ellas en mi opinión, van juntas la crítica a un vértice del darwinismo, una tradición cultural de cien cabezas, mil tentáculos y diez mil desarrollos, y la crítica a la obra de Darwin cuya valía científica es ninguneada, cuando no menospreciada abiertamente, o atacada por salvaje, filocapitalista o fruto simple de una mente no menos simple de la alta clase inglesa victoriana (Dicho entre paréntesis: más allá de sus orígenes sociales, Darwin adoptó un enfoque igualitario en torno a las fuentes de conocimiento nada frecuente en la ciencia académica en la que, en ocasiones nada excepcionales, el «conocimiento popular empírico» no teorizado es barrido de un plumazo y sin contemplaciones. Y no sólo en las ciencias naturales). Algunos, no podemos dejar de manifestar, conmovidos, nuestro máximo acuerdo ante reflexiones como ésta que nos regalaba el nieto de Erasmus Darwin en su Autobiografía: «Durante muchos años he seguido también una regla de oro, a saber, que siempre que me topaba con un dato publicado, una nueva observación o idea que fuera opuesta a mis resultados generales, la anotaba sin falta y enseguida, pues me había dado cuenta por experiencia de que tales datos e ideas eran más propensos a escapárseme rápidamente de la memoria que los favorables». ¿No debería ser esta la actitud metodológica esencial de alguien, de un científico en este caso, que, como han querido Platón y tantos otros, Marx o Engels no excluidos, amara al conocimiento? ¿Se entiende entonces las razones que hicieron que un vecino suyo, un revolucionario nacido en Tréveris, le enviara un ejemplar del primer libro de El Capital?

Entremos, pues, en materia. Antes de ello, unos apuntes iniciales. El primero: sobre las ediciones de Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la existencia [SOESN]

SOESN fue publicado en Londres por vez primera en 1859, probablemente el 24 de noviembre [6]. La edición se agotó en un solo día, unos 1.250 ejemplares. Fue la empresa editorial John Murray quien publicó la obra. Curiosamente, unos cinco meses antes, junio de 1859, Marx había publicado una de sus grandes obras, Zur Kritik der politischen Oekonomie. Desde ese momento, el darwinismo, la tradición científico-cultural que toma pie, no siempre de modo idéntico, en la obra de Darwin, como ocurre en numerosas tradiciones, «domina la escena cultural influyendo en todos los sectores de la misma» [7].

El gran historiador de las ideas Valentino Gerratana nos ofreció hace décadas una excelente consideración de esa tradición. Para el marxista italiano, el darwinismo es ante todo «una atmósfera cultural que se difunde en todas las direcciones coloreando las tendencias más distintas e incluso opuestas». Así, demócratas y reaccionarios, socialistas y antisocialistas, serán durante años «igualmente darwinistas y se establecerán entre ellos largas dispuestas para dilucidar quién lo es con mayor legitimidad». No sólo la mayoría de los naturalistas, sino también filósofos, sociólogos, literatos y artistas se sentirán atraídos por aquella doctrina y sentirán sugestionados por ella directa o indirectamente, añade el editor de los Quaderni.

La primera edición de SOESN fue la leída inicialmente por Engels, una de las primeras personas que adquirió el libro de Darwin. Mucho más tarde, dos décadas después, el autor de La situación de la clase obrera en Inglaterra unía públicamente los nombres de dos de los grandes científicos del siglo XIX, de Marx y Darwin. Lo hacía con ocasión del entierro del primero, un acontecimiento familiar al que asistieron sólo los más íntimos de Marx. Entre ellos, dos científicos naturales, el químico Schorlemmer y el biólogo darwinista Ray Lankester. Las recordadas palabras de su amigo, del autor de Dialéctica de la Naturaleza: «[…] De la misma forma que Darwin ha descubierto las leyes del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx ha descubierto las leyes del desarrollo de la historia humana». Era un discurso, ante la tumba de Marx, no era un sesudo artículo pensado para su edición en una revista del movimiento. No era un paper desde luego. No es nada probable que Marx descubriera las leyes de la historia humana porque seguramente no encaja esa historia en ningún conjunto finito de leyes y tampoco es seguro que Darwin descubriera, así, sin más matices, las «leyes del desarrollo de la naturaleza orgánica» y para siempre (Esta primera edición del clásico de Darwin puede actualmente encontrarse únicamente en colecciones de libros raros. Se reprodujo en edición facsimilar en varios momentos del siglo XX. Una de ellas fue la realizada por el gran Ernst Mayr, prologada por él mismo y editada en 1959 por Harvard University Press).

La segunda edición de SOESN se publicó poco después de la primera, el 7 de enero de 1860, apenas dos meses después (la primera edición, recordemos, se había agotado en un solo día). Darwin, según Janet Browne, introdujo ya entonces unas cuantas correcciones relevantes. Lo hizo también en las siguientes ediciones. Se editaron tres mil ejemplares, casi el triple que la primera edición. Fue la edición de mayor tirada de las editadas en vida del autor.

Antes del fallecimiento en 1882 del naturalista inglés, se publicaron seis ediciones más. Todas ellas con correcciones y modificaciones, lo que es indicio claro del inquieto y abierto espíritu del autor. La tercera edición, de 1861, tiene interés especial porque fue en ella cuando Darwin añadió un «Bosquejo histórico» en el que el autor describía y explicaba otras teorías de la evolución. Entre ellas, claro está, la de su propio abuelo, Erasmus Darwin.

Fue en la quinta edición, no antes (el título del libro habla de la lucha por la existencia), cuando Darwin introdujo por vez primera la expresión «supervivencia de los más aptos». La tomó de Herbert Spencer. Hablaremos posteriormente sobre su relación. La sexta edición, que pretendía ser una edición popular, fue la última enmendada por el autor. Mucho más barata que las anteriores, fue revisada en profundidad. Contenía un capítulo nuevo en el que Darwin respondía a las críticas que hasta entonces se le habían formulado.

No hubo rectificaciones ni añadidos en las dos ediciones posteriores, las dos últimas que se publicaron en vida de Darwin. La mayoría de las ediciones actuales de SOESN se basan en esta sexta edición, «la edición popular» [8].

Charles Darwin no fue el primer evolucionista de la historia. Él no dejó nunca de reconocer la importancia que tuvieron en la irrupción de sus ideas, además de fuentes no académicas, las reflexiones de otros autores. Entre ellos, Erasmus Darwin, el autor de Zoonomía (1794-1796) que contiene un breve capítulo donde se expone una teoría del desarrollo natural muy similar a la de Lamarck.

Darwin conoció a Lamarck, al naturalista francés gracias a Robert Grant, un carismático profesor de la facultad de Medicina -Darwin estudió inicialmente Medicina por presión y consejo paternos-, al que conoció en la Plinian Society, que suscribía los puntos de vista evolucionistas. Con su supervisión, empezó a observar organismos marinos del mar del Norte y con él realizó su primer descubrimiento científico relacionado con los huevos de flustra. El naturalista inglés descubrió que esos huevos no eran tales sino que eran larvas que nadaban libremente. Grant animó a Darwin a leer el Sistema de los animales sin vértebras de Lamarck, una obra publicaba en 1801 [9]. No hay que olvidar, por lo demás, que las teorías, entonces radicales, de Erasmus Darwin y Lamarck eran muy apreciadas por los pensadores nada conservadores de los años veinte del siglo XIX: sus audaces teorías biológicas se asociaban con lo mejor de la tradición ilustrada [10]. La revolución francesa, innecesario es decirlo, ya había dejado su huella inagotable.

Antes de que se hablara de selección natural, la herencia de características adquiridas, la tesis que influiría un siglo después en Lysenko y en el desastre de la agricultura soviética, había sido el único modelo disponible para explicar el origen de las especies. Lamarck propuso su hipótesis en 1802. Guy Deutscher, en su reciente y magnífico libro sobre historia y filosofía del lenguaje [11], explica así la tesis lamarckista: las especies evolucionan porque algunos animales empiezan a ejercitarse de un modo concreto; al hacerlo mejoran el rendimiento de determinados órganos; estas mejoras sucesivas se heredan y pasan a las próximas generaciones. Al final, se consigue un mejoramiento de las especies. El ejemplo repetido una y mil veces: las jirafas acostumbraban a estirar su cuello para alcanzar las ramas más altas; resultado de esa costumbre presente en todos los individuos de la especie durante muchas y muchas generaciones: el cuello se les alargó tanto que, como escribiría Lamarck, «sujetaba su cabeza a seis metros de distancia del suelo». La mejora se heredó.

El mecanismo alternativo, propuesto por Darwin (y, desde luego, por Alfred Russell Wallace), subraya la idea de evolución por selección natural: la combinación de variaciones accidentes y selección natural. La jirafa no llegó a tener el cuello largo por haberlo estirado para alcanzar las hojas de los árboles más altos y este nuevo item fue transmitido por herencia a sus descendientes, sino porque a algunos de sus antepasados que, accidentalmente, habían nacido con el cuello más largo de lo habitual (el azar del que han hablado Monod y tantos otros), les resultó ventajoso aparearse entre sí o bien porque sobrevivieron en tiempos difíciles con mayor facilidad que sus compañeras, las jirafas de cuello corto [12]. Ese fue el inicio de la transformación: por azar y por selección natural.

¿Cómo irrumpió, como surgió una nueva idea como la defendida por Darwin (y por Wallace)? ¿Qué influencias recibió? ¿Qué papel jugaron Herbert Spencer y Adam Smith en la irrupción de la revolución darwiniana? De ello hablamos en la próxima entrega.

Notas:

[1] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=130930

[2] La afirmación, la rotunda y singular afirmación del entrevistado, choca, digámoslo suavemente, con numerosas consideraciones. Algunos ejemplos: «Sobre el origen de las especies de Charles Darwin es sin duda uno de los libros científicos más importantes que se han escrito jamás» Janet Browne; «Con El origen de las especies la idea de evolucionismo, la concepción de la naturaleza como proceso histórico, recibe por fin, por vez primera, una base enteramente científica, es decir, racional y empírica al mismo tiempo», Valentino Gerratana. «Está claro que Darwin triunfó porque concibió un mecanismo, la selección natural, que poseía una imbatible combinación de verificabilidad y verdad. Pero a un nivel más general, Darwin triunfó al hacer que la menospreciada selección natural heredara el mundo entero de la teoría de la evolución», Stephen Jay Gould.

[3] Una aproximación al concepto de Stephen Jay Gould, su casi inabarcable libro está lleno de ellas: «[…] Pienso, con Darwin, que el armazón darwiniano, y no sólo los cimientos, persisten en la estructura emergente de una teoría de la evolución más adecuada. Pero también sostengo, con Falconer, que los cambios sustanciales introducidos en el asegunda mitad del siglo XX han creado una estructura tan expandida en torno al núcleo darwiniano original, y tan engrandecida por nuevos principios explicativos a nivel macroevolutivo, que la exposición completa, aun sin salirse del dominio de la lógica darwiniana, debe interpretarse como básicamente distinta de la teoría canónica de la selección natural, y no como una simple extensión de la misma» (S. Jay Gould, La estructura de la teoría de la evolución, Tusquets, Barcelona, 2004, p. 27).

[4] Salvador López Arnal «Sobre Marx, Darwin y el darwinismo» http://www.rebelion.org/noticia.php?id=131309

[5] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=131663

[6] Tomo pie en este punto en Janet Browne, La historia de El origen de las especies de Charles Darwin, Debate, Madrid, 2007 (traducción de Ricardo García Pérez). Lo haré en repetidas ocasiones.

[7] Valentino Gerratana, Investigaciones sobre la historia del marxismo, Hipótesis-Grijalbo, Barcelona, 1975 (traducción de Francisco Fernández Buey), p. 97.

[8] En vida de Darwin se publicaron traducciones a once lenguas distintas. Darwin trató de revisarlas todas, no siempre con éxito. Las primeras ediciones al francés y al alemán no fueron de su agrado; buscó otros traductores. Las ediciones posteriores en estas lenguas, señala Janet Browne, «se aproximan más a las intenciones originales de Darwin».

[9] Janer Browne, ed cit, p. 22.

[10] Grant se sirvió de las ideas de Lamarck y Erasmus Darwin para proponer que las esponjas eran el organismo elemental a partir del que se habían desarrollado todas las formas de vida hasta conformar el árbol evolutivo.

[11] Guy Deutscher, Prisma del lenguaje. Cómo las palabras colorean el mundo. Ariel, Barcelona, 2011, pp. 63-65 (traducción de Manuel Talens).

[12] En honor de Lamarck y también de Darwin, Deutscher recuerda que la creencia generalizada de que las características adquiridas se heredaban no cambió durante medio siglo cuanto menos. El autor de SOESN no fue ajeno a esa influencia. El naturalista inglés estaba convencido de que el resultado de ejercitar determinados órganos podía transmitirse a la generación posterior. «Insistió en que la selección natural era el principal mecanismo que dirige la evolución pero también asignó un lugar al modelo lamarckiano, aunque fuera secundario» señala el autor de El prisma del lenguaje. Casi al final de su vida, en 1881, un año antes de su fallecimiento, Darwin escribió un breve artículo en el que seguía defendiendo que las lesiones y las mutilaciones podían heredarse.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.