Los terremotos interrumpen la vida cotidiana, pero no la historia. Tampoco suspenden la política. Por el contrario, un sismo puede comprimir la historia en unos pocos días dramáticos, revelando relaciones sociales, proyectos políticos y fuerzas geopolíticas que normalmente permanecen ocultas bajo la superficie. El terremoto de Venezuela no es la excepción.
Como argumentamos en un artículo reciente, el impacto del terremoto se extendió a lo largo de fracturas materiales y sociales que ya estaban profundamente marcadas por una década de sanciones devastadoras y otras agresiones imperialistas. A su paso inevitablemente emergieron luchas por la soberanía y disputas por significados. Aunque centradas en Venezuela, estas luchas forman parte de un panorama histórico más amplio: el intento cada vez más agresivo de Estados Unidos de reafirmar su dominio sobre América Latina.
Apenas había dejado de temblar el suelo cuando Washington comenzó a impulsar su agenda. Un observador optimista o ingenuo podría haber esperado que la campaña de Estados Unidos contra el Proceso Bolivariano se suavizara en este momento. Al fin y al cabo, Caracas ya había hecho una serie de concesiones a Estados Unidos bajo extraordinaria presión militar y económica en el período posterior al 3 de enero. Sin embargo, lo que ocurrió fue todo lo contrario.
A las pocas horas del terremoto, se desató una intensa guerra de desinformación. Aun cuando miles de bomberos, personal de protección civil, miembros de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, trabajadores de la salud, organizaciones comunales y voluntarios se desplegaban hacia las zonas más afectadas, la mayoría de los medios internacionales actuaron al unísono para negarlo. En contra de toda evidencia, insistieron en que el gobierno venezolano estaba ausente —que no había respuesta estatal, ni defensa civil, ni esfuerzo organizado de rescate—.
Por supuesto, ningún país está totalmente preparado para un desastre de esta magnitud, y mucho menos uno que ha soportado años de guerra económica. Sin embargo, la respuesta real, impresionante tanto en escala como en compromiso, fue sistemáticamente borrada de la vista del público. Más tarde, los medios corporativos presentaron cada medida del gobierno —desde la coordinación de las operaciones de rescate y la organización de refugios hasta la regulación del flujo de ayuda humanitaria— como evidencia de “autoritarismo”.
Para que quede claro, estas narrativas no surgieron únicamente de la prensa corporativa proimperialista; también se difundieron a través de las redes sociales y de voces aparentemente “independientes”. Sin embargo, la uniformidad de estos mensajes apunta a que forman parte de una campaña organizada. Esa es la única forma de explicar que empleen los mismos recursos narrativos, contengan las mismas omisiones y lleguen a las mismas conclusiones.
Además, los medios corporativos no tardaron en amplificar las publicaciones más agresivas de las redes sociales como parte de su esfuerzo por deslegitimar al gobierno venezolano y sembrar el descontento político en medio del dolor y el duelo, reforzando así la idea de que solo una intervención externa podría rescatar al país.
Esto revela que el objetivo de Washington nunca se ha limitado a las concesiones económicas obtenidas tras el 3 de enero. Lo que persigue es el desmantelamiento integral del proyecto revolucionario venezolano, cuya fortaleza radica precisamente en la articulación entre el gobierno y las fuerzas populares organizadas. En última instancia, lo que está en juego es el proyecto inconcluso de recolonización de Venezuela y, con ello, reconfigurar el conjunto de América Latina bajo la hegemonía estadounidense.
Por eso la guerra mediática es tan importante. No se trata simplemente de controlar el ciclo informativo, sino de producir las condiciones de “legitimidad» para nuevas etapas del proyecto de recolonización. El patrón es conocido. A lo largo de la larga historia de intervenciones imperialistas en América Latina y otras latitudes, antes de intervenir, se construye un relato: que el Estado ha colapsado y lo que queda es autoritario; que el gobierno ha abandonado a su pueblo; que la soberanía nacional se ha convertido en un obstáculo para la ayuda humanitaria. Solo entonces la intervención puede presentarse no como una agresión, sino como una necesidad.
La batalla por las narrativas no es, por lo tanto, secundaria ni superficial: es uno de los principales escenarios a través de los cuales el poder imperialista busca fabricar el consentimiento político para intervenir contra una nación del Sur Global.
Washington quiere todo el paquete
En 1999, el líder antiimperialista Muammar Gadafi inició un proceso de acercamiento con Estados Unidos y Europa tras años de crueles sanciones y otras agresiones imperialistas contra el pueblo libio. Como gesto inicial, Gadafi entregó a los dos sospechosos del atentado de Lockerbie para que fueran juzgados en los Países Bajos. Luego vino la normalización diplomática que tuvo lugar en 2002-2003 y un mayor acercamiento en los años siguientes.
El resultado de aquel proceso representa una lección importante para los proyectos antiimperialistas. En 2011, Libia —a pesar de las concesiones y del acercamiento— sería bombardeada por la OTAN y Gadafi asesinado por las fuerzas especiales británicas. Esto ocurrió mientras la secretaria de Estado de EE. UU. Hillary Clinton declaraba: “¡Vinimos, vimos y él murió!”.
Los paralelismos entre Libia y Venezuela son muchos, pero es importante situar el momento histórico con precisión. Al igual que en Libia antes de 2011, Venezuela ha respondido en los últimos meses a las sanciones y otros ataques con concesiones y acercamientos, pero no ha sido derrotada y sigue representando una amenaza simbólica y material. Washington lo sabe muy bien. Para sus líderes y estrategas, la persistencia de un bloque revolucionario venezolano que conecta el liderazgo político con las bases sigue siendo inaceptable. Ese es el próximo objetivo del imperialismo, y es también lo que debemos defender.
Hay amplia evidencia de que el bloque revolucionario chavista sigue vivo. A pesar de años de sanciones, asedio financiero, amenazas militares, el bloqueo naval y los traumáticos acontecimientos del 3 de enero, la arquitectura esencial del Proceso Bolivariano sigue en pie. El Estado no se ha derrumbado. Las fuerzas armadas no se han fracturado. El movimiento comunal sigue organizando la vida social y participando en la gobernanza en todo el país. Miles de cuadros de nivel medio actúan como un puente entre las masas y la dirección nacional. Así, el chavismo sigue constituyendo un sujeto político popular forjado en tres décadas de experiencia revolucionaria.
Esto explica por qué la ofensiva de los medios corporativos tras el terremoto ha sido tan implacable. El objetivo no es simplemente criticar la respuesta del gobierno. Es debilitar todo el Proceso Bolivariano creando una brecha entre el pueblo organizado y el Estado, al tiempo que se prepara el terreno, tanto a nivel nacional como internacional, para justificar una ocupación permanente. Para el imperialismo, es la relación entre el pueblo y el Estado —no simplemente un presidente, un partido o cualquier política en particular— lo que constituye el objetivo decisivo.
Por todas estas razones, quienes claman “Todo está perdido y Venezuela es un mero protectorado de EE. UU.” no están comprendiendo la situación concreta ni el momento histórico. No todo está perdido, y el imperialismo lo sabe muy bien. Nuestros enemigos comprenden la configuración del campo de batalla actual. Es lamentable que opinólogos que históricamente han estado de nuestro lado —supuestamente de izquierda y antiimperialistas— les estén ayudando a destruir el bloque revolucionario al intentar poner a las masas en contra del liderazgo gubernamental.
Un punto de inflexión continental
El terremoto de Venezuela y los acontecimientos que lo rodean deben entenderse dentro de un contexto continental más amplio: un esfuerzo cada vez más voraz de Estados Unidos por reafirmar su hegemonía sobre América Latina mediante la coerción económica, la presión militar y la intervención política. La llegada de marines estadounidenses bajo el pretexto de la asistencia humanitaria a Venezuela no es un episodio aislado. En todo el continente, la dominación imperialista se está volviendo más directa, más abiertamente militar y menos propensa a esconderse tras el discurso de la cooperación y el desarrollo.
Es precisamente en estas condiciones que América Latina debe recuperar el proyecto de Simón Bolívar de integración continental: la Patria Grande y recordar la advertencia de José Martí sobre “el gigante con las botas de siete leguas”. Ambos comprendieron que la verdadera independencia nunca podría garantizarse mediante repúblicas fragmentadas enfrentando al poder imperialista de manera aislada. La soberanía requería la unidad de Nuestra América. Esa lección no ha perdido nada de su urgencia.
Lo que está cambiando hoy no es la esencia del imperialismo, sino su forma. Estados Unidos está abandonando cada vez más la pretensión de que el control hemisférico pueda ejercerse a través de acuerdos comerciales y soft power. La coerción económica sigue siendo fundamental, pero ahora va acompañada de bloqueos navales, despliegues militares, secuestros, bombardeos extraterritoriales, lawfare, intervención electoral descarada y una voluntad cada vez más explícita de proyectar la fuerza bruta en toda la región.
Venezuela ilustra esto con especial claridad, pero no es un caso único. Cuba está viviendo un cruel endurecimiento del bloqueo estadounidense, que ya es genocida, y enfrenta nuevos niveles de amenaza militar. En Ecuador, el restablecimiento permanente de la presencia militar estadounidense marca la reintegración del país en la arquitectura estratégica regional de Washington. Mientras tanto, nuevas formas de dictadura y fascismo (Bukele, Milei, de la Espriella) prometen la postración total de sus países ante el imperialismo y el sionismo. Estos acontecimientos son piezas de una agenda imperialista más amplia y ponen de manifiesto la urgente necesidad de que América Latina defienda colectivamente su soberanía frente a un proyecto agresivo de recolonización de facto.
Solidaridad con conciencia
La solidaridad con la Venezuela azotada por el terremoto, ha tomado muchas formas, y en su mayor parte ha sido valiosa tanto en lo material como para levantar la moral. Sin embargo, las naciones, organizaciones y personas amigas que deseen ayudar a Venezuela de la manera más efectiva no deben hacerlo con amnesia histórica o ingenuidad política. En el contexto actual, la solidaridad sustantiva puede adoptar una forma material, pero también requiere cuestionar las narrativas que borran el trabajo del gobierno venezolano y del pueblo organizado, facilitando así una mayor dominación imperialista.
Por lo tanto, es importante destacar que, aunque el terremoto puso de manifiesto las devastadoras consecuencias del régimen de sanciones de Estados Unidos y otras agresiones, también sacó a la luz el potencial del metabolismo social emergente de la organización comunal. La rápida movilización de las comunas, los trabajadores y los voluntarios no surgió espontáneamente del desastre en sí. Fue el producto de un largo proceso de organización política cuya importancia va mucho más allá de la respuesta de emergencia.
En términos más amplios, defender la soberanía de Venezuela no es simplemente una cuestión venezolana. Es parte de una lucha más amplia que determinará si América Latina seguirá siendo un conjunto de repúblicas aisladas, cada una enfrentándose sola al poder imperialista, o si se convertirá, por fin, en la Patria Grande soñada por Bolívar y defendida por Martí, Fidel, Chávez y tantos otros.
El terremoto no interrumpió esa historia, simplemente nos recordó que, incluso en medio de la tragedia, la lucha inconclusa del continente continúa. La tarea esencial es garantizar que los pueblos de América Latina salgan de los escombros —tanto literales como metafóricos— de la amplia ofensiva imperialista con sus proyectos soberanos y sus objetivos emancipadores intactos.
Original en inglés en Monthly Review Online.
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