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Cooperación S.A.

Fuentes: Rebelión

El pasado 4 de junio, el Observatorio para la Deuda en la Globalización (ODG) organizó en Barcelona un Seminario de formación y debate especializado para analizar, cuestionar y debatir el papel emergente de la empresa y la cooperación empresarial dentro de las políticas de ayuda al desarrollo. El mantenimiento de poderosos instrumentos comerciales y crediticios como el Fonprode y el Fiem, herederos de los polémicos créditos FAD; la entrega de cada vez más recursos y espacios de la AOD a las empresas privadas; la visión crecientemente mercantilista de la ayuda al desarrollo como un instrumento al servicio del capital y de su lógica, así como el apoyo a estas estrategias que desde algunas ONG y sectores de la cooperación se vienen haciendo, otorga una especial relevancia a estas cuestiones, que como otros aspectos, están pasando desapercibidas a pesar de sus repercusiones e impactos. El ODG preparó a conciencia este debate, estructurando preguntas y reflexiones previas con los participantes. A continuación se ofrecen las respuestas a algunas de estas cuestiones que en el marco de este Seminario explicó Carlos Gómez Gil, profesor de Economía Aplicada en la Universidad de Alicante y Director del Máster Interuniversitario en Cooperación al Desarrollo de esta Universidad.

 

¿Puede la cooperación empresarial puede tener cabida en la Ayuda al desarrollo?

Me pregunto porqué lo llamamos amor cuando queremos decir sexo, es decir, porqué hablamos de ayuda al desarrollo cuando en realidad queremos hacer negocios empresariales.

Si algo ha demostrado la Ayuda Oficial al Desarrollo desde su puesta en marcha, y a lo largo de sus siete décadas de vigencia, ha sido que en modo alguno ha eliminado la pobreza y las desigualdades extremas en el mundo, que no han parado de crecer, siendo incapaz de evitar la muerte por hambre o desnutrición de grupos tan amplios de personas que produce vergüenza intentar su cuantificación. Pero también, que lo que habitualmente se entiende por ayuda, nada tiene que ver en términos generales con su finalidad, empleo e instrumentalización.

Desde sus orígenes, lo que se entiende como ayuda no ha dejado de ser el aceite sobre el que ha avanzado el capitalismo a través de sus múltiples formas, instrumentos e intereses, construyendo y reconstruyendo mercados específicos para ello, espacios para la producción, la reproducción, la distribución, el intercambio y el consumo, en lugar de priorizar la erradicación del hambre, la pobreza extrema, el acceso a bienes públicos esenciales y los derechos humanos básicos.

Frente al mercado no hay solidaridad posible porque el mercado impone siempre su lógica implacable y despiadada, sin que entienda de pobreza o necesidades extremas. Y la Ayuda, lejos de construir o fortalecer estructuras básicas de gobierno, las desmantela y las pone a su servicio.

Es por ello por lo que habría que reconducir la ayuda sobre bases honestas dedicándola básicamente a eliminar la pobreza extrema, la pobreza que mata, en la medida en que son tantas las necesidades esenciales de subsistencia para tanta gente hoy día en el planeta.

Lo demás debe llamarse por lo que es: comercio, financiación de inversiones, negocios, aperturas de mercados o expansión del capital en cualquiera de sus formas.

Poner la política en el cuadro de mando de nuevas relaciones internacionales a cargo de aquellos actores que reivindiquen la solidaridad internacional supondrá resituar las acciones de cooperación en un marco que supere la idea tradicional de ayuda al desarrollo; pues ya vimos que las prácticas de los últimos años, incluso decenios, ha manipulado tanto la idea de «ayuda al desarrollo» que la ha dejado, por así decir, inservible. No solo es inservible la idea subsidiaria de ayuda, sino la principal de desarrollo, y esto es lo que ha dejado bien claro la crisis.

Para mi, la solidaridad que exige la Ayuda al Desarrollo sea horizontal, o no lo sea. Esta solidaridad que hay que reclamar es la conjunción de la ética y de la política, ética de la resistencia y política revolucionaria de transformación (y no tenemos que tener miedo a estas palabras). Apoyo a los que resisten, resistiendo con ellos; exigencia transformaciones sociales profundas, con propuestas políticas aquí y allí, con dimensión global y compromiso a escala país. Dibujando nuevos paisajes sociales, políticos y culturales; desde la relación de proximidad a las políticas estatales. Y en todo ello no tiene cabida el negocio

Para empezar, convendría un ejercicio de evaluación radical de los resultados de tantos años de presencia de la ayuda al desarrollo, algo que no se ha hecho nunca en España, ni por países ni sectores ni programas, más allá de cubrir el expediente con documentos surrealistas e irreales.

¿Alguien se ha planteado que ni siquiera existe un inventario de infraestructuras financiadas con recursos de la cooperación española en las últimas décadas?

¿Son incompatibles el ánimo de lucro con los objetivos de la cooperación y promoción del desarrollo?

Dejar que sea el mercado quien marque las bases sobre las que discurre la ayuda es poner ésta a su servicio, y por tanto, eliminar todo atisbo de justicia social, de empatía con los que sufren, de rebeldía contra las injusticias, de priorizar la política como elemento corrector frente a la filantropía o la caridad limosnera.

Por ello cada vez importan menos las personas que son sustituidas por las cifras aparentemente asépticas, que pueden retorcerse caprichosamente para demostrar una cosa y la contraria. La ayuda ha dejado de ser tal, para convertirse en un espacio y un territorio sometido a las fuerzas del mercado, a los intereses del capital y a la lógica neoliberal que ha acabado por fagocitar el lenguaje, los instrumentos y hasta buena parte de las organizaciones que intervienen en la misma, poniéndolas a su servicio. Por ello la desvinculación de las políticas de ayuda supone ya la necesaria desvinculación con su lenguaje.

Desde una dimensión macro, salvo la ayuda humanitaria y de emergencia (que requeriría de otros análisis) y por paradójico que pueda parecer, la ayuda al desarrollo no está alcanzando este objetivo.

Y ello porque los elementos que están contribuyendo al desarrollo humano y social no fluyen sobre las ayudas que los donantes conceden a los receptores, sino que vienen articulándose desde hace décadas en torno a otras variables económicas globales.

Nadie, en su sano juicio, sería capaz de sostener, por poner un ejemplo, que el desarrollo de China se ha debido a los recursos de la ayuda que este país ha recibido en las últimas décadas, sino que por el contrario, una parte sustancial de las mismas han servido para la penetración de grandes empresas e inversiones que en muchos casos han servido para afianzar la presencia de estas empresas en este país, fortaleciendo a las empresas inversoras y al propio Gobierno chino y sus dirigentes.

Así las cosas, si tenemos en cuenta que grandes corrientes de ayuda se canalizan a través de instrumentos comerciales y empresariales, muchos de ellos con carácter crediticio (aunque sea concesional), sin olvidar los recursos destinados a mantener presencia geoestratégica de los donantes (en muchos casos excolonias), junto al mantenimiento de estructuras técnicas y profesionales de países occidentales en los países empobrecidos, nos encontramos con que el primer beneficiario de la ayuda es quien proporciona esta ayuda, una dinámica tan perversa como perjudicial para los receptores.

Una parte importante de los avances que en materia de desarrollo humano y social han experimentado algunos países del Sur provienen de elementos ajenos a las políticas de ayuda al desarrollo como tales.

Así, las fabulosas cifras de remesas que en los últimos años han enviado los inmigrantes a sus países de origen se han convertido en un factor de desarrollo de primer orden, al emplearse en buena medida en satisfacer necesidades básicas y reforzar la alimentación, la educación, la sanidad o el alojamiento. Incluso algunos tímidos avances que estos países han experimentado en materia de acceso de sus productos a los mercados occidentales influye directamente en la mejora de las condiciones de vida de poblaciones pobres en mayor medida que muchos otros sofisticados programas de desarrollo. Un ejemplo de ello lo tenemos en el acceso del tomate marroquí a los mercados europeos, que permite mantener ocupados a importantes sectores de agricultores del país facilitándoles ingresos esenciales y empleo. Posiblemente dejar de vender en España tomates marroquíes sea la mejor política migratoria en el país.

De esta forma, el pago de intereses de prestamos otorgados con recursos de la ayuda, la dependencia en tecnología e inversiones, los procesos masivos de privatización que viven estos países en bienes públicos esenciales como el agua, la electricidad, la educación o la sanidad, o el mantenimiento de servicios paralelos a los oficiales que debilitan las estructuras básicas estatales en materias como la educación, la atención sanitaria o la educación universitaria y técnica, no hace que sean más autosuficientes, sino por el contrario, cada vez más frágiles y dependientes. Y este es el paisaje que ha venido construyendo esa cooperación tan lucrativa como perjudicial que se viene apoyando.

Por ello, sería necesario que la ayuda al desarrollo se centrara básicamente en lo que todos entendemos por ayuda: la atención a catástrofes y emergencias, proporcionar alimentación básica, dar cuidados sanitarios esenciales, procurar una educación primaria y gratuita a toda la población, erradicar enfermedades prevalentes y pandemias.

Es en estos aspectos sobre los que debería existir un consenso mundial y donde la ayuda tiene capacidad, experiencia y medios para focalizar su esfuerzo y registrar avances sensibles en los países empobrecidos.

El resto, forma parte de las fuerzas económicas de la globalización que deberán ser atendidas a nivel global, mediante una mejora de las estructuras, acuerdos y compromisos multilaterales. Son las estructuras globales las que producen hambre y pobreza de manera que cambiar estas estructuras incide directamente sobre ello de forma mucho más directa que otros programas de ayuda de dimensión microscópica. ¿Se puede pensar por tanto en la obtención de lucro cuando se atienden estas finalidades? Me temo que quien quiere anteponer el lucro no piensa en realidad en ayuda ni cooperación.

Pero no es menos cierto que posiblemente, los países donantes, que no olvidemos, son los países ricos y con ello, propietarios de las 500 empresas multinacionales que controlan el 60% del PIB mundial, puedan incidir en la pobreza simplemente a base de robar menos, un gesto tan sencillo puede facilitar grandes avances mundiales.

Abogo por comenzar por renunciar al nombre de «ayuda al desarrollo», y volver sobre contenidos más adecuados tales como «compromiso con la emancipación», o los más poéticos pero no menos significativos como «compromiso con otro mundo posible». Hay que desengancharse de los términos «ayuda», «desarrollo» y «cooperación», y desengancharse a la vez de las dosis de alucinógenos que llevan dentro.

¿Responde la estrategia de situar a la empresa como actor de cooperación realmente a una necesidad de conseguir una ayuda más eficiente, o existe una «Agenda Oculta» que busca apoyar la internacionalización de la empresa del Norte, le recuperación económica ante la crisis a la vez que el cumplimiento de los compromisos sobre AOD?

La Ayuda Oficial al Desarrollo en el período de auge económico se redujo al papel de sirvienta de la economía global; su función básica fue la de servir de colchón del ajuste; aliviar la pobreza de los damnificados por las políticas ultraliberales, servir de puente para la inclusión de algunos sectores económicos en la economía global o ser la tapadera de operaciones de control político y económico a gran escala, operaciones militares incluidas.  Pero también la Ayuda ofrecía un inestimable servicio para la legitimación del sistema económico capitalista.

Los gobiernos, organismos multilaterales y el capital mismo están demostrando que ya no tienen que hacer concesiones a la sociedad para asegurar que la lógica neoliberal se imponga en todos sus extremos de forma inequívoca, y ello también se está produciendo en el sistema de ayuda.

Los residuos de solidaridad, justicia, corrección e incluso compromiso con los acuerdos mundiales están desdibujándose con fuerza para dejar paso a los intereses económicos de todo tipo disfrazados de desarrollo, bajo una lógica neoliberal implacable. Dos son los elementos que confirman esta tendencia:

– por un lado, el deliberado incumplimiento de los escasos acuerdos mundiales, ya de por sí adelgazados, que la comunidad internacional se había marcado en materia de desarrollo internacional, siendo los Objetivos del Milenio el exponente más vergonzante de todo ello;

– y por otro, el hecho de que en todos los niveles, instrumentos y dispositivos de ayuda han entrado con renovada fuerza elementos y componentes duros del capitalismo más salvaje, ya sea en la ayuda humanitaria, en la cooperación descentralizada, en las propios ONG y por supuesto, en un renovado uso del crédito como instrumento envenenado de promoción comercial e inversora. Y lo más llamativo es que todo ello se ve con naturalidad por las organizaciones sociales, que lo entienden como un elemento evolutivo en la lógica de nuestra sociedad.

Un ejemplo de lo que decimos es el renovado ascenso de instrumentos comerciales de carácter concesional, creados en la década de los 70 del siglo pasado, en plena crisis del petróleo, que se creían mortecinos y caducos, pero que sin embargo han reaparecido con otros nombres pero con inusitada fuerza, llegando incluso a contemplar la posibilidad de dedicar importantes recursos de la AOD a la financiación de instrumentos financieros opacos radicados en paraísos fiscales.

Esto es lo que ha sucedido, por ejemplo, en España con el Fonprode, el reciente sucesor de los periclitados créditos FAD, que han sido acogidos con apoyo por parte de las ONG y expertos del Consejo de cooperación, a pesar de contemplar en el artículo 2, apartado e) el dedicar recursos a «e) Concesión, en su caso, de créditos, préstamos y líneas de financiación en términos concesionales, incluidos aportes a programas de microfinanzas y de apoyo al tejido social productivo, así como la adquisición temporal de participaciones directas o indirectas de capital o cuasi capital en instituciones financieras o vehículos de inversión financieras (fondos de fondos, fondos de capital riesgo, fondos de capital privado o fondos de capital semilla)…»

  ¿Cómo se puede seguir autorizando meter dinero que supuestamente se dirige a la ayuda al desarrollo para adquirir acciones de cuasi capital, sin que nadie diga nada, ni desde la academia ni desde las ONG? Pero es que el capital, o lo es o no lo es, no puede «cuasi serlo», demostrando hasta que punto se abren rendijas para financiar lo que no puede ser financiable.

El ejemplo propuesto anuncia ya que el discurso oficial de la ayuda comienza a cambiar, para adaptarlo a la realidad de las nuevas políticas que actualizan la subordinación de la ayuda a las demandas de los mercados y las empresas, que han penetrado en los gobiernos hasta extremos nunca antes vistos.

Lo llamativo no es el inicio del cambio en el lenguaje, sino las tragaderas de quienes tratan de legitiman estos elementos.

Carlos Gómez Gil es Doctor en Sociología y Profesor de Economía Aplicada en la Universidad de Alicante.

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