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Cuevas de hielo, cúpula de sol

Fuentes: Periódico de la Poesía

Cuenta la tradición que Coleridge soñó en 1797 uno de sus poemas más famosos, «Kublai Kan»; al despertar, lo transcribió como al dictado, hasta que un visitante lo interrumpió y olvidó el resto. Borges atribuye al historiador persa Rashid al-Din la noticia de que el Gran Kan había antes soñado el plano del palacio que […]

Cuenta la tradición que Coleridge soñó en 1797 uno de sus poemas más famosos, «Kublai Kan»; al despertar, lo transcribió como al dictado, hasta que un visitante lo interrumpió y olvidó el resto. Borges atribuye al historiador persa Rashid al-Din la noticia de que el Gran Kan había antes soñado el plano del palacio que evoca el poema: «En Xanadú, Kublai Kan / mandó que levantaran su cúpula señera…» Pero no parece que haya palacio en los versos de Coleridge, sino un laberíntico río subterráneo, un mundo de heladas cavernas a las que no llegaba el sol. En realidad, Shangdu era la capital de verano que Kublai construyó al norte de Pekín, capital de invierno también refundada por él. Un viajero actual, William Dalrymple, ha descrito sus ruinas tapadas por la maleza, los restos de columnas, el relieve esculpido de una figura que lleva una copa, y la imagen de dos jóvenes ingleses recitando de memoria a Coleridge, mientras unos policías locales se acercan el dedo índice a la sien en señal de chifladura.  

Como se sabe, Gengis Kan unificó a los nómadas mongoles de la estepa y se lanzó, a principios del siglo XIII, a la vertiginosa conquista de inmensas extensiones; Kublai Kan (1215-1294), su nieto y cuarto sucesor, gobernó el estado más extenso que haya existido en la historia, de la costa palestina o las estepas centroeuropeas a las orillas chinas del Pacífico. Para los occidentales, Kublai es sobre todo el emperador chino, fundador de la dinastía Yuan, que acoge a Marco Polo. Y este viajero veneciano describió también el lugar que aún no era el mítico Xanadú: presenta Shangdu como un formato ligero de ciudad, casi portátil -aunque lujoso-, abierto al paisaje y ciertas costumbres de la estepa, una puerta a la memoria de los nómadas. La ciudad expresaría la contradicción íntima de Kublai, un conflicto que conserva su interés para nosotros. El mundo se puede conquistar a caballo, dice el tópico, pero para gobernarlo es preciso bajarse de él. Shangdu ocupaba la primera meseta que se encuentra yendo de Pekín a Mongolia, la zona de estepa más próxima a la capital, como si permitiera evocar la vida tradicional de los mongoles mientras se dedicaba la más intensa actividad a separarse de ella. Nómadas y sedentarios, cabalgadas y palacios. Pero, de modo más general, una tensión casi arquetípica entre impulso y sistema, entre movimiento o acción y poder.

La historia remonta su mirada a la madre de Kublai, Sorgaqtani, cristiana nestoriana, cuya inteligencia fue célebre en el Asia de su tiempo: organizó la educación de sus hijos, sobre todo la de Kublai, combinando los juegos de la guerra con el ejercicio de la lectura y la escritura. Los mongoles eran ganaderos que iban alternando los pastos de verano e invierno; su religión enlazaba con las más originarias; no habían tenido cultura escrita ni alfabeto; desconocían las ciudades; habían forjado su calidad guerrera en las luchas tribales, y su capacidad estratégica -al decir del novelista chino Jiang Rong- en la observación de las manadas de lobos. Ahora tenían una tarea nueva: mantener la hegemonía de un pueblo como este, no muy numeroso, a través de territorios inmensos y sobre las gentes más avanzadas de la época, chinos, persas y árabes; organizarla, darle una estructura. Era un salto inconcebible, que requería un equilibrio y una imaginación extraordinarios. Algo de la índole de las revoluciones. Kublai casi lo consiguió, podría decirse, o mejor: llegó a conseguirlo durante unos años. Hostigado por las rebeliones de los clanes mongoles y de su misma familia, que exigían los privilegios de la victoria y el respeto de sus costumbres; sometido a la erosión cotidiana del milenario saber chino de la burocracia, la disputa entre religiones, la colisión entre los mercaderes y las finanzas públicas, acabó quebrando; según las crónicas, en sus últimos años se alcoholizó y engordó. La decadencia de sus herederos ocupó unas décadas.

El asombroso mundo que concibió no puede sugerirse en unas líneas. Así, trasladar el peculiar juego de equilibrios de la horda nómada (el kan electivo, la horizontalidad de los guerreros, la condición de mérito más que hereditaria de la nobleza, la separación entre el poder judicial y los jefes) a un gobierno de signo multirracial, chino sin mayoría de chinos, y el uso máximo de las cualidades de cada persona y cada pueblo. O el sistema de tolerancia y protección religiosa, combinado con el debate abierto entre confesiones, como en una especie de pre-laicismo fruto de la neutralidad. Los mongoles venían del exterior de la historia y el paso fugaz de su imperio nos llega siempre a través de los otros, de unos ojos ajenos; pese a ello, aún se siente el espesor de su empresa y su fascinación. Como los jóvenes escritores chinos del Movimiento del 4 de mayo de 1919, que tomaron como modelo de la lucha individual contra la opresión el teatro Yuan, y como pauta de modernización la defensa que hizo Kublai de la baihua, el habla blanca, la lengua coloquial, frente al artificio de los códigos clásicos. Parece que la onda del desajuste perdurara en los siglos.

Pero también su reinado muestra la lógica autónoma del poder, ese vacío que exige reproducirse; así, en sus fracasadas campañas de Japón o Indochina, cuando el seguir siendo conquistadores carecía ya de contenido real. O el Kublai que presenta Italo Calvino en Las ciudades invisibles: «El Gran Kan trata de ensimismarse en el juego; pero ahora era el porqué del juego lo que se le escapaba. El fin de cada partida es una ganancia o una pérdida; ¿pero de qué? ¿Cuál era la verdadera apuesta?» Tal vez un palacio como de sueño, con cúpulas de sol y cuevas de hielo; un escenario teatral cuyo único decorado, al fondo, es la puerta de los fantasmas; una misteriosa doncella de Abisinia que vagabundea por las montañas tratando de recordar «la melodía potente y sostenida / que alzaría en el aire aquella cúpula», quizá como Coleridge buscaba la parte de poema que se había borrado. El mundo se hace de estratos de realidad e irrealidad, y pocos destinos lo evidencian con tanta nitidez como el de Kublai Kan.  

Lecturas

— S.T. Coleridge, «Kubla Khan», traducción de Marià Manent, en: La poesía inglesa. Barcelona, José Janés, 1958.

— Marco Polo, Libro de las cosas maravillosas. Traducción de Rodrigo de Santaella. Palma de Mallorca, Olañeta, 1982.

— William Dalrymple, Tras los pasos de Marco Polo. Traducción de María Faidella Martí. Barcelona, Ediciones B, 1998.

— Morris Rossabi, Kublai Khan. Traducción de César Vidal. Madrid, Edaf, 1990.

— Lev Gumilev, La búsqueda de un reino imaginario. Traducción de Evgueni Agaltsev y Raquel Ribó. Barcelona, Crítica, 1994.

— Inoue Yasushi, Vent et vagues. Le roman de Kubilai Khan. Traducción al francés de Corinne Atlan. Arlès, Picquier, 1996.

Tres dramas chinos. Traducción e introducción de Alicia Relinque. Madrid, Gredos, 2002.

— Jiang Rong, Tótem Lobo. Traducción de Miguel Antón. Madrid, Alfaguara, 2008.

— Italo Calvino, Las ciudades invisibles. Traducción de Aurora Bernárdez. Barcelona. Minotauro, 1983.

 

(Este texto ha sido publicado en Periódico de Poesía)

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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