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Coronavirus, crisis capitalista y lucha de clases

Fuentes: Rebelión


La pandemia del covid-19, considerada por la Organización Naciones Unidas (2020), como la “peor” crisis que ha enfrentado la humanidad desde la Segunda Guerra Mundial, ha generado -hasta el inicio del presente artículo- más de cinco millones de personas contagiadas a nivel mundial, afectando alrededor de 218 países que representan el 90% a nivel mundial (OMS, 2020).

La expansión y el carácter de esta pandemia ponen de manifiesto un conjunto de elementos que se expresan en los ámbitos económico, social, político, ambiental y cultural cuya articulación es inherente a la dinámica del modo de producción capitalista. Lo cual podemos analizarlo a partir de la identificación de tres procesos articulados entre sí; 1) el covid-19 y los circuitos del capital; 2) la profundización de la crisis capitalista global y 3) la acentuación de la lucha de clases en los ámbitos; económico, político e ideológico.

Bajo este enfoque, el presente artículo pretende posicionar desde una perspectiva teórico-metodológica, algunos rasgos que configuran a estos tres procesos como parte de una misma unidad de análisis, ante una crisis global que pone de manifiesto al modo de producción capitalista como la verdadera pandemia con sus efectos y consecuencias en el orden económico a nivel mundial.

1.      El covid-19 y los circuitos del capital: un elemento descriptivo

Si bien el covid-19 se constituye como un fenómeno biológico, detrás de su origen se encuentran causas estructurales ligadas a lógica de los circuitos del capital. En este sentido el biólogo socialista Rob Wallace -autor del libro Big Farms Make Big Flu (Las grandes granjas producen grandes gripes)- señaló recientemente en una entrevista que detrás del origen del virus se encuentran causas ligadas a la actual dinámica del sistema agroalimentario global sustentado en el control monopolista de un puñado de empresas trasnacionales, que han impulsado procesos de producción altamente agresivos contra el medio ambiente y la salud humana. Tal es caso del impulso de la agricultura y cría de animales a nivel industrial, el monocultivo, el uso intensivo de agroquímicos y pesticidas, la deforestación y contaminación de mantos freáticos, el tráfico de especies silvestres, la apropiación y privatización de tierras y el uso de transgénicos:[2]

[…] el capital encabeza, a escala mundial, la apropiación de los últimos bosques primigenios y de las tierras cultivadas por pequeños propietarios. Esas inversiones implican deforestación y desarrollo, que conducen a la aparición de enfermedades. La diversidad funcional y la complejidad que representan esas enormes extensiones de tierra se están simplificando de tal modo que patógenos previamente encerrados se están esparciendo sobre el ganado y las comunidades humanas locales […] la agricultura guiada por el capital que sustituye a las ecologías naturales ofrece los medios precisos para que los patógenos pueden evolucionar hasta convertirse en los fenotipos más virulentos e infecciosos (Wallace, 2020, p.7).

En este mismo sentido la organización internacional GRAIN, (2020) señaló -a partir de la revisión de diversos estudios-, que hoy en día no existe una evidencia sólida de que el origen del virus SARS-CoV-2 (causa de la actual pandemia del covid-19), haya sido generada en un mercado de mariscos al aire libre en la ciudad de Wuhan, China -el cual también comercia con animales domésticos y silvestres-, como lo han expresado diversos ámbitos del medio político y la prensa internacional. De hecho, investigadores estadounidenses del Scripps Research Institute publicaron recientemente en la revista Nature Medicine un artículo donde al analizar la secuenciación genómica del virus SARS-CoV-2, aumentaron las dudas de que este se haya originado en el mercado de mariscos de Wuhan, planteando para ello dos escenarios posibles. El primero relacionado a que su evolución -a su forma patógena-, pudo haberse generado dentro de los seres humanos, teniendo como canal de transmisión algún animal en específico y el segundo que apunta -siguiendo la dinámica de los anteriores brotes de coronavirus-, a que este habría evolucionado hasta su forma actual dentro de un animal huésped, antes de ser transferido a los humanos.

Bajo este carácter los argumentos del Scripps Research Institute señalan que lo más probable -dadas diversas evidencias-, es que la transmisión inicial haya ocurrido desde los murciélagos a un animal huésped intermedio, donde el virus luego evolucionó a su forma actual, para luego ser transmitido a los seres humanos:

[…] el animal huésped probablemente tendría que estar en un entorno con alta densidad de población (lo que permitiría que la selección natural procediera de manera eficiente) y contar con un “gen codificador” semejante a algún gen fundamental humano, estableciendo “un eslabón entre el virus y los humanos”(Andersen y et.al., 2020, p. 450).

Siguiendo el hilo conductor de esta investigación, GRAIN (2020) señaló que el animal huésped pudiera encontrarse en los cerdos, ya que en primer lugar estos tienen sistemas inmunológicos muy semejantes al de los humanos, lo que facilita el cruce del virus entre las dos especies, como ocurrió con el brote del virus Nipah en Malasia en 1998; en segundo lugar dada la dinámica de su producción industrial -de alto hacinamiento-, que hace que las granjas se conviertan en un caldo de cultivo idóneo para que evolucionen nuevos patógenos y en tercer lugar porque China -de acuerdo con datos de la FAO 2019-, es el principal productor y consumidor de carne de cerdo en el mundo, teniendo en la provincia de Hubei, donde se encuentra Wuhan, una de las cinco mayores productoras de cerdos de dicho país:

En los últimos diez años, las pequeñas explotaciones porcinas de la provincia fueron sustituidas por grandes explotaciones industriales y por contrato con quienes producen a nivel medio, donde cientos o miles de cerdos con genética uniforme están confinados en naves con alta densidad de población. Estas granjas industriales son el caldo de cultivo ideal para que evolucionen nuevos patógenos (GRAIN, 2020, p. 2).

En este mismo sentido la investigadora Silvia Ribeiro, (2020) -directora para América Latina del Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración (ETC), con estatus consultivo ante el Consejo Económico y Social de Naciones Unidas-, señaló que con el surgimiento de la gripe aviar en Asia y de la gripe porcina -luego denominadas SARS y H1N1- se encontró una correlación en su origen con la cría industrial de animales, dado que -los cerdos y los pollos- al estar juntos, hacinados y sin movilidad son más propensos a crear muchas enfermedades que se trasladan con amplia facilidad en espacios reducidos. A la par, los animales son sometidos a aplicaciones regulares de pesticidas, alimentos transgénicos y altas dosis de antibióticos y/o antivirales para generar una engorda más rápida, deprimiendo fuertemente su sistema inmunológico.

De esta manera el covid-19 no es un hecho aislado -como muchos han querido insinuar-, o directamente por culpa de los murciélagos o de un animal huésped -como pudiera ser el cerdo-, sino producto de la dinámica agroalimentaria global.

El Ébola, el Zika, los coronavirus, gripes aviares y la peste porcina africana están entre los muchos patógenos que hacen su camino desde los interiores más remotos hasta los grandes centros urbanos ubicados a miles de kilómetros, con ello como lo señala Wallace (2020):

[…] El verdadero peligro de cada nuevo brote es la incapacidad o -mejor dicho- la negación oportunista a comprender cada COVID-19 como un incidente no aislado. El incremento de la aparición de virus está estrechamente vinculado a la producción alimentaria y los beneficios de las empresas multinacionales. Cualquiera que pretenda entender por qué los virus son cada vez más peligrosos debe investigar el modelo industrial de agricultura y, más concretamente, de la producción de ganado. (p.3)

2.      El covid-19 y la exacerbación de la crisis capitalista global

Con la aceleración de la pandemia del covid-19 se pone de manifiesto un punto de inflexión sobre la economía mundial, que profundiza la crisis capitalista global ya existente. Bajo este carácter como lo han argumentado diversos autores (Chesnais, 2020 y 2017; Guillén, 2020 y Roberts, 2020 y 2019), tras la gran recesión 2008-2009 la economía mundial ha transitado por caminos bastante sombríos que la colocan en escenarios de alta inestabilidad y fragilidad, creándose las condiciones para el estallido de una nueva fase de la crisis global.

La baja recuperación de la actividad económica; la contracción del comercio mundial, el alto endeudamiento público y privado; la baja rentabilidad del capital, que desencadena una disminución en la inversión y producción; la falta de una política monetaria y fiscal que promueva el crecimiento económico; las tendencias deflacionarias; los bajos niveles salariales y una alta volatilidad en los mercados financieros, hacen que los ingredientes estén servidos sobre la mesa.[3] Estos elementos configura por tanto, una nueva fase de la llamada “Larga Depresión”, iniciada en el año 2009, cuyo carácter solo se compara con los periodos de 1873-1897 o de 1929-1942, convirtiéndose en la recuperación más larga -tras una crisis- en 75 años.

Con el ascenso de la “globalización-neoliberal” -en la década de los ochenta del siglo pasado- se instauró un nuevo proyecto político dirigido por el capital monopolista-financiero, tras la crisis de rentabilidad de la década de los setenta. Así se impulsó -como lo apunta Guillén, (2015)- una nueva reconfiguración económico-global sustentada en: a) la ofensiva del capital contra el trabajo bajo el incremento de la tasa de plusvalía, b) la aceleración del comercio exterior, inversión extranjera directa y movimientos internacionales de capital, c) la liberalización, apertura y desregulación de los mercados de bienes y activos financieros, y d) la instauración de un “régimen de acumulación con dominación financiera”.

El capital monopolista-financiero, logró elevar sus tasas de ganancia -mediante las enormes masas de plusvalía transferidas de las periferias hacia los centros-,[4] modificando al mismo tiempo su lógica de reproducción, ya que gran parte de sus mecanismos pasaron a depender de la dinámica impuesta por la especulación financiera y la emisión -como lo denominó Marx (1894)- del “capital ficticio” (acciones, bonos del tesoro, títulos de deuda, obligaciones, etc.). La dicotomía entre el “capital productivo” (capital función) vs “capital financiero” (capital propiedad), reconfigura la dinámica de la acumulación capitalista en el mediano y largo plazo, exacerbando a la crisis como un fenómeno “crónico” o “latente” como lo denomina el economista Xabier Arrizabalo (2020).

La economía mundial se constituyó como un castillo de “arena”, asentando sobre una base sumamente inestable, que parece derrumbarse tras el soplido de la pandemia. Con ello se deja claro que no es el covid-19, lo que origina la crisis global -como lo quieren hacer creer diversos sectores del ámbito académico, político y comunicación- sino solo un factor que la acelera y/o profundiza y que termina de estallar con toda la parálisis de la actividad económica mundial.

Recientemente el Fondo Monetario Internacional (FMI) en su documento sobre las “Perspectivas de la economía mundial” (2020), puntualizó que la economía mundial se enfrenta a una crisis sin precedentes, cuyas secuelas económicas son las peores desde la “Gran Depresión” de los años treinta del siglo pasado. Mientras hace tres meses esperaban un crecimiento positivo del ingreso per cápita en más de 160 de los países, hoy se proyecta que más de 170 países experimentarán un crecimiento negativo del ingreso per cápita este año.

Sumado a lo anterior, economistas de la Universidad de Oxford (2020) han estimado que si bien el PIB mundial pudiera contraerse en un 4.8% durante el presente año -más que el doble de la caída presentada en la Gran Recesión del año 2009- éste pudiera caer hasta en un 8% si los factores de contención de la pandemia no son los adecuados.

En el ámbito del comercio internacional, la Organización Mundial del Comercio, (2020) prevé una drástica disminución en todas las regiones del mundo y en todos los sectores de la economía. Desde un escenario optimista, el volumen del comercio mundial de mercancías podría caer un 13% advirtiendo igualmente que si no se controla la pandemia y los gobiernos no coordinan las respuestas políticas, la disminución podría ser de un 32% o más.

Por otro lado, la contracción de la demanda mundial de insumos básicos, así como los mecanismos de especulación financiera, han generado una exacerbación en la caída de los precios de los commodities, cuya deflación venía registrándose desde el año 2011, a excepción de una ligera alza en los años 2014 y 2018.[5] En ese sentido el pasado 20 de abril el precio del petróleo West Texas Intermediate (WTI) registró una caída histórica al pasar de cotizarse en US$18 por barril al inicio del día a un precio negativo de US$ -37.63 por barril; siguiendo esta misma tendencia el precio del crudo Brent -de referencia en Europa y en el resto del mundo-, disminuyó 8.90% hasta ubicarse en los US$25.58 (BBC, 2020a).

Lo ocurrido con el WTI está fuertemente relacionado con los contratos de “futuros”, ya que culminaba su plazo para el cierre de entrega durante el mes de mayo, lo que significaba que tuvieran que cumplir los contratos y hacerse cargo del crudo en físico hacia el siguiente mes. Sin embargo, ante la contracción de la demanda global y el incremento de los costos de almacenamiento, los compradores impulsaron diversos mecanismos para deshacerse de esos contratos entregándolos a una baja cotización a quien quisiera tomar posesión física de esos barriles.[6]

La caída del precio del petróleo también impactó en la disminución de los precios en los alimentos, ya que de acuerdo con datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), el índice de precios de los alimentos -que mide la variación mensual de los precios internacionales de una canasta de productos alimenticios- registró para el mes de abril su nivel más bajo desde el año 2017, al ubicarse en un promedio de 165.5 puntos, esto es, 5.7 puntos (un 3.4%) menos que en el mes de marzo.[7] Este hecho impacta en los pequeños y medianos productores rurales que producen la mayoría de los alimentos en el mundo, acentuando -como veremos más adelante-, las condiciones de pobreza y marginación en el ámbito rural.

El contexto descrito anteriormente se magnifica todavía más cuando revisamos la situación de las principales economías cuyos datos son reveladores. Economistas del JPMorgan prevén que para el segundo trimestre del año la economía estadounidense se contraerá en un 40% del PIB, con un aumento en la tasa de desempleo del 20% equivalente a una pérdida de 25 millones de empleos (Forbes, 2020). En la zona euro -de acuerdo con datos del FMI, (2020)- se pronostica una caída para el presente año del 7.5% -casi cuatro puntos por debajo de la contracción generada en el 2009- siendo Italia y España las economías más afectadas con una contracción del 9 y 8% respectivamente, seguidos por Francia con 7.2% y Alemania con el 7%.

En Asía, la Oficina Nacional de Estadística China, estimó que, durante el primer trimestre del año la economía se contrajo en un 6.8%, cifra no vista en casi medio siglo. Por otra parte, fuentes oficiales del gobierno japonés estimaron que la economía japonesa se contrajo un 3.4% anualizado en el primer trimestre del año, cumpliendo una definición técnica de recesión -la primera en más de cuatro años- bajo los procesos de deflación que ha presentado en los últimos años.

Para el caso de América Latina y el Caribe la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) en su reciente informe especial, titulado: “Dimensionar los efectos del COVID-19 para pensar en la reactivación”, prevé una contracción regional promedio del 5.3%, la cual no se ve desde 1914 y 1930. México, Argentina y Ecuador se contraerán en un 6.5%, Brasil 5.2% y Chile 4.0%.  

A pesar de este contexto tan complejo, en muchos sectores del ámbito académico y la prensa internacional sigue reinando el optimismo de que una vez terminado el confinamiento y las medidas de bloqueo la economía se volverá a reactivar por obra del consumo y la demanda “acumulada” contraída. Este proceso de recuperación -al estilo keynesiano- tendría una forma tipo V -caída y recuperación- incentivada por un aumento del gasto público y recortes de impuestos a través de déficits en los presupuestos.

Sin embargo, lo que desconocen estos optimistas es que detrás de las crisis -como lo describió Marx (1894)- se encuentran factores inherentes al desarrollo capitalista, cuya articulación esencialmente se erige por una interrupción –o al menos una ralentización-, del proceso de acumulación que, como tal, deriva de las dificultades de rentabilidad que impiden llevar a cabo de manera fluida la valorización del capital, es decir un proceso de “sobreacumulación” de capital.

De esta manera como lo argumenta Roberts (2020), la clave para restaurar el crecimiento económico es la inversión y eso depende de la rentabilidad. Es decir, en una economía predominantemente capitalista, aumentar la rentabilidad del capital tiene un impacto mucho mayor en el crecimiento (el multiplicador marxista), que el gasto público (el multiplicador keynesiano).

Sin embargo, desde un carácter histórico el capitalismo contemporáneo parece encontrarse en una especie de “impasse económico” -como lo ha posicionado Chesnais (2020 y 2017)- que atañe a una avería en el motor de la acumulación de capital a largo plazo, en el marco de la financiarización y la globalización del capital, como prolongación de la fase imperialista.

En este sentido hay que recordar que la “Gran Depresión” de los años treinta del siglo pasado solo se resolvió por la acción brutal -destrucción económica y social- de la Segunda Guerra Mundial y el posterior marco internacional consensuado en los acuerdos de Yalta y Potsdam entre E.U.A, Gran Bretaña y la URSS en el año de 1945.

Así las crisis -como señalan Arrizabalo y Blas (2004)- no son accidentes de carácter coyuntural, exógenos o aleatorios. Ni siquiera puede atribuirse exclusiva o principalmente su origen a determinada formas de gestionar la política económica, pese a que éstas puedan atenuarlas o agravarlas. Por el contrario, las crisis son inherentes al funcionamiento del modo de producción capitalista:

Las crisis comerciales, además de destruir una gran parte de los productos elaborados, aniquilan una parte considerable de las fuerzas productivas existentes.  En esas crisis se desata una epidemia social que a cualquiera de las épocas anteriores hubiera parecido absurda e inconcebible: la epidemia de la superproducción.

[…] Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya al desarrollo de la civilización burguesa y de las relaciones de propiedad burguesas; por el contrario, resultan ya demasiado poderosas para estas relaciones, que constituyen un obstáculo para su desarrollo; y cada vez que las fuerzas productivas salvan este obstáculo precipitan en el desorden a toda la sociedad burguesa y amenazan la existencia de la propiedad burguesa. El sistema burgués resulta demasiado estrecho para contener las riquezas creadas en su seno. ¿Cómo supera estas crisis la burguesía? De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y conquistándose nuevos mercados, a la par que procurando explotar más concienzudamente los mercados antiguos. Es decir, que remedia unas crisis preparando otras más extensas e imponentes y mutilando los medios de que dispone para prevenirlas (Marx y Engels, 1848:36).

3.      La lucha de clases en tiempos de la pandemia

En el hito de la aceleración de la pandemia y la crisis económica global, la lucha de clases como constatación de los intereses inconciliables entre opresores y oprimidos, se expresa de una manera especialmente virulenta. No solo es la destrucción de los miles de puestos de trabajo, sino también la devastación de los servicios públicos; los recortes masivos del gasto público; el abandono y/o exclusión -por parte de la mayoría de los Estados- de los segmentos de población con mayores riesgos de contagio, precariedad y pobreza; el incumplimiento de múltiples empresas para acatar el cierre de sus actividades con las medidas sanitarias correspondientes, entre otros.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT), estimó que para el cierre del presente año el número de desempleados pudiera superar con creces los 25 millones, apuntando que para el segundo trimestre del año habrá una reducción de la cantidad de horas de trabajo en alrededor 10.7%, equiparable a 305 millones de puestos de trabajo a tiempo completo (suponiendo un trabajo de 48 horas semanales). Por consiguiente, muchos de estos trabajadores deberán afrontar una pérdida de ingresos y consecuentemente más niveles de pobreza. Sin medidas apropiadas a nivel político, los trabajadores corren un alto riesgo de caer en la pobreza y de tener mayores dificultades para recuperar sus medios de vida durante el periodo de recuperación.

Sumando a lo anterior la propia OIT (2020), estima que alrededor de 1.250 millones de trabajadores – equivalente al 38% de la población activa mundial- se encuentran empleados en sectores que hoy afrontan una grave caída de la producción y con alto riesgo de desplazamiento de la fuerza de trabajo. Entre los sectores clave figuran el comercio al por menor, los servicios de alojamiento y comidas y las industrias manufactureras. Especialmente en los países de ingreso bajo y mediano, los sectores más afectados tienen una elevada proporción de trabajadores en el empleo informal con un acceso limitado a los servicios de salud y protección social.

En correspondencia con lo anterior un reciente documento de trabajo publicado por el Instituto Mundial de Investigaciones de Economía del Desarrollo de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-WIDER por sus siglas en inglés), estima que en un escenario de contracción del 20% en el ingreso o el consumo, el número de personas en situación de pobreza a nivel mundial podría aumentar entre 420 a 580 millones -equivalente al 8% de la población mundial- en relación con las últimas cifras oficiales registradas para el año 2018. Asimismo la “Red Mundial contra las Crisis Alimentarias” (2020) estimó que, a finales de 2019, 135 millones de personas vivían con niveles de hambre “extrema”, lo que aunando a la pandemia podrían incrementarse hasta en 265 millones, recordando que más de 73 millones de personas –de las 135- viven en África; 43 en Oriente Medio y Asia y 18.5 en América Latina y el Caribe.

El carácter de lo señalado anteriormente se observa con más claridad si nos adentramos en las particularidades de un país como los E.U.A -foco mundial del covid-19- con cifras escalofriantes de más de 1.5 millones de contagiados y más 100,000 fallecidos, bajo el contexto de una “laxa” política de contención -implementada por Donald Trump- que ha puesto como prioridad el rescate económico del capital antes que la vida de millones de estadounidenses.

Desde finales de febrero Trump ya insistía en relativizar la amenaza del nuevo virus -junto al séquito de seguidores como el presidente de Brasil Jair Bolsonaro y el primer ministro del Reino Unido Boris Johnson- al sostener que era “como una gripe” que iba a desaparecer por un “milagro”. De hecho, a finales de marzo declaró que, si sólo llegaran a morir entre 100 mil y 200 mil habitantes de este país, implicaría que se había hecho una muy buena labor, argumentando tramposamente que algunas proyecciones indicaban que era posible llegar hasta 2.2 millones de muertes (La Jornada, 2020).

Las políticas de Donald Trump -junto con la de sus séquitos- reviven los planteamientos de Thomas Malthus -el más reaccionario de los economistas clásicos de principios del siglo XIX- quien argumentó que había demasiadas personas pobres “improductivas” en el mundo, por lo que las plagas y enfermedades regulares eran necesarias e inevitables para hacer que las economías fueran más productivas.

Bajo este hecho en la ciudad de Nueva York -epicentro de la pandemia en los E.U.A.- hasta el 8 de abril el 28% de las más de 4,000 muertes por covid-19 eran personas afroamericanas de acuerdo con datos revelados por el gobernador de Andrew Cuomo. En Chicago, la sexta ciudad más poblada del país y una de las pocas que había publicado este tipo de datos, hasta el 5 de abril cerca de la mitad de los casi 5,000 contagiados era personas de origen afroamericano. Allí habían muerto 1,824 afroamericanos, frente a 847 blancos, 478 hispanos y 126 personas de origen asiático. Es decir, representaban el 72% de las muertes, aunque solo son el 30% de la población en una ciudad de 2.7 millones de habitantes (BBC, 2020b).

En el caso de la comunidad latina –que representa el 17,6 % de la fuerza laboral de los Estados Unidos- la pandemia del covid-19 ha impactado profundamente. Datos oficiales de la ciudad de Nueva York muestran que la tasa de letalidad del covid-19 en los latinos es de 22.8 por cada 100 mil habitantes. Esa tasa es superior al segmento de origen afroamericano, cuya tasa es de 19.8, seguida por la población blanca con 10.2 y la asiática con 8.4. En California los latinos entre 18 y 49 años conforman el 64.9% de las muertes a manos del brote del covid-19 (BBC, 2020c).

La razón de esta alta letalidad encuentra su raíz en las condiciones socioeconómicas tan adversas que la mayoría de los latinos enfrentan, como es el caso de trabajos altamente precarios y con altas tasas de explotación. De acuerdo con datos del economista José Manuel Fernández -citado por Hola News, 2020- los trabajadores latinos representan el 30.4 % de la fuerza laboral en la construcción; 27.1 % en restaurantes y otros servicios de comidas; 27 % en hoteles y bares y 18 % en servicios relacionados con el cuidado de enfermos y adultos mayores.[8]

Asimismo el propio Fernández apunta que la gran mayoría de los latinos no cuentan con un seguro médico o los medios para concurrir a una consulta médica anual, lo que eleva a una mayor prevalencia de morbilidad y mortalidad. Sumado a ello la mayoría vive en zonas metropolitanas dentro de pequeños departamentos -que tienden a estar con familias multigeneracionales- donde quienes están expuestos al contagio no son sólo los cónyuges, sino también los abuelos y los niños que viven en la misma casa. A la par que los programas de socorro financiero recientemente aprobados por el Congreso y promulgados por Trump, que ascienden a más de 2.3 billones de dólares, excluyen a los inmigrantes indocumentados cuyo número se calcula entre 10 y 12 millones de personas, en su mayoría de origen latino.

El carácter que afrontan las comunidades afroamericanas y latinas se acentúa más en un contexto sanitario altanamente fragmentando y desigual, donde el mayor proveedor de servicios es el sector privado dominado por grandes cadenas hospitalarias, compañías aseguradoras y empresas de suministros médicos y/o fabricantes de productos farmacéuticos. Un sistema de salud que a pesar de gastar alrededor del 18% del PIB -uno de los más altos del mundo-, no es capaz de brindar una protección a casi el 10% de su población -alrededor de 30 millones de estadunidenses-, que no cuentan con la posibilidad de adquirir un seguro médico. Así mismo el elevado costo de los servicios de salud, hace que los pacientes queden atrapados entre los hospitales que cobran de más por procedimientos simples y las aseguradoras que niegan la cobertura a los pacientes más graves.[9]

En este sentido como lo ha señalado recientemente el periodista y escritor Matt Taibbi (2020):

El objetivo del sistema sanitario estadounidense no es otro que el de garantizar altos beneficios para unas cuantas personas e industrias sobre todo la farmacéutica, la de los seguros y la hospitalaria. Y esta crisis está poniendo de manifiesto que la atención básica no lleva aparejados los incentivos que debería, porque justo ahora que los hospitales están a tope, resulta que pierden dinero […] dado que tener ingresada a una persona durante siete o diez días conectada a un respirador no le sale rentable […] la estructura sanitaria estadounidense presenta grandes defectos.

4.      La verdadera pandemia es el capitalismo: a manera de conclusión

Como lo hemos posicionado a lo largo de este artículo, si bien el covid-19 es un fenómeno que atañe una cuestión biológica, éste no puede ser entendido al margen de los circuitos del capital, particularmente a lo relacionado con la lógica del actual orden agroalimentario global. Con ello -como lo dice Wallace, (2020)- cualquiera que desee profundizar en el entendimiento de este fenómeno debe investigar con detenimiento al sistema de producción industrial en la agricultura y más concreto en la producción de carne.

Para entender el impacto de este fenómeno biológico en los circuitos económicos globales, es fundamental entender que no es el coronavirus el causante directo de la crisis, sino solo un punto de inflexión que la apuntala o exacerba. Se trata de una nueva fase de la crisis capitalista global, bajo el contexto de la llamada “Larga Depresión” iniciada en el año 2009 tras la crisis económica-financiera 2007-2008.

Una economía mundial estructurada con pies de barro, que termina por derrumbarse tras el soplido incesante de la pandemia, denotando las contradicciones del desarrollo capitalista en su fase imperialista, como fenómeno dialéctico entre el carácter social de la producción y la forma capitalista (privada) de la apropiación. A medida que la producción se hace más social, la apropiación se concentra más y más en manos de un grupo cada vez menor de capitalistas, que no es más que la expresión del dominio del capital monopolista-financiero, como forma predominante del capitalismo contemporáneo, expandiendo sin cesar sus formas de apropiación de la plusvalía social, mediante la explotación de la fuerza de trabajo en una escala internacional. Este carácter le permite dirigir su acumulación hacia las esferas financieras (capital propiedad), sin importar su posible desviación con las esferas reales (capital función) e incluso ubicándose por encima de estas. Una lógica financiero-rentista que distorsiona los procesos de acumulación capitalista a largo plazo, acelerando invariablemente las crisis como mecanismos recurrentes de la “sobreacumulación del capital”.

En el caso particular de la presente crisis, esta se desenvuelve en una situación histórica, en las que parece -como plantea Chesnais, (2017)- que el capitalismo no consigue superar sus límites “inmanentes”, tal como fueron explícitamente definidos por Marx (1894). La salida de la crisis se vuelca aún más peligrosa, cuya condicionante encuentra el infranqueable impasse del capitalismo, exacerbando la amenaza contra las fuentes de vida, la naturaleza y el ser humano.

Dentro de este contexto diversas organizaciones sociales, partidos políticos y analistas, que se denominan de “izquierda” han situado su agenda política en una serie de propuestas reformistas, sin considerar un análisis crítico de las condiciones dominantes vigentes y si lo hacen lo abordan de una manera superficial. Pero, ¿se puede hablar de un capitalismo civilizado, bueno y con rostro humano? La respuesta claramente es no, ya que –como hemos tratado de analizar en este artículo- no existe ninguna compatibilidad entre las clases explotadoras y las clases explotadas y menos entre la lógica del capital y la lógica de la vida. Así, cualquier intento de su conciliación es una mera falacia.

Si visualizamos las diversas perspectivas de lo que deparará la llamada fase post pandemia, invariablemente tenemos que posicionarlas en el terreno de la lucha de clases -que como lo posicionaran Marx y Engels (1848)- representa el eje de toda la historia de la sociedad humana.

Si bien el presente artículo se ha concentrado en el caso de la lucha de clases en los E.U.A., es menester señalar que ésta recorre cada rincón del mundo donde se encuentra el dominio de la estructura económica burguesa. Desde el obrero que ha sido despedido injustamente de aquella maquila; los trabajadores de la salud que trabajan en condiciones altamente precarias; los jornaleros y/o productores del campo que resisten la embestida de explotación y exclusión; o los trabajadores de la llamada economía informal que tienen que salir día con día a las calles para ganarse la vida, etc. son fieles formas de su expresión que se vuelcan especialmente virulentas ante la crisis.

Hoy ante la pandemia del covid-19 y el ascenso de una nueva fase de la crisis capitalista global, las clases y/o los pueblos oprimidos se erigen en el foco de la transformación de las condiciones vigentes mediante su lucha política, ideológica y económica, desmitificando al mismo tiempo el falso discurso de las clases dominantes de la unidad o de que todos vamos en el mismo barco para hacer frente a esta pandemia en nombre de la humanidad. En este sentido es pertinente rescatar lo que posicionó Lenin en 1913, al señalar que los seres humanos han sido siempre en política cándidas víctimas del engaño de los demás y del engaño propio, y lo seguirán siendo mientras no aprendan a discernir detrás de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosas, políticas y sociales, los intereses de una u otra clase. El camino será de lucha y resistencia, construyendo y organizando la fuerza capaz de barrer lo viejo y crear lo nuevo. ¡La verdadera pandemia es el capitalismo!

Referencias

Andersen, K.G., Rambaut, A. y Lipkin, W.I. (2020). “The proximal origin of SARS-CoV-2”. Nature Medicine 26, 450–452. https://www.nature.com/articles/s41591-020-0820-9

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Notas:

[2] Para una mayor ampliación del tema ver, Cortés, Iván (2019).

[3] Ver Cortés, Iván (2019, septiembre, 17). “La Economía Mundial al rojo vivo, hacia una nueva crisis global”. Agencia informativa APIA. Recuperado el 3 de marzo de 2020, de https://apia-virtual.com/2019/09/17/la-economia-mundial-al-rojo-vivo-hacia-una-nueva-crisis-global/

[4] El resultado de la liberalización y la mundialización del capital fue la constitución de las llamadas “Cadenas Globales de Valor (CGV), las cuales se define como una “red de relaciones trasnacionales” que se configuran como: a) un espacio técnico-productivo; b) un área de valorización; c) una estructura de dominación ye) un espacio de gestión para el capital financiero. Las CGV están en el origen de las elevadas ganancias de los grandes grupos industriales.

[5] Para una mayor referencia sobre la relación entre la especulación financiera y la formación de los precios del petróleover, Navarro, Francisco (2017).

[6] La caída de los precios del petróleo se dio a pesar del acuerdo histórico logrado entre miembros de la Organización de Países Productores de Petróleo y sus aliados (OPEP+) para reducir la producción del crudo en alrededor de un 10% y poder estabilizar el precio.

[7] Sobre la relación entre la dinámica de los precios internacionales de los alimentos y la especulación financiera, ver, Cortés, Iván (2016).

[8] De acuerdo con datos de la encuesta del mes de abril (2020), de la firma Latino Decisions dos de cada tres hogares latinos (65%) en E.U.A. enfrentaron pérdidas de trabajos o recortes de ingresos debido a la debacle económica general causada por el coronavirus. Así mismo un estudio divulgado el mismo mes por el Pew Research Center, estimó que en el 49% de hogares latinos de E.U.A al menos uno de sus miembros ha visto una pérdida de sus ingresos o incluso ha sido despedido a causa del coronavirus (citado por BBC, 2020c).

[9] De acuerdo con datos del portal Clever (2019), E.U.A cuenta con uno de los sistemas sanitarios más costosos del mundo. Mientras que, en 1984, el hogar típico gastaba 2,474.85 dólares en atención médica, en 2018 esa se cifra pasó a $ 4,994.25 dólares, representando un crecimiento promedio anual de 74.10 dólares.

Así mismo el costo de los seguros se disparó en un 739.4% durante ese tiempo, el de los medicamentos en un 60% y el de suministros médicos en un 87.5%.

Iván Cortés Torres. Doctorante en Estudios Sociales, con línea de investigación en Economía Social, UAM-I. Correo electrónico: [email protected]

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