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Entrevista con Serge Latouche, impulsor de la teoría del decrecimiento

«Crear empleos sin destruir el planeta»

Fuentes: Economía Crítica y Crítica de la Economía

El siguiente texto es una entrevista con Serge Latouche, uno de los impulsores de la teoría del decrecimiento, realizada por José Bellver para el periódico Diagonal. La entrevista se hizo el 9 de diciembre de 2009 y fue publicada en el número 118 de Diagonal el 10 de febrero de 2010 bajo la frase «Salir de la sociedad de crecimiento es salir de las dinámicas de desigualdad», mencionada por el economista francés, como título de la entrevista. Al estar la versión publicada más acotada por cuestiones editoriales, consideramos de cierto interés publicar ahora en ECCE la versión completa de dicha entrevista[1].

José Bellver.: ¿Cómo enunciaría usted de forma sintética lo que entiende por ‘decrecimiento’?
 
Serge Latouche.: En primer lugar, esto no es algo fácil porque el decrecimiento es un eslogan, por lo que no es un concepto a tomar al pie de la letra. Implica la necesidad de romper con el crecimiento, la ideología del crecimiento y la sociedad del crecimiento.
 
 
J.B.: ¿Qué relación puede haber entre la idea de decrecimiento y la crítica del concepto de desarrollo sobre la que usted ha trabajado anteriormente?
 
S.L.: Efectivamente, en lo que a mí concierne, he llegado históricamente a este eslogan de decrecimiento para marcar la ruptura con la sociedad del crecimiento o la sociedad del desarrollo porque, de hecho, las dos palabras, aunque existan matices, suelen ser utilizadas indistintamente. Generalmente cuando hablamos de «desarrollo» pensamos en los países del Sur, mientras que cuando hablamos de crecimiento nos referimos más bien a los países del Norte, pero en cualquier caso es siempre la misma lógica de la acumulación, de la utilidad en el sentido económico. Y simplemente, en el fondo, después de la caída del muro de Berlín en 1989, ya no había «segundo mundo», por lo que tampoco quedaba «tercer mundo», y es el momento en el que se pone en marcha lo que llamamos la globalización, es decir, la mercantilización del mundo: el mercado único con un pensamiento único.
 
Es entonces cuando el desarrollo, como un proyecto del Norte hacia al Sur, pierde su sentido ya que sólo hay una economía de mercado: es la lógica del mercado la que es la misma en todas partes. Sin embargo, curiosamente, el desarrollo no desaparece del horizonte: retoma una nueva vida con la adición del adjetivo «sostenible» porque al mismo tiempo que el mundo está «unificado», es alcanzado por la crisis ecológica. Y para afrontar la crisis ecológica sin modificar fundamentalmente el funcionamiento del sistema encontramos esta estrategia verbal, esta extraordinaria invención lingüística del «desarrollo sostenible», un bonito oxímoron.
 
Es para oponerse al «desarrollo sostenible», que se convertía en la ideología dominante de la globalización (como cambio de época respecto al periodo de las independencias y de las batallas por el desarrollo frente al subdesarrollo) que hemos utilizado este eslogan de ‘decrecimiento’ con el que se refleja que lo que se pone en cuestión aquí es la sociedad del crecimiento, la cual debe necesariamente cuestionarse para no caer en la trampa de «otro crecimiento», como los expertos en desarrollo caían en la trampa de «otro desarrollo».
 
 
J.B.: Sin embargo, cuando hablamos de decrecimiento suele pensarse que se trata simplemente de invertir el problema ecológico sin prestar suficiente atención a las desigualdades sociales. ¿Es así?
 
S. L.: No, la sociedad de crecimiento es una sociedad de desigualdades. La dinámica del crecimiento económico siempre ha estado ligada a una dinámica de desigualdades sociales, en parte ocultadas en el Norte durante 30 ó 40 años mediante la explotación masiva de los recursos naturales de países lejanos, pero ahora podemos ver claramente cómo en realidad, a partir de las primeras crisis de 1974-75, la dinámica de las desigualdades nunca ha sido tan fuerte. En consecuencia, salir de la sociedad de crecimiento es también salir de las dinámicas de desigualdad, tanto en el Sur como en el interior del Norte.
 
 
J.B.: Entonces, ¿este decrecimiento debería de producirse de la misma forma en el Sur como en el Norte? ¿Deberíamos a su vez decrecer al mismo ritmo en los distintos países del Norte?
 
S.L: Claramente no, porque detrás del eslogan de decrecimiento y su correspondiente ruptura con la sociedad de crecimiento está la apertura en positivo a proyectos extremadamente diversos que simplemente tienen en común proyectos de sociedad austera, de no ser sociedades de despilfarro, de sobreconsumo, etc. Pero ser una sociedad austera para un país africano quiere decir producir y consumir más porque no están actualmente en la situación de austeridad: están por debajo de ella. Para nosotros, es evidentemente producir y consumir menos, diferentes cosas dependiendo de cada país, incluso entre los países del Norte.
 
Es evidente que el proyecto de una sociedad de decrecimiento es una etiqueta que constituye todavía un proyecto por definir; es un proyecto esencialmente político. Corresponde la sociedad, de la forma más democráticamente posible, decidir lo que quiere hacer y lo que quiere producir y consumir, respetando siempre los equilibrios de la naturaleza, en ese sentido existe un enorme terreno para desarrollar.
 
J.B.: Usted dice que es un proyecto por definir, existen, no obstante, algunas ideas con respecto a cómo podría plasmarse este proyecto en diversas propuestas políticas. En este sentido quería preguntarle, ¿qué líneas podrían definir, en su opinión, la práctica del decrecimiento? ¿Podría tratarse de una suerte de «keynesianismo verde» o de «New Deal Verde»?
 
S.L.: De ninguna forma. Porque el «New Deal Verde» es también típicamente otro oxímoron, es decir el deseo de no querer salir de la lógica del sistema, de volver a escayolar el sistema. Podemos precisar lo que yo llamaría «los fundamentos de la sociedad de decrecimiento» en negativo con respecto a la sociedad de crecimiento. Es lo que he tratado de formalizar a través del círculo virtuoso de las ocho «R»: reevaluar, reconceptualizar, reestructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar, reciclar. Más allá, esto nos da un horizonte suficientemente ancho, pero concretamente en el seno de este horizonte, la etapa ulterior es verdaderamente dependiente de cada sociedad. Esto es, de qué programa político concreto nos dotamos para avanzar hacia ese horizonte de una sociedad de anticrecimiento o de no crecimiento y de democracia ecológica.
 
A nivel de Francia, yo he propuesto un programa concretado en diez puntos, sobre los que se puede debatir, pero lo hago porque siempre me piden que de propuestas concretas… En este sentido hay cosas que vienen por sí solas como reducir la huella ecológica, pero, ¿reducirla hasta qué punto? Pues hasta el punto en el que sea sostenible y tenemos en este sentido un análisis bastante preciso, para poder establecer un horizonte. Otra cuestión sería la de relocalizar las actividades económicas, la vida, lo político… sí pero, ¿hasta qué nivel?, ¿qué es lo local?, ¿lo local es la región, la provincia, es la ciudad, el barrio…? Bueno, es un poco todo… Relocalizar es una orientación, pero corresponde a las gentes decidir si quieren hacer una economía y una sociedad local y hasta que nivel. Es un poco como el tema de reducir los medios de transporte, sin embargo seguiremos desplazándonos. Entonces, ¿reducir los medios de transporte significa reducir el transporte privado y el transporte colectivo? Hay que debatirlo… Ciertamente, habrá que reducir el espacio para el automóvil, pero tendremos que ver hasta qué punto y también habrá que desarrollar el espacio para las bicicletas, aunque teniendo en cuenta que hay viejos y discapacitados que no van a poder ir en bici. Y con estas cosas ya estamos hablando en el ámbito de lo concreto…
 
 
J.B.: Precisamente, adentrándonos en lo concreto, uno de los aspectos que se suele mencionar cuando se habla de decrecimiento es el tema del trabajo. Actualmente estamos en un contexto de crisis económica a nivel global, y en particular aquí en España, la palabra ‘decrecimiento’ está más bien asociada a la pérdida de empleos. Por lo tanto, ¿cuál es la propuesta al respecto desde las tesis del decrecimiento?
 
S.L.: Es cierto, pero al contrario, el decrecimiento, a diferencia del crecimiento negativo o de la crisis, consiste precisamente en salir de esa lógica que condena, de forma obligatoria, a destruir el planeta para crear empleos. Ésa es la lógica del crecimiento. A través del decrecimiento, al contrario, crearíamos empleos salvando al planeta; no sólo porque lo reparamos, sino también porque al reducir nuestro consumo, tendremos que producir menos, y teniendo que producir menos, tendremos que trabajar menos. Así, trabajamos menos, pero trabajamos todos. Lo primero que tenemos que repartir es el trabajo, frente al sistema totalmente absurdo en el que hoy vivimos, en el que incluso en Francia hemos suprimido las 35 horas y los trabajadores hacen 40, 50 o incluso 60 horas, mientras que otras personas que querrían trabajar un poco, no pueden hacerlo. Entonces, más valdría trabajar 20 horas todos, frente a que unos trabajen 70 horas y otros no trabajen ninguna.
 
Por otra parte, evidentemente, otras propuestas del decrecimiento, como el regreso a una agricultura tradicional y ecológica conllevará la creación de millones de empleos en este sector. La utilización de energías renovables también los creará, al igual que el sector de la reparación y del reciclaje. Algunos incluso piensan que llegaremos a una situación invertida en la que existirán demasiados empleos y faltará mano de obra, porque evidentemente, al no utilizar más el extraordinario potencial energético del petróleo o simplemente porque empiece a escasear habrá que trabajar más: no hay que olvidar que un bidón de 30 litros de petróleo es el equivalente del trabajo de un obrero durante cinco años. Pero tampoco tendremos que trabajar mucho más, porque reduciremos nuestras necesidades, las cuales trataremos de satisfacer sin trabajar demasiado porque también es muy importante no trabajar demasiado. Trabajar demasiado es muy malo…
 
 
J.B.: Sin embargo, estas propuestas, y en particular la reducción y repartición del tiempo de trabajo, podrían ser una amenaza para la lógica del sistema capitalista. Por eso, del lado de diversos sectores políticos herederos del marxismo, el movimiento del decrecimiento es más bien calificado de «simple», «fácil» o «amable»,  y carente de un análisis más profundo del funcionamiento del sistema capitalista, es decir, las dinámicas de acumulación, las diferencias de poder, etc. ¿Qué piensa usted de esto?
 
S.L.: Pienso que es totalmente estúpido, porque creo que efectivamente, al contrario, estos camaradas marxistas se han extraviado completamente. Pensaba en ello esta noche: Marx nunca dijo que la sociedad comunista tuviera que ser una sociedad de crecimiento. El crecimiento habría sido realizado por la fase capitalista y cuando pasamos al comunismo, es decir, al salir del capitalismo, es el momento del reparto. No se trata de producir más sino de repartir de otra forma. Marx ya lo pensaba desde 1848: consideraba que los países occidentales, en Europa, producían ya lo suficiente para pasar al comunismo. Luego dijo que quizás la cosa no estaba todavía lo suficientemente madura, pero desde entonces hemos multiplicado la producción por más de 50 y parece ser que todavía no hemos alcanzado esa abundancia para pasar al comunismo…
 
De hecho, fue Lenin el primero que, queriendo adaptar el marxismo a un país no desarrollado, consideró la necesidad de realizar una doble tarea: primero la que los capitalistas no habían realizado, es decir, desarrollar Rusia, y posteriormente pasar al comunismo. Hicieron la revolución y aplicaron un capitalismo de Estado, y es Stalin el que empujó todavía más lejos esta lógica de que Rusia tuviera que sobrepasar sobradamente su retraso: «hay que acumular», «tenemos que producir más», «el comunismo son los soviets más la electricidad»… pero todo esto es de hecho una traición a Marx y al marxismo. Marx utilizaba la famosa fórmula «acumular, acumular, esa es la ley y el profeta», es decir que la propia esencia del capitalismo es el crecimiento, la acumulación es el crecimiento. Y en consecuencia, salir del capitalismo es salir de la sociedad del crecimiento y de la lógica del crecimiento, es salir de la lógica de la acumulación. No existe una acumulación socialista, eso es una invención de Lenin y de Stalin. La acumulación es siempre capitalista y es por ello por lo que debemos salir de la misma. No sólo por eso, sino porque, aunque Marx no lo contempló, la acumulación destruye el planeta.
 
 
J.B.: Por otro lado, la idea de decrecimiento está también ligada a la de la ‘simplicidad voluntaria’. ¿Las propuestas de decrecimiento implican el nacimiento del «consumidor concienciado» como sujeto político de transformación social? ¿O se trata simplemente de la «soberanía del consumidor» postulada por la economía convencional?
 
S.L.: De ninguna manera. Es cierto que en el proyecto del decrecimiento existe necesariamente un aspecto ético y por tanto una ética de la simplicidad voluntaria no está ausente, pero está muy lejos de ser el núcleo del proyecto. La construcción de una sociedad de decrecimiento es una construcción global. En los movimientos de simplicidad voluntaria tal como existen en el mundo anglosajón, en Canadá o en Estados Unidos, esta idea sí está en el centro de sus proyectos transformadores (es, de hecho, su proyecto), pero sus huellas ecológicas han mantenido una tendencia al alza, por lo que el resultado es que la cosa no cambia mucho. Está muy bien tener un comportamiento de consumo responsable, pero esto no es lo que va a cambiar fundamentalmente las cosas. Por tanto, el consumo responsable es importante: creo que puede formar parte de un conjunto de lucha o de presión, pero está muy lejos de ser suficiente.
 
 
J.B.: Aquí, de vez en cuando recibimos noticias acerca de la difusión de las ideas del decrecimiento y, en particular, de un movimiento ‘neorruralista’ cada vez más importante especialmente en Francia. ¿Cuál es su punto de vista de la situación actual de este movimiento en Francia?
 
S.L.: No estoy bien situado para responder a esta pregunta en la medida en que tengo una gran implicación con este movimiento, que, por otra parte, es más bien una especie de nebulosa de movimientos. Usted menciona la cuestión de los neorrurales y en este sentido, existe en la actualidad un debate en el que se ve reflejada una doble sensibilidad: existen decrecentistas de las ciudades y decrecentistas del campo. Están aquellos que piensan que el decrecimiento es, necesariamente, una especie de retorno a la tierra, entre los cuales se encuentra el movimiento de la Asociación para el Mantenimiento de la Agricultura Paisana (AMAP), que se está desarrollando en estos momentos en Francia. Es un movimiento simpático, sin embargo no es un movimiento de vuelta al campo, en la medida en que se desarrolla en las ciudades asociando, en una relación de proximidad, a consumidores urbanos con productores rurales. En definitiva, considero que en el decrecimiento hay sitio tanto para decrecentistas del campo como de las ciudades. Yo mismo me siento profundamente urbano y no tengo intención de irme a vivir al campo.
 
Es cierto, no obstante, que el decrecimiento plantea también el problema de la dimensión de las ciudades. Es decir, que los monstruos urbanos actuales, con 10 ó 20 millones de habitantes, pueden difícilmente ser sostenibles. Son, como bien señalan nuestros amigos ingleses del movimiento de las Transition Towns, conjuntos no resilientes, es decir que son incapaces de afrontar los desafíos que plantean el fin del petróleo, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, etc. Probablemente sea necesario volver a espacios más razonables o pensar en una reordenación urbana. Recientemente descubrí a un arquitecto, Iona Friedman, que ya había pensado en estos problemas hace 30 años, que habla de organizaciones de pueblos urbanos, dentro de las ciudades, con la reconquista de una agricultura urbana. Esto existe, en cierta medida, en ciudades africanas que son relativamente autónomas: una ciudad monstruosa como Kinshasa produce más del 40% de su alimento, es decir, que sus habitantes cultivan en sus terrazas, patios, jardines, las aceras son transformadas en campos de cultivo, etc.
 
 
J.B.: ¿Y las Transition Towns podrían ser un ejemplo de aplicación urbana del decrecimiento?
 
S.L.: Pienso que son una puesta en marcha a nivel local de un proyecto de decrecimiento en el Norte. De momento sólo afecta a ciudades pequeñas y probablemente las personas que estudian este tema reflexionan un poco acerca de cuál es la unidad de base de la sociedad del decrecimiento. No ven que esto pueda funcionar más allá de 60.000 habitantes, lo cual se correspondería ya con una ciudad de tamaño medio. La ciudad más representativa de las Transition Towns, Totnes (Reino Unido), que creo que no supera los 8.000 habitantes, es casi una eco-aldea, lo cual la hace más manejable.
 
Necesariamente, en la realización de una experiencia de decrecimiento hay una dimensión política que es la necesidad de que las personas se encuentren, se conozcan, se conserven, se pongan de acuerdo: es la democracia. La democracia implica un espacio público donde podamos encontrarnos, debatir, etc. De vez en cuando participo en reuniones de AMAP y es muy interesante porque es una forma de democracia aplicada, las personas se encuentran cuando van a recoger sus pedidos, y es la ocasión para hablar de muchas otras cosas más allá que de fruta y verdura: hablarán de los problemas de la guardería municipal que no marcha bien, de los problemas de la biblioteca municipal, de que el alcalde se está volviendo cada vez más racista e insoportable, etc. y de ahí se plantean hacer algo con estos problemas. En definitiva, reinventan lo político. Y a veces ocurre que finalmente se dicen, «¿y si presentáramos una lista electoral?, de todos modos existe la de los socialistas, de la UMP, etc. que finalmente no valen más los unos que los otros. Nosotros hacemos nuestra lista «apolítica», que en el fondo es la más política de todas porque atiende a los problemas reales de los vecinos». Esta es una nueva forma de hacer política.
 
 
J.B.: ¿Y qué piensa usted de la posibilidad de que el movimiento del decrecimiento actúe a través de un partido político?
 
S.L.: Yo creo que lo que más se echa en falta no son precisamente partidos políticos. En cualquier caso, podemos por una parte utilizarlos y eventualmente sitiarlos en cierta medida o presionarlos. Si algunos quieren comprometerse con ello y llevar al seno de un partido propuestas en el sentido del decrecimiento, es su problema. Yo, al menos en el estado actual de las cosas, no soy para nada favorable de la formación de un partido del decrecimiento que entrara en el juego político de partidos. Pienso que, al contrario, el decrecimiento es una propuesta política que debe permitir refundar lo político, pero sin privarse de utilizar, aunque sin demasiadas ilusiones, los partidos políticos y el juego político. Existen ya algunos diputados partidarios del decrecimiento, y ello nos viene bien, pero tampoco son unos delegados del movimiento del decrecimiento: forman parte de un partido en el que deben pelearse. Incluso en el caso de Los Verdes son minoritarios.
 
 
J.B.: Sin embargo la idea de decrecimiento parece estar atrayendo la atención y el interés de cada vez más gente. ¿A qué atribuye usted este fenómeno?
 
S.L.: Bueno, esto es algo que yo constato. Es un hecho, aunque hayamos partido de la nada. El motivo es que simplemente, como decían Marx y Engels, los hechos son testarudos. Nos enfrentamos a verdaderos problemas y, como decía Lincoln, se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo. En este sentido, por ejemplo, todos los días estamos viendo noticias sobre el cambio climático, la desertificación, etc. Podemos seguir diciendo alegremente que la ciencia resuelve todos los problemas, pero podemos comprobar que la ciencia no ha resuelto nada sobre estas cuestiones. Por lo tanto las personas se están haciendo cada vez más preguntas y buscan alternativas porque están inquietas por ellas mismas, por sus hijos, etc. Y cuando ven todo lo que pasa y oyen lo del decrecimiento se dicen a sí mismos: «en el fondo estas personas tienen razón: es cierto que no podemos crecer indefinidamente en un planeta que es finito, lo que proponen es de sentido común». Éstas son reacciones con las que nos encontramos todos los días.
 
 
J.B.: En La apuesta por el decrecimiento usted lo atribuye también a un factor de cierta infelicidad o insatisfacción con nuestro tipo de vida.
 
S.L.: Sí, esto ya se decía por lo menos desde 1968 con la expresión metro-boulôt-dodo [1]: la sociedad de consumo viene a ser una sociedad de idiotas. Consumimos enormemente, pero al final la gente está estresada, se ve obligada a drogarse con antidepresivos: los franceses son los campeones en el consumo de Prozac, los ingleses de cocaína, etc. ¡Es de locos! Pero a pesar de esto hay gente que piensa un poco, en todos los niveles, y se replantea las cosas…
 
 
J.B.: Aquí en España, como usted sabe, Carlos Taibo ha publicado un libro con el título En defensa del decrecimiento, en el que advierte seriamente acerca del peligro de que pueda surgir una especie de «ecofascismo». ¿Las opciones se limitan por tanto a decrecimiento o barbarie (tal como titula su libro Paul Ariès)?
 
S.L.: Me temo que así es. Podríamos decir que las opciones son: decrecimiento, fin del mundo y barbarie. Y de hecho tampoco tienen por qué ser opciones absolutamente exclusivas: la barbarie puede ser la antesala del fin o que la amenaza del final puede conllevar la barbarie… Si no logramos construir una sociedad de decrecimiento, de sobriedad voluntaria basada en una autolimitación, iremos efectivamente hacia la barbarie. Porque la gestión de un medio ambiente degradado por parte del capitalismo sólo puede darse mediante una transformación del capitalismo en una forma de autoritarismo extremamente violento, duro, que de hecho ha sido bastante bien explorado por la ciencia-ficción.
 
 
J.B.: Porque podríamos entender barbarie como fin del mundo, o en el sentido de fascismo, como una apropiación de ideas ecológicas a través de un sistema autoritario.
 
S.L.: El capitalismo puede funcionar muy bien con una regresión de la producción y del consumo, porque ello no impediría generar beneficios: cuanto más escaso es el petróleo, más beneficios obtienen las petroleras. Lo que ocurre es que cada vez hay menos gente que puede consumir petróleo. Lo mismo ocurrirá con la alimentación y los demás recursos. Así pues las agroalimentarias como Monsanto pueden seguir incrementando sus beneficios a la par que cada vez muere más gente de hambre.
 
 
J.B.: Frente a todo esto, por intentar imaginarnos un horizonte más cercano a lo que sería deseable alcanzar, ¿Cómo sería para usted una sociedad de decrecimiento?
 
S.L.: Una sociedad de decrecimiento sigue siendo algo por inventar, pero siempre se inventa en base a lo conocido, por lo que sería una sociedad más frugal, pero también de mayor «convivencial» [2]. En el fondo, todas las sociedades humanas han sido sociedades frugales, más o menos convivenciales en función de las estructuras de poder, las relaciones de poder. Así lo he visto yo en comunidades campesinas en Laos, otros lo han visto en Ladak (Tibet) por ejemplo. Sabemos incluso que en las sociedades feudales existían en las comunidades rurales ciertas formas de convivencialidad, de solidaridad. Eran sociedades sobrias. Debemos reencontrar un tipo de sociedad de este estilo, pero que será forzosamente diferente: podemos inventarla. Podemos encontrar una buena combinación, sin «volver a las cavernas», que nos permita ser felices, pero por supuesto sin petróleo o con muy poco uso de petróleo y muchas más «riquezas humanas». Creo que es totalmente posible reinventar nuestra sociedad, pero no es nada fácil porque supone una auténtica transformación de las propias personas.
 
Por otra parte, una feminista resaltaría también las relaciones de género y me diría que las sociedades a las cuales he hecho referencia eran en general sociedades patriarcales, en donde las mujeres eran quienes pagaban el precio de la convivencialidad. Por lo tanto todavía nos quedaría invertir sociedades que además de sobrias y convivenciales, no sean machistas y sean verdaderamente democráticas. La verdadera democracia está todavía por inventar: quizás nunca lleguemos a realizarla del todo, pero ése debe ser el horizonte.
 
No obstante, en lo concreto, sí tenemos pequeñas experiencias que nos pueden servir de argumento o de escenario ejemplar. Estoy pensando en lo que ha pasado en Bolivia, en la Cochabamba: el dominio del agua por parte de las empresas transnacionales. Esto es típicamente «ecofascismo»: las compañías multinacionales de agua dicen «gestionamos la escasez de agua y resolvemos el problema», sin embargo, en cuanto la empresa Bechtel ha comprado las empresas que el Gobierno boliviano puso en venta, el precio del agua se multiplicó por 300, es decir que los propios habitantes de Cochabamba ya no podían ni vivir. Por ello se generó muy rápidamente una revuelta cuyo resultado ha sido la puesta en marcha de una especie de sociedad de decrecimiento: una sociedad de reparto y de sobriedad porque el agua, aún convertida en pública y en bien común, no es ilimitada. También existía ahí un conflicto entre rurales y urbanos, puesto que el agua era tradicionalmente utilizada para el riego por parte de los campesinos, pero a medida que crecían las ciudades, más hondo cavaba la gente pozos en la ciudad para acceder al agua. Aquí es necesaria una gestión democrática del agua, y éste ha sido uno de los mayores problemas de coordinación en Bolivia. Es un buen escenario de decrecimiento frente a barbarie.    
 

[1] La traducción literal sería «metro-curro-catre». Es una expresión francesa que sirve para resaltar la falta de tiempo libre en la sociedad moderna. Una expresión similar en español sería «del trabajo a la cama y de la cama al trabajo»

[2] Nota del traductor. El adjetivo «convivencial» es definido por Ivan Illich de la siguiente forma: «Llamo sociedad convivencial a aquélla en que la herramienta moderna está al servicio de la de la persona integrada a la colectividad y no al servicio de un cuerpo de especialistas. Convivencial es la sociedad en la que el hombre controla la herramienta. Al hombre que encuentra su alegría y su equilibrio en el empleo de la herramienta convivencial, le llamo austero» (en Illich, I. (2006) Obras reunidas: La convivencialidad. México: FCE).

Fuente: http://economiacritica.net/web/index.php?option=com_content&task=view&id=195&Itemid=38

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